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Un primo lejano, con el que nos encontrábamos solo en los velorios, me dijo “El amor siempre termina en tragedia si se espera lo suficiente”. Yo, a pesar de todo, sigo enamorado de Daiana, pero ella colgó los botines. Gritaba que se había cansado de mis mañas, que parecía un viejo choto con mis argumentos arcaicos. Y me quedé solo como un perro, con las causantes de mi desgracia invadiendo mi intimidad.

Todo empezó esa tarde en la que un par de palomas se alojaron en la ventana de mi cuarto. Mi señora estaba feliz, decía que era algo positivo que hubiesen optado por construir su nidito de amor en ese lugar… mi lugar. Yo creo que después de las ratas y obviamente después de los murciélagos que no dejan de ser ratas, pero con alas, el bicho mas asqueroso que hay sobre esta tierra son las palomas. Hasta la paloma de la paz me parece espantosa. Mi madrina me había contado que cuando aletean reparten bacterias a diestra y siniestra y si justo estas cerca y con bajas defensas, te podés pescar cualquier peste, desde la tos convulsa hasta la tuberculosis. Benito, el gato de Daiana, era el único animal que soportaba a regañadientes en el departamento a pesar de que me llenara el traje de pelos cuando se me refregaba debajo de la mesa mientras tomábamos el desayuno. Ella argumentaba que siempre había tenido animales y yo muy inocentemente cedí. Creí que un gatito sería lo menos traumático, sin pensar que sería Benito quien abriría la grieta de nuestra relación. El gato, era el hijo que no habíamos podido tener, aunque yo lo había desheredado antes de poner sus sucias patitas en el departamento.

No entendía porque Daiana estaba embobada con las palomitas. Yo estaba enloqueciendo por ese arrullo que me perforaba el cerebro. A la vuelta de la oficina, hay una librería bastante completa y arto de las interminables discusiones con mi mujer decidí ir a visitarla. Revolví todos los libros de medicina veterinaria para poder demostrarle a Daiana que mi teoría no era solo una obstinación. Feliz, compré uno que decía que las palomas eran portadoras de cientos de enfermedades silenciosas. Quería demostrarle a Daiana, con autoridad científica que no podíamos permitir que esas horrendas aves se establecieran en nuestra ventana.

—¡Mira! ¡Mira lo que dice! —le indicaba con el dedo una frase que acompañaba a una foto de un chico que parecía tener sarna en el bocho.

—¡Dejate de embroma! ¡Pobre animalitos de dios! ¿Qué te joden? ¡Son inofensivos! Y si vinieron acá, ¡por algo será! Seguro que nos traerán suerte. —me contestaba la muy boba, descreyendo las afirmaciones de un profesional que había pasado años quemándose las pestañas para concluir en esa investigación.

Esa noche no peleamos, pero el gorjeo no me dejó pegar un ojo.

A la mañana siguiente, después de mi ducha habitual, con el toallón amarrado a la cintura, sigilosamente abrí la ventana. Sin que mi esposa se diera cuenta, agarré a Benito y lo solté en el minúsculo balcón en el que solo entraban un par me macetas.

¡Que iluso fui! Pensé que el solo olor al felino podría producir que a los bichos se le ocurriera migrar a otra ventana… ¡pero no! Al parecer ya había firmado contrato ahí y ni por putas había quien pudiese desalojarlos. Las muy turras, desde el dintel, parecía que se cagaban de risa de mi y obviamente también de Benito. El gato, si bien hasta ese día no había sido santo de mi devoción, me sorprendió por completo por su coraje. Al detectar a los plumosos, se subió a la baranda y con un salto digno de un acróbata del circo de Moscú quiso atraparlas. Fue increíble ver ese movimiento atlético casi en cámara lenta, hacía el nido. Pero su suerte, como la mía no fueron las mejores. Benito cayó como un meteorito del segundo piso a la vereda y por poco se estrella sobre la cabeza de una vieja que pasaba despacito con su carrito para caminar. Yo entre el pánico por la reacción de Daiana y la calentura por querer exterminar a las palomas, me quité el toallón y empecé a rebolearlo al mejor estilo de los indios tehuelches. Las muy guachas solo revolotearon un poco, pero las vecinas chismosas pudieron verme como dios me trajo al mundo. El espectáculo fue patético, el gato hecho bolsa abajo, Daiana gritando como una loca y yo en pelotas tratando de dar una explicación al respecto. Me vestí con lo primero que encontré en el armario y acompañé a Daiana a la veterinaria donde le entablillaron las dos patitas de adelante. ¡Que suerte que los gatos tienen siete vidas! Volvimos sin decirnos una palabra, a ella le salía humo por la cabeza, quería asesinarme. Muchas veces habíamos discutido, pero la que se venía iba a ser la nota que le faltaba a la partitura. El fin estaba por llegar. Todo lo que termina, termina mal decía esa canción que me persigue desde la adolescencia y que sonaba como un mensaje satánico en el momento justo que Daiana pegó aquel portazo. Se había hecho las valijas, había metido a Benito, con sus patitas rotas, en la jaula de trasporte y salió como un tornado. Ni siquiera me dijo adiós.

Estaba muy deprimido por lo ocurrido. Pasé varios días sin salir de la cama, solo escuchaba el ruido maldito de esas palomas. El odio a esos bichos se me intensifico, ya no me importaba que mi esposa me hubiese abandonado, yo tenía que aniquilarlas por ser palomas y para mi ese ya era un motivo suficiente. No era por venganza, era mi deber, hacer mi pequeño aporte a la humanidad y a la salud del planeta.

Fui a la ferretería para que me dieran veneno para ratas, tramperas, clavos miguelito y todo artefacto valido para espantar a esos roedores con alas. Fui a la cocina, tomé una escalerita que usamos para subir a la alacena y con toda mi artillería me fui al balconcito. Distribuí el veneno sobre las macetas mezclado con pedazos de galletitas de salvado. Agarré la trampera y me subí despacio. En un momento se me dio por mirar para abajo y ellas empezaron a aletear como locas. El vértigo se apoderó de mi. Solté todo y caí como un piano desde el segundo hacia la vereda al igual que el gatito. No perdí el conocimiento, sentía mi sangre escurrirse entre las baldosas y el sonido de la ambulancia que aullaba desde lejos.

Me rompí la tercer y cuarta vertebra y tuve traumatismo de cráneo. Creo que tengo varias vidas como Benito. Ahora estoy mejor, tratando de recuperar el habla en un instituto de rehabilitación. Las enfermeras me tratan bien, el único problema es que los días de sol me sacan a dar una vuelta a la plaza con un paquete con miguitas de pan para que le dé de comer a las palomas.

Fin

 

 

 

Gustavo Vignera

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