No basta…

No basta…

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No basta encadenar versos ajenos
para declarar que se ama.
El sentimiento da ritmo y música
a las propias palabras.
Las palabras así dichas son caricias,
caricias sentidas en el alma.

La ausencia es tortura
que al amor quebranta.
Duele el corazón, el deseo desespera
y los celos matan.
Por adorar a esa mujer,
se salvan barreras oceánicas.

La cercanía es hálito de vida,
la nostalgia desgarra.
El sexo en el amor es necesario,
sin amor, el sexo es un capricho;
el capricho, no tiene sentimientos.

¡Ay, amor! ¿Qué asoma en tu mirada?
Tristeza, impotencia inusitada.

La angustia me ahoga.
Sin ti el aire me falta.
Sin ti la vida se me escapa.
Sin ti… sin ti…
¡Me faltan las palabras!

Dicen

Dicen

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Dicen que el verano se va, dicen que el otoño espera, dicen….. pero el sol se resiste, y los cielos visten de azul.
Yo espero esa lluvia que me haga sentir el olor a tierra mojada, el viento fresco en el rostro y las hojas amarillentas cayendo con suavidad hasta dejar desnudas las ramas de los árboles altivos.
Dicen algunos, que el calor se va despidiendo cada amanecer, pero el mercurio sube en los termómetros, y los cuerpos aguardan el alivio térmico.
Dicen por ahí que nunca volverás, que te fuiste una mañana de primavera, una mañana de fragancias nuevas, de flores recién abiertas y llanuras vestidas de verde.
Yo espero que regreses, quizás en otoño, cuando los colores comiencen a apagarse, en invierno cuando el frío muerda y el hielo acompañe las solitarias noches. Quizás volverás de nuevo en primavera… será otra, no la misma.
Oteo el horizonte inalcanzable, para verte llegar, me envuelven sus colores rojo, coral, bermejo, grana, carmesí… mientras el sol se oculta, se despide, para dar paso a la mágica luna, que de nuevo trae tu recuerdo en las noches vestidas de estrellas o de negro azabache.
La memoria se pierde en infinitos parajes, nuevos colores estallan dentro, me hiere la calma. Es volteada en mil piruetas cual pentagrama de notas altas y bajas, negras, blancas…
EL dolor se acrecienta, es la conciencia que regresa, el discernimiento del sueño y lo que no lo es.
No estás, te quedaste en una cuneta, cerca de un verde prado en el que crecían margaritas, dentro de un coche blanco. EL mismo que me dejó anclada a esta silla de ruedas, a una cama, a un sueño del que no me gusta despertar.
Dicen que algún día lo haré, que estoy mejorando dicen……
Tan solo quiero regresar contigo para deshojar aquellos pétalos y andar descalza por la hierba húmeda de la mañana.
Dicen…

Ego te absolvo

Ego te absolvo

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( tercera parte y última parte)

Por la ventana abierta, el ruido de la calle ha bajado de intensidad. Ya no se oyen las conversaciones de los vecinos al fresco y hace rato que las campanas de San Cayetano dieron doce repiques. 

El bochorno, pero mucho más la cerilla encendida que siente corriendo por su estómago, hacen que el religioso se despierte entre sudores y sabores agrios. Todavía dando pasos inseguros, prende una pequeña vela y se levanta del lecho. Va hacia la mesa y vuelca de la frasca los restos, apenas un dedo de vino, que traga sediento mientras le parece ver, entre una bruma que se disipa, las caderas de Josefa a horcajadas de un apuesto oficial. Los dos ríen, gozan y juntan sus bocas abiertas hasta que, exhaustos, yacen uno junto al otro. 

Apura el vaso vacío y sin conseguir calmar la hinchazón de la lengua, se incorpora con dificultad tras apoyarse en la mesa. Muy nervioso, como si estuviera enjaulado, camina una y otra vez por el pequeño cuarto. Busca algo de licor que ella guarda para ciertas ocasiones, también busca calmar las puñaladas que los celos le cosen una y otra vez.

Al fondo, resguardada por unas cortinas de cretona, se encuentra la cama y en ella, Josefa duerme profundamente. Él, en solo tres pasos, va de una pared a otra rebuscando entre la pileta, la alacena, el arcón y varias bolsas amontonadas. De vez en cuando, gira la cabeza hacia donde su amante se encuentra, pero se atormenta viéndola desnuda y abrazada por unos brazos que no son los suyos. Al regresar de esas visiones, entre alargadas sombras, ve su imagen en paños menores reflejada frente al pequeño espejo del armario donde ella guarda algunos enseres. Ese mueble, un lujo para la gente humilde, se lo ha regalado él hace muy poco. Fue tras meses y meses en los que los ruegos de Josefa y su actitud acaramelada acabaron por convencerle. 

Él piensa que ahí dentro no solo encontrará algo para calmar la sed, sino algo que alimentará la de venganza, las pruebas de la infidelidad. Espoleado por las dudas, sintiéndose un esposo engañado, lo abre. Descuelga vestidos, abre cajones pero no encuentra ni cartas comprometedoras ni prendas masculinas, solo ropa de ella y, en la parte baja junto a las alpargatas y los zapatos de los domingos, una caja de madera con algunos utensilios de trabajo del padre de Josefa. 

Desesperado, se sienta en el suelo, tiene la respiración muy agitada y debe acabar pronto con ese malestar. Muy lentamente, empieza a darse cuenta de la única salida que tiene ante sus ojos. La Santa Madre Iglesia nunca verá bien su unión pero Dios sabe tan bien como él, que la ama, que solo puede ser suya, que no lo será de otro. 

Tras encomendarse al Altísimo y rezar un rápido Credo, agarra el remedio a su angustia, se incorpora con alguna dificultad y se dirige hacia donde se encuentra Josefa.

—Mujer, despierta —le dice levantando la voz y arañando el

silencio de esa madrugada.

—Juan, no —protesta ella cuando adormilada y entre la penumbra amarillenta de la estancia, comprende que con el desvelo de él, sus desdichas todavía no han acabado.

—Te voy a confesar, ponte de rodillas y haz examen de conciencia —pronuncia en tono grave al mismo tiempo que se sienta en el borde de la cama, juntando las palmas de las manos para encomendarse al Altísimo.

Aún con alguna negativa más, Josefa sale de la cama, se estira del camisón para que la cubran las rodillas y cumple las órdenes, por no contrariar a Juan, por acabar cuanto antes con aquel mandato de su amante.

—Ave María Purísima —inicia el diálogo una vez se encuentra hincada y con las manos entrelazadas a la altura del pecho.

De forma refleja es replicado por el «sin pecado concebida» para, superponiendo la frase, persignarse y soltar «en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo».

Sin abandonar el tono circunspecto, Sanvítores dice:

—¿De qué te acusas?

Tal y como le enseñaron desde niña, repasa cada mandamiento, uno por uno, del primero al décimo, declarando haber pecado contra el sexto y el octavo. De este último porque siempre alguna mentirijilla se le escapa con las lavanderas, aunque él piense en causas diferentes; y del otro, por lo obvio de la impura relación con quien la escucha.

—Haz acto de contrición de tus graves pecados junto al propósito de no volverlos a cometer.

Josefa se queda muda y, aunque no es la primera vez que la

confiesa, quiere pensar que tras impartirle el sacramento, la acumulación e desatinos habrá llegado a su fin. Tiene sueño, y está tan cansada como convencida, de que si Juan Crisóstomo se duerme, si ambos lo hacen, la luz del día siguiente, el frescor de la amanecida, borrará esta pesadilla.

—¿Te arrepientes de tus pecados?

—Me arrepiento de todos —replica ella mostrando algo de irritación.

Él no le impone penitencia alguna. Lentamente levanta la mano derecha, y haciendo una cruz exagerada en el aire, entona:

—Ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. —Que es rematado por un rabioso «Amén».

Josefa está atónita ante las palabras y gestos de su amante, más por la somnolencia que por haber caído en trance. Los ojos le pesan y en aquella penumbra se le cierran, aunque no sea del todo esa su voluntad. Mientras el sacerdote todavía musita alguna jaculatoria, que ella no comprende, y cuando él todavía mantiene el brazo derecho levantado a la altura del pecho donde ha finalizado la cruz, se incorpora y, sin mirarlo, regresa a la quietud de la cama. 

Sin que apenas haya puesto la espalda sobre el colchón, impotente, ve de refilón cómo con la mano izquierda Sanvítores la golpea en la cabeza con un martillo escogido entre las herramientas del armario. El instinto la hace protegerse con sus brazos pero él se los aparta para continuar sacudiéndola con furia hasta que, dejando de escuchar cualquier sonido, la visión de ella se vuelve negra.

Con esa misma mano que acaba de utilizar para dar la absolución, cansada la otra de golpear, toma el arma y le sacude el cráneo en innumerables ocasiones más, salpicándose de sangre brazo, camiseta y calzones. 

El rostro de Josefa ha quedado grotescamente girado hacia él y en los ojos casi sin vida, brillan tanto súplicas como porqués, pero su furia no se detiene, la sigue golpeando hasta asegurarse de que está muerta, aunque esa mirada, en la que no quiere reparar, transmita idénticos interrogantes.

Un zumbido de oídos insoportable lo lleva a dejar de golpearla y a alejarse de la cama, sentándose en la silla del comedor. Suelta el martillo, que cae al suelo con estrépito, y se tapa el rostro sudoroso con las manos ensangrentadas mientras comienza el rezo de un rosario.

Afuera, la voz de un vecino desvelado se queja por el escándalo, escuchándose también, en ese momento, dos campanadas que se sienten como si un soplo de aire aliviara en algo la tórrida noche.

(Fin)

****

( incluido en el libro de relatos: Hojas Incendiarias.)

Isla de Faaroe

Isla de Faaroe

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“Hay algo verdaderamente alegre en el hecho de no hablar con nadie”
Ingmar Bergman

Alas, faros, gaviotas, nubes y noche oscura,
algo de frío y viento silbando entre las cañas;
un bosque donde sólo se oye cantar los pájaros
y recuerdos de días tal vez casi habitables.
Un sorbo de licor cuando de madrugada
se hiela el aire negro salado de la mar,
una pluma y papel, y siempre las palabras,
e imágenes surgidas de una memoria incierta.
Ninguna voz humana; no, por favor, ninguna,
que traen desesperanzas y faltas de respeto
y malas nuevas, gritos, desórdenes, mentiras
y engaños y promesas que nunca se cumplieron.
¡Olvidadme, olvidadme como yo os he olvidado
u os intento olvidar a soledad y noche;
no me llaméis, dejad que nunca haya existido,
que mi nombre sea sólo otro ruido entre tantos!
Sólo el grito del ave y el silbido del viento
silbando entre las cañas, siempre igual a sí mismo;
olvidadme, olvidadme, no quiero saber nada
de ese mundo abortado donde también vivía.
Un sorbo de licor cuando de madrugada
se hiela el aire negro salado de la mar.
Ninguna voz humana; no, por favor, ninguna;
sólo el grito del ave, siempre igual a sí mismo,
alas, faros, gaviotas, nubes y noche oscura.
Que mi nombre no sea ni tan siquiera un ruido.

Incoerencias

Incoerencias

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“Mi poemario”
Él, daría la vida entera por no sentir lo que sentía.
El velo negro de la noche es su aliado en curar sus heridas
Heridas de toda una vida, de amores perdidos, falsos…
Él, daría la vida entera por sentir, lo que ya no sentía.

Ella, un gato de ojos brillantes encontró un día
Se subió al tejado y recorrió mundos y vidas…
Abandonó rincones queridos y, amados
Con ser princesa soñó la gata de pelo blanco
Y, subida en el tejado donde nació un día
Se lamió sus penas.

Manos arrugadas bellos encajes de bolillos hacía.
En el zaguán de su casa con el sol entrando cada día
Pasaban los años con él se dormía
Acurrucada a una piel que no era otra que su piel

Con traje blanco de bellos encajes amanecía.
Las campanas de la iglesia tocaron a misa
En la mano el misal, medio pueblo acudía
Después el velo de la noche todo lo cubría.
Francisca Morato Oliva.

¿Quién soy?

¿Quién soy?

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Soy un primate que, evolucionado,
por experiencia consecuente,
soy mi exclusivo referente,
como presunto ser humano.

Con pensamiento limitado
en certidumbre subjetiva,
yo soy vivencia restringida,
por mis sentidos acotado.

Soy de mi estirpe la semilla,
soy yo… la rama dispersiva
y el tronco y la raíz de mi árbol.

Soy, en el cómputo de mis acciones,
un cosmos integral, globalizado;
soy sentimiento y emociones,
mi talla de madera, piedra o barro;
la clave de mi sinfonía,
el verso base de mi poesía,
sutil dibujo abocetado
y trama de la tela de mi cuadro.

Soy personaje de literatura,
el angular sillar de arquitectura,
y el claroscuro en mi pasado.

Soy, cual quijote o príncipe encantado,
tu siempre atento y fiel amante,
tu amor seguro y más constante,
en verdes ojos reflejado.

Y, sobre todo, vida mía,
por tus encantos embrujado,
yo soy… ¡Un hombre enamorado!

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