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Entre tus páginas y las mías, siempre habrá espacios blancos. Entre tu tiempo y el mío, quedaron minutos vacíos, tiempo perdido, jamás recuperado.
Nunca fue todo, ni siquiera mucho, tan sólo un poco, una pizca. Minutos robados, palabras que el viento barría y la lluvia deshacía cómo hojas de papel.
Promesas de instantes felices, sueños de lunas claras, noches de estrellas fugaces.
Todo bello, todo efímero, el sueño de momentos tristes, la luz de la oscuridad permanente.
La palabra libertad se interpuso en una historia sin futuro ni comienzo.

El mar no es infinito, termina en playas y acantilados, el viento se calma y las tormentas no duran siempre. La tierra se nutre del agua de las nubes, y de nosotros mismos, la libertad, querido, no es volar sin rumbo, recalando en rocas sin alimento. Es buscar la propia esencia del espíritu.
No hay libro que escribir se pueda, sin conexión alguna entre dos historias, de personajes distintos. No existen páginas conjuntas entre seres que habitan universos paralelos, se alimentan de manera diferente, e incluso, aunque a veces coincidan en el idioma, no lo hagan en las palabras.

La tierra y el aire, se besan, se acarician, pero no se unen. La arena se toma en la mano, aunque se escurra entre los dedos, el aire envuelve el rostro, el cuerpo sin poder retenerle.
Y así éramos nosotros, nunca compatibles, nunca uno, nunca el mismo camino, ni siquiera veíamos el mismo horizonte.
El miedo a veces rompe sueños, levanta muros, y paraliza almas. Impregna el cuerpo, apagando miradas, haciendo opacas las pupilas.
Tus páginas fueron unas, las mías otras. Distintas, nunca iguales, no terminamos el libro, no existe final dónde no hubo un principio.
Entre tus páginas y las mías hay océanos y mares, tierras y lunas, no se ama lo que no se quiere, lo que no se tiene. Amar no existe en tu diccionario, y el mío está repleto