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Prudencio Carrasco, maestro hojalatero, tenía muchos días enfermo. Tan enfermo estaba que apenas podía mantenerse en pie y debía estar largo tiempo acostado en su cama. Matilde, su esposa, sabía que a su marido no le quedaba mucho tiempo de vida y extremaba sus cuidados para con el enfermo.

Esa noche Prudencio sentía que la vida se le estaba yendo. Durante el día se había sentido como una nube a la que el viento va alargando y, poco a poco, se va difuminando en el cielo. Ahora sentía que esa nube ya no lo era tal, sino que era solo cielo. ¿Cuánto le quedara de vida? ¿Horas, minutos, segundos? ¡Ah si él lo supiera!

Decidió ir repasando su vida. Al final llegó a su nieta Virginia. La recordó en aquella foto familiar -tenía poco tiempo que caminaba y correteaba de un lado a otro-, mientras el fotógrafo luchaba por sacar una toma que pudiera servir. Virginia ahora estaba casada. Prudencio se preguntó si lograría llegar a conocer algún bisnieto. No, él ya era una nube completamente difuminada en el cielo -así se sentía y sabía que no había marcha atrás-.

Con el recuerdo de Virginia en su mente, cerró los ojos. Algunos dicen que los moribundos ven una luz blanca que los atrae. Otros dicen que no ven nada en particular. Prudencio se encontró en medio de un bosque con un camino de tierra que se perdía en el horizonte. El camino lo llamaba, lo atraía hacia él. Mientras él avanzaba empezó a soplar un viento fuerte.

Virginia estaba planchando ropa en compañía de su hermana Alicia cuando sintió que un viento frío entraba en la casa en medio de la oscuridad de la noche; golpeando el vidrio de las ventanas y azotando las puertas de la casa; cerrándose algunas de un portazo y otras abriéndose estruendosamente.

Virginia, sin saber la razón, sintió que su abuelo Prudencio formaba parte de ese viento. Sintió que ese viento era la forma con que Prudencio se estaba despidiendo de ella antes de dar su último aliento.

Virginia no tenía mucho tiempo de casada con Hugo. Vivían en un pequeño apartamento independiente en la casa de sus padres: Jorge y Encarna.

La casa tenía cuatro terrazas o niveles. En el nivel superior con la salida a la calle, vivían sus padres. En un nivel inferior había otra vivienda, que fue donde, por un tiempo vivió mi tía Alicia con su esposo Jorge y sus hijos: Juan, Javier y Sylvia. Bajando unas escaleras de piedra se encontraba un patio con una gigantesca batea, también de piedra. Luego bajando por un camino empedrado se llegaba al último nivel de la casa, en donde, había un taller perteneciente a Prudencio, un patio de tierra y un apartamento; en donde vivían Virginia y Hugo. Al bordear el apartamento se llegaba a otro patio pequeño con un muro bajo que colindaba con un barranco. Al lado del apartamento había un pequeño terreno en donde se destacaba un ciprés que llegó a ser bastante alto.

En medio de la noche, Jorge abrió la puerta de su casa y empezó a bajar por las escaleras y el camino de piedra hacia el último nivel de la casa. Era el portador de la noticia del fallecimiento de Prudencio. La puerta del apartamento estaba abierta y entró llamando a su hija Virginia. La encontró en la sala de la casa, con la tabla de planchar en medio. Virginia, con lágrimas en los ojos, abrazaba a Alicia.

  • ¿Virginia ya sabes la noticia de que tu abuelo acaba de morir?

  • No tengo la seguridad, pero creo que él vino aquí a despedirse-, dijo Virginia.

Jorge, en medio de su sorpresa, avanzó y dándole un gran abrazo musitó:

  • ¡Hija, acaba de morirse hace pocos minutos atrás!

La historia tiene su toque espeluznante, pero Virginia la contaba con tanto amor, que ese dejo terrorífico desaparecía por completo, impregnando la historia con un toque de amor infinito.

A Virginia, siempre que contaba historias de su abuelo, se le iluminaba la mirada y el rostro mostrando un amor irreductible al paso del tiempo y de la muerte.

Fue ahí que comprendí que el amor es capaz de sobreponerse sobre el miedo y la muerte. Supe que el amor siempre brillará más que ninguna otra cosa en el universo.

A lo largo de mi vida he vivido varios encuentros; en algunos casos, similares a la despedida de Prudencio de Virginia, en otros, distintos pero no por eso menos particulares; que me han llevado a pensar que debe haber, llamémosle, un universo paralelo que nos acompaña pero que para la mayoría de nosotros es incomprensible e invisible.

Es así que, a raíz de esta historia, surgen varias preguntas que quedarán sin respuesta:

¿Será que Prudencio tuvo algún poder sobrenatural que nunca lo mostró sino solamente cuando estaba en su tránsito hacia el más allá?

¿El poder de la clarividencia que tenía mi tía Nila sería la herencia de Prudencio?

Y finalmente, ¿Nila realmente fue clarividente?

Quizás todo haya sido verdad, quizás todo haya sido un simple sueño o quizás solo sea una historia más inventada por alguien que juega a ser dios lanzando dados en un mundo paralelo.

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Hugo Hernán Viteri Pazmiño

Nací en el medio de la cordillera de los Andes, en las faldas del volcán Pichincha un primero de Abril de 1965. Mi niñez la pasé entre música, libros y periódicos; entre primos, hermanos y abuelos. A los 9 años me mudé a Venezuela. Llegué a Caracas un veintetanto de Diciembre de 1974 y aún me encuentro caraqueando, como diría mi abuelo. Graduado en ingeniería pero siempre con la vena artística en mi camino. ¿Quién soy yo? Un simple escribidor que trata de pintar un cuadro de lo que pasa por la vida que me rodea desde todos los rincones.
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