Incoerencias

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“Mi poemario”
Él, daría la vida entera por no sentir lo que sentía.
El velo negro de la noche es su aliado en curar sus heridas
Heridas de toda una vida, de amores perdidos, falsos…
Él, daría la vida entera por sentir, lo que ya no sentía.

Ella, un gato de ojos brillantes encontró un día
Se subió al tejado y recorrió mundos y vidas…
Abandonó rincones queridos y, amados
Con ser princesa soñó la gata de pelo blanco
Y, subida en el tejado donde nació un día
Se lamió sus penas.

Manos arrugadas bellos encajes de bolillos hacía.
En el zaguán de su casa con el sol entrando cada día
Pasaban los años con él se dormía
Acurrucada a una piel que no era otra que su piel

Con traje blanco de bellos encajes amanecía.
Las campanas de la iglesia tocaron a misa
En la mano el misal, medio pueblo acudía
Después el velo de la noche todo lo cubría.
Francisca Morato Oliva.

EL ÁRBOL DE LA VIDA

EL ÁRBOL DE LA VIDA

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“Relatos de abuela”
Tierras donde las tinieblas susurran en la niebla.
Teresa, solo tenía diez años cuando estuvo por vez primera en el pueblo donde su madre nació. Un pueblo con montura de caballo, de fachadas blancas recién pintadas, de algarabías de niños en el paseo, no había parque, pero no lo necesitaban.
Aquellas semanas sus tías mariquilla y frasquita hicieron posible que la niña fuera muy feliz. De vuelta a su destino Teresa pidió a su madre volver de nuevo.
¿Cuantos años pasaron? En aquel hogar no se volvió hablar de aquel pueblito de calles empinadas. Ella terminó los estudios, se envolvió en amores, salidas y amistades
Y ahora que su madre hace un año que murió, ella tiene que volver a cumplir la promesa que le hizo cuando solo tenía un hilo de vida.
Teresa mira por última vez el piso donde ha sido tan feliz, y arrastrando la maleta la saca al rellano mientras el ascensor sube porque es un segundo piso. Un último vistazo a lo que queda detrás de aquella puerta de madera de roble, hace que de su garganta suba un sollozo y un volveré queda apagado mientras echa la llave.
El silencio que la acompaña es roto por el sonido de las ruedas de las dos maletas que lleva. Piensa en los kilómetros que separan el norte del sur. Con el cinturón puesto en el asiento del pájaro de hierro, los ojos entornados, metida en sus pensamientos, la voz de la llegada le asusta.
Su olfato se impregna del olor a azahar nada más salir del Aeropuerto
La luz propia de la ciudad la cautiva y desenvuelta como es ella se dirige a los aparcamientos a recoger el coche que alquiló por internet.
Con la idea de volver a visitar la ciudad, perderse por sus callejuelas, deja atrás el puente del Alamillo, divisa a lo lejos la Giralda, con su pose de señorona, la Torre del Oro la deja a un lado.
Con la música de fondo, los kilómetros van quedando atrás, Teresa se pregunta qué le deparará aquel viaje tan lleno de secretos.
En una recta aparece el Castillo el cual le había impactado tanto de pequeña y quizás algún día sintió miedo de sus almenas tan altas.
Señorial, altivo, así era aquella mole de piedra visto desde lejos.
Teresa llega a su destino y aparca el coche en la calle donde tía mariquilla vive. No ha olvidado el camino y eso que era muy pequeña y no volvió más hasta el día de hoy.
Delante de una puerta blanca y lacada, con un llamador dorado el cual ella sujeta, llama una vez, una voz cantarina desde detrás de la puerta le contesta con un ya voy…
Cuando la puerta se abre la recibe tía Mariquilla, ¿cómo había cambiado aquella mujer?, aunque la dulzura en los ojos persistía con el paso de los años.
Los brazos se extienden hacia Teresa, con un comentario sincero en los labios de su tía abuela, hija estás en tu casa, después la abraza.
Se prodigaron besos, tía Mariquilla coge la mano de su sobrina nieta, mientras que con la otra abre la puerta de par en par.
El zaguán que es muy ancho tiene habitaciones a cada lado. Le llama la atención una repisa de nogal que hay en la entrada, no se aprecia su belleza porque está cubierta de fotografías, en una de ella ha reconocido a su madre de jovencita.
Su tía coge del bolsillo del delantal de medio luto, un manojo de llaves, una de ella abre una puerta de las que están en el zaguán.
Lo primero que ven sus ojos es una ventana grande por donde los rayos del sol se cuelan porque está entreabierta, e ilumina toda la estancia que es muy espaciosa.
¡Me encanta fue mi comentario!—
–Este cuarto era de tu madre, está tal como ella lo dejó.
Cuando tú viniste de pequeña, tía Luci le cedió el suyo, tu madre no quiso abrir esta puerta.
–¿Cuánto misterio pensó Teresa? mientras sus ojos recorren la habitación, a mano derecha una cómoda con cajones y encima un jarrón con margaritas naturales que desprendían olor a campo.
La cama de níquel, color plata en el centro de la habitación, dos mesitas a juego a cada lado, en una de ellas un perfume medio gastado, sin olor y en la otra la imagen en miniatura de la virgen de Fátima, termina el mobiliario con un ropero de tres puertas a los pies de la cama.
Mira por la ventana y divisa campos de olivos y dehesas, qué bien había hecho en venir—piensa ella en el medio de aquel cuarto.
Con las maletas encima de la cama para ser abiertas y colgar la ropa que traía, Teresa pregunta a tía Mariquilla mirándola a los ojos– ¿cuéntame qué misterio quería mi madre que yo averiguara, con la ayuda tuya?
Y le cuenta la promesa que le hizo a su madre antes de morir. La buena mujer la abraza con ternura y con pasos rápidos trae de la cocina un taburete, abre una de las puertas del armario y el olor a naftalina se escapa por la ventana que está entornada.
Teresa mira expectante como aquella mujer menudita tiene agilidad para subirse y arrastra un envoltorio en papel de celofán del fondo del armario. Poniéndolo en los brazos de Teresa, le dice –este es el vestido de novia que tu madre no estrenó nunca. Con el paquete en sus brazos ella siente un escalofrío, ¿por qué su madre nunca le habló claro?
Francisca Morato Oliva. Texto propio.

MUÑECA DE TRAPO

MUÑECA DE TRAPO

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“Relatos de abuela”

El viento silbaba como nunca lo había hecho.
Y se colaba a través de las rendijas de los postigos de madera que estaban en mal estado, de la ventana de la cocina.
Encima del hule que cubría la pequeña mesa que estaba en la cocina, ella dejo el lápiz, la goma y sus escritos a punto de ordenar.
Desde los cristales divisaba grandes remolinos de arena que subían y bajaban como si de un carrusel de feria infernal se tratara.
Rayos, truenos. Una cortina de agua trajo la gran tormenta que avanzaba por la solana subida en un trotar de caballos.
Toda esa baraúnda de sonidos hizo que ella no escuchara el chirriar de la puerta de la entrada. Un escalofrió le recorre por dentro, las zancadas ya estaban allí, algo caliente corría por entre sus muslos.
No tuvo tiempo a reaccionar y poder esconderse como cada noche hacía.
Con un dolor intenso en su abdomen, encorvada en el suelo, pudo ver como sus relatos eran destrozados y después quemados en el fuego que ardía en la chimenea. El sonido ensordecedor, arranco los postigos de la ventana, que volaron hasta la puerta del patio que había enfrente.
Muda de espanto, ella miro sus manos, estaban húmedas, pegajosas, el agua que había en la jarra de cristal se volvió roja de pronto.
Recogió los jirones del viso color avellana anudándolo como pudo.
Se lo había puesto aquella mañana debajo del vestido de todos los días.
Los cielos se abrieron, escampo la tormenta, el viento amaino a las olas como presagio de liberación.
Ella, corrió hacia la orilla de la playa, descalza, empapada en sudor, lágrimas y sangre.
Mas redonda que nunca estaba la luna llena, miraba expectante los gritos de aquella mujer desvalida, de cómo aparto el miedo de tantos años.
Pequeños montículos de nubes quedaron en segundo plano, sin atreverse a hacer sombra a la luna que había cogido primera fila.
Casi desnuda, poco a poco, el viso y toda ella la cubrió el agua de aquel mar inmenso. Se borraron las huellas de sus manos, la garganta se fue inundando de sabor a sal.
Se terminó el miedo, el acoso, y como era ultrajada cada noche como una muñeca de trapo.
Las tres marías la mecieron en su caída…
¿Cómo sucedió? –¡No lo supo nunca!
En el suelo de la cocina el líquido rojo tapaba un cuerpo semi desnudo.

Francisca Morato Oliva.

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