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Prudencio salió de aquel taller fotográfico que le había recomendado un amigo suyo y tomó rumbo a su casa en medio de una tarde soleada y olorosa a café, humitas, plátanos asados, choclos y otras comidas ambulantes.

Una vez en casa, Prudencio habló con Matilde, su mujer:

  • He estado pensando en hacernos una de esas fotos familiares ¿Qué te parece la idea?

  • ¿De esas que están tan de moda últimamente?, preguntó Matilde.

-Sí, una de esas. Estuve averiguando precios y no son muy caras.

Matilde lo miró y dijo:

  • Está bien pero que sea aquí en casa, no voy a ir a ningún taller… ¡Ah! y que sea un domingo. Recuerde que estoy en la ferretería de lunes a sábado.

Había que ver lo que le gustaba esa ferretería a su Matilde, pensó Prudencio, y mientras lo hacía dijo que estaba bien, que se haría en casa y un día domingo por la tarde, después del almuerzo.

  • ¿Seríamos nosotros tres: usted, yo y Coca?, dijo Matilde mientras le servía una taza de café humeante a Prudencio. – O agregamos a Encarna, Jorge y, a nuestra primera nieta, Virginia.

Prudencio quedó pensativo. Su primera nieta… sería fabuloso que saliera en la foto… levantó la mirada y dijo:

  • Entonces seremos usted, yo, nuestras dos hijas, Virginia y Jorge.

Durante la semana, en una mañana nublada y fría, Prudencio acordó la fecha, hora y lugar de la sesión con el taller fotográfico. Cerca del mediodía emprendió su regreso a casa rodeado del aroma de los locros, fritada, mote y guatita de los vendedores ambulantes que estaban preparados para la hora del almuerzo.

  • Ya arreglé lo de la foto. Será este domingo venidero a las 3 de la tarde.

  • Yo me encargo de avisarles a todos, dijo Matilde.

Ese domingo fue claro y luminoso. Jorge, Encarna y Virginia llegaron cerca del mediodía y se dispusieron a almorzar. La comida  fue exquisita y después quedaron a la espero del fotógrafo.

A las 3 pm llegó el fotógrafo, con todo el equipo necesario para la sesión fotográfica. Inmediatamente se puso a observar la casa para ver en donde sería el mejor lugar para la sesión. Después de probar varios lugares se seleccionó el más adecuado de acuerdo a lo que medía el fotómetro.

Ahora había que buscar la mejor pose. Estuvieron un rato cambiando de posturas… los hombres de pie y las mujeres sentadas como primer plano… Prudencio y Matilde atrás, Jorge y Encarna sentados con Virginia en brazos junto con Coca. Hasta que finalmente llegaron a la pose ideal, según el maestro fotógrafo: Jorge y Encarna de pie, Prudencio y Matilde sentados junto a Coca y la pequeña Virginia de pie entre sus abuelos.

  • Sra. Encarna, ¿me haría el favorcito de mirar hacia arriba?, dijo el fotógrafo.

Encarna lo miró y le preguntó: – ¿Cómo si estuviera bajando el espíritu santo o algo así?

El fotógrafo asintió pero Encarna le dijo que ella no iba a hacer eso.

  • Es una pena. Eso le daría un toque especial a la foto, dijo el fotógrafo.

Jorge acostumbrado a esas reacciones de Encarna dijo que a él no le importaba posar de esa manera. ¡Ah, pero no sería lo mismo!, exclamó el fotógrafo. Muy cierto, dijo Jorge, pero tendría su toque de originalidad. El fotógrafo, poniéndose filosófico, finalmente aceptó diciendo:

  • En la vida hay que probar, sino como se sabría si una idea es buena o mala sin antes haberla probado.

Varios disparos de flash con su respectiva columna de humo se sucedieron. Virginia quien hace muy poco tiempo había empezado a caminar, andaba de un lado a otro y era difícil hacer una toma perfecta… pero finalmente se hizo y fue la que ha sobrevivido hasta el día de hoy:

Prudencio y Matilde sentados, junto a ellos y parada Coca, Encarna parada justo detrás de Matilde: todos mirando a la cámara, todos serios. Virginia parada entre sus abuelos, con esa mirada límpida y cristalina. Y Jorge, parado detrás de Prudencio y mirando hacia arriba, mientras pensaba cómo haría para construir ese hombre de hojalata que tenía dentro de su cabeza… ¿y para qué serviría? Pudiera ser una marioneta, se dijo… en fin… ya veremos.

Hugo Hernán Viteri Pazmiño

Nací en el medio de la cordillera de los Andes, en las faldas del volcán Pichincha un primero de Abril de 1965. Mi niñez la pasé entre música, libros y periódicos; entre primos, hermanos y abuelos. A los 9 años me mudé a Venezuela. Llegué a Caracas un veintetanto de Diciembre de 1974 y aún me encuentro caraqueando, como diría mi abuelo. Graduado en ingeniería pero siempre con la vena artística en mi camino. ¿Quién soy yo? Un simple escribidor que trata de pintar un cuadro de lo que pasa por la vida que me rodea desde todos los rincones.

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