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Llego hasta la puerta y, nervioso, me coloco bien la corbata. Trago saliva antes de acercar el dedo al pulsador del timbre. De pronto, avergonzado, lo retiro. Mis zapatos están llenos de barro y tengo hojas podridas pegadas a la suela. No entiendo cómo pudo suceder, si los sacudí en el banco de la plaza. Ese banco solitario donde solíamos sentarnos para ultimar los detalles de nuestra boda. ¡Qué linda tu sonrisa entonces! Animado por fin, adelanto el dedo hasta el pulsador, pero algo me lo impide ¡Alto! ¿Qué son esas dos lucecitas verdes que se han clavado de pronto en mi? Son tan fijas y penetrantes que las noto como dos puñales en el pecho. ¡Black, mi viejo amigo! ¿Eres tú? ¡Corre! Sube hasta su regazo y dile que estoy aquí, que soy yo, que he vuelto. Y que no puedo irme sin ella.

 

Photo by Vitizoom

 

Ángela Eastwood

Alguien me ha preguntado hoy cómo comenzó mi amor por los libros. Lo he mirado en silencio, le he dado un sorbo a mi café y de pronto me he escapado volando. La huida ha sido de segundos, lo que he tardado en volver a la infancia. La verdad es que se me ha escapado una sonrisa. Ahí estaba yo, toda ojos y coletas –qué pasión ponía mi madre en el peine y cuánto gritaba yo de dolor con los tirones de pelo- entrando en las habitaciones sagradas de mis hermanos mayores. De este modo leí las novelitas de amor de mis hermanas, donde lo más lujurioso que ocurría era un beso de amor sin lengua, o un roce de rodillas o de dedos. Uy, pensaba yo, qué ardiente, y toda yo sufría una descarga eléctrica. Pero pronto el amor se me hizo aburridísimo con todos esos lamentos y suspiros y busqué otros mundos en otros cuartos. En el de mi padre encontré a los indios navajos subidos a lomos de sus caballos, recortadas sus figuras en lo alto de un cañón. Me perdí entre esos paisajes coloreados de sangre y me fascinaron las estampidas de bisontes en las praderas. Cómo me gustaban las descripciones de Marcial Lafuente. El forastero recién llegado siempre media ocho pies, tenía la mirada acerada y escupía de forma certera en un cubo de metal bajo la mirada lujuriosa de la tabernera, que siempre lucia un lunar en el pecho y casi siempre se llamaba Daissy. No hace mucho, en el mercat de Sant Antoni, vi una novelita suya y hojeándola casi me muero del susto de lo mal narrada que estaba. Pero donde hallé el mayor tesoro fue en el cuarto de mi hermano, unos años después, cuando ya no llevaba coletas y me restregaba el pecho plano con cebollas para que me brotaran esas tetas que se negaban a salir. Sí. Allí, en ese cuarto minimalista donde los tesoros más grandes estaban a la vista –su tocadiscos y sus libros-, encontré La metamorfosis, de Kafka. Las primeras palabras me hicieron salivar y le pedí permiso para leerlo. No lo estropees, me dijo con su aire de sabio despistado, y no se te ocurra doblar las páginas. A mi hermano la literatura le corría por la sangre veloz e imparable ya por aquellos tiempos. Casi tres años mayor que yo ya llevaba a sus espaldas mucha literatura rusa, ya andaba medio hermanado con Poe y alguna fiesta se había corrido con Hemingway, allá en París. Después de Kafka llegó Tolstoi, Poe, Unamuno, Baroja, Garcia Marquez y... Saramago. Así, de este modo y no de otro, fue como las letras entraron en mis venas y se han quedado a vivir dentro de mi. Luego comencé a escribir, tal vez no lo haga muy bien, pero en ello ando.

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