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Martín Meseguer no era un zombi; ésta, ser zombi, no es la única manera, junto con ser un cadáver, de ser un cuerpo deshabitado. Los zombis, al menos como los vende la industria cinematográfica -no he tenido el gusto, si eliminamos toda irónica metáfora, de conocer a un ejemplar auténtico de esta subcategoría humana- son cadáveres que han vuelto a la vida, pero sólo en su faceta orgánica; sólo se preocupan por comer y cuando no tienen comida cercana, es decir un humano completo por lo general, permanecen en estado de reposo. Sus cuerpos viven, pero están deshabitados como los de los muertos y por tanto, sus cerebros y sistema nervioso sólo cumplen funciones reflejas y vegetativas. Dónde han ido los habitantes que otrora residiesen en ese edificio de carne, hueso y humores, es motivo de controversia en la que no vamos a entrar porque no viene al caso en este relato. Sólo exponer, a grandes rasgos, que para místicos, religiosos y, tal vez, algunos seguidores de la corriente de pensamiento que aborda la descendencia humana de seres extraterrestres que nos visitaron en los tiempos de Mari Castaña, de un modo u otro el habitante (que no es más que un inquilino temporal de un cuerpo hasta que éste queda hecho unos zorros, ya sea de manera natural o por accidente y que paga su alquiler transitando por este valle de lágrimas que llamamos mundo) se va a otro lugar, ya sea otro cuerpo si desea seguir pagando alquiler o le es impuesto esto a modo de penitencia, o un paraíso de seres de luz o de monstruosos seres que te van a hacer la vida (mejor la muerte o postmuerte) imposible, por haber sido un capullo o simplemente alguien que no quiso pagar tanto alquiler (hay que decir que los precios son altos y siguen encareciéndose) por transitar este mundo o por no creerte nada de estas cuestiones inmobiliarias. Para los no religiosos, místicos y extraterrestres, el habitante deja de existir básicamente cuando se extingue el sistema nervioso, es decir que el sistema eléctrico del inmueble y, por tanto, el ordenador central se funden irremisiblemente y con él, todas las creencias, conocimientos y pajas mentales que el habitante, que como hemos dicho se ha fundido, pudiese albergar, saber o creer.

Estás son las dos explicaciones mayoritarias que responden a la pregunta que todo el mundo se hace cuando se encuentra con un finado: ¿dónde habrá ido el alma (o habitante) que animaba (vale decir daba vida, no que le montara la fiesta de manera permanente) de fulanito? Y cada cual que piense lo que quiera.
Pero como estaba exponiendo, y éste es el motivo de este relato, Martín Meseguer no era ni cadáver ni zombi. Sería más parecido a una especie de creación (de la que también nos ha ilustrado el cine en numerosas producciones y que tiene más visos de ser cierta en algún momento futuro que la de los zombis) en la que se combinasen un cuerpo humano con un cerebro electrónico o artificial, carente de los rasgos humanos característicos como emociones, afectos, etc. Pero tampoco era ese el caso de Martín. La diferencia más sustancial que Martín mantenía con este tipo de criaturas era que él no respondía con sus acciones, quehaceres y vida cotidiana en base a un programa (hoy en día se utiliza más la palabra aplicación) que le hubiesen instalado en sus circuitos sus creadores humanos. No. Martín poseía libre albedrío; otra cosa es que fuese capaz de utilizarlo, ejercitarlo y ser, en consecuencia, dueño de él por completo.
Martín tampoco es un loco, por que, en cualquier caso, un loco no es un cuerpo deshabitado, digamos que es un cuerpo habitado por alguien que, bien por trastornos fisiológicos, bien por graves perturbaciones psicológicas, o por una mezcla de estos dos factores, (o una simple y llana renuncia) es un poco raro a ojos del colectivo, independientemente de que este colectivo pueda hacer cosas muy raras y de modo absolutamente fervoroso, como salir en determinados días del año con un cucurucho en la cabeza precediendo de modo muy solemne una pesada y enorme estatua que es transportada en las espaldas de varios, también fervorosos, transportistas que caminan dolientes, por ejemplo; o ponerse muy agresivos si unos hombrecitos en calzoncillos han metido más veces la pelota en una especie de portal con una red que otros que llevan calzones y camisas diferentes, por citar otro caso (hay infinidad) en el que, según en que cultura habitemos, se hacen unas u otras cosas de lo más raro. De todos modos, queda claro que éste no era el caso de nuestro protagonista.
A Martín tampoco lo había embargado un vacío existencial que le hiciese sentirse como un cuerpo deshabitado. Tampoco se trataba de una cuestión de este tipo. Al contrario, se sentía lleno de convicciones, como en un estado de plenitud intelectual, y le era muy sencillo argumentar en base a ellas cuando se daba la ocasión y mantenía conversaciones sobre los más diversos temas; no era una persona inculta; tampoco ninguna eminencia en ningún campo, se podría decir que llevaba una vida normal, su trabajo, su familia, su descanso merecido, su tiempo de ocio invertido en las maravillas que la tecnología ponía a su disposición y que hacían, a su vez, que se reafirmasen sus convicciones y se nutriesen de buenas argumentaciones copiadas de personajes con más o menos buena retórica, con las que abundar en sus argumentos cuando se daba la oportunidad de defender sus creencias y convencimientos con rigor y vehemencia.
Ya vamos cerrando el círculo. Recapitulando: tenemos un sujeto; sabemos que se llama Martín Meseguer; sabemos que no es ni cadáver, ni zombi, ni mezcla de robot y humano, ni un loco, ni ha caído presa del vacío existencial y la depresión consiguiente, ni es un ignorante.
Sabemos, para finalizar y aunque él no lo sepa, que no es más que un cuerpo deshabitado y que podía llamarse de cualquier otro modo.