“Ni machismo ni feminismo, igualdad”, decían

“Ni machismo ni feminismo, igualdad”, decían

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Tras mucho debatir conmigo misma por las esquinas, después de discrepar con mis propios pensamientos –esos que nos han inculcado a todos desde la cuna– puedo decir con toda rotundidad una cosa: soy machista. ¿Qué otra cosa podría ser si me han educado en una sociedad patriarcal?

Quizá todo comience en ese momento en el que nos visten con el primer traje. Si llevo un vestido y es rosa, soy una niña; si visto pantalones y un jersey de punto azul, soy un niño… Esto está muy claro; es más, en muchas ocasiones nos ha pasado: hemos visto a un bebé y nos hemos dejado guiar por el color de la ropa para despejar la incógnita del sexo. El problema es que el sexo no es complementario, no se es hombre o mujer. Hay más posibilidades. Cada persona es un mundo y, por ende, sus gustos serán diferentes. Quizá esto sea demasiado subjetivo, es más, yo misma no recuerdo cuál fue mi primer traje; sin embargo, creo que todos recordamos cómo nos llamaban de pequeños. Ese apelativo cariñoso con un trasfondo de lo más machista. Un niño siempre es un campeón y una niña, una princesa. Siempre. Y esto, desde que nacemos. Aún nos resulta raro leer ciertos estudios sociológicos que a menudo inundan las páginas de los periódicos. Sin ir más lejos, el otro día leí uno que me dejó confusa y me avergonzó como miembro de esta sociedad. Una niña, con seis años, ya se siente inferior física e intelectualmente con respecto a su compañero de clase. ¿Y la causa?
Podríamos remontarnos muchos años atrás. Podríamos hablar de Aristóteles o de Isidoro y decir que el cuerpo de una mujer es “enfermo por naturaleza” y que “a causa de su debilidad térmica, envejece más rápido”. La desgracia de la vejez solo le ocurre a la mujer; de hecho, es una desgracia tan desmedida que se convirtió en tópico e inunda nuestra literatura: “coged de vuestra alegre primavera / el dulce fruto, antes que el tiempo airado / cubra de nieve la hermosa cumbre”, “Goza labios y lengua, machácate de gusto / con quien se deje y no permitas que el otoño / te pille con la piel reseca y sin un hombre”. En el primer ejemplo, Garcilaso nos recuerda que a cierta edad peinaremos canas, que tenemos que coger el “fruto” antes de llegar a tal extremo. Ha de ser horrible que el blanco nos inunde, quizá ese día ya no seremos suficientemente válidas –ante los ojos de un hombre, claro; siempre nos tenemos que validar en su mirada–. El segundo ejemplo es más duro. Por favor, cuídense de llegar a la vejez con la piel deshidratada, y mucho menos, sin un hombre al lado. Si lo hacen, habrán fracasado como mujeres.
Me gustaría decir que son ejemplos aislados de la literatura, pero, sin duda, hay muchos más. Goethe dice que “al envejecer, el hombre construye su rostro y la mujer lo destruye”, el hombre siempre tiene más poder que la mujer y, si no, piensen en Margarita y Fausto. La mujer siempre ha tenido que acarrear con un mayor peso en todo lo que concierne a la hacienda, mientras que el hombre es feliz “experimentando”. Como es sabido, “el odio violento es la manera más pacífica que tiene de expresar su amor un marido, un amante, un enamorado”, y no lo digo, lo expresa Umbral, que a imaginación y desfachatez no le gana nadie. Y como último ejemplo, para acotar la lista de algún modo, mi favorito: “las mujeres están para ser gustadas. Después, unas se dejan, otras no… esto ya va por provincias”, es decir, las mujeres somos objeto de consumo y estamos divididas en dos clases: las que se dejan (unas frescas) y las que no se dejan (unas frígidas). Si “te dejas”, les encanta en el momento, pero al rato, comienzan a pensar que eres una fulana (y eso en el mejor de los casos). Si no lo haces, insisten, y da igual que digas “NO”, porque, como todos sabemos, cuando una mujer dice “no”, en realidad, está diciendo que sí. Obviamente, esta última perla es de Cela, y como todos sabemos, hay frases suyas que pican y otras que no, como los pimientos de su tierra.
Sin embargo, de la cita me llama la atención “esto ya va por provincias”. Es decir, no se comporta igual una mujer de Cáceres que una mujer de Toledo o Alicante. Esta última está destinada a ser la belleza del Fuego o, como poco, a ser dama de honor. Se coloca una mantilla blanca y ya está, se convierte por arte de birlibirloque en novia alicantina para exhibirse delante de la mirada masculina de la ciudad y dejar claro que “oye, estoy soltera”. En Cáceres, la mujer no se muestra tanto, es el hombre el que intenta ligar haciendo alarde de su condición de “conquistador”, ya que, como decía Luis Chamizo, son “los nietos de aquellos machos / que triunfaron en América”. Cuando la mujer dice que sí, el asunto termina en boda; pero si la mujer dice que no, el hombre se aferra a la “Jota de la Uva” y le contesta: “eres alta y buena moza, no te lo presumas tanto que también las buenas mozas se quedan para vestir santos”.
Todos estos pensamientos, de alguna manera, calan en nuestro lenguaje, y lo que es peor, en nosotras mismas. Nos lo hemos creído. Lo hemos creído siempre. Nuestro futuro se redujo a dos opciones: esposa o monja. No podíamos gobernar, nosotras solo paríamos y amábamos. No éramos autónomas, estábamos destinadas a ser un objeto en manos de un hombre. “Hija de…”, “hermana de…”, “esposa de…”. Solo hay que ver cómo presentaban a las mujeres en sociedad: “el señor González y señora”, por ejemplo. No sabemos cómo empezó todo, quizá venga del Génesis o, peor, de las Metamorfosis, de Ovidio. Han conseguido arrebatarnos de la historia, de la literatura y lo hemos consentido. Hemos pasado por la educación secundaria sin un solo referente, bueno, quizá esto no sea del todo cierto, hay quien ha tenido la inmensa suerte de encontrarse con alguna profesora que se ha atrevido a hablar de la grandeza de Curie o de los avances de Margarita Salas. Con catorce años llegamos a soñar con la vida de esas científicas y, en algún momento, quisimos ser esa química o esa bioquímica, pudimos apreciar que había mujeres importantes, autónomas y muy inteligentes, lo conseguimos gracias a esas profesoras que se salieron del canon para mostrarnos que existíamos, y seguimos recordándolas con una sonrisa.
Esto lo ha conseguido el feminismo, la igualdad entre mujeres y hombres –hay quien todavía no sabe lo que es– y si esto se estudiase en los colegios e institutos todo sería diferente. Esta lucha llegó a mí un día por casualidad y aún me emociono al recordarlo. Cada día soy un poco menos machista y me entusiasmo al saberlo, me he rodeado siempre de mujeres libres y trabajadoras, de amigas que han abierto los ojos y saben que son las dueñas de su cuerpo y que, pase lo que pase, las mujeres siempre estaremos ahí para apoyarnos y para abrazarnos cuando cualquiera lo necesite. Somos conscientes de que somos muchas y que, de vez en cuando, se unen más compañeros a esta lucha necesaria. Otros tienen miedo porque piensan que vamos a hacer con ellos lo mismo que ellos hicieron con nosotras; sin embargo, aún no han caído en la cuenta de que el machismo ha matado muchas veces y el feminismo ni una sola.

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El naufragio

El naufragio

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Tomaré un trago más de este vino. Me reconforta su sabor afrutado y algo ácido. Hace más dulce la espera.
Hoy, cuando llegue ella, firmaremos los papeles y separaremos nuestros destinos definitivamente.
Triste final para una época de nuestras vidas que ha sido en muchos momentos, feliz.
Nunca se me había pasado por la cabeza que podíamos terminar así, nosotros, que éramos ejemplo de convivencia para otras parejas.
Ni nadie pensó que acabaríamos separados, y sin ningún motivo aparente, sin ninguna evidencia externa que hiciera pensar que no seguíamos siendo la pareja perfecta.
Es que no hay una causa clara, un motivo grave para terminar con una relación ya larga como la nuestra. Pero por alguna razón, nació entre nosotros la desidia, el aburrimiento, la falta de interés o de ganas de estar juntos. Y así también, la acusación mutua de culpabilidad o responsabilidad en dicho desinterés.
Hace mucho tiempo que no nos apetece salir solos, y resultan agobiantes esas noches de ver la televisión juntos, pero en soledad, dirigiéndonos apenas unas palabras.
Ni tan siquiera el sexo, que ambos reclamábamos a menudo tan poco tiempo antes, tenía el poder de volver a unirnos, salvo en alguna contada ocasión.
Con seguridad, esta separación será lo mejor para los dos. Además, ha sido algo consensuado. Hemos descubierto que tenemos ideas distintas sobre cómo afrontar ciertos problemas; unas formas de pensar, y hasta de sentir, que no se corresponden después de tanto tiempo, con lo que creíamos saber uno del otro, y que nos hubieran llevado a la ruptura más adelante y hubiera afectado a unos posibles hijos.
Sin embargo, ahora tocará olvidar también lo que nos unía. Una evidente atracción sexual, ya que hemos aprendido juntos; muchas aficiones comunes, amistades, y el cariño.
No podemos llamarlo amor en esta situación, pero si afecto y admiración el uno por el otro.
Tendré que olvidar su cuerpo, su sonrisa, hasta su voz.
Olvidar lo bien que lo pasábamos cocinando juntos, los días de playa, o esas noches de pasión.
No sé qué palabras usaremos en la despedida; ni tan siquiera sé si nos besaremos. Es, en todo caso, un trámite desagradable. No envidio a quien tenga que pasar este trance si además va acompañado de resquemor o incluso odio hacia la expareja.
Aquí está ya. Tan guapa como siempre. Su sonrisa ahora es como la mía, con un deje de tristeza y un tanto de alivio. Nos damos la mano. Un beso en la mejilla. Su perfume inunda mis sentidos una última vez.
Una despedida.

Photo by Daquella manera

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Mi más bonita casualidad

Mi más bonita casualidad

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He sido demonio por fuera

y diosa por dentro.

He sido, aunque tú no hayas estado

y eso me gusta.

Te hice presente para darte mi futuro

y me doliste en la clavícula

al sentir el peso del aire espeso de tus pulmones.

Y ahora solo quiero comerte el aire,

que sientas que te falta la respiración

y no encuentres ningún inhalador.

Quiero que muerdas el polvo y me lo eches,

que seas dios conmigo y que estés

aunque yo haya sido.

Que qué sabrá Bécquer de poesía

si no te ha visto susurrar recetas en mi garganta,

que el despertador no tiene ningún sentido

si me despierta diez minutos antes y no puedo rendirte.

Perteneceré a tu pasado más perfecto,

me convertirás en fuiste y en ya no serás.

Y no volveré. Y ya no te querré.

Y ya no seremos. Ni haremos.

Solamente serás.

Y me acordaré de la bonita casualidad

que fuiste conmigo.

De cómo apurabas las últimas caladas

de mi aire en cualquier rincón de Madrid,

entre gente infeliz que finge felicidad

en la calle del miedo.

Me acordaré de ti,

de lo que pudo ser si me hubieses mirado

de otra manera.

Un condicional hipotético, pasado

y frustrado, porque no puede volver a atrás.

Si me llevas al olvido, llévame bien.

No dejes que me pierda ni que divague entre tus cosas

sin rosas con las que adornar

este bonito soplo que me nace.

Sin mi más bonita casualidad.

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Poema para salir del agujero

Poema para salir del agujero

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Lo difícil es salir del agujero.

Mirarte en el espejo y explicarle al reflejo

que todo se acabó.

Que ya no te esperará a la salida del teatro

ni en ningún lugar

y que ya no sonreirás al escuchar su nombre.

Lo difícil es arrancar las hojas de ese libro que ha llegado a su fin,

que has sabido cómo acaba demasiado pronto

y solo has tenido la miel en los labios.

Que se acabó.

Que ya es tarde.

Se terminó y nadie sabe por qué.

Has hablado con la Luna y no tiene ni idea de por qué el imbécil del Sol dejó de darte calor.

Lo difícil es disfrutar de diez minutos de sábado en pleno día de diario

y, para ti, todos los días son lunes.

Pero sin darte cuenta, todo cambia.

Eres joven, inteligente, guapa…,

bueno, lo de guapa me lo ahorro porque tú vales más que eso.

Ahora te das cuenta de que desde ese agujero puedes ver el cielo,

puedes rozar las estrellas con la punta de la lengua

e incluso saltar de amapola en amapola por un valle inundado de rojo.

Ahora recuerdas lo que decía tu abuelo.

Las rosas nunca morirán, son inmarcesibles y siempre se hacen más fuertes en primavera.

Ahora merece la pena bajar a por el pan,

saludar a la vecina que siempre te ignora y salir a correr.

Ahora todo significa algo.

Ahora, vuelve a mirarte en el espejo

y dile a tu reflejo que todo lo que has pasado ha sido una mierda de ensayo,

que ahora viene lo bueno.

Que a la salida del cine o del teatro hay hombres,

pero que ninguno te merece.

Dile al espejo que miente, que nunca es tarde,

dile que sí, que terminó, pero que menuda bendición.

Dile que ahora el tiempo es tuyo.

Que se puede parar a pesar de lo que digan los locos de los físicos.

Dile que las casadas son infelices y tú puedes hacer lo que te dé la gana.

Dile que te gustas.

Que siempre te has gustado.

Que te maquillas para ti y para nadie más.

Dile que tus vaqueros no los cambias por nada,

que los tacones son de princesas y tú eres republicana.

Disfruta de tus arrugas, de tu ilusión,

de cómo ha cambiado tu cuerpo y de lo que sentirás.

Que puedes vivir sin sexo,

pero que cualquier noche, en cualquier bar, cualquiera se te acercará, y entonces les dirás, que ni hablar.

Que vales demasiado para una noche.

Créetelo y ahora rompe el espejo,

no vuelvas a mirarlo.

Pero, antes, dile de mi parte que él también puede creérselo.

 

(Videopoema en el siguiente enlace: https://www.youtube.com/watch?v=Cu6KNK6ecwQ )

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Y llegó el día de la boda…

Y llegó el día de la boda…

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Me niego a ir. Si me dicen algo diré que no me ha llegado la invitación y que ni mi madre ni mi tía me habían dicho nada. Pero Ana se enfada. Dice que tengo que ir y que me acompañará. Que en estos eventos se liga mucho y ella siempre sale victoriosa. Y aquí estoy. En un probador pequeño del Corte Inglés peleándome con esta cremallera que no cierra. Dicen que me queda bien, que parezco una mujer y todo. Pero yo me siento rara. Quiero mis vaqueros y mis playeras. Estos tacones de tres metros me ayudarán a hacer el ridículo para no variar. Y por si fuese poco, tengo que entrar en la iglesia y hacer con que lloro cuando los novios se besen.

Menos mal que la comida me pondrá de mejor humor.  Me imagino un cordero asado o algo parecido.

Llega el camarero. Salivo. Abro los ojos demasiado. Levanta la tapa y… me entran ganas de llorar.

Una hamburguesa como el tapón de una botella y un pimiento verde que adiviné con la lupa. Media hora después comenzó el baile y lo mejor de la noche: barra libre. Me atrincheré en un taburete de la barra y comencé a beber. En el cuarto mojito se me acercó el tío soltero del novio. Era mayor. Bastante. El pelo canoso y ese traje negro de corte moderno me hacían dudar en cuanto a su edad. Era una especie de rockero camuflado en un cuerpo de jubilado feliz. Se pidió un Martini y bebimos mientras apostábamos por la fecha del divorcio.

Él acertó y nos casamos.

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