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Qué pocas veces hablo de la lluvia,
qué poco de las rosas anegadas,
de esos charcos que bebo a golpe de desidia.

Llevo tantas tristezas sin decirte mi tiempo
que ya no me percibo en tus oídos,
y empiezo a darme cuenta
de que vestí de equívocos callados
toda la desnudez que me sobraba.

Ahora no me importa
quedarme a la intemperie abriendo cicatrices.

De pronto no me basta ser silencio,
ni morder disimulos y tragar sus añicos.

Llevo tanta indolencia sin contarte el dolor
que ahora se me alzan riadas de palabras
para decir la lluvia.