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El tedio carcome la noche que mantiene la espera
de un nuevo encuentro furtivo antes de que raye el sol.
Ni siquiera las sedas que recubren mi cuerpo
resisten los impulsos provocados por esta desazón.
Caen al suelo con desgana, roídas por la impaciencia,
ultrajadas a deshora sin permiso ni extrema unción.
Las pupilas se vuelcan en resolver un anhelo
más allá de los límites de mi propio balcón.
Ni tan solo la brisa que acaricia mis senos
se basta en la noche para aplacar el calor.
Calor.
Murmullos.
Silencio.
Desesperación.
Y mi cuerpo anhelante se deshace en suspiros
que en volandas llevará el viento
hasta el último instante en el que escuché tu voz.