Mi niñez fue de lo más triste, plagada de sucesos dolorosos.
No conocí la felicidad, vivía atrapada en la oscuridad.
Jamás nadie me dio un beso, ni una caricia.
Desconocía la ternura, que la mirada de una madre te puede ofrecer.
Crecí entre vientos huracanados y violentos, al borde del abismo.
Nadie me enseñó que era el amor, hasta que lo encontré a él.
Con él supe que era la felicidad. Pero nuestra dicha duró poco.
No podía olvidar los sucesos del pasado.
Aunque hiciese oídos sordos a mis voces interiores.
Aunque intentara olvidar mis viejos fantasmas.
Un día estalló en mi, todo dolor, toda rabia, y las voces se alzaron a la vez, haciendo insoportable mi vida.
Debía sacrificar a mi amor, para encontrar la paz.
Un día de luna llena, después del beso más tierno que jamás podrías ni imaginar, le clavé una daga en el centro de su corazón.
Fue un acto de amor. Pero ahora sus ojos negros me persiguen, de día y de noche.
Y mi alma no conoce la paz.
Moriré, aquí encerrada, en esta húmeda mazmorra,
donde apenas entra la luz del sol.
Donde suenan voces ajenas, que desgarran el silencio de mi alma.
La locura se ha apoderado de este lugar, y danzan en la oscuridad,
destellos de maldad.
Moriré, y no encontraré la paz, mi alma vagará sin fin en la eternidad…
Si de golpe, notas la caricia de un aire frío y húmedo,
y un escalofrío recorre tu columna, piensa que soy yo,
que danzo en las noches de luna llena, rozando con mis dedos tu alma.

 

 

 

 

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