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Se detiene un instante en la acera durante su habitual, y matutino paseo, entorna los ojos e inspira profundo el Mediterráneo, saborea en la punta de la lengua, la sal del mar en el interior de los labios, esta experiencia diaria es de las pocas cosas, que merecen la pena en el aburrimiento supino de su existencia. El Pepitu a pesar de llevar viviendo toda la vida en la gran ciudad, en una urbe admirada mundialmente, y plagada de turistas que entran en trance nada más pisar sus calles, se codea con gentes de aspecto lechoso en pantalón corto que, subidos a las sandalias, andan desnucados, fotografían a diestro y siniestro cada absurdo rincón por el que pasan.

Él siempre deseo irse lejos del barrio que le vio nacer, pero atado con nudo de doble lazo, no le permite huir de ninguna de las maneras. Cuantas veces ha querido mandarlo todo hacer puñetas, dejar todo atrás, todo, y no volver la vista nunca más hacía los gigantescos y grises bloques de pisos. Viviendas mal hechas, levantadas deprisa al amparo de la especulación institucional de los años sesenta. Eran nichos clonados para albergar, y amontonar almas penitentes, resignadas y amarradas a compromisos de todo tipo, con excepción del compromiso a ser felizmente libres. Podemos decir y decimos que, en cobarde silencio Pepitu es un resistente en muchas lides mundanales que le acechan. Aunque según dice la gente que le conoce, y, a los que él, ya ni les replica, estos dicen que es un inadaptado anclado en el pasado. Pero que narices, se grita en silencio a sí mismo, lleva años aguantando el bombardeo continuo de todos ellos, de todos los pesados que le rodean, soporta siempre, el machaqueo diario de la familia, de los amigos, los compañeros de trabajo, y hasta de los impertinentes, y lampiños dependientes de impersonales franquicias, que, con una estúpida media sonrisa dibujada en su rostro, le espetan con soberbio desprecio cosas tan tontas como.

— WhatsApp no tiene, ¿no? — No hijo, no tengo, sólo tengo SMS —Le contesta con un hilo de voz el Pepitu.

— Son 15,50 Euros caballero, que pase un buen día.  — Y sin más el pueril dependiente da por terminada la venta.

Una vez en la calle con un gesto de desprecio dibujado en sus labios, recuerda en la mente, la voz aflautada del insustancial mocoso, repiqueteando y arrastrando en la cantinela de día, la «ía» hasta el fango. No será gracias a ti, pensó al tiempo que giraba sobre él mismo y sobre su dignidad tocada pero no hundida.

Lo cierto es que, en esta guerra, Pepitu hace una eternidad que va perdiendo, lleva mucho tiempo escondido, agazapado, atrincherado en una guerra sin tregua, sin recibir compasión alguna por la inmensa legión de adictos a la tecnología que le rodean. Acosado sin piedad por los pobres diablos, que ven cumplidos sus sueños por el simple hecho de estar a la última en la moda tecnológica, son acosadores armados con el implacable e impecable Smartphone prolongando su brazo, con él recorren las calles, las pisan tiesos de superioridad, y todos ellos van derechitos como él en dirección al nicho que le tocó en suerte a sus padres en el sorteo de los bloques del barrio. Pero, eso sí, durante el camino disponen de toda la información posible en su poder, se contonean chulitos al andar, piensan que no le falta de nada a la última adquisición telefónica, hasta el tiempo que hace en Nueva York son capaces de decirte sin atisbo de equívoco.

Empieza a sonar una vez más, suena a través del tejido de la gastada americana que le cae por igual a derecha e izquierda de los hombros, discreto corre a refugiarse tras un árbol, mira a los lados y, sin levantar sospechas, despacio y nervioso extrae del bolsillo interior su querido y obsoleto Nokia 3310. Escondido en la palma de la mano y mirando a su alrededor para que nadie pueda darse cuenta del «atraso» —Debe ser el único aún lo posee Hace mucho tiempo que no ve a nadie hablar con teléfonos tan faltos de inteligencia como el suyo. En fin, dejemos la disertación aparte y volvamos a la llamada, a la última llamada recibida; es posible que esta llamada tenga la explicación del cariño por un terminal tan añejo. En la pantalla gris iluminada solo aparecen seis dígitos amarillentos. Ese es un dato que, a pesar de ser un tipo clásico y, para sus hijos más bien un tipo rancio, ese número tan corto le hace sospechar, un número de móvil no puede ser con tan pocas cifras, un fijo tampoco, ya que de unos años hacía aquí hay que añadir el prefijo, y de los pesados del número de impagados de la financiera del sofá aún menos. Lo dejo sonar cinco, diez, veinte, hasta treinta veces los tonos, de mientras el cerebro le echaba humo intentando discernir ¿Quién podía ser?

Con la curiosidad por todo lo alto, y con cierto acelero en los latidos del corazón, justo cuando iba a descolgar dejo de sonar, le lleno de inquietante silencio en sus pensamientos. Ni cinco minutos pasaron cuando estridente volvió a llamar, otra vez, igual, los mismos seis números. Sobresaltado, con temblorosa decisión presiono la gastada tecla verde, y con un hilo de voz de temerosa timidez, esta vez sí consiguió responder.

  • — ¿Si, dígame?

Al otro lado de la línea una voz masculina, el tono de voz le resultó familiar.

  • — ¡Soy José Luís, usted no me conoce, pero me tiene que ayudar, estoy atrapado, hace muchos años que llevo atrapado, ahora vienen, no puedo seguir hablando! Le volveré a llamar.

—    Asustado, Pepitu gimoteaba, no entiendo, ¿oiga?, ¿oiga?

Había colgado, ahora sí empieza a tener mucho miedo, desconcertado devuelve la llamada al número de seis dígitos, y ni un tono sonó.

  • — El número que usted ha marcado no corresponde a ningún abonado. —Decía la voz mecánica del operador telefónico.

Y, Santas pascuas, así se quedó todo el día, pensando, ensimismado y nervioso. La voz, esa voz tan familiar, la había oído infinidad de veces, pero no lograba recordar dónde o de qué.

Llegó la noche, y en el nicho 7º B de la escalera interior derecha le esperaba la cena familiar. Que, para no crear buenos precedentes, fue igual de tediosa que las cenas de los últimos años, los niños dándose codazos mientras wasapean, su mujer la Mariana explicando sin parar, yo no sé qué, de unos vecinos, algo que se supone que debía conocer. Que, si habían montado un cisco de bíblicas proporciones, algo inaudito según ella en una comunidad que de unos años para acá se habían convertido por obra y milagro bancario en clase media. «Creo que la raída americana del Pepitu no estaría de acuerdo con la afirmación» Con la mirada clavada en la Smart TV, no oye la descripción con pelos y señales de la escenita de los vecinos. Ya ni se irrita con la tontería que llevan encima el par de malcriados de clase media sentados enfrente de él, y hoy ni siquiera refugia el pensamiento como es de costumbre en la imagen de Matías Prats y Mónica Carrillo. Hoy solo piensa con emocionante temor en José Luís, en su voz tan familiar, lo tiene en la punta de la lengua, pero no hay manera, se aferra a la punta de ella como Harold Lloyd a la punta de la aguja del reloj.  Por un lado, quiere que le vuelva a llamar, pero por otro no sabe en qué líos puede acabar metido, y como venimos diciendo Pepitu nunca ha sido un tipo excesivamente valiente.

— ¡Mañana es sábado, así que mejor me tomo el Orfidal de rigor y me voy a dormir!

Pensó, con un poco de suerte hasta que no acabe «Tú cara me suena» eso será más o menos sobre las dos de la madrugada, hasta ese momento no cree que aparecerá la Mariana por la alcoba, este vocablo es de nuevo uso familiar, ya que, según ella, dignifica el dormitorio y reafirma la clase media a la que sin duda pertenecen, y gracias a Dios para esas horas ya estará dormido como un tronco.

El sábado amaneció soleado en la ciudad Condal, los vecinos pueblan bien temprano las calles del barrio, sonríen felices de no tener que ir a trabajar, se bambolean socarrones y alegres bajo el Sol que les ilumina. Hoy es el día de la semana en que se pavonean unos frente a los otros, alardean en competición constante de lo importantes que son todos y cada uno de ellos en sus trabajos, nada funcionaría sin su capacidad y experiencia, porque ninguno de sus jefes vale nada sin ellos. Pero al tiempo que llega el segundo round lúdico matinal, que consiste en ver cuál de «sus» empresas es la de mayor magnitud, es en ese momento, cuando se produce el milagro heredado de padres a hijos. Inexplicablemente a una hora determinada dirigen inconscientes sus pasos envueltos en alaridos gallipavos hasta el bar de costumbre, allí, ya no hay límites, allí pueden dar rienda suelta a las más grandes bravuconadas y fanfarronerías. Han sido atraídos por una fuerza gravitatoria invisible, que irremediablemente hace que a las once de la mañana la barra del Bar-Vero sostenga ya varias decenas de quintos, y sujete una treintena de codos reclamando entre alaridos las tapas.

Ante la grotesca escena Pepitu huye a paso ligero y con la vista perdida al frente, a medida que se aleja el griterío disminuye paulatinamente convirtiendo primero el vocerío en murmullo y en silencio finalmente. Con las hombreras de la americana resbalando por los brazos, va en busca de la tranquilidad, que le proporciona el anonimato durante el paseo cerca del Moll de la Fusta, acompañado de las caras sonrientes sujetas a cuellos cervicalmente dañados de los abducidos y desconocidos turistas.

Entre el gentío resguarda sus momentos de libertad para pensar, y esa mañana tenía mucho que meditar. En la mano derecha agarraba con fuerza temblorosa el 3310, la respiración acelerada y, la debilidad corporal al andar, delatan las luchas en su fuero interno, por una parte, quiere que ocurra, pero por otra el miedo le atenaza, aunque está seguro de que va a ocurrir y, sin tardar mucho, sin hacerse demasiado de rogar. Rozando el mediodía, con el calor apretando a cada paso al desandar la amplia acera junto a Capitanía. De pronto empezó a sonar, el brazo le temblequeó y, por un instante pensó en no descolgar, pero no tenía más remedio. Como decía su abuelo «a la fuerza ahorcan» que hombretón era, que valiente era el tío. Pepitu debía salir de la rama de la abuela pensaba siempre de él mismo. En fin, en otra ocasión nos centraremos en los antecedentes familiares de nuestro protagonista. Los tonos no cesan, él cubriendo el móvil con la mano y con la frente perlada por alguna gota de sudor, unas pequeñas gotas que resbalan por la mejilla al inclinar la mirada y ver en la pantalla los mismos dígitos de ayer. Empujando la voz hasta los labios, el sonido que emitió le recordó la voz aflautada de los últimos discursos del Caudillo.

  • — Si dígame —contesto Pepitu—
  • — Al otro lado oyó. — Vuelvo a ser José Luís, tiene usted que ayudarme.
  • — Yo no sé quién es usted, ¿Por qué yo? — Repetía lastimero.

Con serenidad, a pesar de las circunstancias que debía estar pasando aquel individuo, José Luis le contestó.

  • — Tranquilícese, a todos nos controlan a través del teléfono, todo empezó en los años setenta.
  • — No entiendo que me quiere decir.
  • — Pepitu tiene usted que venir, me tiene que ayudar.
  • — ¿Cómo sabe usted mi nombre? —Contesto entrando en pánico.
  • — ¡No tengo más tiempo, estoy en una cantera abandonada en la salida de Madrid dirección a la sierra, venga usted Pepitu, se lo ruego, es el único con el que he podido comunicarme en años, venga por favor!
  • — ¿Oiga José Luís? Si yo vivo en Barcelona, y solo he ido a Madrid una vez, le aseguro que yo no soy en absoluto su hombre ¿Oiga? ¿Oiga?
  • — El silencio se apoderó de nuevo de la tecnología.
  • ¿Qué pinto yo en Madrid? Que lio, que monumental lio, que tesitura señor, quizás me hubiera ido mejor quedándome en el Bar-Vero hinchándome a quintos y cortezas de cerdo revenidas. —Se reñía a si mismo sin parar.

La madrugada silenciosa amparada en la oscuridad solitaria, certera como una daga afilada, precisa y, que, sin remedio, siega siempre un día con el siguiente. Pero la madrugada del sábado fue testigo fiel de este hecho, hasta que llegó el alba del domingo. A diferencia de la placidez acostumbrada que le proporcionaba los ansiolíticos, la noche de hoy transcurrió extremadamente interminable, horas que pasaron lentamente invencibles. Por fin, con el sol iluminando el frescor de los poyetes de hormigón del enjambre de ventanas que cubren cada uno de los edificios del barrio, el Peiptu se pone en pie, y frente al espejo del baño la imagen le devuelve sus ojos dibujando el radio de una telaraña de color rojo en ellos, con el grifo abierto a riego portillo, se da varias palmadas seguidas, impulsando con fuerza el agua fría contra su rostro, chiscando entero el espejo, intenta espabilar la cara, pero aun así al cerrar fuerte los ojos nota el picor de unas almohadillas situadas en el interior de los parpados que le oprimen los globos oculares, ni el agua tan fria de las cañerías hace que se recupere de la noche toledana que le ha hecho pasar el dichoso José Luís.

Mientras aún duermen en casa, agarró la mochila de las excursiones del niño, con vinilo de Dragon Ball incluido en la solapa que cierra el pequeño macuto, y en él echó cuatro mudas, unas camisetas y un pantalón, todo ello medio arrugado, y con más miedos que decisión se aventura a las solitarias calles del domingo. Va en busca de la boca de metro que dista un par de manzanas, si, un par de manzanas, así como dicen en las pelis y series americanas. Una vez subido en el metro de la línea roja y tras un transbordo en Sagrera, el subterráneo le dejará bajo la estación central de Sants, y desde allí, le separan seiscientos kilómetros de la aventura, un abismo le separan de José Luis.

A pesar de llevar toda la vida en Barcelona, como si de un turista se tratará, tuvo que preguntar cómo se iba a la vía de salida del AVE 03462 con destino a Madrid que sale a las 6.40 de la mañana. Entre un montón de directivos encorbatados en sus trajes destacaba él en el andén. Tras las indicaciones de una joven azafata a la que sólo vio sus relucientes zapatos corporativos, dado que la belleza de la azafata sacó la legendaria vergüenza que arrastra el Pepitu desde siempre, siguiéndola con la cabeza gacha se sentó. El resto del pasaje a su alrededor desplego todo tipo de artilugios informáticos, y el de mientras miraba hacía todos lados. Fuera de lugar después de rechazar tomar nada del carrito que apareció por el pasillo, se centró en una peli que pusieron, más que por el interés en el filme, para parecer que pasaba desapercibido. En menos que lo que tardaba él en llegar a Canovelles en las cercanías, con una velocidad endiablada ya se encontraba en Atocha. Tras despedirse de los zapatos de la joven azafata, se volvió a sentar, está vez en un banco del hall de espera.

Su 3310 volvió a sonar, ya un poco más acostumbrado, parecía más seguro al descolgar. Casi no pudo decir nada, balbuceando recibió la dirección de la cantera y la orden tajante de coger un taxi y presentarse lo antes posible para rescatar a José Luís. Durante la espera en la cola de los taxis, se decía a si mismo «Este hombre se está poniendo muy altivo, y aquí el que le hace el favor soy yo» sin creérselo, remató «Cuando lo vea le voy a decir cuatro cosas al amigo José Luís» Ensimismado en ponerse bravo en su interior, escuchó.

  • — ¿Oiga sube o qué?
  • — Si, si voy.

Le leyó la dirección al castizo taxista, y este con un palillo ladeado en la comisura de los labios y con un arrastre de las silabas al dirigirse a Pepitu le dijo.

  • — ¿Se va a quedar allí solo?
  • — Si, me espera allí un amigo.
  • — Bueno, usted sabrá.

El taxista bastante tenía en su vida para preocuparse de él. Después de despedirse, y tragar el polvo en la arrancada del taxista cabreado por la escasa propina que el Pepitu le dejó, se aventuró con su mochila al hombro por un camino que indicaba «Mina abandonada no pasar» Soplando un par de veces, se envalentonó para adentrarse por el túnel, la linterna de los niños alumbraba muy poco cada paso. Tras un tiempo que no podía determinar llegó a una galería inmensa llena de miles de cabinas cerradas, de las que recordaba en su niñez. Todas ellas encerraban un esqueleto vestido, unos arañando los cristales, otros en posición fetal en un rincón de la diminuta estancia.

Con los ojos fuera de las orbitas ante el espectáculo dantesco, oí que me llamaban.

  • — Pepitu, aquí, estoy aquí, venga por Dios.
  • — ¿Dónde? No le veo.
  • — Hacia arriba mire hacia arriba.

Al mirar vio una cabina entre aquel cementerio telefónico que débilmente le hacía señales con la mano desde una altura de cuatro cabinas, fui subiendo con la mochila al hombro como si se tratara de emular a Indiana Jones. Una vez frente a la puerta donde estaba encerrado José Luís, miraba el bulto en su interior que estaba agazapado, veía su espalda, la nuca cubierta de pelo negro, y sus piernas y brazos haciendo un ovillo. Empujó la puerta, y esta se abrió dejando un hilo de polvo proveniente de las gomas que sellaban la puerta, una vez dentro. Gritó José Luís, soy yo el Pepitu, ya estoy aquí para rescatarlo, al tiempo que le gritaba le movió el hombro violentamente, y en vez de darse la vuelta se desmoronó. Las tibias, fémur, pelvis, brazos etc. se desparramaron por el suelo, trozos mal vestidos por el traje raído de los años setenta que vestía mi amigo misterioso, en la caída de los huesos, varios de ellos le golpearon en sus piernas. Se giró, sin respirar, corriendo ralentizado por el pánico, intentó abrir la puerta, pero no había manera, con los ojos fuera de las orbitas, gritaba y se rompía la uña intentado salir. En ese momento la voz, la voz que le había llevado hasta allí empezó hablar por megafonía.

  • — Este tranquilo, no es nada personal contra usted. Dado que vuelve haber demasiada población, nos vemos obligados a iniciar una nueva campaña para limitar sobrepoblación en el mundo.

Llorando entre los huesos de José Luís, el Pepitu se culpaba de que le habían vuelto a engañar, como tantas veces le había ocurrido en su vida.

Tenía agua y unas galletas en la mochila y, pensó, que quizás le daría tiempo para aguantar hasta que la Mariana pusiera en aviso a las autoridades por la desaparición. Dos semanas más tarde en Barcelona, y durante una cena más, la Mariana habló con sus hijos, estaba sería, pero no parecía preocupada, con la sopa humeante en la mesa les dijo a sus hijos.

  • Niños, creo que vuestro padre nos ha abandonado, pero no os preocupéis que mientras tengáis a vuestra madre no os faltará de nada.

Y así de esa manera zanjo el tema, los niños ni levantaron la mirada de la Nintendo DS ante la noticia.

Jordi Rosiñol Lorenzo.

Este relato quiere ser un pequeño homenaje a “La Cabina” La innovadora y genial película de José Luis Garci, Antonio Mercero y José Luis López Vázquez.

Jordi Rosiñol Lorenzo

Nacido en Barcelona, catalán al cincuenta por ciento y por igual de orígenes murcianos. Desde la emigración forzada por la necesidad tras la Guerra Civil, soy el primer retornado de mi familia al mencionado origen. Autor: «Nunca pinto sueños o pesadillas. Pinto mi propia realidad» Frida Kahlo — premio con el relato «Urgencia humanitaria» en el I Concurso de Microrrelatos Navidad 2017 de Molina de Segura. — Finalista con el relato «Hipocresía» en el I Premio Espacio Ulises 2017. — Seleccionado con el relato «El cine de las sábanas blancas» en la antología de relatos «Ulises en el festival de Cannes» Playa de Ákaba 2017. — Seleccionado con el relato «La ventana a la libertad» en la antología «Cosas que nos importan» Playa de Ákaba 2017. — Seleccionado con el relato «La batuta mágica» en la antología «Las 7 notas musicales» Defoto libros 2017. — Columnista habitual desde 2015 en «Periodista Digital» dirigido por Alfonso Rojo. Anteriormente colaborador con opinión en «Crónica Global» y diversos medios regionales y locales. — Articulista de opinión en el Semanal Digital dirigido Antonio R Naranjo.

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