Un verano en la aldea

Un verano en la aldea

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

 

 

Llevo tres horas en camino desde que salí de la capital y aún me quedan otras tres horas de carretera para llegar a mi aldea natal.

Me llamo Javier. Tengo 45 años y vivo en Madrid. Trabajo en una multinacional y siempre que puedo intento coincidir mis vacaciones con las fiestas de mi aldea.

Me gusta escaparme hasta allí. Dos semanas completas en las que disfruto, del verde de mi tierra, del olor de la hierba mojada, de la tranquilidad de la aldea. Poder pasear con tranquilidad y ver a los vecinos trabajar en sus campos, con las lechugas, las patatas, los grelos, las cebollas,…etc.

Llego cansado del viaje a casa de mis padres y lo primero que hago después de saludar a mi madre, es darme una ducha bien fresquita y dormir un rato para disfrutar de la tarde. Para las fiestas aún quedan un par de días y mientras tanto quiero disfrutar de la paz y de los míos.

Un par de horas más tarde y después de haber comido, ayudo a mi madre a limpiar la cocina de leña, en donde tantas veces nos hemos reunido a celebrar fiestas familiares o degustar los ricos manjares de mi abuela y de mi madre. Como en la cocina de leña, no se come en ningún lado.

Por la tarde, aprovechamos para ponernos al día y paseando la acompaño al Centro Sociocultural para la reunión quincenal de palilleras de Camariñas. Desde que enviudó hace bastante tiempo, el grupo la mantiene bastante animada.

Mientras ella está en el Centro, yo aprovecho a dar una vuelta. Me ha dicho que no me preocupe, que su amiga María la acompañará a casa como siempre. Entonces aprovecho para ir al campo de la fiesta, a tomarme una cervecita a la tienda-bar de Josefa, mientras veo al abuelo sentado en el banco viendo a su nieto jugar con el nieto del Cojo, el de la Botica. Porque aquí se sigue llamando Botica no Farmacia.

De repente, un puñetazo me hace girar la cabeza y ver la mesa que está al fondo. La peña de los jubilados está jugando a una partida de dominó y uno de ellos, llamado el Bizco, se ha enfadado porque ha vuelto a perder una vez más.

Al acabar decido a andar por los caminos un poco y por cada sitio que atravieso es un vecino que me saluda. Es lo bueno que tiene la aldea, aquí todos nos conocemos y cualquiera ayudaría a otro si estuviese en un aprieto.

  • ¡Anda! ¡Unas ovejas! Hacía años que no veía unas -.

Detrás de ellas, veo corriendo a Oliveira, su dueño.

-¡Oliveira! ¿A dónde vas tan deprisa vecino?-.

  • Estas ovejas, que cualquier día me matan de un disgusto. ¡Estaros quietaaaassss! Ufff, menos mal que se han parado en la pila. Te dejo, Javier, no se me vayan otra vez a escapar-.

Y allí va, rápido como una flecha, se dirigió hasta ellas y las encaminó hasta su sobrino donde estaba esperando con el resto del rebaño.

Yo seguí mi camino, e inesperadamente vi a lo lejos una chica pelirroja menuda muy sonriente y sentí una punzada en mi estómago como si la conociese de toda la vida. Seguí caminando y nuestras miradas se cruzaron. Yo le regalé un hola y ella a mí una dulce y tímida sonrisa que me dejo embobado. Tan embobado que consiguió que me diese contra la única cabina de teléfono que quedaba en la aldea. No la volví a ver.

Después de aquella torpeza, decidí volver a casa. No sin antes pasar por casa de mi amigo Rogelio y ver a sus dos princesas, dos vacas rubias gallegas, como las llama él, Mariana y Rubia. Y siempre acabo llevándome un cántaro de leche fresca recién ordeñada.

Y llegó el día del patrón… Bombas de palenque, pasacalles de la banda de música, misa en la capilla, procesión y lo mejor… la sesión vermouth.

Por la noche, después de la cena, quedé con Rogelio para tomar unos “cacharros”.

Recordamos viejos tiempos y anécdotas y cuando comenzó la orquesta a tocar nos animamos a echar unos bailes.

Él se dirigió hasta Rosita, la hija de la panadera. Llevaban un tiempo viéndose y los deje a su aire.

Yo, por el contrario, estuve un rato observando el panorama, hasta que una mano me tocó por detrás…

Era  Berta, mi novia de la adolescencia. Me sorprendió verla tan radiante, tan guapa. La invité a tomar algo y nos pusimos al día. Era mirarla a los ojos y volver a ser un loco adolescente. Hablamos sobre nuestra vida y ella me comentó que por trabajo, andaba entre Barcelona y Madrid.

  • ¡Qué bien! – Pensé para mí

Después de un rato charlando de cosas banales, no aguantaba más, y acabé preguntándole si estaba casada y para mi sorpresa me dijo que se había divorciado hace poco.

Decidí no perder la oportunidad y la invité a bailar. Me propuse esa noche intentar recuperar aquello que perdí hace tanto tiempo.

Y así fue, estuvimos bailando durante horas, compartiendo risas con Rogelio y con Rosita, al compás de las canciones del momento o de los clásicos que nunca fallan: “Bienvenidos”, “La Barbacoa” o la mítica: “Miña Terra Galega”.

Bien entrada la madrugada, decidimos volver a casa. Rogelio, llevó a Rosita hasta su casa. Y yo acompañé a Berta…mientras caminábamos, nos vinieron muchos recuerdos a la mente, muchas risas. Al llegar, me invito pasar al porche y me ofreció una copa de vino que yo acepté gustosamente.

Disfrutamos de la estupenda noche que hacía, deleitando un buen vino. Nos preguntamos tantas cosas, que hoy en día si lo pienso aún no recuerdo mucho de lo que hablamos aquella noche. Pero, de lo que sí, que no nos olvidamos es de aquella atracción que nunca desapareció entre nosotros.

Y poco a poco, casi sin darnos cuenta, nos fundimos en un cálido y profundo beso. La noche con ella fue pasional y romántica, hacía mucho tiempo que no me sentía tan bien.

A la mañana siguiente, le comenté que tenía que volver a Madrid en dos días y que volviese conmigo. Ahora que nos habíamos reencontrado, no quería perderla de nuevo. Ella aceptó sin dudarlo. Desde ese momento, Berta y yo retomamos una historia sin  final.

 

 

 

 

 

 

.

 

 

 

 

 

 

 

 

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos
El arma secreta de la aldea.

El arma secreta de la aldea.

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

roMuerto el rey, su hijo sucesor decreta, apenas toma posesión del trono, invadir la aldea y obligar a sus habitantes a pagar las cuotas a su reino a pesar de las recomendaciones de lo contrario de sus consejeros y generales. Desde chico escuchó cómo un sólo hombre de la aldea había derrotado a las tropas del reino resultando inútiles estrategias, tácticas, armamentos, número de soldados. Ni siquiera llegaban a la aldea y no regresaba ninguno vivo que contara la desgracia. Por lo que él rey, recién fallecido, ante los resultados obtenidos, había decidido ignorar la aldea y a través de propaganda difundir triunfos donde hubo vergonzosas derrotas a fin de evitar que otras aldeas se levantaran en rebeldía.
El nuevo rey se había preparado con fervor en todas las artes de la guerra y había ideado armamentos que permitieran conquistar la victoria ocasionando el mayor dolor y sufrimiento, a escondidas de su padre, quien sostenía que la preparación militar no estaba entre los conocimientos y experiencias que debía tener un rey para sus funciones. Llegó el día que tanto había soñado y para lo cual con tanto ahínco se había preparado, por ello dispuso que él mismo encabezaría las tropas que invadirían la aldea.
A la aldea llegó un águila con el mensaje a una de sus patas anunciando el fin de la tregua por la muerte del rey y la orden de su predecesor de atacarla.
Se reunieron todos en el centro para efectuar la acostumbrada selección del hombre que le haría frente a la tropa invasora. Sólo se permitía se postularan hombres que no fuesen hijo único, que aún no hubiesen formado hogar o estuviesen por hacerlo, no realizarán actividades o tuviesen dones que ningún otro poseía y no fuese posible reemplazar. 150 hombres orgullosos y dispuestos a ser quien tuviese la ocasión de defender su aldea se concentraron en la plaza principal. Se colocó en el centro del circulo formados por los postulantes el canasto contentivo de 49 hojas frescas y una seca, uno a uno fue introduciendo su mano y girarla para sacar la hoja que el destino le había asignado. Al desfilar el postulante número once, la hoja seca salió. Todos los aldeanos le abrazaron efusivamente y consolaron a sus padres y hermanos. Esa misma tarde el hombre preparó sus indumentarias de guerra, pasó por donde el médico de la aldea quien le dio un brebaje con instrucciones de ingerirlo antes de ingresar a la cueva. Partió con dos acompañantes con la mirada triste pero orgullosa de todos los aldeanos.
Escalaron la montaña y al llegar a la cima se coloca a la entrada de una cueva bloqueada por follajes de la misma planta con que se le había preparado el brebaje que debía beber. Sus dos acompañantes reunieron leña seca alrededor de él y luego prendieron fuego, procedió a ingerir el brebaje según las instrucciones del médico, lenta y delicadamente removió el follaje e ingresó a la cueva, colocó nuevamente el follaje y se adentró. La presencia de olores nauseabundos casi hace que se desmaye pero resistió con valor, consciente de que era un sacrificio necesario para el bienestar de la aldea. Al inicio de la noche siguiente asomó una bandera en señal que había cumplido con la primera fase, sus dos acompañantes reiniciaron el fuego de la madera seca que sustituyó a la que se consumió y corrieron. El guerrero designado salió, selló la cueva nuevamente y tomó el rumbo a su encuentro con la tropa del rey.
Con la complicidad de la oscuridad que aun reinaba, ingresó sigiloso al campamento real, escupió en los recipientes de agua de los caballos, donde se hallaban los depósitos de agua y comida de la tropa, hasta que fue avistado por uno de los vigilantes, alarmó a todos en el lugar y se inició una lucha tan cruenta como desigual. El recién coronado rey ignoró la recomendación de sus custodios y salió con su traje de guerra y se trasladó al sitio donde se realizaba la batalla, al llegar observa cómo el guerrero aldeano acusando graves heridas arrojaba con las manos la sangre que emanaba al cuerpo de sus contrincantes. El rey advierte más decepcionado que feliz el momento en que es vencido con tanta facilidad al imbatible y prestigioso guerrero de la rebelde aldea, sin haber sufrido ni siquiera una baja en sus tropas. Ordenó que montarán el cadáver en una carreta y se levantara el campamento para dirigirse pronto a la aldea y mostrar a su guerrero y exigirles rendición. Se comenzó a realizar la orden de inmediato, pero transcurrido sólo 30 minutos, los soldados comienzan a toser y el rey siente como se eleva la temperatura de su cuerpo en acuse de un malestar que le aquejaba. Los médicos le aconsejan al rey continuar acampando entre tanto se le presta cuidados médicos a los hombres que manifiestan quebranto de salud. El rey ignora la recomendación y exige que la tropa inicie recorrido hasta la aldea.
Transcurrida tan sólo una hora, la tos se ve acompañada de feas erupciones de tonos rojos en la piel que causan dolor así como debilidad y visión nublada y cada vez más soldados caen enfermos; el rey experimentaba los mismos síntomas, y los caballos comienzan a caer brotándoles sangre por sus narices. El rey muy debilitado en su cama solicita la presencia de sus médicos para que le expliquen que puede estar sucediendo, un soldado casi arrastras le indica al rey que uno de los médicos a muerto y a los otros dos le es imposible levantarse de la cama. El rey toma la decisión de ordenar se incinere el cadáver del guerrero aldeano así como los cadáveres que haya entre sus tropas, y el pronto retorno al castillo.
Al cabo de 140 minutos el rey observa como los soldados que custodiaban la entrada de su carpa se desploman. Una humarada entra a su recinto y grita solicitando la presencia de un soldado sin que nadie ingrese en respuesta a su pedido.
Finalmente su soberbia se ve desplazada por su agonía y reconoce que fue un error desatender las experiencias pasadas a la vez que comprende cómo le fue posible a un solo hombre vencer a cuanta tropa de su reino se envió a invadir la humilde aldea.
Luis Duque
© Derechos Reservados

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos
Todo cae

Todo cae

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

Es curioso cómo estás rodeado de gente que está asolada, como casas, como torres, murallas incluidas, a tu alrededor, y sin embargo no eres consciente de ello hasta que ves tu propia destrucción. Cómo eres igual a ellos.
Empatizas casi de inmediato, reconociendo esos ladrillos a sus pies como los tuyos propios. Intuyes qué ladrillos te servirían. Cuáles prestarles. Cómo colocarlos, dónde, en qué orden.. Incluso en qué modo deberíais volver a reconstruiros todos. Como formando una aldea. O una gran ciudad. O un pueblo costero. Lo ves de inmediato. Un flash directo a tu cabeza y presientes que sería bueno, que podría ser, es un buen proyecto.
Sin embargo tus labios se quedan sellados y la lengua como muerta. Los ojos se secan mirando toda esa devastación porque ya no hay lágrimas ni para ti ni para ellos. A veces simplemente tu cuerpo y tu corazón saben que no hay posibilidad, y dejan de funcionar. ¿Para qué?
Y esa intuición que nació siendo una esperanza se queda enterrada bajo tierra. Muy dentro. Hondo. Como toda tú.
He ahí el secreto. Surge otra luz con una clarividencia cegadora. Enterrada. Bajo tierra. Cuídala. Quizá brote.
De pronto en el fondo de tu mente, palpita la luz de una vela, oyes el mar, hueles las olas, el viento te acaricia la cara y el aire entra en todo tu cuerpo meciéndote desde dentro, igual que una nana, y devolviéndote la calma. Y ves el sitio exacto donde vas a construir tu torre. La que te hará otra vez fuerte. Alguien más quiere?

Convocatoria de Desafío Relámpago Marzo17. PREMONICIÓN. Con premio.

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos
Un hámster para Milagros

Un hámster para Milagros

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

Despertó aquel día el primer rayo de sol, miró a su alrededor y sonrió al comprobar la placidez con la que dormían sus compañeros. Se deslizó suave acariciando un aire aún a medio existir y se paseó de puntillas por los campos, pantanos y terrenos fértiles. Saludó primero al banano, luego se acercó al arroz, al maíz y al trigo, siguió entre tierra de papa y yuca hasta adentrarse en la  aldea para por fin infiltrarse en la casa de Milagros, una niña con los ojos más grandes que su esperanza de vida.

La ternura de sus manos cubría a modo de caricia el diminuto cuerpo de un hámster que abría y cerraba sus minúsculos ojos cada vez que la niña  recorría su existencia con la mano.

Al lado del catre donde Milagros, tapada por una sábana muerta de sueño, depositaba su cariño sobre el pequeño lomo de su mascota, una jaula aguardaba con la boca abierta el regreso de su inquilino. De la anilla que servía para transportar la morada del animalito situada en la parte superior, colgaba un trozo de cartón asido a un hilo que la rodeaba y en el que se podía leer: “Hans”.

La pequeña Milagros escuchó una tarde como su madre le daba una tregua al llanto detrás de la puerta y decidió aprovechar el momento para pedirle un hámster. Tal y como estaban las cosas, y por más que el médico recomendó no exponer a la niña a posibles alergias, Osvalda no tuvo corazón para negarle ese capricho a su hija. Pedro, su padre, un hombre robusto y con el sol mordiéndole la piel, movió cielo, tierra e infierno para cumplir el deseo de las dos mujeres de su vida. Se fue a la capital y buscó en los lugares más recónditos una tienda donde poder comprar el animal, halló quien le dijo cómo conseguirlo, pero el dinero que tenía que invertir en ello era muy superior a lo que su familia podía permitirse, aquella especie no era común por aquellos lares y debían traerla de fuera. Fue entonces cuando descubrió que los latidos de la gente de la capital sonaban tan solo a monedas chocando entre sí. Los ojos de su hija, aquella mirada repleta de ganas, le ayudaron a no desistir, pero la desesperación tiraba fuerte de la otra punta de la cuerda que tensaba una voluntad cada vez más frágil y al fin la realidad ganó la batalla, una batalla tan cruel como injusta, ya que uno de los contendientes, Pedro, luchaba con armas muy rudimentarias. Se dirigió arrastrando la derrota hacia un locutorio para llamar a la aldea y que dieran aviso a su esposa de que en la mayor brevedad posible se acercara al único teléfono de que disponía el lugar. Entró al habitáculo sin correr la cortinilla, marcó el número y esperó unos cuantos tonos, sabía que Fermina, la encargada de atender el teléfono, tardaría unos minutos en llegar al aparato por más prisa que se diera. Afortunadamente, la casa de correos, que era donde llegaban todas las llamadas, estaba situada sobre un cerro y eso hacía que su sonoridad alertara a los vecinos más cercanos. Llegó la voz de Fermina a responder con la respiración entrecortada la demanda de Pedro. Tras hablar un breve instante, el padre de Milagros cortó la llamada y se sentó a esperar derrumbado en la banqueta , mientras seguía con la mente la carrera de Fermina colina abajo llevando en sus zancadas el aviso para Osvalda. Sabía exactamente en cuánto tiempo podría volver a llamar. En su cabeza Fermina llegaba donde Osvalda ocultaba las lágrimas tras la mirada y las veía subir de nuevo hacia el teléfono queriéndole ganar la carrera al tiempo. Volvió a marcar y la voz de su esposa descuartizó el primer tono. Él saludó, preguntó por Milagros y se volvió inmediatamente  a correr la cortinilla que le daba intimidad a su tronco y cabeza pero no a sus extremidades inferiores. El propietario del locutorio, desde su púlpito de la comunicación, vio a Pedro llorar con las piernas antes de oírle el llanto y cuando salió el hombre después de comunicarle a su esposa que había fracasado en su empresa, no pudo evitar preguntarle cuál era el motivo de su desconsuelo. Pedro, por pura necesidad, ya que la pena le rasgaba el alma, le contó su historia sin callarse ni siquiera lo que no quería creer. Aquel hombre, uno de aquellos seres con los que el destino decide premiar a veces a algunas personas, decidió volcar todo aquel tiempo libre del que gozaba en ayudar a Pedro, se sentó con él frente a uno de los seis ordenadores de los que disponía en su negocio y le ayudó a enviar un mensaje de socorro en las redes:

“Busco hámster  para mi hija. Rogaría que si alguien dispone de alguno cerca de la provincia me lo hiciera llegar. Adjunto mi dirección y la del locutorio desde donde escribo.”

Eternamente agradecido.

Una vez enviada dicha misiva, Pedro se despidió de aquel hombre dejándole plasmado el abrazo más sincero que poseía y un papel con el número de  teléfono donde localizarle si por aquellas sorpresas que da la vida alguien tenía a bien hacerle ese favor a su pequeña.

Salió el padre de Milagros dejando un haz de agradecimiento tras de sí y unos minutos después se sentó de nuevo Julián, que así se llamaba el propietario del local, frente a uno de sus ordenadores y añadió unas frases que Pedro le habìa prohibido incluir por aquello de la dignidad:

“Busco hámster para mi hija enferma. Rogaría que si alguien dispone de alguno cerca de la provincia me lo hiciera llegar, no le queda mucho tiempo de vida y es su última ilusión.”

Cinco días después esta historia puso a Pedro de nuevo en el locutorio con la enorme responsabilidad de tener que elegir cual de los cuatro hámsters le llevaría a su hija. Tres familias de inmigrantes que vivían en la capital y una que habitaba a sesenta kilómetros de la misma se habían acercado hasta allí a la mañana siguiente para entregar sus mascotas. Julián tuvo que poner otro anuncio para parar la avalancha de ofertas que le llegaban de todas partes del mundo. Pedro escogió a Hans, argumentando que tenía en la mirada el mismo brillo que su hijita y como por arte de magia la llegada de aquel bendito animal hizo que la salud de Milagros mejorase un ápice, tal vez fue la compañía, quizás la ilusión cumplida, la cuestión es que Hans le alargó unos días la vida a su nueva dueña solo dejándose acariciar. Unos días que fueron vitales ya que dieron tiempo a que un Rolls-Royce negro apareciera como parido por una ensoñación tras el polvo del camino que llevaba a la aldea. De él se apeó un estirado señor con chaqué, bigote fino paralelo a la sonrisa, pajarita y maletín preguntando por la familia de Milagros mientras se sacudía la vestimenta intentando ahuyentar el olor a torta de papa que se le había aferrado a la ropa.

Una vez lo llevó la admiración y curiosidad de los lugareños hasta la casa de Pedro y familia, el espigado personaje se presentó.

< Buenos días, dijo haciendo ademán de reverencia, busco a la señorita Milagros. Vengo del hospital Alexander Fleming of London dijo en un español aprendido a empujones.

< ¿Hospital, Milagros?, ¿por qué viene usted de un hospital tan lejano y cómo sabe que mi hija se llama Milagros?

< Por el anuncio de su amigo Julián, respondió el inglés con la sorpresa estirándole las cejas.

Tras unos segundos de desconcierto, Pedro, mediante el forastero, se enteró que el anuncio que Julián había colgado en las redes distaba mucho del pactado inicialmente y que se había hecho viral, una palabra que no había pasado ni de visita por aquella aldea y que Mr Lonegan, el cardiólogo más afamado del mundo tuvo la paciencia de explicarle al sorprendido padre de la enferma. Eso y la infinidad de peticiones de ayuda que lanzó a la red. A una de ellas, precisamente la que había llevado al doctor hasta allí, Julián la había titulado “Un hámster para Milagros” homenajeando una película que había visto con un título muy parecido y explicando con todo detalle lo que Pedro le había confiado sobre la enfermedad de la pequeña. Una dolencia de las llamadas raras conocida con el sobrenombre de “corazón de cristal” y que impedía que Milagros pudiera levantarse de la cama porque el más mínimo esfuerzo haría estallar su órgano más vital. Una enfermedad que menguaba los latidos con el paso del tiempo y que evitaría que la niña viviera mucho más, un mal que el doctor iba a intentar curar por puro amor a la medicina según les dijo.

El doctor Lonegan tras las explicaciones correspondientes y después de conocer a Milagros, el verdadero motivo de su viaje, volvió al hotel donde había decidido hospedar su ciencia, sito en una pequeña ciudad a 44 kilómetros de la aldea donde disponían de Wi-Fi y otras comodidades necesarias para su estancia. Por las mañanas dedicaba a acompañar el té y las pastas a seguir ampliando los conocimientos que había empezado a adquirir días atrás sobre la rara enfermedad de la niña y por las tardes ya cuando el sol empezaba a cerrar los ojos y ya saturado de probabilidades e información se acercaba a la aldea donde Osvalda y Pedro le esperaban agasajándole con todo tipo de viandas compuestas por  los mejores productos de la tierra. Pedro se negaba a aceptar un no por respuesta a su ofrecimiento, aún sabiendo que a ese ritmo de dádivas alimenticias iban a vaciar la despensa que habían tardado en llenar medio año, en tan solo una semana. Mientras el extravagante Mr Lonegan era atiborrado de gratitud se sentaba al lado de Milagros y Hans sobre una escuálida silla dispuesta a darlo todo por la causa. Hablaba con ella y atendía las mil preguntas que la niña le hacía sobre Londres y la manera de vivir de sus habitantes. La boca de la pequeña, al escuchar lo que el doctor le explicaba sobre su gran ciudad se abría de admiración al tiempo que se le iba cerrando la vida con el paso de las horas. Mr Lonegan estudiaba el entorno de la enferma y disponía las cosas como buenamente podía para que Milagros estuviera en las mejores condiciones posibles en aquella habitación donde estaba reunido el mundo, dando orden explícita de no separar al pequeño hámster de la enferma, asombrado del bien que le había hecho aquel pequeño animal a su paciente. Tres tardes  después llegaron con el galeno dos enfermeras, un médico y un joven doctor, estos sí vestidos acorde con los tiempos que vivían, cargados con los aparatos y utensilios necesarios para habilitar un quirófano donde descansaba, ya muy débil, Milagros. Mr Lonegan no había tenido tiempo suficiente para intentar lograr descubrir la cura de aquella enfermedad y el corazón de Milagros latía en sentido contrario a las agujas del reloj, solo cabía una posibilidad, un trasplante. El doctor había seguido la evolución de la niña y lo había previsto todo, incluso un corazón artificial diseñado por un equipo de expertos que guardaban como oro en paño en los laboratorios del Alexander Fleming hospital. Era el momento del todo o nada, si no intervenían  a la pequeña Milagros no vería el siguiente amanecer, la niña solo emitió una petición con la voz más débil aún que sus latidos, quería ser operada con Hans descansando en su mano. El doctor Lonegan no pudo menos que acceder antes de dormir a la niña, una vez anestesiada ya alejarían  al animalito de su dueña. Se arremangó el inglés, la camisa blanca que le sudaba en la espalda, ocultó la tensión en un pañuelo con el que se iba secando la frente y llevó a cabo el trabajo más difícil de toda su reconocida carrera. Ni las condiciones ni el caso que estaba tratando ponían las cosas fáciles.

< Piensen que es su hija, les dijo a sus ayudantes antes de iniciar la intervención. El destino, tal vez las oraciones de Osvalda y los habitantes de la aldea a la vírgen de Chapi, la pericia del equipo médico o las ganas de la niña por vivir lograron que aquella operación, la más complicada de la historia de la medicina hasta aquel momento, tuviera éxito. Nunca ninguno de los presentes pudo olvidar el abrazo envuelto en llanto que se dieron todos los integrantes del equipo médico al perpetrar aquella hazaña  científica. Solo cabía esperar la evolución de la paciente y decidieron ir turnándose una de las enfermeras, el doctor y los padres para vigilar a la pequeña, el resto del equipo abandonó el lugar. Al segundo turno de vigilancia, los plomos de la casa decidieron saltar y se apagó por unos instantes toda posibilidad de recuperación ya que Milagros estaba conectada a una máquina que regulaba aún sus constantes vitales. Estaba destinada a una muerte segura y a pesar de la premura de Pedro por intentar restablecer la electricidad no fue posible hacerlo. El desasosiego se apoderó de la casa, los gritos de desesperación de Osvalda retumbaron en las montañas y parecía que el mundo iba a desaparecer en un instante. Tan solo un hombre, el doctor, mantuvo la calma necesaria para mirar a su alrededor e intentar encontrar una solución de urgencia, buscó cualquier cosa que pudiera ayudarle a generar energía eléctrica y entonces lo vio, Hans. Se habían olvidado de él durante la intervención y allí estaba meneando los bigotes sobre la mano de Milagros y mirando fijamente al doctor Lonegan.

El inglés habló:

< Rápido ¿tienen ustedes una bicicleta o un automóvil desguazado?, necesito un dínamo urgente. No tardó Pedro ni medio instante en traerle uno, ni siquiera se detuvo a preguntar para qué.

Sin embargo la curiosidad de la enfermera venció a su sorpresa y preguntó ya cuando el doctor unía el dínamo a la rueda de la jaula de Hans.

< Tengo que crear el generador Roboski, dependemos de Hans y de su capacidad para mover la rueda a la máxima velocidad posible para crear energía eléctrica.

Una vez lo hizo con la máxima brevedad posible y viendo que la niña  milagrosamente seguía viva, se acercó a Hans lo subió a su mano, lo colocó en la rueda y le dijo tiernamente,

< Corre Hans, corre todo lo que puedas por lo que más quieras.

Hans  depositó el brillo de sus ojos en la mirada del doctor e inició la carrera más veloz de su vida en busca de la vida de Milagros. Fue algo asombroso ver como el animalito logró hacer mover aquella rueda, sus patitas alcanzaron una velocidad antinatural y en cuestión de minutos creo la energía suficiente para restablecer el funcionamiento de la máquina que mantenía viva a Milagros. El trabajo de Hans y el del doctor que practicó unos ejercicios de respiración con Milagros mientras el pequeño hámster  hacía girar la rueda lograron salvarle la vida a la niña.

Completamente agotado y con el aliento escaso se acercó Mr Lonegan a la jaula para agradecerle a Hans haber logrado el milagro y llevarlo de nuevo a la mano de su pequeña amiga, pero el diminuto roedor había perdido la vida para prestarsela a su nueva dueña  en aquella rueda en la que había dejado de jugar desde que conoció a Milagros para estar en su mano.

Dedicado a Thomas Salomón.  Lo prometido es deuda.

 

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos
Recolectores de miel

Recolectores de miel

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

Lo que voy a contar, puede que ocurriera de verdad, o tal vez, puede que alguien se lo inventara. Pero sea verdad, o sea mentira. De todos modos, os lo quiero contar. Según dicen, los hechos acaecieron hace ya más de mil años.
En lo más profundo de un tupido bosque, existía una pequeña aldea, sus habitantes vivían de la recolección de panales de abeja. Además, de recolectar todo tipo de frutas que aquél bosque les daba. Pero su alimento principal sin lugar a dudas era la miel. Era tanta la cantidad de miel que recolectaban que, de vez en cuando abandonaban la pequeña aldea y se dirigían a la ciudad. Lo hacían con la intención de vender una parte muy importante de aquella miel. Que según cuentan, era una miel muy apreciada por su desmesurada exquisitez.

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos
A %d blogueros les gusta esto: