Montesco y Capuleto

Montesco y Capuleto

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—Romeo, no, no y no. Mil veces no. ¿No lo sabías antes? Nunca pasaré mis vacaciones con tu madre, con una Montesco… ¡Entérate! en Florencia nadie nos va a invitar a ninguna fiesta. Ya sabes que allí son más de los Capuleto.

—Pero mi amor… ¿cómo le voy a decir que no? ¡Con la ilusión que le hacía! Además, me dijo que estaría encantada si va al mercadillo contigo porque tu gusto por los vestidos no lo tiene ninguna otra joven de Verona.

—¿Y quiere ir conmigo de compras…? ¡Ah, no. Por ahí, tampoco paso! Lo mejor será que me vaya con mi padre a Venecia, tiene una entrevista con el Dux y a mí me encanta escuchar cantar a los gondoleros.

—Si lo haces, yo me hago franciscano. Llevamos mucho tiempo planeando este viaje para que, ahora, unos y otros lo conviertan en imposible. ¿Y si viajáramos a Roma? Mi madre no querrá volver, estuvo el pasado año y no le gustó nada; dijo que mucha gente, mala comida, sucio y, todo lo antiguo, roto. 

—En Florencia, no me quería perder el Baptisterio, me han dicho que es precioso. Quería ir a la platería de Benvenuto Arsi en el ‘Ponte Vecchio’, ¿o te piensas que seguiré loca por ti sin antes tener un anillo de compromiso? Y por una vez, estoy de acuerdo con tu madre, Roma es una pocilga y, en el verano, hasta el Papa Gregorio huye de allí.

—Julieta, puedo comprártelo en cualquiera de las que hay en la ‘Piazza delle Erbe’, en estas de Verona hay tan buenos orfebres, si no mejores, que los de esas tiendas pequeñas y húmedas sobre el Arno. ¿Quién en su sano juicio se le ocurriría poner tiendas sobre un puente? Solo a los florentinos, que, si pudieran, por unas cuantas monedas venderían su propia alma a cualquiera.

—Está claro que no quieres mi felicidad…

—Sí, mi amor. Déjame hacerte feliz, subo esta noche a tu alcoba y te haré reír, soñar, tocar las estrellas con la punta de tus dedos.

—No piensas en otra cosa. Ya te he dicho que mientras que fray Lorenzo no nos case, las noches las pasaremos tú en tu cama y yo en la mía.

—Ahora que lo mencionas. Se me está ocurriendo algo. ¿Por qué no le das una excusa a tu padre, que tienes fiebre o el sarampión, y te quedas en casa. Yo emprenderé viaje a  Florencia con mi madre, pero en la primera posada, le digo a mamá que debo regresar porque el Conde de París nos reclama un impuesto enorme por el castillo. Regreso, nos encontramos en la Iglesia de San Francisco del Corso, fuera de la muralla será más discreto, y allí nos casamos. Y después, huimos de vacaciones a dónde tu quieras.

—No sé, ¿no será muy arriesgado… ?

—Julieta Capuleto, ¿tú me quieres? 

—¡Vaya pregunta! ¿Cómo lo dudas? 

—Porque nada te parece bien. Cuando no es mi madre, es cualquier otra cosa. ¿Te acuerdas de mi amigo Andrea, el arquitecto?, me ha invitado a Pisa. Están terminando una maravillosa torre campanario y me ha pedido que acuda a la inauguración. Tu vete con tu padre, te vas a enterar de lo que es una pocilga cuando huelas el aroma putrefacto del Gran Canal, que yo me iré a ver esa maravilla.

—Haz lo que quieras … solo deseo que esa ‘maravilla’ sea un fiasco y se caiga poco a poco. Adiós, Romeo Montesco

—Yo esperaba algo distinto de ti pero, a estas alturas, no creo que jamás nadie nos vea como ejemplo de enamorados. Aunque me han contado que hay un bardo inglés que está buscando historías de amor. Pero, supongo, que tú y yo nunca le inspiraremos dada esta relación tan rara que tenemos. Adiós, Julieta.


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Suspiros de España

Suspiros de España

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“De verdad que no sé qué hago aquí”

Gonzalo se mueve nervioso en su silla, al tiempo que se seca el sudor de las manos en los pantalones. Es incapaz de mirar a los ojos”

“¿Por qué le tengo que contar mi vida, eh?, ¿por qué? ¿Y ese empeño en conocer detalles tan insignificantes? Ya se lo he dicho: soy un tipo normal con una infancia normal, como la de todo el mundo. Jugué a policías y ladrones, al fútbol, mi padre me llevaba a los toros los domingos por la tarde mientras mi madre y mi hermana limpiaban la casa. No, claro que nunca lloré, mi padre no me lo permitía, decía que eso es de niñas, y tenía razón. Lo mismo hago yo con mis hijos, educarles correctamente, como dios manda. ¿Y por qué le tengo que hablar de mis novias? Con quince años empecé a salir con chicas, ya sabe, chavalas fáciles para descubrir el sexo. No, mi hermana se quedaba en casa, mi padre no la dejaba salir, ni ponerse la ropa que quisiera. Me decía que la cuidara siempre y que no permitiera nunca que fuera como una puta por la calle; nada de estar con chicos así como así. Luego me casé y mi mujer hizo como su madre y la mía, quedarse en casa, como tiene que ser, que para eso traemos nosotros el dinero a casa. Con el tiempo empezó con no sé qué tonterías de retomar los estudios, y yo le decía, ¿y nuestros hijos?, ¿quién los va a cuidar, eh? Nuestra vida de matrimonio era normal, ya se lo he dicho, como la de todos. Yo salía con mis amigos al bar, al futbol… ¿Por qué ella tuvo que empezar a querer cambiarlo todo? ¿Y por qué coño le cuento todo esto? ¿Qué mierda hago yo aquí?”

“Gonzalo, está usted aquí porque se lo ha ordenado el juez”

Gonzalo levanta el índice de modo amenazador.

“Sí, por librarme de la cárcel, que si no, me iba a ver usted aquí”

El terapeuta suspira profundamente,  como para coger fuerzas.

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El inspector Tontinus y la nave alienígena. Capítulo 7

El inspector Tontinus y la nave alienígena. Capítulo 7

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Berg se quedó mirando a Ripli, que de la impresión se había quedado pasmada. Tampoco él sabía muy bien lo que tenía que hacer. Aun así, salió del árbol y se plantó delante de ella. Casi eran igual de altos. Luego, aprovechando que ella se le había quedado mirando muy fijamente, intentó comunicarse con  Ripli ayudado de su chip. La primera intentona resultó algo ridícula.

—¡Nou teña meido! ¡Nou venio  fare le  naida! —Se dio cuenta de que aquello sonaba muy raro—. Pasa palabra —añadió entonces en lengua belenusina.

Lo cierto es que aprender un nuevo idioma intergaláctico en tan poco tiempo no era una tarea fácil. A Berg le estaba costando bastante acostumbrarse a esa forma de hablar tan diferente de la suya. Pero tenía que seguir intentándolo.

—¡Quiero decir que no me tenga miedo, que no voy a hacerle nada malo! ¡Espero que usted a mí tampoco! —dijo al fin con una pronunciación casi correcta.

—¡Oh, Dios mío! ¡Esto es algo extraordinario! ¡Si hablas como yo! Esto no puede ser casualidad… ¿Tu civilización ha visitado mi planeta? ¿O es que acaso tienes poderes telepáticos? —La teniente seguía con la boca abierta, aunque ahora por motivos bien diferentes: no comprendía cómo alguien en el otro extremo del universo podía conocer el lenguaje terrícola.

—¡Que va! ¡Ya me gustaría, no se crea! Nada de eso. Todo es gracias a mi chip.

—¡Qué maravilla de invento! ¿No? Me gustaría saber cómo funciona —la científica que llevaba dentro se moría de curiosidad—. ¿Y dime? ¿Dónde estoy? ¿Por aquí son todos como tú? ¡Pero si pareces un lagarto gigante! ¡Y, además, bípedo…!

—¡Reptiliano, si no le importa! Y sí, se puede decir que aquí en Althea, que es la capital del planeta Belenus, hay muchos como yo. ¿Y usted, de dónde viene?

—Provengo de una galaxia muy lejana llamada Vía Láctea. Mi planeta se llama Tierra, pero hace mucho que no voy por allí. En realidad, se trata de una larga historia. Pero dejémosla para otro momento. Ahora lo que necesito cuanto antes es reprogramar a la Prometheus y regresar a la Tierra. Por cierto, yo soy la teniente Elena Ripli. ¿Y tú? ¿Cómo te llamas? A Jonás ya veo que lo conoces.

La conversación había alcanzado un grado de fluidez más que aceptable. Se estaban entendiendo bien.

—Mi nombre es Berg Smirnok. Y dígame… ¿Prometheus es el nombre de su nave?

—Eso es. Veo que eres muy listo.

—Prometheus es muy guay. Pero tiene que saber que no soy el único que la ha visto. ¡Hasta el ejército está ya metido en el ajo! Tiene que marcharse de aquí antes de que la descubran. Si la pillan, jamás regresará a la Tierra, se lo garantizo. Estoy seguro de que más de uno ha pensado para usted planes muy siniestros.

—¡No me digas! ¡Nunca lo hubiera sospechado!

Entonces Jonás maulló y comenzó a ir alternativamente de las piernas de Ripli a las patas de Berg. Parecía encantado con el encuentro entre la humana y el reptiliano.

—¿Sabe, teniente? Su mascota es muy molona. Las que nos gastamos por aquí no son tan pacíficas. ¡Cómo te descuides te arrancan un dedo de un bocado!

—¡Gracias por el aviso, Berg! ¡Lo tendré en cuenta, si es que decido alargar mi estancia en este planeta!

Entonces Berg se quedó pensativo. Se le había pasado el entusiasmo al acordarse de su hermana. Ripli se dio cuenta de que había algo que preocupaba a su nuevo amigo.

—¿Qué te pasa? Te has puesto muy serio.

—¡Es que…! ¡Es que…  yo también estoy metido en buen lío! ¿Sabe?

Y la puso al corriente de todo lo ocurrido desde el abelenizaje hasta ese momento, incidiendo especialmente en el hecho de que la policía tenía a Cris y que no podía volver a casa sin ella.

—¡Anda! Pero si resulta que eres tan solo un niño. ¿Cómo no me había dado cuenta?

—Mi madre siempre me dice que soy demasiado alto para mi edad. ¡Será por eso…!

—Vale —dijo Ripli—. Yo te ayudo a recuperar a tu hermanita y tú me ayudas luego a dar esquinazo a todos esos que me persiguen. ¿Te parece una buena idea?

—¡Sííí! ¡Sííííí! —contestó Berg con vehemencia dando palmas al modo reptiliano.

—¡Pues no se hable más! ¡Manos a la obra!

Entonces oyeron el motor de un transporter y corrieron a esconderse tras unos matorrales de romerisco gigante. Al frotarse contra las ramas un olor campestre inundó el ambiente.

—Tu planeta huele muy bien. —Ripli todavía tenía grabado en la pituitaria el aire viciado de la Nostramo y, en menor medida, de Prometheus.

—Teniente —reflexionó Berg—, estamos en un bosque, en plena naturaleza. ¡Normal que huela bien! Pero no diría eso mismo si la llevara a tres o cuatro sitios que yo me sé…

Interrumpieron la conversación al observar que Tontinus y Holt se les acercaban. Todavía tenían a Cris en su poder y discutían de manera acalorada. Como siempre, el inspector no era capaz de admitir su error.

—¡Holt! ¿Ve como aquí no hay nada? ¡Ya le dije que ese bgramido ingfragueptiliano pgrocedía de otgra pagte!

—¡Se equivoca, Tontinus! Estoy segura de que salió de por aquí.

—¡Ya vegá! ¡Pog su culpa nos iguemos con las manos vacías! ¡Se la va a ganag, se lo adviegto! ¡Le pondgré un parte pog este incidente!

—¡Mire, teniente! —le dijo Berg a Ripli—. ¿Ahora que están distraídos, por qué no aprovechamos para ir a por Cris? ¡Por todas las Deidades Reptilianas, teniente, el grito que soltó! —se guaseó el chico—. ¡A mí todavía me zumban los oídos! Por cierto: la felicito por tener tan buenos pulmones. —El niño se había vuelto a animar—. Porque usted también tendrá pulmones, ¿no?

—¡Claro que tengo pulmones! A ver si te vas a creer que los reptilinos sois los únicos.

—¡Reptilinos no, reptilianos!

—¡Bueno, repti lo que sea! ¡Qué más da! —dijo la teniente restándole importancia a su equivocación—. Iremos por detrás de esos matorrales para que no nos vean.

Tontinus y Holt, enfrascados en el rifirrafe, no se dieron ni cuenta de su maniobra y al cabo de unos beleniminutos Ripli y Berg llegaron al transporter patrulla.

Cris no había resistido el cansancio y dormía plácidamente en al asiento trasero. Berg la sacudió por el hombro. Ella se pegó un buen susto y a punto estuvo de emular a la teniente en aquello del grito, pero su hermano reaccionó a tiempo de hacerle callar.

—¡Chissst! ¡No pasa nada, Cris! ¡Venimos a buscarte!

—Pensaba que a lo mejor te habías olvidado de mí —le respondió haciendo un puchero—. Te prometo que yo no les he contado nada, Berg. De verdad que no.

—Ya lo sé, Cris —dijo Berg mientras le ayudaba a bajar del transporter, ya que el vehículo era muy alto.

Cuando Cris estuvo en el suelo y pudo ver a Ripli y a Jonás puso los ojos como platos, pero no dijo nada porque venían con su hermano en el cual, a pesar de todo lo que le hacía rabiar, tenía plena confianza. Y más ahora que había regresado a buscarla.

—Te presento a la teniente Ripli y al gato Jonás, del lejano planeta Tierra —le dijo Berg en cuanto volvieron a estar a cubierto.

—¡Hola, Cris! —dijo Ripli saludando con la mano al mismo tiempo—. ¿Tú también puedes entenderme? —Cris asintió con la cabeza.

Como ella había nacido unos beleniaños después, tenía instalada de serie la última versión del chip y no necesitó actualizarlo.

El gato, también la saludó a su manera: ni corto ni perezoso, se le subió de un  salto y empezó a ronronear en su regazo. Y allí estaban todos ellos reunidos, formando un cuarteto de lo más particular. Como equipo no tenían precio: una niña y un preadolescente reptilianos en compañía de una mujer terrícola con su bonita bola peluda con ojos.

—Jonás es un bichito muy mono —dijo Cris en el idioma de la alienígena—. Me encanta que tenga un pelo tan suave. Da mucho gusto acariciarle la barriguita ¿Y… vosotros sois los alienígenas? —se atrevió por fin a preguntarle a Ripli.

—Eso parece —repuso la teniente muy concisa.

—¿Sabe? Cuando sea mayor seré astronauta como usted. —Y Ripli sonrió complacida.

—¡Eres asombrosa, Cris! —intervino Berg—. Has utilizado tu chip para hablar en el idioma terráqueo sin equivocarte ni una sola vez. ¿Cómo lo has hecho? Si me hubieras oído a mí cuando lo intenté al principio te hubieses partido de la risa.

—Pues no sé. Me ha salido solo —contestó con humildad.

Entre tanto, Tontinus seguía insistiendo en que por allí no había nada y ordenó a Holt que volvieran al transporter. Él se montó, como siempre le gustaba hacer, en el asiento del conductor y puso en marcha el vehículo, dejándole a ella el del copiloto. A pesar de que apenas habían dejado sola a Cris durante los pocos beleniminutos que duró su infructuosa búsqueda, la subinspectora, que siempre se mostraba muy diligente, echó una ojeada al asiento trasero para cerciorarse de que Cris seguía durmiendo como un bebé.

—Inspector —dijo en un tono circunspecto—, tengo algo muy importante que decirle.

—¡Déjeme adivinag! ¿No me diga que pog fin ha guepagado en lo apuesto que soy?

—¡Ojalá fuera eso, señor! —Se daba cuenta de que acababa de meter la pata y trató de arreglarlo sobre la marcha—. No quiero decir con esto que usted no sea un reptiliano atractivo, claro que no…

¿Pero qué le estaba diciendo a ese tío…? Eso no era propio de ella. Holt no llegó a terminar la frase. Prefería mil veces que se le llenarse la boca de estiércol antes que decirle alguna otra frase aduladora a Próculo Tontinus, aunque que fuera por equivocación, así que le soltó la bomba a bocajarro:

—Inspector Tontinus, siento decirle que la niña, Cris, ya no está con nosotros.

Tontinus frenó en seco. Por suerte llevaban los cinturones puestos, lo que les evitó dejarse los dientes en el cristal delantero.

—¿Me está diciendo que la hemos pegdido?

—Eso es, inspector. Veo que lo ha comprendido. Ha debido bajarse del transporter mientras estaba estacionado.

—¿Pego qué vamos a haceg ahoga? —gritó mientras se echaba las zarpas a la cabeza de manera un tanto violenta.

—Inspector, tenga cuidado no se vaya a sacar un ojo —le dijo Holt ajena a su desesperación.

Tontinus cambió de táctica y comenzó a darse coscorrones contra el volante. Aquel caso no hacía sino irle de mal en peor. Se dio cuenta de que había llegado el momento de hacer un alto en el camino para reflexionar.

Ilustración original de Juanjo Ferrer para el libro editado por Desafíos Literarios

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Bajo la luz del candil

Bajo la luz del candil

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Álvaro era un niño que vivía en un pequeño pueblo escondido entre las montañas. Era el único niño que habitaba aquel recóndito pueblo que casi nunca recibía visitas de foráneos y que era como una pequeña gran familia formada por todos los habitantes. Él era feliz viviendo allí, pero en demasiadas ocasiones echaba de menos tener algún amigo con el que jugar. Sus compañeros de escuela vivían en otros pueblos más grandes y, durante los fines de semana y, sobre todo, las largas temporadas de vacaciones escolares, los echaba mucho de menos.

Sin embargo, Álvaro jamás se aburría. Salía y entraba de su casa cuando quería, con la tranquilidad que a sus padres les daba que cualquier vecino del pueblo le estaría echando un vistazo en dondequiera que se encontrase. Así que Álvaro disfrutaba de una libertad sin precedentes y combatía la falta de amigos con una desorbitada imaginación.

Lo peor era cuando, pasado el verano y las vacaciones, comenzaban las largas noches otoñales e invernales, que apenas le permitían pasar al aire libre todo el tiempo que a él le hubiese gustado.
La única cosa que Álvaro tenía prohibida era internarse en el bosque sin compañía, algo que, hasta el momento, había cumplido a rajatabla. Sin embargo, una de aquellas tardes de otoño en las que ya había anochecido y aún quedaba un buen rato para la cena, le venció la curiosidad. Era sábado y llevaba todo el día ideando algo que le ocupase la tarde, hasta que en su mente se comenzó a forjar la idea de dar un paseo por el bosque y ya no hubo marcha atrás. Una vez que había tomado una decisión debía cumplirla o, de lo contrario, por la noche sería incapaz de dormir. Por no hablar de lo largas que se le hacían las tardes encerrado en casa.

Con una linterna escondida en el interior de su chaqueta, anunció a sus padres que iba a salir a dar un paseo por el pueblo. Ninguno de ellos se opuso, pues tenían toda la confianza puesta en su hijo, que jamás había desobedecido una orden. Además, el avanzado estado de gestación de su madre, que albergaba en su interior dos pequeños, tampoco propició que sus padres se animasen a acompañarle. Pronto tendría compañeros de juegos en aquel pequeño pueblo donde habían encontrado la tranquilidad que necesitaban.
Al principio con pasos temerosos, luego ya más decididos, Álvaro se fue adentrando en el bosque. La oscuridad iba en aumento a medida que avanzaba, pero, de igual forma, le parecía ver cómo se iba acercando una luminosidad tenue que le llamó la atención. Curioso como era, dirigió sus pasos hasta aquel foco de luz que se divisaba entre los grandes troncos de los árboles, hasta que llegó un momento en que no necesitó de su linterna para continuar en su avance.

Oculto tras el tronco de un fuerte roble, observó boquiabierto cómo, alrededor de un claro del bosque, decenas de candiles colgados de las ramas más bajas emitían una cálida y titilante luz. En el centro del claro, diminutas figuras danzaban felices, en pequeños grupos que, juntos, formaban una circunferencia perfecta sobre el suelo ya cobrizo del bosque.

Sin poder evitarlo, Álvaro salió de su escondite para contemplar mejor a todos aquellos pequeños duendes, elfos y hadas que se habían reunido en el corazón del bosque. En un primer momento, todos detuvieron su baile, quedaron callados y expectantes al verse sorprendidos por aquel niño humano que les triplicaba en altura. Por primera vez en cientos de años habían sido descubiertos. Uno de ellos, el que parecía más anciano, se acercó hasta el niño, dando cortos pasos sobre un pequeño cayado de madera vieja. De inmediato sintió la inocencia en la mirada de aquel humano, la sorpresa que delataban sus ojos y la sonrisa sincera que mostraba su rostro.

Álvaro se incorporó encantado a aquella particular fiesta mágica, tras prometer que, con él, el secreto quedaría a salvo. Desde entonces, Álvaro acudía cada día, cuando ya había caído la noche sobre el pueblo, a su encuentro con sus nuevos amigos del bosque, que jamás permitieron que volviese a estar solo.
A día de hoy, varias décadas más tarde, Álvaro continúa asistiendo a aquellas reuniones de las que tanto disfrutaba y que, ahora, además, le proporcionan una felicidad sublime al observar cómo sus hijos derrochan el mismo cariño a sus pequeños amigos como él mismo lo había hecho en su infancia.

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SEÑORITA RAMIREZ

SEÑORITA RAMIREZ

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SEÑORITA RAMÍREZ
Anuncié el velorio de la señorita Ramírez en el obituario de un diario: esta noche en la Parroquia Virgen de Fátima. Años atrás nos conocimos cuando realizábamos trámites en el Ministerio de Agricultura.
Recuerdo haber observado su belleza discreta y distinguida. Me di cuenta que era una dama de finos modales, andar pausado, voz clara y cabellos plateados atrapados en una peineta de nácar. Su elegancia natural se complementaba con el sobrio vestido gris que caía debajo de las rodillas. Había escuchado sus reclamos frente a la ventanilla y en ningún momento perdió la compostura clásica de las mujeres de antaño. Venía a cobrar los bonos de la Reforma Agraria, los mismos que honrarían la expropiación de sus haciendas azucareras. Luego que examinó varias veces los documentos, noté que estaba a punto de sufrir un vahído. Alcancé a tomarla del brazo, evitando que se desplomara sobre el piso. Con el auxilio de otros la ayudé a sentarse en una de las sillas de la sala de espera. Jamás olvidaré su mirada perdida y ojos acuosos tratando de no llorar. En aquella ocasión me alarmó descubrirle el pecho agitado y los temblores que recorrían su cuerpo delgado. Una secretaria intrascendente le alcanzó un vaso con agua. Abrió la cartera y extrajo una pastilla que ingirió rápidamente. Pasado el sofocón inicial, el barullo a su alrededor desapareció. Me percaté que yo era el único que seguía interesándose por ella.
─Muchas gracias, señor. Es usted muy amable asistiendo a una anciana desvalijada. Porque eso es lo que soy, caballero. Después de treinta años he venido a cobrar algo que me quitaron y ¿qué he conseguido? Lea, por favor. ¿Puede creer que mis tierras valgan esta cantidad?
Con su venia leí el monto que cobraría en el Banco de la Nación. Fruncí el entrecejo, dibujé un gesto de sorpresa inaudito y me ofrecí a llevarla a su casa.

Vivía en un antiguo y pequeño chalet de dos pisos. El jardín exterior lucía cuidado, en el que geranios y rosales comulgaban armónicamente. Una cerca de madera blanca, enlazada con hiedra rozada, lo aislaba de la vereda. Me comentó que un domingo mojó la notificación del ministerio mientras regaba las macetas.
Me invitó a ingresar y el cuadro del Corazón de Jesús con la vela encendida nos recibió. Debajo de él la consola de ónix mostraba portarretratos con imágenes de arcángeles. Las paredes de la sala estaban empapeladas con motivos florales y dos cuadros de la escuela cusqueña, enmarcados en pan de oro, colgaban orgullosos. La mesita de centro exhibía fotografías de su esplendor pasado.
Traspasando un medio arco divisorio, el comedor se anunciaba con pocas pretensiones. Centrado a la perfección, cayendo por detrás de la mesa, un gobelino recreaba una escena bucólica de la campiña francesa. El aparador de caoba dejaba ver la colección de copas de cristal Bohemia y los platos de porcelana Limoges. Escondida en una esquina, casi con miedo, una botella de champagne, con la etiqueta borrada por el tiempo, se había marchitado en la soledad del olvido.
Sus tres gatos siameses salieron a saludarla. Tomamos asiento en un sofá tapizado en terciopelo. Cómodamente instalados me mostró el álbum con fotos de su hacienda favorita. El trapiche centenario, la destilería de ron artesanal, los sembríos de caña de azúcar, la iglesia de adobe y la casa hacienda habían sido capturados fielmente en sepia y eran testimonios evidentes de épocas doradas. Presurosa guardó el álbum y me obligó a aceptarle una taza de té y galletas de vainilla hechas en la madrugada. Acepté gustoso y a partir de entonces nos convertimos en grandes amigos.
Cada vez que llegaba a Lima, la visitaba para conversar sobre los misterios del campo, la bondad de la tierra y las injusticias de la vida. Descubrí que le gustaban los bizcochos de canela rellenos de manjar blanco y me enseñó a descifrar la magia de las galletas. Con el correr del tiempo, y gracias a la confianza alcanzada, me develó su alma, hasta confesarme que nunca se casó. Seguía siendo señorita porque el caporal que la enamoró no tuvo el valor para seducirla y menos pedir su mano. El único pariente vivo que tenía era una sobrina que radicaba en New York y se comunicaban esporádicamente. Subsistía vendiendo las joyas de la familia y por un fideicomiso paterno.

Estando fuera del país me enteré sobre la enfermedad que padecía y arribé a tiempo para cuidarla en una clínica local. Le conseguí medicinas, afronté gastos y la entretuve con mis aventuras estrambóticas. Fueron días de risas y recuerdos.
─Jorge, cuando salga de acá te voy a preparar unas galletas nuevas que he visto en la televisión.
El tiempo no le dio la razón y falleció en paz, tranquila, oliendo a Heno de Pravia que siempre me pedía le comprara.
Esta noche, señorita Ramírez, tenemos una última cita, los dos solos. La quiero linda, elegante y distinguida como siempre. Usted me conoce, voy a estar puntual para despedirnos. Algún día nos volveremos a encontrar para hablar del sol de mediodía, el que calcina y hace fuerte la tierra generosa. Conversaremos de las lagartijas que perseguía, de las grullas revoloteando por los ojos de agua, del jugo de caña recién exprimido, de los paseos a caballo, de las misas dominicales en la iglesia de adobe que decoró con azulejos valencianos, de las correrías por los canales de regadío de su juventud, del canto de los cañaverales y ojalá se nos una el caporal que desperdició la oportunidad de amarla. Espero que tenga la iniciativa de rehacer el tiempo…
Tenemos tanto de que hablar, querida señorita Ramírez, y si usted me lo permite, con todo respeto yo le contaré mis andanzas y travesuras.

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Un Dorsal

Un Dorsal

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Esta mañana, cuando salí a correr, el cielo estaba cubierto de nubes tenuemente coloridas de un gris blanquecino. Una brisa suave y fría daba el aviso premonitorio de la lluvia que venía en camino.

Ni modo, ese día tocaba correr. Me coloqué en el pecho el dorsal de “¡No más hambre!” y salí.

“¡No más hambre!” es uno de los dorsales que más he utilizado durante mis entrenamientos, por lo cual está bastante gastado y roto en las esquinas, que es en donde coloco los imperdibles para sujetarlo a la franela.

Ya de regreso a casa, la suave brisa que me había refrescado en el camino, paso a convertirse en viento que chocaba de frente contra mi rostro. A lo lejos vi a la lluvia, que como una cortina corrediza se iba desplegando por el cielo, avanzando hacia mí.

Pronto sentí las primeras gotas en mi rostro. Una lluvia suave y dispersa chocaba contra mis lentes dificultando mi visión y, sin embargo, seguí mi avance.

El dorsal que iba prendido a mi pecho empezó a mojarse y se fue debilitando poco a poco. Debilitándose como ese pueblo que está en las calles buscando qué comer. Debilitándose como ese pueblo enfermo que no encuentra medicinas para tratar sus enfermedades. Debilitándose como ese pueblo que está hambriento de justicia, trabajo, educación y respeto.

De repente, me di cuenta que el dorsal estaba pegado a mi pecho apenas por un imperdible. Los otros dos puntos de sustento habían sido vencidos por la humedad de la lluvia. El dorsal estaba a punto de caer al piso cuando lo tomé en mis manos y lo llevé de vuelta a casa.

Ya en casa lo vi con detenimiento. Estaba roto y con surcos. La palabra “hambre” dividida en sus dos sílabas por una grieta en su piel. Su piel estaba manchada y débil.

Un dorsal roto. Roto, como los zapatos del pueblo que viaja hacinado en el metro.

Un dorsal arrugado, como el alma de ese pueblo, quien tiene que ser malabarista y equilibrista para poder llevar un pedazo de pan a su casa.

Un dorsal manchado, como ese pueblo a quien le han quitado su dignidad con dádivas miserables.

Un dorsal con la palabra hambre dividida. El hambre que ruge en los estómagos del pueblo. Rugiendo de día y rugiendo de noche; puntual, sin prisa y sin demora, como un león enjaulado.

Un dorsal de piel débil como aquel enfermo que pudo haberse curado, pero por falta de medicinas, ve como su vida se va apagando como la llama de una vela a punto de consumirse totalmente.

Un dorsal roto, arrugado, manchado y débil como los presos del Helicoide y de “La tumba”. Como mi gente delgadita, desolada y triste que camina en mi América latina. Como esa mujer, a quien el hambre la seco. Como ese hombre, a quien el hambre le detuvo el corazón. Como ese niño, a quien el hambre le quitó la vida.

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