El cuadro

El cuadro

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Cuando lo vi, aquella soleada mañana de domingo, supe que tenía que ser mío. Me había levantado temprano, como solía ocurrirme a menudo desde hacía un tiempo. Lejos habían quedado ya las largas mañanas de colchón durante mis fines de semana, cuando el desayuno y el almuerzo se convertían en una única comida. Quedaron reservadas para los ya pasados tiempos de mi juventud y la desazón que me producía el hecho de saberme ya un adulto con responsabilidades me impedía malgastar un segundo de más en la cama.

Precisamente ese era el sentimiento predominante aquella mañana, sentado frente a mi taza de café y al periódico del día, que me hizo recordar los grandes tazones de leche con cacao que, humeantes, me preparaba mi madre cada mañana cuando aún era un niño con ilusiones. Creo que la palabra que podría encajar mejor en la definición de ese sentimiento sería añoranza. Una brutal añoranza del pasado se había apoderado de mí, poco a poco y a lo largo de los últimos años, cargando mi espalda como con un lastre que me hacía que me replegara un poco más sobre mí mismo cada mañana.

Decidí despejar las ideas saliendo a dar un paseo. Las callejuelas del centro de Madrid siempre habían tenido un extraño poder curativo en mí y la mañana, radiante en aquella espléndida primavera, resultaba muy propicia para ello. Mis pasos, al principio lentos por la rémora de la apatía, se fueron transformando en un ágil caminar según iba avanzando por las calles y estas se iban volviendo cada vez más estrechas a mi paso. Fueron esos resueltos pasos los que me llevaron, sin que lo hubiese planeado, al Rastro.

El bullicio y la algarabía que había en el lugar, que siempre me había resultado mágico y bohemio, terminaron de alcanzar el resultado esperado de mi caminata. Una muchedumbre animada caminaba por entre los puestos, observando, conversando, riendo. Las terrazas estaban repletas de personas que disfrutaban del magnífico sol, algunas aún con el primer café de la mañana, mientras que otras ya habían dado paso a la alegría y el placer de unas cañas compartidas.

Fue allí, entre la multitud, cuando lo vi. Estaba apoyado contra el lateral de uno de los tantos puestos de arte del mercadillo, podría decirse que casi dejado con descuido, y nadie parecía prestarle atención a su paso. A mí, sin embargo, me cautivó. El tiempo se detuvo durante unos instantes en los que dejó de llegar hasta mis oídos el bullicio del gentío. De pronto, me sentí transportado a otro tiempo y a otro lugar. Pude apreciar en mi nariz el aroma a campos de cereal recién segado, a pan recién hecho, a noches de calor, a la paja mojada tras una lluvia de verano, a infancia y felicidad.

Dirigí mis pasos hasta él para apreciarlo mejor. Aquel cuadro, sin que tuviera en apariencia nada de particular, había conseguido evocar en mí tales sensaciones que supe de inmediato que se vendría conmigo a casa. Deslicé los dedos por el rugoso lienzo, cubierto por aquellos colores tan cálidos, y fui capaz incluso de escuchar la dulce voz de mi abuela llamándome con cariño para comer.

Lo coloqué en un lugar de honor en mi dormitorio, aquel que hasta entonces había ocupado la pequeña televisión que trataba, sin lograrlo, de aportar una pizca de recreo a mis noches. Ahora, cada vez que me invade la añoranza, no tengo más que introducirme en ese extraño paisaje que, sin embargo, representa tanto para mí. En él está reflejada mi juventud.

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El paso

El paso

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Pasa cada día por delante de mí, ante mi mirada absorta que quisiera mantenerlo inmóvil, a mi lado, sin que, no obstante, pueda hacer nada por retenerlo. Todos mis esfuerzos han sido en vano, todas mis intenciones, todo el empeño dedicado para intentar detenerlo no han sido capaces de impedir que siga su avance sin tregua.

Quisiera poder declarar un armisticio en esta guerra enloquecida que mantengo con él, sentarme a su lado, comprender su silencio, descifrar el secreto que con tanto celo guarda, para llegar algún día a firmar una declaración de paz entre los dos. Sin embargo, él nunca se detiene, como si no tuviera el más mínimo interés en averiguar aquello de lo que sería capaz si en algún momento llegara a ponerse de mi parte.

Él solo continúa su paso, libre, y llega lejos, muy lejos. Mientras, mi mirada incrédula y estéril ve cómo transcurren los minutos, las horas, los días, los años, los lustros incluso, sin que haya logrado ni el más mísero avance desde mi insignificante y desvalido punto de partida.

Aun así, nunca he cejado en mi empeño. He librado con fragor una batalla que, en mi indudable inocencia, desconocía que ya estaba de antemano perdida. Ahora que el agotamiento ha ganado el pulso a los sudores vertidos por mi frente, creo que ha llegado el momento de dar por perdida esta contienda a todas luces falta de sentido.

Hincaré una rodilla en el polvo del camino recorrido y, a pesar de mis denuedos, izaré a un lugar bien alto la bandera blanca de mi rendición y la haré ondear al viento. Nunca, jamás, debí luchar contra el paso del tiempo.

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Bajo la luz del candil

Bajo la luz del candil

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Álvaro era un niño que vivía en un pequeño pueblo escondido entre las montañas. Era el único niño que habitaba aquel recóndito pueblo que casi nunca recibía visitas de foráneos y que era como una pequeña gran familia formada por todos los habitantes. Él era feliz viviendo allí, pero en demasiadas ocasiones echaba de menos tener algún amigo con el que jugar. Sus compañeros de escuela vivían en otros pueblos más grandes y, durante los fines de semana y, sobre todo, las largas temporadas de vacaciones escolares, los echaba mucho de menos.

Sin embargo, Álvaro jamás se aburría. Salía y entraba de su casa cuando quería, con la tranquilidad que a sus padres les daba que cualquier vecino del pueblo le estaría echando un vistazo en dondequiera que se encontrase. Así que Álvaro disfrutaba de una libertad sin precedentes y combatía la falta de amigos con una desorbitada imaginación.

Lo peor era cuando, pasado el verano y las vacaciones, comenzaban las largas noches otoñales e invernales, que apenas le permitían pasar al aire libre todo el tiempo que a él le hubiese gustado.
La única cosa que Álvaro tenía prohibida era internarse en el bosque sin compañía, algo que, hasta el momento, había cumplido a rajatabla. Sin embargo, una de aquellas tardes de otoño en las que ya había anochecido y aún quedaba un buen rato para la cena, le venció la curiosidad. Era sábado y llevaba todo el día ideando algo que le ocupase la tarde, hasta que en su mente se comenzó a forjar la idea de dar un paseo por el bosque y ya no hubo marcha atrás. Una vez que había tomado una decisión debía cumplirla o, de lo contrario, por la noche sería incapaz de dormir. Por no hablar de lo largas que se le hacían las tardes encerrado en casa.

Con una linterna escondida en el interior de su chaqueta, anunció a sus padres que iba a salir a dar un paseo por el pueblo. Ninguno de ellos se opuso, pues tenían toda la confianza puesta en su hijo, que jamás había desobedecido una orden. Además, el avanzado estado de gestación de su madre, que albergaba en su interior dos pequeños, tampoco propició que sus padres se animasen a acompañarle. Pronto tendría compañeros de juegos en aquel pequeño pueblo donde habían encontrado la tranquilidad que necesitaban.
Al principio con pasos temerosos, luego ya más decididos, Álvaro se fue adentrando en el bosque. La oscuridad iba en aumento a medida que avanzaba, pero, de igual forma, le parecía ver cómo se iba acercando una luminosidad tenue que le llamó la atención. Curioso como era, dirigió sus pasos hasta aquel foco de luz que se divisaba entre los grandes troncos de los árboles, hasta que llegó un momento en que no necesitó de su linterna para continuar en su avance.

Oculto tras el tronco de un fuerte roble, observó boquiabierto cómo, alrededor de un claro del bosque, decenas de candiles colgados de las ramas más bajas emitían una cálida y titilante luz. En el centro del claro, diminutas figuras danzaban felices, en pequeños grupos que, juntos, formaban una circunferencia perfecta sobre el suelo ya cobrizo del bosque.

Sin poder evitarlo, Álvaro salió de su escondite para contemplar mejor a todos aquellos pequeños duendes, elfos y hadas que se habían reunido en el corazón del bosque. En un primer momento, todos detuvieron su baile, quedaron callados y expectantes al verse sorprendidos por aquel niño humano que les triplicaba en altura. Por primera vez en cientos de años habían sido descubiertos. Uno de ellos, el que parecía más anciano, se acercó hasta el niño, dando cortos pasos sobre un pequeño cayado de madera vieja. De inmediato sintió la inocencia en la mirada de aquel humano, la sorpresa que delataban sus ojos y la sonrisa sincera que mostraba su rostro.

Álvaro se incorporó encantado a aquella particular fiesta mágica, tras prometer que, con él, el secreto quedaría a salvo. Desde entonces, Álvaro acudía cada día, cuando ya había caído la noche sobre el pueblo, a su encuentro con sus nuevos amigos del bosque, que jamás permitieron que volviese a estar solo.
A día de hoy, varias décadas más tarde, Álvaro continúa asistiendo a aquellas reuniones de las que tanto disfrutaba y que, ahora, además, le proporcionan una felicidad sublime al observar cómo sus hijos derrochan el mismo cariño a sus pequeños amigos como él mismo lo había hecho en su infancia.

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A la casa de la bruja

A la casa de la bruja

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Siempre había flores en la ventana de la casa de la bruja y a mí eso, cuando era un niño, siempre me llamó la atención. Era una casa pequeña, descuidada, con grandes desconchones en la cal que la recubría, lo que le daba el aspecto de ser realmente lo que nosotros pensábamos que era, la casa de una bruja.

Se llamaba Josefina y debía de rondar los sesenta años cuando nuestra pandilla jugaba a probar su valentía acercándose hasta su puerta, pero para nosotros bien podía haber cumplido ya los cien. Era menuda, incluso más que nosotros, que éramos unos mocosos que no levantábamos un palmo del suelo, como quien dice. Tenía una larga melena que le llegaba hasta la cintura, cubierta por completo de canas. En realidad era una hermosa cabellera blanca que siempre mantenía pulcra y brillante, como recién cepillada. Siempre vestía de negro, en señal de un luto riguroso que guardaba desde que su marido falleciera bastantes años atrás.

Apenas se la veía por el pueblo, siempre encerrada en su humilde casa. De vez en cuando, abría la mitad superior de la portezuela y se asomaba a la calle, como si estuviese en busca de alguien que jamás llegaba. Lo hacía con mayor frecuencia por las tardes, cuando el sol ya estaba a punto de ocultarse para dar paso a la noche. Ni qué decir tiene que, una vez que había oscurecido, a ninguno de nosotros se nos ocurría acercarnos hasta allí. Todavía, a día de hoy, recuerdo con nitidez las pesadillas que llegué a tener con ella y aún se me pone la piel de gallina al pensarlo.

Supongo que era el luto, junto con el cabello blanco, lo que nos llevaba a pensar que era una bruja. En nuestros juegos, su casa era nuestro lugar predilecto. A veces en pandilla, a veces de uno en uno, en una prueba de ver quién era más valiente, nos acercábamos a su puerta, bajábamos el escalón que daba acceso y nos quedábamos allí para comprobar quién era capaz de aguantar más tiempo. Nuestro valor se medía por los minutos que pasabas en la puerta de la bruja e, incluso, por quién tardaba más en salir corriendo si esta abría la puerta y asomaba su nívea cabeza.

Mi miedo era atroz. En las ocasiones en que coincidió que Josefina abría la media portezuela justo cuando yo estaba allí, agazapado, con el corazón en un puño, por poco me daba un infarto. Sin embargo, seguía haciéndolo y, cada vez que lo hacía, no podía dejar de mirar la ventana de aquella casa que siempre estaba cuajada de flores. Flores hermosas y cuidadas que poco tenían que ver con la idea que mi cabeza tenía preconcebida de lo que debía ser la casa de una bruja.

Hoy, veinte años después, visito cada día la casa de Josefina y me recibe una cariñosa anciana octogenaria que aún cuida su melena como tanto tiempo atrás. Su ventana sigue repleta de flores, como siempre ha estado, mientras tomamos café bajo un rayo de sol que se cuela a través de las cortinas. Mi trabajo consiste en ayudar a su hijo, un señor que ya no cumplirá los sesenta, a superar la adicción al alcohol que arrastra desde más de veinte años atrás, cuando su madre se asomaba con frecuencia a la puerta para ver si lo veía regresar.

Ahora que veo la fuerza que recorre las venas de esa menuda mujer, a la que la vida ha tratado con especial crueldad, me doy cuenta de cuán crueles éramos también nosotros cuando, de niños, nos divertía ir a jugar a la casa de la bruja.

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La espera

La espera

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El tedio carcome la noche que mantiene la espera
de un nuevo encuentro furtivo antes de que raye el sol.
Ni siquiera las sedas que recubren mi cuerpo
resisten los impulsos provocados por esta desazón.
Caen al suelo con desgana, roídas por la impaciencia,
ultrajadas a deshora sin permiso ni extrema unción.
Las pupilas se vuelcan en resolver un anhelo
más allá de los límites de mi propio balcón.
Ni tan solo la brisa que acaricia mis senos
se basta en la noche para aplacar el calor.
Calor.
Murmullos.
Silencio.
Desesperación.
Y mi cuerpo anhelante se deshace en suspiros
que en volandas llevará el viento
hasta el último instante en el que escuché tu voz.

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