Playa improvisada

Playa improvisada

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El mundo y lo que habita en él perdió su sentido ese día.

Los semáforos ya no eran rojos o verdes,

Eran paradas a tiempo para un beso,

Un robo de palabras, y estas puestas en tu boca,

Pero erguidas también en mi pecho, acunándome.

 

Fue como el disimulo de las últimas olas a media noche,

Cuando la marea está tan calmada,

Que hasta se escucha el sueño de los peces.

Desapareció la arena, y nos sumergimos en no se sabe dónde.

 

Así de simple, y lo complicado que resultó al final.

Se me olvidó recordar en ese momento

Que la marea casi nunca está calmada,

Que cuando me perdí en tus ojos no recordé nada.

 

Olvidé lo real, sin medida ni control,

y solo estábamos nosotros, la luna, el aire…

un tipo de naturaleza no muerta de esas que solo pintan los mejores pintores.

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Retal I

Retal I

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Y tal como siempre me digo, de principio a principio y nunca tener que empezar. Eludir los finales por miedo o por ni siquiera preocuparse por ellos, amenizar con saltos el viaje, caídas en el océano y golpes de ola a media noche. Esto es lo que me llevo de mi antigua vida, el poder crear nueva espuma bajo los pies, hoy el mar gruñe diferente.

Hoy se ha abierto una trampilla en el mar y lo he convertido en el rincón al que vaya a partir de ahora para leer a la luz de alguna caracola, justo cuando toque la hora gris, cuando no es de noche ni es de día. La noches desde ahora ya no duelen y mi carrusel de sensaciones se ha tomado vacaciones, aunque echo de menos unos ojos lanzando rayos a los míos creo que me tomaré un tiempo resolviendo acertijos, abriendo cofres, bailando con piratas, soñar en tener cola en lugar de recoger la toalla y querer ir a casa.

He descubierto un trampolín que me lanza hacia otros horizontes y navego así, medio a oscuras, con un catalejo un poco estropeado que solo me enseña aquello que no conozco porque sabe donde no quiero volver. No tengo mapa, no tengo nada, equipaje que soy yo misma y un par de cuentos que siempre me recuerdan a una vida pasada en la que soñaba como todos y luego no me acordaba. Hoy formo parte de un sueño, y mientras tu estás despierto y vives una vida u otra, yo debo estar dormida, pero déjame decirte que hago lo que me viene en gana; corro, salto, vuelo y no me importa nada. He creado un mundo a parte, una entelequia, un lugar donde reposar mi existencia y ya volveré cuando cobre fuerzas.

No me busquéis porque no me encontraréis, os deseo una  buena vida y yo, mientras tanto, me quedo en mi edén, unas leguas más allá de cualquier costa, de mar en mar, acostándome en diferentes arenas pero sin querer tomar tierra por siempre. Esa trampilla en el mar me sedujo desde el primer momento y hoy escribo desde aquí, me he acostumbrado a la sal y ni tan solo tengo sed, aireo mi pelo por la superficie de vez en cuando, algún faro me deja algo desorientada, pero sé que mi lugar está aquí abajo. Vivo donde los océanos lloran en dirección al cielo como dijo una vieja canción de la cual apenas ya me acuerdo.

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Todo está a punto de arder

Todo está a punto de arder

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Te vi y me vi cayendo en el precipicio, en dirección al cielo donde las vistas pasan en ralentí, como cuando viajo pegada a la ventana y el mismo paisaje me acompaña un rato, el sol casi no se mueve  y las nubes están fijadas como si formaran parte de un cuadro.

Finjo que no me importa, que cojas otros raíles y los sigas hasta el final. Te observo desde al  lado, porque aunque no coja tu mismo tren siempre espero verte en la estación.  Me viste reír y te reíste conmigo, luego solo escribo cosas tristes pero porque todo lo bueno lo gasto en una tarde contigo.

Y me lo quitas todo y me lo das todo, a cada abrazo sonarían cien canciones, como cuando nos besábamos hasta que se repetían y ya era menos cuarto; hora de irse, despedirse.

El tiempo contigo no pasa, como un vídeo en VHS que ya pasó de moda, pero prefieres verlo así. Me gusta así, me gustas así, tocándote el pelo y mirándome de reojo, dándome la mano sin querer, queriendo abrazarme sin destrozarme, flotar en una casa contigo, ponerte un anillo, que nadie lo vea y solo vernos a nosotros, mirarnos a los ojos.

Finjo ser tu amiga porque así no tengo que fingir que estás, me conformo al otro lado del teléfono e intento hacer las cosas bien. Olvidar que ya no me quieres, creer que no te quiero y avanzar mientras este hilo rojo va directo a tu bolsillo; de mi mundo al tuyo, como dos almas y dos vidas aprendiendo a no quererse, siendo felices o soñando con serlo.

Me he equivocado tantas veces que duermo con el error al lado, le miro y no me molesta, pues ni cien como él harán que me arrepienta, de hablarte, de buscarte, de temerle al tiempo si no estás, que avance y avances, que me vaya y te marches, que te cases y me muera, que te pongas triste y yo lo sepa.

Hablar de ti es escribir de mi, evolucionar a la par pero a la pata coja, como el que trabaja y vuelve a casa con la sensación de que algo falta. Solo nos damos un poco de todo, pero nunca del todo, conformándonos con lo que hay creyendo que es lo que toca, porque así lo hemos querido, porque así ha sucedido. Y yo no quise esto, ¿lo quisiste tú?

Regresarán los atardeceres y siempre veré tu silueta por aquí cerca, tu manera distinta de andar con aire despreocupado y la mente a toda prisa, con una sonrisa verdadera, acercándote a mí; juntando infancias y borrando barreras.

Así te veo venir, así te imagino aquí, año tras año, en memoria a los que ya han pasado. Nos imagino sin la cara gacha porque lo importante era vernos, tocarnos como si pudiéramos no ser los de siempre, romper tensiones, relajar los hombros, darnos cuenta que no somos imaginaciones, que fuimos, somos y seremos en cualquier de los rincones.

Porque este mundo sin ti sigue siendo un mundo, pero nada empieza, todo sigue, no hay emociones fuertes solo simulaciones, momentos transitorios en los que me sobran los motivos para ir a buscarte, coger un barco y zarpar, soltar todo mi lastre y encerrarnos a parte, pues ahí me veré como en casa, entrelazando las piernas, apretando las manos, mirarte hasta cansarme y decirte lo de siempre y que nunca te conté, que eres ese alma gemela de la que todo el mundo habla y pocos llegan a conocer.

Quédate porque ya sé que es esto sin ti, es evadirse de la realidad y no vivir de verdad, ser consciente de lo finito, nunca ir más allá, romper platos y no oír el ruido, bañarse en el mar y no notar la sal, leer hasta dormirse y  no acordarse.

Te vi y me vi cayendo en el precipicio en dirección al cielo donde las vistas pasan en ralentí, como cuando te mueres y lo sabes y lo ves todo fluir. Morir contigo sería volver a vivir, así que ven y cae conmigo y haya lo que haya al final ríete una vez más.

Voy a congelarlo todo, así que quédate ahí, porque todo está a punto de arder y yo quiero contigo y por si lo dudabas, a ti también.

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Primer lunes sin mí

Primer lunes sin mí

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No fue al irme a dormir, fue al despertar. No fue el mismo día que me fui sino cuando que me di cuenta que no habías vuelto. Yo misma me construí una muralla para estar preparada, lista para una huida a toda prisa sin más preámbulo que el echar a correr.

Te merecías una respuesta, porque a pesar de que no se me dé bien el punto y final, este punto y coma me ha dejado en ascuas, supongo que en la misma situación en la que te quedaste tú. Sin embargo, todo son breves conjeturas, comparaciones que no debería hacer porque ni tú sabes que siento ahora ni yo qué sentiste ayer. Quizás un golpe de puerta y un silencio demasiado eterno, como si el día y la noche se juntaran, pero eso no importara demasiado.

Han pasado casi cuatro meses y este es el primer lunes sin ti. No es la primera vez que esta soledad me golpea más tarde de lo esperado, será porque yo también envejezco y aunque digan que el tiempo te hace fuerte, a veces no es más que un eufemismo para no hacer frente al dolor; un dolor que se ha acostumbrado a vivir en mis bolsillos desde hoy y no sé hasta cuándo.

Quizás siento culpa más que melancolía, pero me pregunto porque llama ahora a mi puerta después de tanto tiempo. Luego yo misma me respondo que el corazón no tiene una mirilla para ver quien le querrá visitar hoy, así que cojo las llaves de cualquier puerta desde la que se pueda ver algún recoveco de mi alma y las lanzo a no sé cual lugar.

Quisiera hablarte, decirte que te echo de menos, pero solo estaría mintiendo una vez más, mintiéndome a mí y mintiéndote a ti, por no haber sido capaz antes y culparme por no serlo ahora, pero sí darme cuenta de ello. Ojalá aprendiésemos al momento, así como cuando te cortas o te golpeas; no existe un medio corte o un medio golpe, en cambio, existe mucho tiempo hasta que una herida llegue a sanar.

Algún día te querrán como te mereces, alguien que no seré yo. Hoy ha sido el primer día sin mí, porque no he dejado de pensar en cómo estarías sin mirarme una sola vez al espejo y preguntarme: “¿Cómo estás tú?”.

Este es el primer lunes sin mí, ni sin ti y sin nada de nosotros, pues yo misma así lo decidí, con una frialdad que, aunque quiera negar, supe que algún día se convertiría en humo, en agua hirviendo en mis sienes, en recuerdos a fuego lento de esos que te hacen mudar la piel. Al final, has sido tú más fuerte que yo, que no te fuiste, que aguantaste y hasta cuando te eché, respetaste mis palabras; mi punto y coma que hoy he tenido que transformar en un punto y final, pero con la certeza que hoy es lunes y no será nunca domingo.

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Bajo mi máscara mando yo

Bajo mi máscara mando yo

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Me llamo Aria y soy lo bastante joven como para poder presumir de serlo, pero a la vez mi mente acostumbra a viajar unas cuantas millas más allá que la mayoría de mi alrededor, gente a la que estoy segura que les falta más de un consejo o un abrazo sincero y no tanto mirarse al espejo y aparentar todo el tiempo.

¿Qué porque digo esto? Pues veréis, una acaba sintiéndose no una más, sino una menos cuando el mundo que le rodea no tiene nada que ver con lo que pasa por su cabeza. Tenía claro que no quería ir a esa fiesta, pero luego he pensado que quizás todo aquel esperpento me inspiraba para escribir.

Dicho esto, me pongo un vestido rojo burdeos, me aliso el pelo que ya me llega por la cintura y me ato una máscara que me cubre todo el rostro. El verde de mis ojos brilla en la noche, ojalá fuera Halloween, siempre preferí el honor a los muertos que a los vivos.

La noche pasa tranquila, brindo con mis amigas sin mucho entusiasmo, pero me siento bien, buena música, disfraces graciosos, la prepotente de la clase sin un zapato y de más imágenes que tú mismo puedes imaginar.

No bebo normalmente, aunque quizás una copa me siente bien. Mientras me sirvo alguien me toca el hombro y me susurra algo que no acabo de entender; me agarra fuerte de la cintura y consigue que mi cuerpo quede frente a él. Por un momento, me quedo congelada sin saber muy bien qué hacer, pero luego recuerdo que no se me ve la cara, no obstante, a él tampoco.

Intenta arrastrarme a la pista pero yo me resisto, ¿qué se ha creído? Va borracho y se tambalea cuando le empujo. Nadie nos ve porque todo el mundo está inmerso en su mundo, sin embargo no me da miedo y eso parece descolocarle. Se esperaba a una chica endeble, menos ácida y con una par de copas de más. Sonrío para mis adentros, esta sociedad no dejaba de sorprenderme.

―Bajo mi máscara mando yo― le digo mientras me la quito y le miro a los ojos―, si querías bailar solo tenías que preguntar, pero te diré una cosa, no quiero bailar contigo, ¿comprendes?

Dicho esto, agarro mi copa y me dirijo hacia la puerta de salida. A mí no me da miedo ir sin máscara, a mi no me da miedo decir que no, tú en cambio, cabeza hueca, no eres ni un poco valiente y prefieres abusar de los que crees más débiles cuando aquí yo soy la reina y tu el peón.

Feliz Carnaval, hombre sin rostro.

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