Por su propia seguridad

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NUESTROS PATROCINADORES
«El inspector Tontinus y la nave alienígena», de Avelina Chinchilla
«Botas de hule», de Arturo Ortega
«Mar de sueños azules», por Mar Maestro.
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Pienso llegar a mi destino pese a todo, aunque este «todo» parece estar consiguiendo al menos retrasarme.
Ahora estos simpáticos servidores de la ley y el orden me han pedido que circulen a 20 km por hora por encima de lo que recomienda la vía. 200 euros, pero ha sido por mi seguridad.
Mierda de suerte la mía, cuando hace tan solo 20 km, que casualidad, que él pinchó una rueda, y entonces la benevolencia no estaba para ayudarme. Estarían ocupados cobrando a otros por su propia seguridad.
Pero tengo que llegar. Ya. ¿Qué más puedes pasarme? Seguro que una vez aquí se me olvida este maldito viaje y dejaré tener la importancia del dinero que me va a costar. O quizás todo esto me ocurra en forma de aviso para que la vuelta.
No. Ahora ya estás cerca no me voy a acobardar. Seguro que ella merece la pena.
Al menos por teléfono en voz suena dulce. Es cierto que en esta época de videoconferencias y fotografías digitales parece bastante raro que aún no sepa cómo es su físico. Todo el mundo tiene infinidad de fotografías en las redes sociales. Pues ella no. ¿Debería ser sospechoso?
Ella dice que es una romántica, y que quien se enamora de ella debe hacerlo por su interior y no por su físico, y me ha asegurado que es atractiva. Si, ella podría ser un señor con bigote, y por eso yo empecé a hablar al menos por teléfono después de tanto conversar con ella a través del chat. ¡Señor, a mi edad y haciendo tonterías de adolescente!
Digo yo que, después del viajecito de 200 km, la multa, el pinchazo y esa maldita avispa que se ha colado por la ventanilla y me ha comido literalmente el brazo, esta chica (si es que es una chica), al menos me dará un achuchón. Tal y como va el día, probablemente no será muy agraciada y me hará pasar un rato (es una romántica, que no se me olvide) cogidos de la mano a la luz de la luna antes de hacer que me vuelva a casa solo y cansado y reprochándome mi propia estupidez.
Bueno, tras esta trágica epopeya ya estoy aquí, donde habíamos quedado. Y por ahí viene lo que parece una chica. Sí; me sonríe, es ella.
Pues… vaya…

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DESAFÍO MALDITO VIAJE MALDITO. Convocatoria y clasificación en tiempo real

El quijote verde: El rival de Dios

El quijote verde: El rival de Dios

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Desde chiquito, allá en su Bowen natal, al Tito lo embelesó todo lo que estuviese relacionado con el azar. Con el tiempo llegó a tachar de su vocabulario las palabras Dios y destino, navegando a la deriva por un río de casualidades que estimulaban el momento en el que debía tomar decisiones cardinales. Como si en cada una estuviese jugando a una ruleta donde todo resultado podía ser viable.

A tal punto llegó su afición a esta especie de “casualistica” -valga el término aunque no exista- que tras obtener los doctorados en física y matemática en la U.B.A, comenzó el más inquietante de los juegos: el de la bifurcación de su universo personal. Lo desvelaba el saber que habría sucedido si en determinada coyuntura, hubiese enfilado por otra senda.

A Tito le fascinaba tomar decisiones. Así fue que comenzó a contestar una misma pregunta con un sí, un tal vez o un no. Retornaba a su casa desde el trabajo por tres caminos distintos, en auto, a pie y en bicicleta. Adoptaba distintas posiciones políticas para luego estudiar sus consecuencias. Podía ser un adoctrinado integrante de la Cámpora, un adorador incondicional de Lilita Carrió o hasta un apático cultor del no te metas. Trataba de construir varios caminos y mantener esos rumbos paralelos lo más lejos posible. Estos comportamientos veleta, que para Tito eran, en el plano experimental, altamente gratificantes, para la mayoría comenzaban a ser los de un perfecto loco de atar.

Al límite mismo de ser encamisado tuvo el clic mental que lo salvó del hospicio.
Al comienzo de la primavera del doceavo año, en el tercer milenio (nunca supo cómo), pudo separar sus mundos y tras cada coyuntura trascendental, emprender todas las vías posibles. El Tito logró entonces entrar y salir de sus diferentes existencias en el plano de un simple espectador, regodeándose ante tamaña gama de chances. A los pocos días ya había perdido la noción de cuál era su vida base, más poco le importó y comenzó a saltar de un lado para otro inventando nuevas líneas cuando lo creía conveniente. ¿No era eso acaso lo que había buscado por más de treinta años?, una red interminable de azares.
Ateo de alma, tuvo la certeza de haber hallado al fin la confirmación de la no existencia del ser supremo, ni del destino. Ese conocimiento lo reconfortó plenamente y desgastó los primeros meses del nuevo año henchido de satisfacción y orgullo.

Solo unos pocos días atrás cayó en cuenta que todos sus Titos eran tristes, erró desesperado por sus miles de rutinas buscando vanamente un protagonista alegre, optimista, con ganas de vivir. Mortificado, no encontró, aunque más fuese, el esbozo de una minima sonrisa. Mucho le dolió deglutir la noción que por más vidas nuevas que crease había una constante que lo llevaba indefectiblemente a un penoso final.

Dicen sus vecinos, familiares y amigos (a mí no me consta), que allá en el distrito del sur mendocino lloró nueve días y diez noches antes de asumir que el destino existía y que le sería imposible sortearlo. Parece ser que el peso de un Dios (omnipresente y vengativo, él cual no aceptaba ningún tipo de competencia) terminó por enterrarlo.

No me pregunten en cuál de sus cien mil y una vidas Alberto Romualdo Santisteban se pegó un tiro aquella mañana fría de enero del 2014.

Photo by encaso

¿He Sido Yo?

¿He Sido Yo?

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Como una serie inalterable de catastróficas desdichas, así podríamos definir mi vida.

Me llamo Gimeno de Montelirio. Por mi nombre pudiera parecer que pertenezco a una familia noble, y no solo lo parece, poseo en realidad desde mi nacimiento un título nobiliario. Soy Conde de Montelirio y Sotoancho por parte de abuelo y Marqués de la Entrepierna por derecho propio. No me sirven para nada, pero a las mujeres les fascina saber que están con un tipo con semejante pedigrí.

A la edad de 4 años mis padres se dieron cuenta que yo no era como los demás niños, seguramente a esa edad tan temprana lo intuyeron más que tener la certeza completa del tal hecho.

Pero lo cierto es que no andaban muy descaminados.

Y como las desgracias nunca vienen solas, o al menos eso dicen, yo no vine solo a este mundo, llegué con un hermano gemelo adherido a mi cordón umbilical, después de horas de cirugía lograron despegarnos.

Dicen que era rubio y lozano como un membrillo en octubre, pero murió de color morado en noviembre por unas fiebres rarísimas de las que nunca supieron su procedencia. Mis padres tuvieron que vivir con la pena de perder un hijo y la alegría de criar a otro.

Mi madre me llevaba todas las mañanas al parque, uno muy bonito y distinguido, donde todos esos niños de ricitos de oro, rebequitas finas y calcetines de hilo escocés, saltaban sin mancharse cerca de los charcos. Yo lo intentaba, me refiero a ser como ellos, pero había una voz dentro de mí que me decía:   “Salta al centro del charco. Salta, no seas blandengue. Salta”.

Y yo que me quiero mucho y me tengo en alta estima, saltaba.

Al saltar a ese paraíso de barro y suciedad no solo disfrutaba como un cerdo, sino que ponía hechos unos verdaderos cochinos a todos aquellos bonitos niños de abriguito celeste y pantalones de paño, lindos pequeños vestidos como tiroleses en día de fiestas patrias.

Las miradas de padres, madres e hijitos todos conjuntados, se clavaban en mi, un escuadrón ejecutor de tiroleses tan estirados como palos de estaca. Inquisidores de tres al cuarto, pretendían hacerme sentir mal, que tuviera la plena conciencia de lo que había hecho. Y yo en mi interior, dudando sobre la maldad de mi acción, me preguntaba, ¿he sido yo?.

Mi madre tenía la intención de que socializara, al no tener ya hermano y vivir alejado de mis primos, mi vida transcurría sin parientes cercanos, así que ella en su buen juicio entendió, que los amiguitos del parque vendrían a sustituir mis carencias afectivas.

Pero la verdad es que no sé que pasaba en aquel parque con las medidas de seguridad, no existían o brillaban por su ausencia. Los niños pequeños tenían accidentes terribles todos los días.

Mi buen amigo Alvarito, con quien jugaba los martes a la pelota, venía con su abuelo, era algo torpe jugando, se caía cada tarde. Había días que se daba en las piernas, otros en la barriga y un día sin saber como, se arreó un buen golpe en la cabeza. Su abuelo presa del pánico y nervioso por la impresión, corrió a socorrer a Alvarito con tan mala fortuna que sus cordones de cuero se enredaron con el filo del tobogán y cayó sin remedio y de cabeza, sobre un carrito de bebé.

Abuelo y nieto estuvieron una buena temporada alejados del parque, curándose de las heridas que les había ocasionado la caída. El bebé del carro se hizo un hombre de golpe, por el sofocón y por la docena de puntos de sutura que tuvieron que darle en la frente.

Rápidamente mi madre me presentó a otros niños, el trauma por haber perdido a mi gemelo y ahora a mi amigo, suponían daños irreparables para mi tierna infancia. Estaba forjando mi personalidad y este tipo de vivencias no eran nada buenas, no, nada buenas.

Así que imploró a mi padre que me llevara de compras, esas que solo comparten los muchachotes de la casa, “cosas de hombres” que se dice.

Fuimos a unos grandes almacenes. Al entrar por las puertas me sentí como un rey tomando posesión de sus riquezas, todo cuanto veía me gustaba. Mi pasión por la natación y la pesca, por el mar en general, me llenaron de nuevo de ilusión y tuve claro lo que quería, pescar.

Nos adentramos en el stand de “Caza y Pesca”, allí mi padre siempre compraba lo necesario para nuestros fines de semana en las cabañas de “Lago Tahoe”, no era el de los Estados Unidos, se refería a un chiste que teníamos entre los dos. Mi padre me decía, “Ta vá a joé que este finde vamos al lago” y solo con eso nos reíamos muchísimo.

Había un señor muy amable, informando y enseñando el manejo de los anzuelos, las cañas, incluso el último grito en pesca. “Pesca con arpón desde un dron”.

Yo que siempre he sentido que tengo una especie de habilidad para provocar todo tipo de accidentes, pensé que mejor no me acercaba al stand, pero aquel señor tan amable me miraba sonriéndome, invitándome a acercarme. Parecía tan atento y servicial que pensé que debía intentarlo, que a lo mejor no pasaba nada y que aquello eran tan solo manías mías. Un trauma sin fundamento que habían fabricado el «club de los tiroleses» para mí.

—Hola hijo, ¿como te llamas? -preguntó con voz melosa el atento vendedor.

—Gimeno, señor -contesté con muchísimo agrado.

—Vale Gimeno ¿te gusta la pesca? ¿te gustaría probar el último grito en estas artes? verás, es con un dron. ¿Has usado alguna vez alguno?

Quise decirle rápidamente que sí, luego tuve miedo de contarle mi pequeña proeza con el dron de Miguelón, aquella mañana de reyes cuando bajó al parque para enseñarnos a todos los niños lo guay que era aquello.

Juro que solo lo tuve cinco minutos en mis manos, no sé que pasó, aquello echó a volar y volar y parecía que tenia vida propia. Lo vimos alejarse en la inmensidad del cielo. Nunca más lo volvimos a ver. Recuerdo que todos me miraron. De nuevo en fila, el escuadrón de tiroleses hizo piña mirándome. Y aquella pregunta volvió a asaltar mi mente. ¿He sido yo?

Pero ahora era diferente, aquel señor me había parecido tan amable que no pude resistirme.

—Sí señor, soy un experto, tengo horas de vuelo de dron en campo abierto.

—Perfecto entonces, Gimeno, toma los mandos, acabo de cargarlo con cuatro mini arpones. ¿Ves aquella pecera con globos que simulan ser peces? prueba a ver si eres capaz de pescarlos.

Los pequeños arponcitos eran diminutas agujas de acupuntura, era el tamaño de prueba de tienda, si lo comprábamos, nos daría el original con sus arpones de acero más gorditos.

La gente sintió curiosidad y se arremolinaron en torno a la pequeña piscinita un grupo de japoneses, origato sabe a gato, decían, o eso me parecía oir.

Cuando tomé el mando del dron me sentí tan poderoso, que tuve la genial idea de pescar algo más gordo. No es mi culpa, es esa vocecita que tengo dentro que me dice, ¡No seas güevón, hazlo tu puedes, ánimo, salta o brinca!. En este caso me dijo… ¡Dispara!.

Y vi esa frente del guía del grupo de japoneses, que parecía tener pintada una diana en el centro, me llamaba a gritos, ¡no pude resistirme!.

Dirigí mis arpones contra la cabeza pelona del japonés hambriento de conocimiento, y sin pensarlo dos veces le hice un tratamiento intensivo de acupuntura en su linda cabecita redonda. Cayó fulminado al suelo, después me enteré que aquellos pequeños dardos inofensivos, estaban impregnados de un aceitillo de Argán al cual este señor era alérgico.

Se tragó parte de la lengua y perdió media ceja en la caída al darse con el filo de la pecera. Un escuadrón de japoneses en fila, me miraron de nuevo increpando mi proeza, y volví a preguntarme, señor… ¿He sido yo?

 

Durante años he vivido aislado, decidí poner tierra de por medio entre la civilización y yo. He vivido en una isla del Pacífico, con la sola compañía de cocoteros y sirenas imaginarias. Por lo menos no he dañado a nadie y sobre todo, nadie ha vuelto a mirarme culpándome de todo.

Hace dos días encontré una botella a la deriva, dentro de ella había un mensaje escrito: “Sálvame, ven a buscarme” y a continuación unas coordenadas.

He estado meditando, valorando si debo ir en su busca. Puede ser una broma, pero, ¿y si alguien realmente está necesitando mi ayuda y   puedo hacer algo para salvarlo?. Además, estos años en soledad seguro que han curado mi magnetismo con los problemas. Lo he decidido, he fabricado una barca de remos con cañas y hojas de palmera. Hoy será el día. Voy a salvar a ese náufrago.

Está amaneciendo y mi barca ya huele a libertad, a salvación. Esto era la señal que necesitaba para comprender que todo está bien, que estoy curado y que hay alguien que me necesita y que me va a estar eternamente agradecido por primera vez en mi vida.

El sol ha subido un poco más, atisbo en la lejanía un islote y unas señales de humo. Me voy acercando y compruebo que hay un señor con barba ondeando una camisa a modo de bandera, le hago señas para que me vea. No puedo evitar mi sonrisa, ¡lo he conseguido! ¡lo he encontrado! ¡voy a salvar a alguien!.

A unos metros, disfruto del mar en calma, la belleza de las olas, el olor del mar, todo huele a salvación. Extenderé mi mano y subirá conmigo a la barca, después veremos hacia dónde nos dirigimos.

Que raro, ha bajado el nivel del mar. El náufrago está temblando ¿qué diablos le pasa? ¿acaso tiene frío? será la emoción del momento, me tiende su mano pero aún no logro alcanzarlo. Su cara es de pánico ¿que le pasa? si ya he llegado.

El mar se mueve bruscamente, un sonido extraño irrumpe en mi escena de salvación. Vuelvo a mirar su cara, es de espanto y mira hacia mí señalando.

Giro mi cabeza hacia atrás y allí está, la ola más inmensa que ha podido ver un ser humano en directo. Me ato al mástil de palmera de mi barca y noto que floto por encima de la gigante ola. Miro hacia abajo y allí al fondo del abismo, veo a mi último amigo sobre la tierra. Mi náufrago insalvable, el hombre que confió en un extraño para ser rescatado, ahora es un batiburrillo de palos, algas, peces y agua.

Adiós amigo, al menos tú ya no podrás mirarme y sentenciarme, pero inevitablemente me vuelve a asaltar la eterna pregunta, acaso… ¿He sido yo?

 

Siento que mi vida no acaba aquí, esto no ha hecho más que empezar…

 

Firmado: El ingenuo, torpe y desastroso, Conde de Montelirio-Sotoancho y Marqués de la Entrepierna.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SUGESTIÓN (quinta y última parte)

SUGESTIÓN (quinta y última parte)

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– No. Estás en trance de ello, respondió la pastelera, pero te puedes salvar si haces lo que te digo.
– Lo haré, lo haré, aún quiero terminar mis días organizando mi colección de sellos, es la ilusión de mi vida.
– Pues vivirás, tienes una razón importante para seguir en este mundo. – – Sólo debes purgar tu falta ayudando a prosperar a los muchachos dependientes de tí y procurarles un trabajo fijo.
– Schssssss, se escuchó bajito, acuérdate de lo del sueldo.
– Y subirles el sueldo, claro, apuntó Elenita.
– Lo haré sin duda, hablaré con el mismísimo Ministro si es preciso, pero quiero vivir.
– Pues que quedes en paz y cumplas tu promesa. Vivirás muchos años.
– Gracias, gracias, pero no te vayas sin aclararme el misterio de que hayas venido en espíritu tú precisamente que eres el motivo de mis sueños.
– ¿Yo, Don Fernando? Bueno ¿mi cuerpo humano, o como se diga?
– Sí, tú, la mujer que ha provocado esta catástrofe por tenerme loco de amor. Pienso que han enviado un espíritu con tu rostro para hacerme comprender mis debilidades y mi soberbia. Amo a mi pastelera con su carne prieta.
– Don Fernando, no puedo hacer nada por usted, soy etérea . Mi misión ha terminado pero si se lo dice a ella, tal vez….
– Lo haré hoy mismo y no le diré que el cielo me mandó su rostro para iluminarme y hacerme ver como realmente soy.
– Maldita suerte la mía, murmuró Leo, me levantó a la chica.
– ¿Y lo bien que hemos quedado, eso no vale? Respondió el asistente. Tío, fijos y sin oposición.
– Pero…¿eso se puede hacer?
– Pues claro, así se obtienen los mejores puestos.
– Laurita ya se había marchado con su minifalda puesta más contenta que un cascabel. Por otra parte Don Fernando recobró la compostura y volvió a hablar con la dignidad que requería su estatus.
– Por favor, diganle al cura que no venga y llamen al electricista. Quiero mi lámpara cuando vuelva de resolver unos asuntos.
Mientras tanto, escriban sus nombres y apellidos en un papel. Los necesito para mañana a primera hora.

Y así, sin más incidentes, terminó este pequeño sainete que esperamos haya distraído a nuestro querido e incondicional público.
Gracias por su entusiasmo (aplausos).

P.S. Los tres capítulos primeros contaban con la colaboración de Goya y sus Caprichos. El cuarto fue decorado por Edward Munch y este quinto y último por Alphonse Mucha.

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