Mar, el mar , la mar

Mar, el mar , la mar

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Mar,el mar,la mar.
Mar abierto, mar profundo…
Nacida de tus aguas saladas,
una tarde de agosto templado
Mar, de transparentes aguas.
Mar, el mar, la mar.
Mar rebelde, mar tranquilo,
mi energía transformas,
entusiasmo contagio…
Mar, el mar, la mar.
Mar bravío,
mar salvaje y atrevido
sin retirarse en la resaca,
cuando regresan tus aguas.
Mar,el mar,la mar.
Mar marinera, desata la brisa
qué despierta el alba,
cabalgando mis sentidos
tus estelas de plata,
marcando en ellas, mi huella.
Mar, el mar, la mar
mar en movimiento,marea alta,
viento que empuja corrientes…
en las aguas bravas.
Llevando hasta la orilla…
la calma
entre susurros
ronroneos blancos.
Mar, el mar, la mar.
Remolinos de agua
lamen la arena,
Besando tu orilla
los diferentes matices,
de azules y blancos
y perfilan la línea
cielos y espuma.
Mar, el mar, la mar.
Mar entre espolones…
Mar entre rocas y escolleras.
Mar entre los acantilados
de tu recortada costa.
Mi nombre paseas
en tu trono de olas,
Reflejos dorados,
en mi pelo se enreda
la mar salada.
Mar, el mar, la mar.

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En mi alma.

En mi alma.

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Me siento en la arena y noto el agua salada y fría mojar mis pies.
Miro al cielo,
azul y limpio,
y no entiendo por qué mi vida parece funcionar al revés.
El ayer se difumina en las pocas nubes que adornan la bóveda celeste.
Y te quiero más que cuando te fuiste,
cuando yo mismo te encaminé a otra parte.
Sonrío y me levanto entre recuerdos,
miradas a lo que ya es pasado.
Y me pregunto:
¿Cómo aprender a no querer?
¿Cómo conservar ese amor que fluyó atrás en el presente?
Me adentro en el mar y abrazo sus aguas como si te abrazara.
Y una media sonrisa se dibuja en mi rostro
al tiempo que tus ojos parecen flotar sobre un océano en calma.
Y bailo chapoteando entretanto te guardo en el único lugar que creo mereces:
te guardo en mi alma.

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TREN DE VUELTA

TREN DE VUELTA

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Se va empequeñeciendo el universo ocre y azul de la costa. Atrás quedan los paseos tranquilos que abanicaba la brisa, el olor a salitre y pescado, el aroma de los galanes de noche que crecen entre las casitas del malecón. El tren sigue su curso. Avanza con un suave y cachazudo traqueteo, rumbo a la capital. A esas horas de la tarde veo como el sol languidece y desfilan por la ventana los últimos edificios del extra radio. Aumenta el ritmo y los campos de vides y olivares comienzan a alternarse con colinas de tierra árida. Para no caer en el sopor abro el libro electrónico. La historia me atrapa un buen rato, hasta que el carrito con las viandas se para delante de mí. Siento ganas de volver, de quedarme para siempre en los olores, sabores e imágenes del fin de semana. Me entristece que no haya marcha atrás, que el tiempo corra inexorable poniendo tierra de por medio.

Mi destino se sonríe. Me observa desde el cubiculo del despacho que ocupo en la planta tercera. Yo le tanteo con una mirada felina. Entonces se acerca. Un hombre de mediana estatura y bigote inglés irrumpe en mi memoria. Habla sobre un tal Rusell y yo atiendo sólo con los ojos. A mis dieciséis años la filosofía nada tiene que ver con mi mundo, hasta que menciona la felicidad. “¿Que hay que hacer para ser feliz?”, pregunto con la intención de sacar partido a una clase que me sume en el aburrimiento. “Elegir serlo”, responde cuando suena el timbre. “Vaya una frikada” me digo, aunque en el fondo tengo la impresión de que trata de decirme algo. Y esa clínica curiosidad mía se empeña en buscarle una y otra vez el sentido sin ser consciente de que algunas cosas sólo se comprenden hacia delante, cuando la vida nos pone en un brete. O cuando diferentes circunstancias confluyen para armar nuestro rompecabezas personal.

Se ha hecho la noche. En la ventana no veo sino el reflejo de mí misma, la mesita del pasaje y el cuaderno sobre el que escribo. Que suerte la mía poder recrear el fin de semana, viajar tranquilamente en primera clase sin necesidad de conducir, tener un trabajo que garantiza mi independencia, contar con una familia unida, amar y ser amada, gozar de salud. Son tan incontables las razones para dar las gracias que un tren de vuelta no alcanza para escribirlas. Mi viejo profesor sonríe desde el púlpito. “Eso es”, comenta satisfecho, “Muchos buscan la felicidad, pero ¿cuantos la viven?”. Camina de regreso hacia la puerta del aula. Y se desvanece.

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