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Están los dos en la playa Cabopino. Rincón para amores prohibidos, un refugio libre de moral decorosa, la Taormina de esa Sicilia hispánica en la que habitan. Han pasado muchos años de convivencia en montaña rusa y Carmela aún piensa que tiene pendiente una revancha. Porque él siempre ha hecho lo que ha querido, su trabajo relajado le permite escabullirse en cualquier momento, mientras que ella trabaja más horas de las que tiene el día. La total confianza que se profesan les permite hablar de ese pasado sin miedo:
—Yo nunca lo hice por maldad. Se presentaban las oportunidades y no sabía decir que no. Los hombres no somos capaces de eso. Pero ahora ya sabes que ya no lo quiero. Además esta depresión me tiene de capa caída. Así que sí tú quieres hacerlo, hazlo. No me opongo.
—No seas tan duro contigo mismo, el bache pasará y volveremos a hacerlo a diario como antes. Piensa que es una mala racha.
—Veremos cuánto dura este castigo. Pero no te desvíes del tema: aquí podemos cumplir tu sueño, si lo deseas.
—¿Probar a otro que no seas tú?
—Sí. Te descubriría nuevos sentimientos y a mí no me importaría.
Mientras hablan, él paladea un gin-tonic de Larios y ella saborea con deleite un helado de vainilla. Juega con la bola fría con labios y lengua. Alguien se fija en esos gestos lascivos y ella lo presiente, como toda mujer, aún sin saber quien la observa. Se insinúa más todavía para ese voyeur, hasta que tropieza con sus ojos. El verde de las pupilas de Carmela lee en el desconocido: “sígueme cuando me levante, yo también quiero comerte”.
Carlos ha presenciado la escena y se resigna a lo que sabe que va a suceder. Su amor es tan grande que justifica cualquier sacrificio.
—¿De verdad? — pregunta ella.
—Adelante — bendice él.
El helado se derrite y chorrea por los temblorosos dedos. La complacencia de Carmela se desploma entre sus muslos, que también empiezan a temblar. El caballero se levanta, pasa por el lado de la pareja, y con la mirada la invita a que lo siga. Ella obedece a su instinto ancestral, despertado hace solo unos segundos y busca una última aprobación en los ojos de su marido. No hay problema.
Uno detrás del otro, atraviesan el área recreativa y llegan a los bungalows. Él los alcanza primero, abre la puerta, desaparece y la deja entornada. Con paso firme y mente dudosa aún, Carmela está en el mismo punto. Siente en la espalda el ánimo de Carlos. Un suspiro le da un empujón hacia dentro. La oscuridad se la traga.

—Hola.
—Hola.
No hay nombres, no hay saludo de manos, solo un beso largo inevitable, de lenguas aceleradas, que los une.
Ella ha decidido no pensar, vacía su mente, desnuda su cuerpo, deshace la coleta de su pelo y sacude lo que podría quedar de convencionalismos.
Él se desnuda mecánicamente sin parar de mirar a la luz verde de sus ojos. Esa mirada obsesiva hace que ella se humedezca hasta un punto en que algunas gotas resbalan por la cara interna de los muslos. A él también le gotea la virilidad y ella piensa que se bebería ese néctar. Se lanza hacia él y se lo come por donde quiere que la termine.
Carmela se agarra a ese miembro duro que le rinde homenaje. Dedica un buen rato a recrearse observándolo. Hace mucho tiempo que no tiene uno en las manos y después de tantos días de callar y resignarse, es el momento de disfrutar sin prisa. La cabeza roja, tersa, corona un tronco hermoso. Mira cada una de las venas que llenan de sangre al vástago. Piensa que es como si tuviese a un Apolo excitado a su disposición. Lo lame, como antes hacía con el helado.
El desconocido goza al ver como ella se embelesa y le dice:
—Tengo mucho amor contenido. Dame esa boca con sabor a mí.
Sube a los labios de él y le da a probar lo que a ambos les gusta. Los besos son violentos. Cóctel de mordiscos. Carmela siente todo el morbo de ser adúltera consentida y él, poseído por la lujuria, la multiplica y contagia a ambos.
Empapados los dos de sudor se desploman en la cama. Allí ella se descubre de par en par. Él la coge por los tobillos y la abre al máximo, para luego enterrar su cara entre los muslos. Giros y círculos al compás de los gemidos. Le ordena que siga.
Él se despega y contempla la vulva henchida y rosada.
—Eres lo que no podía perderme por nada del mundo. Desde que te vi comiendo el helado, sabía que eras mucha hembra. Ahora soy yo el que te lame.
Las manos firmes de Carmela vuelven a pegarle a su sexo. No quiere que pare, debe seguir hasta apagar la furia que la domina.
En su cara hay retorcidos gestos de emperadora, mientras se derrama en la cara de él. Lo golpea con embestidas de sus entrañas, que nacen de lo más interno de su deseo. De repente, se convulsiona sin control y llega un primer momento de calma. Se abrazan, pero no hay amor, dulzura, afecto, solo una tregua en la pasión momentánea de su desenfreno.
Vuelve la ansiedad, poderosa. Quiere que la penetre. Lo tumba y a horcajadas lo monta. Todo fluye como aceite. Aún se aprecia el pulso de el terremoto anterior.
Con un ritmo ligero pero constante, se va meciendo con él dentro. Se balancea hacia los lados en círculos. El movimiento se acelera, las manos en los pechos voluminosos, los manosean. En el séptimo, mágico movimiento él grita por primera vez. Con sus manos en las caderas la ayuda a subir y bajar. Es ella la que marca el ritmo. Lo desconcierta, no sabe cuando va a frenar o acelerar, no tiene ni idea de cuándo llegará el final.
El trote pasa a galope y, con gemidos entrecortados, se mecen. Él empuja hacia arriba y la hace volar. En cada grito se van derramando los dos. Una cascada de placeres les desborda finalmente y rebosa entre los pliegues de sus cuerpos.
Sosegados caen, pegados. Siguen sin hablar. Las sensaciones comunes recientes les hacen sonreír.
Suena un click en el cerebro de Carmela y ella vuelve a su realidad. ¿Qué pasará a partir de ahora?: ¿amor tierno con Carlos y sexo salvaje con el desconocido, que se convertirá en un asiduo?, ¿probará nuevos desconocidos, siempre una sola vez con cada uno?, ¿quizá su marido, estimulado por la situación volverá a ser el de antes?…