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El deshabitado
se margina,
se preserva,
es huraño;
a mi me gusta en cambio, sin reserva,
que seas harina amasada con mis manos.
El deshabitado…
Es extraño,
obseso,
desvelado,
yo en cambio, amo el baño de tus besos sin reparo.
El deshabitado…
Vive solo,
aúlla,
quiebra platos;
a mí me gusta; cantarle a la luna, a la lluvia, a tu regazo.
El deshabitado…
No se encuentra,
refunfuña,
reniega,
sueña amargo.
Yo quisiera niña, ser la hierba que florece tras tus pasos.
El deshabitado…
Muerde,
araña,
colecciona soledades en inventarios;
a mí encanta: Tu vientre, la tarde, la mañana entre tus brazos.
El deshabitado…
Olvida,
hace mutis por el coro,
se pierde entre resabios.
En cambio vida, yo añoro tu piel y la rosa de tus labios.
El deshabitado
se masturba,
se plaga,
se oxida;
a mí me gusta amarte, y los nudos que crecen entre ambos.
Al deshabitado…
Le enfada
le agravia
le harta
el cielo iluminado;
a mí me encanta: la lluvia y el canto solidario de los pájaros.
El deshabitado…
Se inflama,
se yergue,
se ufana en solitario;
a mí me gustan tu savia y las ganas de amarnos sin recato.
Al deshabitado…
Le duele
le amarga
le inmola
la herida del costado;
a mí; no suele esa carga, fastidiar mi tesón de caracola
por un verso sin resabios.
El deshabitado…
Reclama
se ofusca
se ensaña;
yo ardo como rama en la terca soledad que nos hermana.
El deshabitado…
Es clandestino,
incendiario,
rebelado;
yo soy un maldito desatino solidario, proscrito del pecado.
El deshabitado…
No ríe
no abraza
no ama;
Yo quise ser siempre, la brasa que arde en vuestra cama.
El deshabitado…
Es utópico,
avieso,
nostálgico…
Yo te quiero en mis versos, con tu luz que refulge como rayo.