El Ángel de Ezequiel

El Ángel de Ezequiel

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En medio de una cálida y despejada noche de febrero, fue el brillo desmedido lo que hizo que Ezequiel resurgiera de su profundo sueño. Abrió los ojos y vio la presencia de una criatura con grandes alas plumosas y blancas, sentada en el fondo de su cama. La criatura, rodeada de una suave aura, sonrió. Fue entonces que pudo reconocer su rostro.
Ezequiel se sentó en la cama, no pensó que fuera una alucinación o un posible efecto secundario de haber bebido durante la noche, cuando los amigos lo habían llevado a regañadientes a la fiesta de disfraces de la carnestolendas del pueblo, donde había bebido más de lo necesario para olvidar que estaba allí. Era un hombre deprimido y objetivamente desafortunado, pero tenía un mínimo de optimismo y sabía que incluso en los peores momentos es razonable esperar ayuda, tarde o temprano. Para ello nunca tuvo la menor duda. Fue ahí que la vio, vestida de blanco, como una presencia divina. Lo observaba a distancia prudente y solo pudo pensar en la paz que le trajo ese momento. Entre tanto bullicio y locura, el tiempo pareció detenerse, teniendo como marco el confeti y las carcajadas. Entonces lo supo.
– ¡Finalmente! –Exclamó con el corazón lleno de alegría y su voz rota por la emoción – ¡Es una vida que te espero! ¡Tenía razón al creer en ti! ¡Incluso cuando todo era malo, sabía que llegarías tarde o temprano, para protegerme y ayudarme en mis problemas ahora que estás aquí, lo sé! ¡Pero, cuántas cosas tengo que decirte! Y finalmente eres tú, eres verdad, eres mi ángel guardián…
La criatura siguió sonriendo. Ella había permanecido en silencio mientras Ezequiel murmuraba. Cuando de pronto lo interrumpió, su voz era melodiosa.
– ¿Ángel? ¿Qué ángel? –Sus alas se volvieron progresivamente más oscuras, las plumas se convirtieron en piel negra y escamosa, los brazos se estiraron terminando en largas y amenazadoras garras.
El grito que lanzó Ezequiel fue lo último que hizo. El demonio terminó de sacarse su disfraz de carnaval, cogió a su presa y alzo el vuelo hacia la oscuridad…

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Bast

Bast

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Transitábamos sobre la acera rumbo a casa. Tomaba a Micaela de la mano y ella caminaba a regañadientes, triste porque la había reprendido en el colegio por portarse mal. Ya estaba arrepentida yo por ello.

Encontramos en la calle, dentro de una caja unos gatitos. “Adóptame” se leía en un letrero. La alenté a tomar uno. Feliz corrió y asió a una con pelaje negro a excepción de una mancha blanca que semejaba un antifaz sobre sus ojos.

Desde el primer día me sorprendió la inteligencia del animal. Nunca supe de dónde sacó mi pequeña el apelativo, pero “Bast”, entendió enseguida que ese era su nombre.

La gata creció monstruosamente y Micaela no se apartaba de ella. A partir de su llegada dejó se acudir a mi cama para dormir. Mi lugar lo ocupaba la gata “Bast”. Si me acercaba a la felina, ésta arqueaba su columna, se le erizaba el pelambre y chillaba de manera horrible.

Seis meses después comencé a notar que Micaela tenía unas enormes ojeras, se negó a que la ayudara a bañar, asegurándome que era una niña mayor de tres años. Comenzó a elegir ropa oscura y de mangas largas para vestir, se volvió irascible y huraña, impidiéndome entrar a su habitación.

Una noche escuché un llanto desgarrador que provenía de la recámara de Micaela Al entrar observé a mi pequeña desnuda y con la vista perdida, sentada junto a la ventana de hojas abiertas. Lágrimas negras bañaban su rostro. “Bast” la observaba con mirada demoniaca e hincaba sus garras en su cara, cuello, brazos y pecho mientras bufaba. Los rasguños formaban extrañas figuras en su cuerpo.

Al percatarse de mi presencia el animal se arrojó con todo su peso sobre el rostro de ella, haciéndola perder el equilibrio. Me abalancé tratando de alcanzarla. Fue inútil, ambas caían. Micaela se estrelló pisos abajo. Convulsionaba cuando la gata desgarró su pecho de un zarpazo. Observé como del cuerpo de mi pequeña salía una bruma que “Bast” aspiró llevándose así su alma. La felina volvió su mirada maligna y socarrona hacia mí al marcharse.

Desafío Espeluznante (El gato negro)

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El fantasma del pan  7

El fantasma del pan 7

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Cuando Andrea miraba a Pablo lo veía más pálido y delgado que al resto de sus hijos. Caminaba con la espalda encorvada como un anciano, llevándose a menudo las manos al cuello como si le ahogase una cuerda invisible. La pesadilla que le asustó tanto el día que apedreó al mendigo le asaltaba cada noche, aunque ya no gritaba para no amedrentar a sus hermanas, se acurrucaba junto a Pedro y abrazado a él lloraba en silencio hasta que se volvía a dormir. Había veces que el hermano se despertaba y le consolaba, pero no llamaban a su madre que bastante tenía con trabajar, cuidar de las niñas y preocuparse por la salud del padre que había salido de la cárcel muy desmejorado, amén de que no encontraba trabajo y cada vez volvía de la plaza más alicaído y cansado.

 

Los niños tenían por costumbre extender una manta en el portal para echar la siesta todos juntos. Era un momento en que  la familia compartía esa estancia: Los pequeños dormían en el suelo y los padres, cada cual en su mecedora, observaban a los chiquillos mientras daban alguna que otra cabezada. En las tardes calurosas adormecerse después de la comida era inevitable y qué mejor lugar que el zaguán con las baldosas de piedras recién fregadas  para refrescar el ambiente y el sonido de las chicharras en el exterior ambientando el mediodía.

Una de estas tardes en que todos dormían Andrea abrió los ojos pasmados de horror. En su pesadilla el hijo menor desaparecía ante ella arrastrado por las garras de un demonio que se lo arrebataba del regazo. Buscó a Pablo en la manta  para comprobar que se encontraba bien y lo que vió la hizo palidecer. Su hijo se encogía poco a poco sobre el jergón adoptando la postura del feto en el vientre de la madre y le pareció que su niño estaba desapareciendo poco a poco.  Un grito desgarrador escapó de su garganta despertando a los demás que se frotaban los ojos soñolientos y asustados ante la imagen de la madre gritando desesperada señalando a su hermano. El niño parecía una bolita enroscado sobre sí mismo,al igual que las cochinillas, daba la impresión que de un momento a otro se iba a volatilizar en el vacío. El padre se abalanzó sobre la manta para cogerlo en brazos, pero se estrelló contra un muro invisible que le hizo rebotar hasta caer al suelo, quedando tirado como un fardo, sin fuerzas  para levantarse y recuperar el aliento.

 

Andrea se sobrepuso al temor y corrió escaleras arriba hasta su altar rogando a la Virgen a Dios y a todos los santos que se le ocurrieron que protegieran a su hijo del diablo porque se lo quería llevar con él a los infiernos. Cogió la botellita de agua bendita y bajó a zancadas los peldaños esparciendo inmediatamente el líquido sobre  Pablo que prácticamente había desaparecido del camastro.

 

—Padre nuestro que estás en los cielos…. —dijo a su familia que rezaran con ella— santificado sea tu nombre…. — la voz asustada de sus hijos sobrecogió aún más a la mujer, — venga a nosotros tu reino…..— el vozarrón de su marido se impuso en la estancia…..

—Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo…. — el llanto de Andrea distorsionaba su voz pero siguió rezando junto a sus hijos y su marido sin dejar de regar agua bendita sobre Pablito y alrededor de él. Un vapor espeso y maloliente comenzó a subir hacia el techo como si bajo la manta se cociesen huevos podridos o como si las puertas del Averno se hubiesen abierto bajo los cimientos de la casa.

Que el líquido tenía poderes sobrenaturales quedó demostrado plenamente cuando el pequeño comenzó a surgir de entre el vaho en su forma y tamaño original. Se extrañó del mal olor que reinaba en el portal y de ver a su familia mirarle con ojos llorosos y expectantes.

—¿Te encuentras bien….?— preguntó su madre con ansiedad yendo hacia él con los brazos extendidos en actitud protectora.

—Estoy bien pero, ¿qué ha pasado….? ¿Ardió alguna cosa…?

Los chiquillos se movieron con nerviosismo y la más pequeña con voz de pito le dijo señalando la manta

—Tú echabas humo en el suelo….

Ante el asombro de Pablito se escucharon unas risillas nerviosas de parte de sus hermanos….

Levantó la cara hacia su madre deshaciéndose del abrazo y comprobó que sí, que lo que decía Librada tenía sentido, sus ojos lo confirmaban y entonces algo dentro de él se rompió recordando el sueño que había tenido.

 

Unas manos con uñas como garras y fuertes igual que tenazas le arrastraban del cuello hacia la profundidad de la tierra donde un calor asfixiante amenazó a derretir su cuerpo y hacerlo  cada vez más pequeño….

 

Se estremeció de miedo y apoyando la cabeza contra el seno de su madre comenzó a llorar con desesperación….

Photo by Manel

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Los ángeles errados (Primer capítulo)

Los ángeles errados (Primer capítulo)

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Era una fría noche de invierno. El silencio se había apoderado de la solitaria estación de metro. Un vagabundo habitaba el lugar dormido entre dos bancos. De repente unos pasos rompen la noche. Alguien corre. La respiración acelerada de un joven avanza en los pasillos hasta llegar al andén. Se para unos segundos y mira a su alrededor. Al fondo hay otra salida, podrá proseguir su huida. Avanza rápidamente, pero una sombra asoma por la boca de metro que creía su salvación. Se queda petrificado en el centro de la estación.
La calma vuelve a traer el silencio. Otros pasos lo rompen. Aparecen dos hombres por los extremos de la plataforma. Ellos no corren. Se ven tranquilos, incluso felices.
—¡Qué queréis de mí! —gritó el chico visiblemente alterado.
—No hace falta que te lo diga. Creo que todos sabemos para qué estamos aquí —respondió el hombre del que venía huyendo.
Las dos personas que acababan de mostrarse en el andén no tenían conexión aparente. Uno era un hombre bajito y delgado. Tenía el pelo negro, llevaba un mono azul lleno de grasa y pasaría de los cuarenta. Por su pinta se podría decir que era un mecánico. El otro era un tipo de aspecto nórdico. Mediría alrededor de metro noventa y su piel era muy blanca. Tenía el pelo rubio, aunque con una prominente calvicie. Estaba trajeado con americana y pantalones azul oscuro. Lo acompañaba con una camisa blanca y corbata roja. El tipo de ejecutivo que se ve en cualquier oficina de la ciudad.
—Estás vigilando un alma, llevamos mucho observándote. –El mecánico era el que llevaba la voz cantante.
—¡Me he llevado una infinidad de tiempo sufriendo para renacer! Llevo en la Tierra doce o trece años, no tenéis derecho a perseguirme.
—Pequeño, esto es una guerra. ¿Quieres que esperemos a que te vuelvas un hombretón fuerte para que puedas aniquilarnos? Has sido muy descuidado chico, ahora lo vas a pagar caro. –Se burlaba mientras que el tipo nórdico seguía sin moverse.
—Sé lo que estáis tramando. Ya no es igual que antes, las reglas han cambiado —contestó visiblemente nervioso—. No me cogeréis vivo. No seréis los primeros demonios que mato. Recordad mi nombre, soy Yoel. —Mientras soltaba estas palabras se inclinó y apretó los puños. De repente dos espléndidas alas blancas salieron de su espalda mostrando un ser realmente extraordinario. Su mirada era desafiante y estaba preparado para entrar en batalla.
—Yoel, ¿no? Bien, pues yo soy Kim y mi amigo de ahí es Claus —dijo señalando al ejecutivo—. No tenemos pensado perder ante un insecto como tú. Será mejor que guardes tu fanfarroneo y te prepares para estar muchos años en dique seco.
Claus se puso en movimiento. Empezó a caminar hacia Yoel, que se giró para recibirlo de cara. El demonio ejecutivo empezó a transformarse. Su tamaño aumentaba mientras que su blanquecina piel iba cogiendo un color entre amarillo y marrón. Un par de cuernos salieron de su cabeza. Brazos, piernas y cara se desfiguraban a la vez que avanzaba. Al llegar a la altura de Yoel se había transformado en una gigantesca bestia de tres metros.
—Te voy a dar la oportunidad de que luches contra él –dijo el mecánico presuntuosamente–, contra mí no tendrías ninguna posibilidad.
—El tal Kim también había mutado, pero su cambio era menos apreciable. El brazo, recubierto de unas escamas marrón oscuro, finalizaba en una especie de zarpa que parecía hecha de lava. Por lo demás seguía siendo el hombre sucio que era antes.
—Estoy preparado engendro —dijo el ángel con autoridad—. No creas que te tengo miedo.
El gigante, que aún no había dicho una palabra, levantó su brazo izquierdo y golpeó a Yoel con intención de aplastarlo contra el suelo; sin embargo no tuvo suerte y sólo pudo romper unas cuantas baldosas.
El ángel era rápido. Se desplazó hacia su izquierda, cogió impulso en la pared y propinó una patada a Claus en la cara. A continuación saltó por encima de su cabeza para atacar su retaguardia. El demonio se tambaleo mínimamente, pero no desperdició un segundo y se giró sobre sí mismo para intentar cazar al ángel con su mano derecha. Yoel, con un golpe de alas, fue capaz de esquivarlo nuevamente y alejarse unos metros.
—No te será tan fácil —dijo el ángel al poner los pies en el piso—. Soy muy rápido.
Los demonios no abrieron la boca. La situación de la pelea había cambiado. Ahora Yoel se encontraba frente a sus dos contrincantes. A su espalda tenía gran parte del andén. Su movilidad sería mejor y, además, tenía la posibilidad de escapar por el hueco de las vías. Con el movimiento adecuado podría salir vivo de allí.
Claus, que abarcaba la mitad de la plataforma con su asombroso tamaño, arrancó con furia intentando arrollar al ángel. Éste retrocedió volando al ras del suelo. Viró hacia las vías para salir de allí, pero el demonio dio un sorprendente salto y con su puño estampó al Yoel contra el suelo. Aterrizó justo en la boca del túnel.
El ángel no esperaba ser alcanzado. Vio la posibilidad de escapar por el camino de las vías y se lanzó. Su situación empeoró bastante. Las salidas estaban bloqueadas por los demonios y el puñetazo de Claus fue tan violento que le había partido algunas costillas. “Todo este daño con un solo golpe y yo apenas lo moví con el mío” —pensó.
Los pasos del gigante se oían de nuevo. No estaba dispuesto a esperar las divagaciones de su contrincante. Éste se levantó y se dispuso a reanudar la lucha. Cogió impulso y lanzó un veloz ataque de frente. El demonio le quiso dar otro puñetazo, pero volvió a pegar contra el suelo. Ésta era la ocasión de Yoel, había cogido posición debajo del estómago de la bestia. Reunió todas sus fuerzas para propinarle un puñetazo en la barriga que lo levantó medio metro del suelo. Sin dejar que se recuperara flexionó sus piernas y cogió impulso para cabecearlo en la mandíbula. Lo hizo retroceder y perder el equilibrio.
El ángel se defendía bien. La enorme resistencia de Claus había sido superada y tenía una clarísima ocasión de escapar de allí. Justo a su izquierda se encontraba uno de los pasillos de salida. Con el gigante tambaleándose y el otro muy alejado, podría salir volando. Agitó las alas y se elevó para poner rumbo a la libertad. Sólo había sobrepasado el escalón del andén cuando un manotazo lo estrelló contra la pared, justo al lado de la salida que buscaba.
El demonio, furioso por el trato recibido, se equilibró en el momento justo para impedir la huida de su presa. El ángel se levantó después de haber rebotado contra el muro. El guantazo no le había hecho mucho daño, pero sentía sus costillas rotas en cada movimiento. La salida estaba allí mismo, aunque antes de que pudiera pensar en escapar, el mastodonte amarillo estaba saltando al andén para rematar la faena. Le obligó a retroceder al centro de la estación. Había desperdiciado su oportunidad y era poco probable que tuviese otra. ¿Qué iba a hacer?
—Bueno bola de sebo —dijo Yoel para descentrar a su adversario—. Creías que esto iba a ser fácil para ti, ¿verdad? Pues aún no has visto nada. En el próximo ataque de haré hincar las rodillas.
Claus arrancó de nuevo. Estaría a unos veinte metros de distancia. Cogió velocidad y volvió a entrar de frente. El ángel estaba preparado, se puso en guardia. El demonio saltó a su izquierda por encima de las vías. Puso sus pies en el muro y cogió impulso para hacer un ataque lateral. Yoel, sorprendido por el movimiento, lo esquivó en el último momento saltando hacia adelante. La mano del monstruo rozó sus pies y lo hizo caer. Quiso levantarse, pero no le dio tiempo. Claus le propinó una tremenda patada que lo hizo volar hasta el final del andén, chocando brutalmente contra el fondo. La sangre lo salpicó todo. El ángel cayó derrotado allí mismo. No podía mover un músculo. El gigantón, consciente de que la victoria era suya, se fue hacia él para rematar la faena.
Iba llegando cuando una voz se escuchó desde el fondo:
—¡Alto! —dijo el mecánico—. Yo acabaré con él.
—¿Cómo? —respondió su compañero hablando por primera vez—. ¿Cómo puedes decir eso? He sido yo el que he luchado. Me lo merezco, no creas que ha sido tan fácil.
—Vamos idiota —respondía Kim con desdén–. Éste era un alfeñique comparado con los anteriores. Ha luchado con honor, aunque no tuviese posibilidades. Se merece que yo lo termine.
—¡Pero qué coño estás hablando! —elevó los brazos cabreado—. ¡Si quiso escapar!
La disputa entre los dos compañeros dio un instante a Yoel que le permitió recuperar la conciencia. “Sólo hay una cosa que pueda hacer” —pensó. Estaba rodeado por un charco de sangre. Apenas podía respirar.
Puso la palma derecha en el suelo, cerró los ojos y se concentró. Un pequeño remolino de aire se empezó a formar alrededor de su mano. Del suelo comenzó a emerger una espada. Era plateada y muy brillante. Se fue elevando hasta dejar al descubierto la empuñadura.
Kim, que se estaba desgañitando discutiendo con su compañero, notó como Yoel se levantaba. Claus tapaba casi toda la escena con su voluminoso cuerpo, pero vio un movimiento extraño por detrás de él.
—¡Atento estúpido! —dijo con todo el desprecio que pudo—. Ese mosquito aún no ha muerto.
El monstruo se giró y abrió los ojos sorprendido. Yoel lo apuntaba con la espada.
—Reza todo lo que sepas engendro, aunque ya te digo que no te servirá de nada.

(Disponible la novela completa en la tienda de desafiosliterarios.com)

 

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El origen de las palabras. Demonio

El origen de las palabras. Demonio

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¿Algunas personas son un poco exageradas y te han dicho que “eres un demonio” o incluso que “eres peor aún que un demonio”? Y si te lo han dicho ¿fue alguien muy enfadado o estaba sonriente? Bueno, no me contestes. Lo que te quiero decir es que ser un demonio no siempre fue malo. Verás:

Esta palabra proviene del latín “daemonium” y ésta a su vez del griego antiguo, “daimónion”, o bien “daímôn”. Sin embargo, esta palabra significaba “espíritu, deidad, divinidad”.

Los “daímones” no tenían por qué ser malignos. Eran almas de muertos que según Hesíodo, hacían de guardianes para los mortales. Aprovecho para recomendaros investigar respecto a Hesíodo. Si tenéis interés, os contaré más cosas de él.

Quizá se puede aclarar que he sabido que la palabra “theós”, “dios”, se refería a deidades en persona.

Existía por ejemplo la palabra “eudaimonía” que quiere decir “felicidad” o “buena suerte”, como “ayudado por espíritu bueno”.

Con el cristianismo, muchos términos de origen pagano, adquirieron un sentido negativo. Y así fue como esta palabra se transformó en el maligno.

Pero el recorrido que hacen las palabras es largo. “Dividir”, es una palabra española que proviene del griego antiguo: “daíomai”, “dividir, distribuir” y con “démos”, “tierra, pueblo”, tal vez en alusión a la división de las tierras. ¿Era “Daímôn” el “espíritu que repartía (dividía) destinos y fortunas”? Pues no lo sé. Yo no estaba. Quizás por eso mi fortuna se la dividieron mis hermanos mayores. Porque yo no estaba.

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