Quiero ser

Quiero ser

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Quiero ser la brisa matutina que despeina tus cabellos
y te susurra al oído palabras de pasión.
Quiero ser la garúa vespertina que te besa los hombros
y se desliza por tu espalda.

Quiero ser el deseo nocturno que no te deja dormir
y hace que deslices tu mano inquieta bajo las sábanas
buscando tu sexo turgente y febril
para apaciguar esas ansias que cosquillean en tu vientre.

Quiero ser los jadeos del placer que te estremece
y el mordisco que te das en los labios cuando te satisfaces.
Finalmente quiero ser la sonrisa que se dibuja en tu rostro
y la serena calma que embarga tu pecho cuando duermes.

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El corazón encharcado

El corazón encharcado

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Y se paró el momento,
en un camino sangrante .
Donde el dolor en su alma,
clavo sus garras hirientes,
destrozando el corazón de la que estaba presente!

Mirad, ¡está aún dormido!
No hagáis ruido, que descanse.
Que el infinito dolor se ha calmado, que no vuelva a molestarle!

Su blanca mano pasó,
acariciando su frente.
Con dulzura sopesó, que aún estaba caliente!

La ternura fue el hilo,
para hacerle una corona .
El beso tan desmedido,
¡le hizo herida en su boca!

Los recuerdos que eran vagos y estaban tan escondidos,
manaban como agua fresca .
¡Que de repente quemaban en un cuerpo dolorido!

El vientre primera cuna .
Ojos iluminando niñez .
Sus limpias manos,
encaminaron los pasos .
Manantial fueron sus pechos,
¡para alimentar su ser!

Eres pedazo de mí
Sangre que mis venas lleva .
Afán que mi vida llena.
Amor que tan fuerte es,
¡convirtiéndose en condena!

El camino se iba andando,
con baches, con polvo, y piedras .
Pero calzados de unión,
se convertía en llanuras .
A veces de decepción, a veces de amarguras.
Y siempre era su amor,
¡el triunfador sin reservas!

El abrazo que llegaba,
fundía a los dos en uno.
Cuál chimenea encendida, lo acogía en su regazo.
El lecho en su corazón, el hielo en la noche fría, fundía llena de amor

Y ahora permanecía,
tan inerte, tan callado.
La madre era esa mar,
de lágrimas contenidas .
El dolor, cruel cuchillo.
El robo de su pequeño, ¡eran como horas perdidas!

Carmen Escribano.

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No hay taxis disponibles

No hay taxis disponibles

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Es terrible no saber adónde ir.

Vistes con las calles como un abrigo.

Ciertas casas son amigas, otras ya no pueden visitarse.

Viejos amores acechan en los portales;

tras las ventanas las mujeres envejecen.

Florece el desdén.

 

Has declinado muchas invitaciones,

dejado teléfonos sin contestar,

dicho -No- a los pocos que te necesitaban.

Abandonado en una isla de tu propia invención

has lanzado mensajes, deseos.

 

Que inútil es saber que adónde quieres ir

no es ningún lugar definido.

Los trenes no te llevarán allí,

los autobuses pasan de largo sin detenerse,

no hay taxis disponibles.

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Echo de menos

Echo de menos

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Echo de menos la calma del ayer,
aquellos tiempos tranquilos
en que vivir y envejecer
no mantenían el alma en vilo.

El trato directo con la gente,
el insustituible arte de charlar,
de compartir experiencias, de amar
sin mundos virtuales, frente a frente.

Echo de menos las miradas,
los llantos, las risas, las caricias
con los ojos, con las manos, sin pantallas
ni frases tecleadas, tan ficticias.

Tal vez sea un tiempo sin retorno,
quizá sea perpetua esta condena
y arrastre hasta mi muerte el dolor sordo
de esta honda añoranza, de esta pena.

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Mujer de barro

Mujer de barro

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Era barro.

Barro y sal.

Sal, espinas y el huracán de su mirada

invitándome a navegar,

ofreciéndome una entrada

por la que no saldría jamás.

 

Yo contesté sí

Y se engalanó de mí.

 

Fui lava.

Lava en su mar.

Mar, peñascos y la borrasca de sus muslos

empeñada en bailar,

haciendo creer que fuimos uno,

uno en su ( en mi) soledad.

 

Llegó el sueño de despertar.

Solo aquel recuerdo te pertenecerá

cuando consigas que ese barro seque

y este poema se funda con la eternidad. 


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