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Me llamo Luis pero me dicen Lucho. Ahora mismo me encuentro en uno de mis lugares favoritos: El campanario de la iglesia que está ubicada en uno de los extremos de la plaza principal de la ciudad, cuyo nombre lo desconozco.

Desde el campanario puedo ver todo lo que pasa en los edificios, casas, tiendas y negocios aledaños a la plaza. Por eso es que es uno de mis lugares favoritos. Es un lugar muy fresco, protegido de los rayos del sol y solitario.

Desde mi atalaya, veo a aquella mujer devota, disfrazada como una bailarina de can-can. ¿Quizás para sentir el pecado en su piel?

Veo a esa otra chica que ejerce la profesión más vieja del mundo de manera muy discreta. La veo a través de la ventana de su apartamento enfrente de la iglesia. Se está disfrazando como una mujer recatada ¿Quizás para dejar de sentir el pecado dentro de sí?

He visto al ladrón disfrazado de policía y al policía disfrazado de ladrón… aunque en este caso no veo mucho la diferencia: He visto al policía hablando con el ladrón de una manera demasiado cordial, lo cual me ha hecho sospechar que tienen algún negocio común entre ambos.

Aquella familia de blancos, unos amarillentos y otros más rosados; se han pintado su piel de negro. Se ven de lo más graciosos entre la multitud. Y hay negros que se han pintado la piel de blanco. Y árabes disfrazados de chinos y chinos disfrazados de árabes.

Mi madre contaba que el carnaval es como ver el mundo al revés, trastocado… y tiene razón aunque ese revés no sea del todo cierto.

He hecho el ejercicio de imaginarme que disfraz pudiera usar yo. ¿De ratón? ¿De perro? De perro pudiera ser, tengo una referencia cercana en Simba, el perro de la casa en donde vivo. Pero debajo de ese disfraz, seguiría siendo yo mismo.

En lo que va del día he visto a la gente en la calle, con disfraces nuevos. Los disfraces cotidianos hoy se han quedado en los closets. Las serpentinas, el confeti y la música inundan las calles de la ciudad.

Gente disfrazada bebiendo líquidos de diferentes colores, algunos deben ser muy fuertes, porque veo como arrugan sus rostros cuando los beben. Otros fuman y se largan a reír. Otros se empolvan la nariz. Otros se inyectan algo en las venas.

Es hora de estirarme y lamer mi cuerpo para asearlo. La gente es extraña, pero en su mayoría son buenos gatos. El carnaval avanza con sus disfraces y alegría. El carnaval, mucho de apariencia y poco de verdad… como cualquier día de la vida.

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Hugo Hernán Viteri Pazmiño

Nací en el medio de la cordillera de los Andes, en las faldas del volcán Pichincha un primero de Abril de 1965. Mi niñez la pasé entre música, libros y periódicos; entre primos, hermanos y abuelos. A los 9 años me mudé a Venezuela. Llegué a Caracas un veintetanto de Diciembre de 1974 y aún me encuentro caraqueando, como diría mi abuelo. Graduado en ingeniería pero siempre con la vena artística en mi camino. ¿Quién soy yo? Un simple escribidor que trata de pintar un cuadro de lo que pasa por la vida que me rodea desde todos los rincones.
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