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Cepilló su cabello negro, a él le gustaba largo, y así lo mantenía, brillante y cuidado. Después de todo… lo pagaba él. Se puso ropa interior negra, a él le gustaba así, y ella se esmeraba en elegirla sexy y de marca. Después de todo… también lo pagaba él.
Ricardo le llevaba quince años, era un cuarentón pintón que conoció en una cena de International Security. —Es casado Vera — le advirtió Jimena.
— Pero tiene filo, y le gustan las mujeres bonitas— argumentó.
Tenía tres hijos con la todavía su esposa, una pobre diabla haciendo el papel de madre abnegada, corriendo detrás de sus tres críos. Paula se llama, la había informado Jimena. Tiene cuarenta como él. Aunque no lo creas, también estudió economía política, pero dicen que largó todo a medida que fueron naciendo los chicos. Hoy es una de las tantas señoras gordas de su casa. ¿Te imaginás, un avión como Ricardo que puede llegar a hacer con una goma como esa?
A veces sentía envidia de la tal Paula, se movía desde una posición consolidada, para usar un término empresarial, pero hoy todo era tan volátil en el mundo de las finanzas que el día que ella se decidiera a presionarlo, la consolidación se le iba a ir a la mierda.
No tenía ganas todavía, era joven, bonita, preparada, y de masa muscular conservada y mejorada gracias a sus clases de fitness, que después de todo también las pagaba él.
Era miércoles, el día de encuentro en su departamento en Puerto Madero. Él lo había elegido. Nunca se iba a olvidar cuando fueron por primera vez: — ¿Te gusta?— le había dicho mimoso —acá vas a vivir.
—Yo no puedo pagar esto — dijo con voz de gatita asustada.
—Yo sí, le contestó Ricardo — y la zambulló en la cama para festejar.
Ella no intentó negarse ni al departamento ni a la cama. Después de todo… lo pagaba él.
El celular sobre la mesa, empezó a chillar.
— ¿Ricardo?
— Gatita, a las nueve estoy por allá, el finde también zafo de Paula, viajo a Valparaíso, mejor dicho viajamos a Valparaíso.
—Te voy a tener que compensar por esto campeón — le contestó entusiasmada.
Buscó en el placard y eligió el solero que a él le gustaba, negro con lunares blancos.
Fue cuando cumplió veinticinco que se apareció con la caja roja con moño dorado. Un solero negro con lunares blancos de seda natural, una preciosura.
— Es un Dolce & Gabbana — le dijo
Ella ni le preguntó lo que le había costado. Después de todo… lo pagaba él.
Empezó a maquillarse con esmero.
Hacía media hora que estaba sumergida en un baño con algas, de espuma relajante. Le gustaba cerrar los ojos y descansar, concentrarse en que era miércoles y los miércoles Ricardo nunca volvía a casa.
Ella se había entusiasmado con una hermosa casa antigua en caballito, pero él no quiso saber nada. Se endeudó con esa quinta en La Lucila, pero zafó gracias a los viejos y a la promoción dentro de la empresa. Ella ni lo discutió, con él, el macho todopoderoso, era inútil. Total… lo pagaba él.
En realidad pensó que la vida era justa, de algún modo las cosas se iban compensando. La semana había sido de mucho trajín, la reunión de padres en el jardín de Francisca, las clases de guitarra de Elisa, las finales de básquet de Guido. Ricardo siempre eligió lo mejor para los chicos.
— No me vengas con tilinguerías de clases baratas— le había dicho.
Ella ni lo discutió. Total… lo pagaba él.
Si algo agradecía en la vida era la existencia de los abuelos.
— ¿Nos dejás llevar los chicos al campo hasta el domingo?
¡A quién se le ocurre que iba a negarse! Al fin sola.
Salió del jacuzzi. Abrió el placard y eligió el vestido que a él le gustaba, el solero negro con lunares blancos de seda natural. Fue un regalo por el aniversario de casados. A ella le gustaba buscar precios, pero él detestaba esas cosas de pobrerío. Después de todo… lo pagaba él.
Se cepilló el pelo, le gustaba usarlo corto. Se maquilló con esmero, después se miró largo rato al espejo. Llevaba bien sus cuarenta, todavía se sentía bonita. Sonó el timbre, apurada se puso un tach de perfume.
Él como siempre sonriente. Le estampó un beso interminable.
— Estás hermosa — le dijo — te pusiste mi vestido preferido.
Él la fue empujando suavemente a la habitación y ella se dejó llevar. Estaba loca por ese empleado de ferretería, de veinticinco años. Era como tener un cero kilómetro, no te fallaba nunca. Empezó a bajarle el cierre del solero. Ella ni le dijo que era un Dolce & Gabbana, capaz que se creía que era un repuesto para el inodoro.
Que predecible eran los hombres, pensó Paula cuando el solero negro con lunares blancos cayó al suelo.