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Las horas pasaban deprisa y a Álvaro apenas si le quedaba tiempo para hacer el trabajo que tenía que presentar en el taller literario. «Hoy es jueves y pronto serán las 19:30 —se dijo—. Espero tener acabada la tarea para entonces. Siempre ocurre lo mismo: pasa la semana tan deprisa, que me pongo a escribir cuando el tiempo casi se me ha agotado». Encendió el ordenador, abrumado por la incertidumbre. Sólo tenía poco más de cuatro horas y aún no había imaginado la historia que debía contar.

Intentó aislarse de todo cuento le pudiese distraer y se internó en sus pensamientos, buscando la chispa que encendiera su luz creativa. En la pantalla aparecía el rectángulo que asemejaba una hoja de papel en blanco, que parecía burlarse de sus esfuerzos por rellenarlo con palabras. Durante unos minutos, que le parecieron eternos, la raya intermitente del cursor le indicaba el punto donde iniciar su relato, pero ni siquiera fue capaz de poner la primera letra. ¡Estaba bloqueado!

—¡Cariño! —oyó la voz de su mujer— Por favor, baja la basura.

—¿Tiene que ser ahora? —protestó Álvaro.

—Sí. Antes que los pañales de la niña apesten todo el piso. Sólo tardarás un minuto.

—¡Sólo tardaré un minuto!… —Replicó irritado— El problema es que necesito concentrarme y las interrupciones no me ayudan.

***

Mientras esperaba al ascensor los segundos parecían clavarse en la boca de su estómago y, a medida que avanzaban, sentía un creciente malestar. Por fin la puerta se abrió y dentro estaba un matrimonio.

—Buenas tardes —saludó Álvaro—. Sigan ustedes… Yo bajaré después.

—Pero si cabemos… —dijo el hombre.

—Es que llevo la basura.

—No importa, suba usted también.

—¿Ves Sergio? —terció la señora— Por estas cosas las cuentas van tan mal. En vez de aprovechar el viaje, este señor prefiere hacer gasto utilizando el ascensor el doble de lo necesario. No piensa que ello implica más gasto en electricidad y mantenimiento. ¡Si es que no saben vivir en comunidad!

Sergio sujetó la puerta para evitar que se cerrase y, con acento imperativo, insistió:

—¡Vamos, suba!…

Álvaro se sintió molesto por la actitud y comentarios de sus vecinos, pero llevado por su educado carácter, sólo acertó a decir blandamente:

—Pero es que… llevo pañales sucios de la niña y…

—Pase ya de una vez… ¡Que nos hace perder el tiempo!

Durante dos segundos, Álvaro dudó entre subir al ascensor o mandar a sus vecinos al infierno. Finalmente, accedió a pasar con su bolsa de basura.

Estaban en el piso 17 y los minutos del trayecto se les iban a hacer muy largos. Álvaro decidió concentrarse en los detalles del ascensor que, aunque conocidos, no por eso dejaban de serle interesantes en aquel momento. Todo, menos encarar los rostros de aquel matrimonio tan desagradable. Un espejo cubría por completo el testero de enfrente de la puerta y se entretuvo en observarse con ojo crítico, pero no veía nada que pudiese justificar la actitud desaprobadora de aquella pareja hacia su persona. En una pequeña pantalla se iba sucediendo con dígitos luminosos los números de los pisos, en ajustada secuencia, según el ascensor iba bajando y por el hilo musical se oían los sones del himno a la alegría.

—¡Uf! ¡Qué pestazo! —dijo la señora, sacándole de su abstracción.

—Lo siento, señora, pero ya les avisé…

—Pero… ¿Qué le dan de comer a esa pobre niña? ¿Estará segura en sus manos?

En aquél momento Álvaro sintió un odio visceral por una mujer que demostraba su nula educación y le atacaba de forma tan injusta. Con su cara empolvada, su permanente más propia de los años cincuenta, las pestañas postizas y el carmín rojo vivo, parecía llevar una máscara que le hacía tan fría y distante, como desagradable. Fue tal su indignación, que la detestó al punto de desearle la muerte. Sin embargo, haciendo un gran esfuerzo se contuvo, procurando no perder las buenas formas.

—Yo les advertí y ustedes insistieron… Por eso no quería entrar al ascensor, pero me tacharon de mal vecino y me sentí obligado…

—¡Sí! Pero no pensamos que oliese tan mal. ¡Dios santo! ¿Por qué no cierra mejor esa bolsa?

—Muy bien… ¡Me bajo en el siguiente piso!

—¡Pues muy bien! ¡Se lo agradeceré! Aunque todo esto nos lo pudimos haber ahorrado si usted hubiese sido más considerado. ¿Por qué tenemos que tragarnos mi marido y yo su mierda? —dijo la señora y, sin fijarse bien, en vez de pulsar el botón del piso siguiente, presionó el botón de alarma.

El ascensor se paró de golpe con un ligero balanceo y, por efecto de la gravedad, sintieron de súbito aumentar el peso de sus cuerpos sobre el suelo, al tiempo que se oyó un fuerte estruendo. Quedaron a oscuras y por un momento temieron que la cabina pudiera descolgarse.  El hilo musical enmudeció y una sirena comenzó a emitir un sonido tan agudo, que era molesto a los oídos. A pesar de la oscuridad sintieron que les envolvía una polvareda, que les hacía picar los ojos y la garganta. El sabor de aquel polvillo lo sintieron en la lengua, con un regusto granuloso y rancio.

—¡Lo que faltaba! ¡Ahora encerrados aquí con este ruido! —exclamó a gritos el vecino.

—¡Lo peor es la peste! —chilló su mujer— ¡Y todo por tu ocurrencia de permitir a este hombre subir con la basura!

Álvaro prefirió no decir nada y sacó su móvil del bolsillo. Alumbró la cabina y, aunque la luz era muy débil, pudieron comprobar que estaban inmersos en una nube de fino y grisáceo polvo.

—¡Dios mío, me ahogo! —exclamó Sergio— ¡No puedo respirar!

—¡Cálmese! —gritó Álvaro para hacerse oír sobre la persistente alarma— Pronto nos sacarán de aquí.

—¿Has traído el inhalador? —le preguntó la mujer, mientras trasteaba en los bolsillos de Sergio.

El pobre hombre negó con un gesto y su señora estalló:

—¿Pero es que tengo que estar yo en todo? Eres un inútil… Y tu madre creía que me llevaba un tesoro… ¡Ja! ¡No estaba equivocada la pobre! ¿Tengo que recordarte todo el tiempo que eres asmático?

Álvaro les iluminó las caras y comprobó que estaban realmente descompuestos. Sergio era alto y obeso, presentaba el rostro congestionado y boqueaba buscando el aire con desespero. Su mujer le aflojaba la corbata, mientras chillaba fuera de sí. El polvo se quedaba pegado a su maquillaje, dando a su cara una apariencia grisácea y las pestañas cargadas de polvo, amenazaban con caerse. Su aspecto era grotesco y proyectaba una imagen que le daba apariencia de loca. De pronto, a Sergio se le doblaron las rodillas y cayó sentado al suelo. Balbuceaba algo, pero la sirena evitaba oírlo. Se veía que estaba mareado. La mujer agitó las manos y, desesperada, se las llevó a la cabeza.

—¡Sergio, Sergio, amor mío! ¡No me dejes!

—Seguramente solo estará hiperventilando. —Dijo Álvaro y, para que ella se diera cuenta de que le estaba hablando, rozó ligeramente su brazo.

—¡No me toque! ¡Ay, que mi marido se me va! ¡Dios mío! ¡Que no se me vaya en un ascensor!

Por fin la alarma enmudeció y los oídos de Álvaro percibieron durante un rato un agudo pitido.

—¡Pero no se quede ahí! —le suplicó la mujer— ¡Haga algo!
—No te preocupes, Josefina. Ya estoy mejor… —dijo Sergio, con un hilo de voz.

—Todo ha sido por culpa de este señor y su basura. ¡Es que no se puede ser educado con la gente! Pues que sepa —añadió dirigiéndose a Álvaro—, que nada más salir de aquí le pondremos una denuncia.

«¡Esto ya es el colmo!» Pensó Álvaro indignado.

—¿Es que no va a hacer usted nada? —le insistió Josefina.

—Pues claro que sí, señora.

—¿Y puede saberse qué?

—Librarles del mal olor. Miren el espejo —le dijo Álvaro a la pareja.

El matrimonio miró al espejo y no sabían si era por la luz tenue y blanquecina del teléfono o por el polvo en suspensión, que les hacía ver efectos extraños o, tal vez, estaban viviendo una experiencia onírica a causa de una intoxicación de aquel polvillo. La superficie de cristal se blandeaba formando móviles burbujas por toda su superficie y, alternándose una y otra vez, volvía a alisarse para después comenzar de nuevo el mismo ciclo. A consecuencia de aquella metamorfosis, el espejo se había convertido en un objeto blando. Parecía una fina cortina vertical de plasma ondulante, que les seguía reflejando, aunque distorsionando sus formas.

—¡Dios mío! —Exclamó la señora al borde de la histeria— ¿Qué es eso?

—¿Qué ocurre? —balbució su marido, a punto de desmayarse.

—No tengan miedo. Es una puerta a un mundo paralelo. Les dije que les libraría de esta peste y podrán hacerlo pasando a esa otra dimensión —dijo Álvaro, introduciendo sus dedos sin dificultad a través del espejo—. ¿Lo ven?… el espejo se deja atravesar y, si lo desean, podrán pasar al reflejo de esta realidad, para seguir viviendo en esa otra.

—Pero… ¿Qué dice, insensato? —replicó la señora— Eso no es posible… Además, ¿cómo lo sabe usted? ¡Esto es obra del demonio!

—No… —intervino el marido, que al parecer se estaba recuperando— Esto debe ser un truco de magia de este desaprensivo. ¿Qué pretende?

—Sólo cumplir con mi palabra: les dije que les libraría de esta peste y les he ofrecido un espacio paralelo, limpio de ella. Ni es un truco, ni es obra del demonio. Es la voluntad del creador de sus vidas y su mundo.

—¿Y por qué no se cambia usted?

—Porque, aunque me lleve la bolsa conmigo, el mal olor seguirá en este ascensor. Claro que… Si lo prefieren me cambio yo, aunque la bolsa se queda aquí.

—Pero nosotros no queremos ir a un mundo desconocido.

—Ese mundo y este son idénticos. Allí seguirán con su misma rutina, con sus mismos amigos y su mismo entorno. Para ustedes será como seguir aquí, pero respirando un aire mucho más puro y esto lo recordarán como una pesadilla que cada vez se difuminará más en sus recuerdos.

—¡Vámonos, Sergio! —dijo Josefina— Cualquier idea por loca que parezca, es mejor que seguir junto a este individuo y su basura.

Marido y mujer pasaron al otro lado del espejo.

—¿Dice usted que esto es obra de nuestro creador? —preguntó Sergio desde el otro lado.

—Sí

—Y ¿cómo lo sabe usted?

—Porque yo soy su creador. Ustedes sólo son proyecciones de mi mente. Son los personajes que he creado para este relato que acabo de escribir.

Y dicho esto, Sergio lanzó la bolsa de basura a través del espejo, que volvió a su tersa solidez reflejando su imagen solitaria, mientras que el matrimonio quedaba confinado entre el cristal y el azogue, en un mundo inexistente.

***

Sergio comprobó en su reloj que aún faltaban tres minutos para que empezase el taller literario de Enrique Brossa, un taller al que no quería faltar por nada del mundo y respiró aliviado. En la pantalla del ordenador aparecía un texto de 1.855 palabras. «Sólo me falta una palabra de tres letras —pensó— para dar por acabada la tarea». Tecleó la última palabra y en la pantalla apareció…

FIN