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Tumbado en la arena de aquella larguísima playa, casi infinita, el sol del atardecer, junto a las sombras de unas nubes juguetonas, acariciaban su piel atenuando el desconsuelo sufrido poco antes. El mar empujaba grandes olas hasta la orilla, llenas de espuma y de un sonido hueco al romper con estrépito.
Se conocían desde hacía mucho tiempo, tres décadas. Bien juntos, bien alejados, un fuerte deseo y una atracción mutua presidió siempre aquella relación. Había sido un tiempo de cristal trasparente y brillante, muy enraizado dentro de sus vidas aunque también estuviera anclado a un destino incierto al siempre imponerse lo convencional. Un tiempo frágil al tener que esconder ser pareja de amantes del mismo sexo.
Una antigua estación de tren, como la de aquella película que vieron juntos según juntaban las manos en la oscuridad, fue el lugar del reencuentro. Igual que el protagonista, caminó entre la gente con la vista solamente puesta en él, con un gesto donde anhelos y dudas se mezclaban por completo. Antes de que el otro llegara a su altura, ya presentía que aquello que el tiempo le había hurtado, quizá nunca más lo recuperaría. Sin embargo, una vez a solas y tras los saludos iniciales junto al intercambio de recuerdos posterior, lanzó cuerpo y boca en busca de la ajena, convencido de que sería la única manera de comenzar a hipotecar el porvenir. A punto de fundirse, quiso juntar también las miradas. En su amante vio como esta era deudora del pasado pero, al mismo tiempo, lo era fugitiva ante cualquier futuro.
Después del combate, sentado frente a él, su pensamiento intentó escrutar los rincones más íntimos de aquel ser antes de que el aire se llenara de disculpas y de balbuceos. Su pesadilla se hizo realidad. Llegaban los «te quiero», aunque siempre acompañados por una coletilla donde el «pero» apenas era un leve silbido aunque resonara con estrépito. Solo el silencio que empezó entonces a construir, llenó de respuestas a lo que su boca no decía, a lo que unas incipientes lágrimas gritaban. Cuando la traca final se convirtió en evidente, no pudo más y se derrumbó como si alguien hubiera hecho explotar dinamita en su más profundo cimiento. Por aquellos labios que había mordido queriéndolos atrapar, salió la metralla que lo dejaba moribundo. Su amante jamás abandonaría a una esposa a la que no quería, tampoco confesaría ni a los hijos ni a los compañeros la pasión que sentían. Prefería vivir bajo el manto de una mentira hipócrita ante la sociedad. Incapaz de contestarle, abandonó la casa dando un portazo y escapó hacia la playa, donde ahora estaba tumbado y buscando imposibles respuestas.
Con parsimonia, se incorporó hasta estar del todo sentado y abrazarse las piernas, que se encontraban dobladas por las rodillas. Solo deseaba retroceder en el tiempo, borrar de su vida la última hora. Tal vez, los últimos treinta años.
Los minutos finales del día se desplegaban hipnotizando a cuantos presenciaban la lucha postrera entre el sol y las amenazadoras nubes. No tardó mucho una en anticipar las sombras. Ráfagas de viento, frío y áspero le golpearon el rostro con dureza hasta hacer brotar de sus ojos, ahora sí, un torrente acuoso de tristeza. La imposible relación, confesada tras haberse sentido parte de él mientras se amaban, ahora se dibujaba gris y feroz. Le provocaba escalofríos como si una fina capa de hielo fuera su único ropaje.
La tarde comenzaba a ser pasado y los cúmulos precipitaban el crepúsculo. Mirando hacia el horizonte, subyugado por la angustia interior, parecía que fuera zarandeado y vapuleado por un gigantesco monstruo hambriento de seres incapaces de afrontar el destino. No se dejaría devorar, aspiró el aire cargado de sal y humedad, de ese olor por el que siempre quedaba embriagado, y con zancadas muy cortas, se dirigió hacia las olas que rompían furiosamente.
Ya en el agua, sin llegar a percibir si estaba fría, continuó el lento avance mientras que la espuma chapoteaba a su alrededor. Con insistencia, el mar lo golpeaba en el cuerpo y en la mente, pareciéndose a un rompeolas mientras que la salitre provocaba que la ropa se le pegara al cuerpo. Tal y como sus caricias se le habían adherido a la piel, ya por entonces, para toda la eternidad. La lluvia, ganando en intensidad, comenzó a empapar la arena salpicándola de gruesas gotas. Sólo quería avanzar, alcanzar aquel confín de la tierra, sentirse libre aunque para conseguirlo tuviera que desprenderse de él mismo.
Una voz sonó detrás. Alguien pronunciaba su nombre, le llamaba con un tono de súplica cada vez mayor. No quiso darse la vuelta, continuó dando pasos sobre el lecho marino, ganando centímetros al mar, luchando contra el empuje de las olas que le hacían probar la sal al mojarle los labios, de la misma manera que antes lo habían hecho sus besos. En aquel lugar, ahora desierto, retumbó otro angustioso grito junto al estruendo del oleaje, de la lluvia y de la tormenta. El eco del viento, simulando ser un dios furioso y maligno, devolvió aquel nombre declamado con angustia y suplica pero sin respuesta.
Sus últimos pensamientos, antes de ser invadido por la negrura al completo, antes de llenársele con agua salada los pulmones, fueron sobre ese tiempo de cristal que había añorado durante toda la vida y que tanto había luchado por volver a tener. Igual que su propia existencia, estaba hecho añicos.
Las sombras fueron cubriendo la playa mientras que, a la vez, un rayo rompía el plomizo cielo y cualquier futuro de aquellos amantes prohibidos.