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Ella ocupaba mi mente desde que me levantaba hasta que que me acostaba. Incluso dormido notaba su sosegada presencia. Como un lejano murmullo escuchaba sus resuellos; un mantra que se repetía incansablemente y que me impulsaba a un sueño cada vez más profundo. Ya por la mañana , con los primeros rayos de sol, me animaba a observarla en todo su esplendor. El sol se reflejaba dulcemente sobre ella, destacando su belleza de color azul. La miraba fijamente y me perdía en su inmensidad. 

No podía dejar de contemplar esa belleza infinita, que me serenaba y me refrescaba. Con ella también respiraba mejor. Los pulmones se me llenaban de pureza, tanta que a veces dolía. En ese momento mi mente actuaba para evitarlo y alargar así ese estado de perfecta armonía. Era capaz de estar así todo el día; no me cansaba. No necesitaba mucho más para alcanzar la felicidad. El día empujaba las horas y el sol se desplazaba, pero ella seguía siempre allí: hermosa, azul, profunda, majestuosa y a veces juguetona. Pocas veces se mostraba enervada, pero cuando sucedía era mejor mantenerse alejado.

Cuando lucía más serena era en el ocaso. El azul se tornaba naranja y el sol, como un cíclope, relucía donde se unían el cielo y el mar ; en la confluencia del día y la noche. Antes de abandonarla la admiraba de nuevo justo en el momento en que la luna la bañaba con su suave luz blanca.