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Allí estaban sus llagas, desangrando;
tan sólidas, reales, definidas,
que Tomás, como siempre desconfiando,
creyó… al hurgar su dedo en las heridas.

Recelas si en verdad te estoy amando
y con palabra franca, dolorida,
sin cesar te repito suplicando
que sin ti, mi amor… ¡Pierdo yo la vida!

No tengo llaga alguna que ofrecerte,
ninguna herida tengo que te pruebe
que con tus dudas causas mi dolor;

mas la luz de mis ojos es el verte
y todo aliento que a mi pecho mueve,
sólo proviene… ¡De tu ansiado amor!