El final

El final

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Supongo que este es el final de nuestra historia

Sin rencores y lamentaciones

Existió amor pero ahora solo queda el desamor

No hubo infidelidades y desengaños

Perdimos la sinceridad y la expresión

No hubo caricias, besos y hermosas palabras en los últimos meses

Solo llamadas telefónicas y mensajes de texto sin ninguna emoción
Nos encontrábamos en nuestro hogar, sin ningún respectivo abrazo

Nuestra cama era solo lugar para dormir

Y así transcurría los días con las mismas secuencias

La que sería nuestra cena romántica, fue nuestra última cena

Miradas de desánimo, molestia e inconformidad

Pero con el claro objetivo de dar fin a la etapa

Nos levantamos de nuestros asientos

Para decirnos adiós y suerte

Sin saber que uno de nosotros

Iría a la estación del tren

Para culminar esta romántica

Y triste historia

Naufragio Crónico

Naufragio Crónico

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La inhóspita desolación de no saberte,
el insoportable anonimato del silencio
y la autista fiereza de las soledades,
carcomen como larvas capilares mis pies
erosionando gravemente mis sustentos.
La ausencia se apersona brutalmente
en el insufrible territorio del jamás.
Ya no hay palabras con que invocarte
ni algarabías que despierten tu júbilo,
el lenguaje agraviado es indomesticable,
vuelan ateridos los vocablos cálidos,
el ritual del amor se ha gangrenado,
ha perdido sus signos, las voces y su vértigo.
No hay promesa posible en ningún gesto
y han desertado las caricias por olvido,
los despojos del día se acumulan graves,
los sueños no convidan ninguna revelación,
huérfanos los cuerpos se marchitan.
Y deambulan secos y deshabitados
a un naufragio crónico, a una muerte anticipada.

FESTIN DE CUERVO

FESTIN DE CUERVO

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Porque el amor y la muerte son las alas de mi vida, que es como un ángel expulsado perpetuamente.
-Luis Cardoza y Aragón –

─La recordaré siempre tierna, incluso hoy. A pesar de que los dos somos conscientes de nuestros destinos inmediatos mantenemos un grado de estimación y respeto como veneración a aquellos tiempos compartidos.
─Su voz se quiebra en este instante por la culpa que trae el amor. Oh!, su voz sigue siendo música para mí. Si, su voz como su mirada lo llena todo. Todos los espacios son Ella, son réplicas de patrones diferentes latiendo con imitación estricta dentro de mi corazón decadente.
Cuando la conocí curaba con delicadeza extrema mis huesos astillados y yo, me veía en sus ojos. Sus ojos brillaban negros como la cobertura de mi plumaje. Su mirada clara e ingenua se encontraba con la mía, que ya había perdido su color. Sus frágiles manos, dueñas de movimientos certeros y seguros, colocaban vendas que calmaban lo incómodo de las heridas. El cabello negro y rizo caía sobre su rostro como un salto de agua gigante que, con la premura por evitar el suplicio provocado por las lesiones, danzaba de un lado al otro. Esos movimientos, tenían como consecuencia dar notoriedad a su rostro perfecto. Yo, emitía sonidos graves de dolor y luego la observaba atónito. De la misma manera, lo hago ahora mientras Ella prepara las cazuelas y cucharas.
Hoy entre nosotros se escribe otra historia. Ya no es aquella de diversión por los techos de la cabaña cubiertos de nieve deslizándonos juntos. En este momento agresivo y peligroso para mí, retengo los instantes en que me posaba en su cabello en los días de otoño, o cuando de su boca roja como las flores de granada, me alimentaba con zarzamoras. Me agrada recordar mis graznidos de gozo al escucharla entonando una canción al atardecer, para anunciar nuestra llegada a casa después de pasear por las laderas en busca de flores y hierbas dulces.
El fuego que calienta en la hornilla luce como un animal salvaje, alebrestado, cuyos miembros se extienden tratando de alcanzarme hasta el mesón de la estrecha cocina, donde siempre esperé ser rescatado para los paseos cotidianos. El fuego arde, con su vigor me consume sin siquiera tocarme.
De la manera establecida por mi amiga, mi princesa de cabellos de caracolas, de rostro angelical, de compañía mutua, estaré a merced de los calores, de los gases, de las llamas implacables e incandescentes del fuego.
─Los animales tenemos alma, si, la tenemos. Por que creen que no?─ Es que acaso no se da cuenta que puedo sentir miedo?─ que puedo sentir sus manos delicadas atando mis escuálidas patas, que puedo oler en su piel campestre la ansiedad y a través de su aliento mentolado la impotencia y la ira.
─Soy un simple cuervo con alma humana, puede ser?─sí, claro que puede ser─ puede ser, que mi alma aunque en un tiempo diferente se ha adaptado a este amor que no puede existir. Este amor melodramático que me acosa absurdo es mi verdugo.
─ No hablo pero ella entiende mis graznidos, los ha entendido desde el primer día─ ha entendido también mi absoluta devoción en mis miradas singulares como Ella lo recalcaba hasta hace poco─
Aleteo con dificultad, el fuego me hipnotiza por momentos, el miedo se calma y mi pequeño corazón late callado. Logro salir del trance y escucho el tintineo de las cucharas, el picar del cuchillo sobre la tabla, los olores se confunden. Huele a desesperación, a tristeza, a anticipación, a pena, a admiración inconsciente.
Yo, su criatura umbrátil, su acompañante curioso y agradecido acogerá la muerte por amor en cortos instantes. Si! , aunque podría atacarla y devolver el golpe por rencor, no lo hago. Sé que le pertenezco a mi amada y ella, le pertenece al señor dueño de estas tierras que hoy vendrá a cenar. Ella, pobre pero no desposeída, él atractivo amante y futuro consorte, vendrá al caer la noche a ofrecerle un lugar importante en este mundo.
Soy esclavo mudo de su sangre fría y de un arrebato ilógico, quizá de mi vida anterior. El dolor a perderme de Ella es inaguantable, insoportable, más que morir propiamente.
−Siento que el metal entra en el cuerpo, mi corazón suaviza el paso, las alas se quiebran por el espasmo, los huesos truenan. El sonido del quebranto es una expansión y contracción que genera un ruido interno inextinguible. −Nuestras vidas están atadas por alegría y la congoja─ le digo con un graznido que ella no atiende, o más bien que entiende pero ignora exprofeso.
─ Mi vida se extingue, el olor a anís, canela y cardamomo suavizan el dolor, actúan como sedante reduciendo la ansiedad, desapareciendo la tristeza. Hierbas dulces y flores secan cuelgan sobre mí. Los colores verduzcos y los vibrantes rojos y amarillos de los botones que capturamos en las laderas todavía sobreviven al tiempo mientras yo me apago, me hundo en el gris de la muerte cuya entonación se adentra en este cuerpo inhumano.
Los aromas se pasean lentamente junto con la brisa que entra por la pequeña ventana de la cocina. Esta noche el amo degustará un festín de cuervo, esta noche me convertiré en boccato di cardinale embutido con frutas y adobado con especias. Esta noche se sella el compromiso marital de mi amada, bajo la luna menguante de Grasse.
─ El fuego crece, lenguas rojas se balancean sobre la leña; suben y bajan como las tonadas de la melodía del violín de Saintes que se escuchan a lo lejos. El fuego, una paradoja destructiva, engorrosa, real, envuelve este proceso degradante en poesía de espíritus, de almas, de fuerzas persistentes.
─Soy cómplice del amor sugerente, completamente no habituales, de influencia de ecos prosaicos, soy cómplice y víctima de la vida y de su dualidad eterna. ─ Estoy muriendo con la mirada fija en la soledad del fuego, en su eternamente danza mortal de luz y oscuridad─ Veo diablos rojos, chispas candentes salpican en sus brazos, sus hombros, su cintura. Sus manos flotan en el aire intenso atisbado por la lumbre, mi dueña asesta un golpe…─Estoy muriendo ya.

Génesis

Génesis

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EL GÉNESIS

Y después creó al escritor, y vio que no era bueno que el escritor estuviera solo. Pero éste le llevó la contraria.
-Según cuándo, Señor.
-No repliques a tu Creador, escribidor engreído. ¿Acaso he traído al primer pedante al suelo de la Tierra?
-Si no replico, mi Dios, pero es que es… ¡según cuando! Una humana está bien, en su momento, para ciertos menesteres, pero la soledad también me gusta.
-¿¿Mi última criatura realmente se cree lo de que lo he hecho a mí imagen y semejanza y piensa que me puede explicar a mí cómo proseguir la Creación??
-A ver, Dios, reconócelo: que lo de la costilla aquella, lo de Eva acabó como acabó… Las humanas nos gustan y si son escribidoras mejor, pero necesitamos cierta soledad también para escribir.

Dios desapareció echando un montón de truenos que asustaron al escritor recién nacido del barro, el cual se dijo: <<qué rayos suelta, qué modales. No se le puede decir nada al Creador porque en seguida pierde los papeles. Se le ha subido lo de ser Dios a la cabeza>>.

-¡¡Pero bueno, escribidor!! ¿Es que no sabes que oigo hasta tus más ocultos pensamientos? Soy como el administrador de tu blog. Ya me estás cansando…

Entonces el Altísimo, lleno de ira puso al escritor en un mundo en el que se lo tenía que hacer todo. Un tiempo después el escritor se dio cuenta de que se había equivocado y llamó al Padre.

-¡¡Dios!! ¡¡Menuda leche, todo el día copiando la portada de mi novela en los grupos de Facebook!! Llevo ya tres años así. ¡Y no le interesa mi libro a nadie!
-¿Reconoces tu error, insolente?
-¡¡Total!
-¿Cómo que «total»? Te he creado para que mejores el idioma, no para que te expreses como tus hijos de enseñanza primaria.
-Reconozco que tienes razón, Dios. No es bueno que el escribidor esté solo.
Unas carcajadas de satisfacción parecidas a las atribuidas a Papá Noel resonaron por todo el firmamento.
-¡Repítelo! -dijo el Señor.
-¡Joder! ¡Que no es bueno que el escritor esté solo!
Entonces Dios, levantando con suficiencia sus divinas cejas, que de por sí estaban ya en lo más alto del cielo, volvió a decir lo mismo:
-¡Repítelo!
-¡Dios! Que no es bueno que el escritor esté solo.
-Eso me parecía…

Entonces el Señor nuestro Dios. con un gesto de cierta condescendencia, creó DesafiosLiterarios.com.
Y vio Dios que lo hecho era bueno.

 


Decide tú quién se llevará el premio Cuentos a la porra

https://desafiosliterarios.com/category/concurso/cuentos-a-la-porra/

 

Tino   (segunda parte)

Tino (segunda parte)

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Tino no se ha movido del rincón durante las últimas horas. A veces durmiendo, en otras despierto. Ha anochecido y la habitación parece haberse cargado de un manto de plomo. Cuando alguien se mueve, la luz de los velones que hay junto al amo le hacen ver unas sombras sobre las paredes. Son alargadas y temblorosas. Tino abre mucho los ojos y  las acecha hasta que aquella danza se funde y las figuras desaparecen. 

Durante todo el día no ha dejado de escuchar un murmullo de voces. Sigue oliendo al amo, sabe que está dentro de la caja, pero ese tufo que no le gusta es cada vez más fuerte. Algo le dice que ese olor no es bueno y que él no debería permanecer en la habitación. Sin embargo, no puede salir de allí, debe permanecer con su dueño aunque de la boca de este no salga palabra alguna.

Por una de las ventanas ve como las primeras luces del alba empujan la oscuridad hacia las esquinas de la habitación. El cansancio le hace entornar los ojos. Vuelve a soñar con el mismo mar, con los mismos juegos de antes.

Un torrente con muchos haces de luz se empiezan a filtrar por la persiana a medio bajar. En la habitación ya casi no queda nadie. Ha escuchado como entraban en la casa unos hombres. Van hasta ese lugar. Retiran sillas. Apagan las velas. Alguien ha subido las persianas y aquel foco permite ver millones de motas de polvo corriendo por él. Incluso sobre el rincón dónde Tino se encuentra. 

Los hombres intercambian frases entre ellos. Son enérgicas y rápidas. Ya no escucha murmullos ni lloros.

Se ha sentado. Ve cubrir con algo la caja y como, entre varias de esas personas que entraron, la cargan sobre los hombros. Se dirigen a la entrada. Sin que nadie escuche sus pasos, los sigue. Tino y los hombres salen a la calle. 

El sol, que no hace tanto asomó por el horizonte, es como una gran llamarada. Tino siente que el aire es cálido. Muy tieso sobre sus patas, levanta un poco la derecha y adelanta la cabeza. Quieto como una estatua que hubieran esculpido un instante antes de echar a correr. 

Ve como introducen la caja en la parte trasera de un automóvil. A continuación, también los ve cerrar el portón levantado y se sobresalta cuando las ruedas empiezan a girar.

No lo duda, deshace la figura y galopa tras ellos. Por fortuna, son muchos más los vehículos que marchan a continuación del primero. Eso, y el circular por estrechas calles junto a algún semáforo en rojo, le permite no perderlos de vista siguiendo el rastro de su amo.

Tino sabe que está en la caja, aunque aquella mezcla pestilente todavía le confunda. Lleva la lengua fuera y las babas chorrean abajo del belfo. En los ojos se le forma una cortina acuosa por el roce del viento. Corre todo lo deprisa que puede cuando la comitiva acelera. Es su olfato el que lo guía las tres veces que los pierde. La última, poco antes de haber cruzado una verja y entrar en un recinto rodeado por una tapia mohosa. 

El lugar está plagado de puntiagudos cipreses, de algún pino y de enrojecidos prunos. Allí, en las calles no caben más de dos coches y no hay casas, tampoco hay luces que los hagan detenerse. Sin embargo, se alegra cuando comprueba que empiezan a rodar más despacio. Eso le permite alcanzarlos sin correr muy deprisa. Poco a poco, su jadeo deja de ser exagerado.

Son muchas las personas que bajan de los automóviles. Tino serpentea entre ellos hasta que se sitúa cerca de la caja. La acaban de sacar del auto en el que estaba. No entiende porqué no la abren ni porqué le sigue llegando esa mezcla de olores que le desconcierta. Al acercarse un poco más, ve un montículo de tierra húmeda y, un par de pasos después, un gran hoyo. Se sienta sobre los cuartos traseros y espera. Todos miran hacia el negro cajón, ninguno lo abre. No sabe lo que ocurre pero le huele a tristeza y a lágrimas. También parece como si su estomago estuviera hueco, algo que nunca antes sintió. Esa misma agitación interior le lleva a desplazarse nervioso por uno de los costados de la caja, a olerla arriba y abajo. Con suavidad, una mano femenina lo acaricia y lo agarra por el collar.

Esa misma mano lo retiene con fuerza cuando, tras sujetar la caja entre cuerdas, unos hombres la van dejando caer por el agujero. Tino hace la intención de ir tras la caja sin poder dar un paso y haciéndose daño en el cuello. Suelta un ladrido seco y agudo con las primeras paletadas de arena. Se convierte en un gemido, como si sangrara por una herida, y termina siendo un leve aullido porque cada vez más el olor de su amo se difumina entre otros.

 

(Continuará)

                                  ***

La llama de la soledad. Capítulo 10. Una amiga es una amiga

La llama de la soledad. Capítulo 10. Una amiga es una amiga

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Al día siguiente, mientras desayunaba eché de nuevo una ojeada a la actualidad. Era lo que solía hacer antes de ponerme a escribir, porque luego el ordenador me abducía y ya no me daba tiempo de nada. La mayoría de los días, salvo que tuviera alguna reunión de con Amalia o con la editorial, ya ni salía de casa. Los diarios digitales me mantenían al tanto, pero la verdad es que no sé ni para qué me molestaba en hacerlo: siempre las mismas malas noticias en los titulares. No se hablaba más que de la corrupción política y de los inmigrantes. Una vez que consideré que ya estaba bien informada, dejé de lado los diarios y me concentré en escribir el artículo para Hoy tendencia. No quería recibir otro rapapolvo de Amalia. La verdad es que me llevó toda la mañana pero, por fin, lo tenía acabado a eso de la una. Me limité a enviárselo por email. No soportaba la idea de volver a hablar con ella. Desde luego, no contaba con que me llamaría al móvil a los pocos minutos de recibir mi correo. Sin embargo, yo que aún estaba muy dolida por la discusión del día anterior, no dudé en rechazar su llamada. Ella no se dio por vencida y me envió unos wasaps. Entonces decidí bloquearla, aunque la curiosidad me pudo y antes de hacerlo leí sus mensajes:

Cielo, no me tengas en cuenta lo que te dije ayer. Me sentía muy presionada y perdí los nervios.

La frase estaba rubricada con unos bonitos corazones. A continuación me había escrito:

Perdona, si es que no sabes cómo voy yo también de liada. Vamos esta tarde a tomar un café y lo solucionamos. Te quiero, guapa. Lo sabes, ¿no?

Tres caritas besuconas cerraban la misiva. Pero ni por esas me ablandé. Sin ningún remordimiento por el desplante que le acaba de hacer a mi amiga, pero sí muy cansada por toda una mañana de intenso trabajo, me eché en el sofá a ver la tele un mientras se hacía la hora de comer. Por lo visto me quedé dormida porque al cabo de un rato me sobresaltaron unos timbrazos inmisericordes. Cuando pregunté quién era por el telefonillo, me lleve la sorpresa de que era Amalia en son de paz y blandiendo como bandera blanca unos rollitos de primavera y otras especialidades chinas que sabe que es de las pocas comidas que me pirran. Aquel gesto me desarmó por completo: ¿cómo podría seguir enfadada con ella?

—¡Oh, Dios! ¡Pero cómo eres, Amalia! —le dije mientras le franqueaba la puerta ya con una sonrisa en los labios.

—¡Si la montaña no va a Mahoma …!

—¿Me estás comparando con una montaña? ¿De verdad que te parezco tan gorda? —lo dije en plan de cachondeo, pero Amalia sabía de sobras que yo me tomaba ese asunto  muy en serio.

—Sí, pero no te quejes, que tener barba sería peor —dijo riendo para desviar mi atención del espinoso tema de los kilos.

En un momento preparamos la mesa de la cocina, descorché una botella de vino blanco que por casualidad tenía en la nevera y nos pusimos a comer.

—¿Cómo se te ha ocurrido venir? Podría no haber estado en casa…

—¡Cómo si no te conociera! Si es que te encierras aquí y si no viniera nadie a sacarte, te pasarías las semanas enteras sin ver la luz del día.

En aquel momento me miró con esos ojos increíbles de color aguamarina y continuó hablando, esta vez dejando un lado el tono de recriminación con el que había empezado.

—Vale… Y porque te lo debía. Lo del otro día estuvo mal, pero que muy mal, lo reconozco. ¿Me perdonas? —añadió haciéndome carantoñas.

—¿Que si te perdono? Ahora en cuanto terminemos, recoges tus cosas y te vas por donde has venido? —Casi me muero de la risa al ver la cara que ponía, la pobre. Así que tuve que acabar rápido con la broma—. Pues claro que te perdono, mujer. ¿Para qué están las amigas si no? Pues para gastarse putadas y perdonarse después —respondí a la pregunta que yo misma había formulado.

Luego preparé café y pasamos a tomarlo al salón.

—¡Oye! ¿Y te ha llamado Ricardo Ballesteros, el concejal? No te puedes imaginar lo pesado que se puso el hombre para conseguir tu número. Le estuve dando largas desde lo del Nuevo Ateneo, pero la semana pasada me pilló en un momento tonto y me lo sacó. ¡Qué insistencia la de ese hombre!

—¿Y se puede saber por qué no se lo querías dar. ¿Desde cuándo te has convertido en mi carabina? ¿Pues sabes qué te digo? Que es un tío de lo más encantador.

—Entonces sí que te ha llamado. Por favor, Sandra, dime que no has salido todavía con él.

—¿Y por qué no habría de hacerlo? Para que los sepas, hace dos noches… Me llevó a la ópera y luego a cenar —puntualicé—. ¿Ves ese ramo de rosas? —lo tenía colocado bien visible en uno de los estantes y se veía bien lozano todavía— pues tuvo el detallazo de enviármelo al día siguiente, o sea ayer. ¿Qué pasa? ¿No crees que ya soy mayorcita para decidir con quién salgo y con quién no?

—No te lo tomes por la tremenda, Sandra. Solo me preocupo por ti. Tiene fama de seductor, por decirlo finamente. Aunque con un poco de suerte tú ya eres demasiado mayor para él. Dicen que le gustan muy jóvenes…

—No digas tonterías, Amalia. Se ha fijado en mí y ya tengo treinta. Así que tan jóvenes no serán —lo defendí.

—Tú verás, pero que sepas que sé todas sus ex echan pestes de él, y la que más su exmujer.

—Entra dentro de lo normal, ¿no? —respondí indignada—. Si todo fuera de color de rosa, Ricky…

—¡Huy, que lo has llamado Ricky! —Ahora sí que estás  perdida—apostilló riendo.

—Pues eso… que seguiría con alguna de ellas y no saldría conmigo —dije retomando el hilo de la conversación—. Si tuviera que descartar a todos los hombres cuyas ex van diciendo algo malo de ellos no encontraría con quién salir. Además, ¿no lo dirás porque tú eres una de ellas?

—¡Mira que eres, hija…! ¡Es que todo lo sacas de quicio! Yo te aviso porque soy tu amiga. Y sí, ya que ha salido el tema: quedé con él un par de veces hace ya un tiempo. Pero no llegamos a nada, aunque él me entró con todo, para que lo sepas. Pero no sé… ese tío tiene algo que no me termina de gustar.

No me tomé bien la advertencia de Amalia. La creí exagerada y sin fundamento. Por el contrario, parecía que aquel interés de mi amiga en que no saliera con Ricky me incitó aún más. El resto de la tarde transcurrió con una disertación casi científica sobre la cuestión, hasta que Amalia se marchó. Aunque no pudimos ponernos de acuerdo sobre aquel tema, al menos habíamos hecho las paces. Yo sabía que pasara lo que pasara Amalia siempre estaría de mi parte.

Al día siguiente fue Carlos quien me llamó a eso de media mañana. Me dijo que necesitaba verme sin falta. Lo noté muy alterado. Tenía que contarme algo muy importante que había descubierto. Por más que insistí no quiso adelantarme nada por teléfono, quería decírmelo cara a cara. Nos citamos el domingo por la tarde en un café del centro.

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