La hora del recreo

La hora del recreo

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La algarabía es tan intensa en el patio del colegio que María sabe de inmediato que son las once de la mañana. Es la hora del recreo y todos los niños juegan y ríen causando gran revuelo en todo el barrio. Muchos vecinos se asoman a los balcones para contagiarse de la alegría que parece traspasar los muros del colegio.

María, como cada mañana, deja sus quehaceres y también se asoma al balcón. El brillante sol de la mañana de mayo la recibe incidiendo de forma directa en sus ojos, como si no quisiera que viera lo que está a punto de contemplar. María parece querer no hacerle caso y se cubre la mirada con una mano, mientras sonríe de manera esperanzada.

Los ojos de María no se detienen en el tumulto bullicioso que corre de un lugar a otro del patio, sino que se dirigen a un punto en concreto, ese punto que, cada mañana, espera encontrar vacío y que, cada día, añade un pequeño peso más a la carga de preocupaciones que acarrea. Sus ojos van a posarse en el gran árbol que, orgulloso, levanta sus ramas por fin cubiertas de hojas en el rincón más alejado del patio. Lo van recorriendo con lentitud desde la copa, esperando encontrar bajo él solo la gran sombra que vierte sobre el suelo el ramaje.

La suave sonrisa con la que recibió a la mañana se convierte casi de inmediato en una mueca de desilusión. Vuelve a estar allí, sentado sobre el suelo con la espalda apoyada en el amplio tronco, mientras abraza sus piernas, hundiendo la cabeza entre ellas. Son ya demasiados los meses que se repite aquella escena, día tras día, y María vuelve a pensar con desesperación qué más puede hacer para animar a su pequeño, qué necesita para que la alegría que tiempo atrás siempre le había acompañado vuelva a hacer acto de presencia en su vida.

Con los ojos empañados en lágrimas, María eleva la vista al cielo y no sabe si maldecir o rezar. Nunca le ha funcionado esto último, así que opta por la primera de las opciones mientras las lágrimas se vierten ya descontroladas por su cara y la rabia la va invadiendo una mañana más. Maldice a la vida por no haber acompañado al padre del niño cuando más la necesitaba, maldice a la muerte por habérselo llevado tan pronto, a traición y sin avisar. Maldice a los demás niños por dejarle tranquilo en su aislamiento voluntario, maldice a los médicos que no han logrado que recupere las ganas de vivir y, por último, se maldice a sí misma por no haber sabido cuidar de él como se supone que debiera haberlo hecho, a pesar de haberlo entregado todo por él.

Con tristeza e impotencia, vuelve a llevar la mirada hacia el árbol, pero el corazón le da un vuelco al encontrarlo vacío. Busca con ansiedad entre el más de centenar de niños que recorren el patio de un lado a otro, corriendo, riendo, jugando, sin encontrar al pequeño que le ocasiona desvelos. Regresa la mirada a los alrededores del árbol y entonces lo ve.

Una pequeña con dos coletas que, incluso desde la distancia, se puede apreciar que están más tensas de lo que debieran, tira de él con la mano hasta llevarlo hasta un grupo cercano formado por varios niños. Él parece dudar y la niña le da una cariñosa palmada de ánimo en la espalda, mientras María no deja de contemplar la escena con nerviosismo. Otro de los pequeños le da un ligero empujón y todos salen corriendo, dejando a su hijo en el sitio sin saber muy bien qué hacer. María contiene la respiración.

Exhala con un sonoro suspiro cuando ve que su pequeño reacciona al cabo de pocos segundos para salir corriendo detrás del más rezagado. Lo ve dar saltos triunfales cuando lo detiene y continúa corriendo a por el siguiente, una niña que parece que no va a poder escapar por mucho más tiempo. Está jugando. Su pequeño está jugando. Después de casi doce meses, está jugando.

Mira hacia el cielo con una sonrisa y de inmediato se arrepiente de las palabras pronunciadas con anterioridad. El sol parece brillar con más fuerza aún y de sus labios asoma una única palabra, gracias, mientras devuelve la mirada al patio, a la alegría y el bullicio que, ahora sí, lo llenan por completo en la hora del recreo.

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JUAN RAMON

JUAN RAMON

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JUAN RAMON
Juan Ramón del Piélago y Casafranca, amigo de muchos años de tertulia, bohemia y papas rellenas en el Cordano, butifarras de jamón serrano en el Queirolo y chifas de la calle Capón, disfruta sin prisa la pensión de jubilado estatal. Frisando los setenta años, culto como pocos, escritor autodidacta, corrector de pasquines por afición y ojo crítico de carteles publicitarios, era capaz de encontrar el error gramatical más sutil así como la sintaxis equivocada en un escrito aparentemente bien redactado. Eterno participante en concurso de cuentos y poesías, nunca alcanzó una mención honrosa y menos una final. A insistencia suya leí sus obras presentadas y, en honor a la verdad, puedo decir que fueron dignas de competir. Sin embargo, la opinión de los jurados calificadores fue diametralmente opuesta a la mía. Tanto él como yo no entendíamos el porqué de sus intentos fallidos. Gran parte de su existencia transcurrió por los clásicos griegos y romanos y se perdió con deleite en la literatura francesa, española y alemana de los tres últimos siglos. Sabía de memoria muchos poemas y recitaba en inglés antiguo a Shakespeare. Las Tradiciones Peruanas de Ricardo Palma eran su terreno predilecto y siempre citaba alguna a manera de ejemplo para desenredar una situación confusa de la vida diaria. Los autores contemporáneos tampoco escaparon al prodigio de su memoria y sabía exactamente a qué autor del boom latinoamericano pertenecía tal o cual frase.
La ceguera galopante lo limitó severamente en la lectura y hoy dedica el tiempo libre a resolver pupiletras, sudokus y a repasar sus poesías de amor favoritas. La mayor de sus nietas le obsequió una tablet para que escuchara audiolibros, alegrándole la vida y haciéndole más llevadera la viudez. Retirado a sus cuarteles de invierno, se dedica a reforzar las tareas escolares de Toñito y le inventa historias de dragones y castillos para que el niño duerma pacíficamente y sin esfuerzo.
Como todas las noches de los viernes, se alista para ir a comer los chunchulines con choclo sancochado que tanto le gustan. Ajusta perfectamente la plancha de dientes postizos, se perfuma con Acqua Velva y va en busca del nieto.
Los espero en uno de los puestos de anticucheras del Estadio Nacional para conocer al niño, de quien me ha hablado maravillas. Los diviso a lo lejos, caminando lentamente. Juan Ramón lleva a Toñito de la mano y con la otra se apoya en un bastón con mango de plata. Viste su clásico terno plomo con chaleco y leontina, el pañuelo de bolsillo resalta nítidamente y el nudo Windsor que ajusta la corbata encaja perfectamente en el cuello almidonado de la camisa blanca. Nos saludamos con un abrazo cariñoso y Toñito me extiende la mano derecha.
─Jorge, pongámonos al costado de la parrilla, detrás de la dirección del viento.
Entiendo la sugerencia para evitar que el humo pueda impregnar su traje. Señalo la mesa reservada, concesión especial que me hizo doña Felicia por ser asiduo comensal. Usualmente los potajes se sirven y consumen de pie, pero Juan Ramón merece un trato especial y yo se lo estoy dando.
─Mucho gusto de conocerte, Toñito. Tu abuelito me ha contado que eres el goleador del salón.
Asiente con la cabeza y noto que sus ojos pícaros me preguntan sobre mi equipo favorito.
─Yo soy hincha del mejor equipo del fútbol peruano y ¿tú?
─Yo también, este año campeonamos.
Hacemos una pausa para acomodarnos mejor en la mesa y mi amigo toma la palabra:
─Toñito, muéstrale al señor Serrney lo que ganaste en el colegio.
De uno de los bolsillos del pantalón, el niño saca una hoja de papel doblada y me la entrega sonriendo. Antes de desdoblarla, Juan Ramón me advierte:
─Es una fotocopia, el diploma original está enmarcado y lo tengo adornando la pared de mi cuarto.
El documento da fe del premio que Toñito ganó en el Concurso Literario de Primaria del Colegio Héroes de Tarapacá, en el rubro de cuento infantil.
Observo que los ojos de mi gran amigo se aguan de emoción. Toñito explica que el cuento que escribió lo hizo con ayuda de su abuelito. Una de las bases del concurso lo permitía. Finalmente, Juan Ramón consiguió lo que tanto persiguió en la vida. De la mano de su nieto de ocho años logró demostrar la injusticia que siempre cometieron con él. Antes de despedirnos me entrega un sobre, solicitándome leyera su contenido en la tranquilidad de mi casa…
Es el cuento ganador. Los ojos de niño eterno de mi querido amigo llevaron a su nieto por los caminos infantiles, puros y tiernos de los párrafos escritos. El cuento traslucía la fortaleza del campo de papas, asolado por el crudo invierno de la imaginación inocente de Toñito. A través de la mirada clara y transparente del niño, Juan Ramón plasmó la obra maestra en el ocaso de su inspiración.

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Réquiem para Benedetti

Réquiem para Benedetti

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(Solo para cello y mujer desnuda*)
*Es imprescindible que la chelista esté desnuda para que su resplandor nos ilumine.

Del cielo cae un diluvio triste
es la limpia baba de dios padre
que sabe que llegaste…
pero, ¡te nos fuiste!

Pianos, violines, oboes y guitarras
no se callen, dense por aludidos
que hoy me duele la vida, y se desgarra
el aire de este mundo que respiro.

Los poe-marios adoptan solidarios tu nombre
El mundo que respiro huele a nafta y pólvora
huérfanos de tus complicidades y metáforas
ahora somos verdaderamente pobres.

¡Vuela Mario! con tu Luz, no te quedes en estrecheces
la vida es un Andamio para encontrarte, y matar la rutina
la muerte es una sorpresa que nunca acepta propinas
y tus versos- pájaros libres, un manojo de pequeñeces

Esta tregua es el mayor exilio
que resisto sin la claridad de tu voz…
“Son macanas que los hombres no lloran
aquí lloramos todos”.
Y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos.

Llené de Vos los cajones de mi armario
y encontré papeles amarillos, con poemas
panfletos, novelas, sonetos y un epistolario,
lloraban las musas, los duendes de las palabras,
huéspedes y cómplices solidarios
del mayor rescatista del olvido,
Aconcagua de la lengua, Mario.
Tu nombre es epitafio del arte,
¿Como te nombro para no olvidarte?
sin agraviar tanto santo con tu sudario

Te extrañarán los formales y el frío, a diario,
festejarán los neutrales y tiranos,
te llorarán el mundo y mis hermanos
Y yo rezaré en silencio un novenario

A la izquierda del roble y de mi duelo.
Y bajo el ala rota de alguna primavera ignota
los dictadores de pacotilla anónima
quedarán condenados y sin cielo

Por la izquierda se resuelven los laberintos,
seguro de que… El sur también existe,
Tabaré me enseñó que no te fuiste.
Y que poblarás la tierra aún extinto

Pero dudo que te borres, desde luego
te las arreglarás para estar con los rotos,
los desamparados, los jodidos, con nosotros.
Gracias Don Mario, Gracias por el fuego

Por su verso, con su semilla de paraíso
de provincias con justicia, no islas grises
aunque no tuviera perdón ni permiso
de algunas ominosas dictaduras tristes.

Todas son lo mismo que un bestiario,
pero su pluma exiliada, solidaria y noble
nos legó la dignidad rebelde del roble,
que se resiste a ser cruz de pueblo y calvario

Soñaste un país feliz de mujeres y hombres
que bailaran con el aire, su baile y tus tangos.
Sin Vos, ahora somos verdaderamente pobres,
cuidémonos de las miserias y del fango

Te sembraremos en la tierra nutricia
con sus flores, sus espigas y tus sinos libertarios
porque tu rabia justa, tu hambre y sed de justicia
son la herencia más hermosa y humana de tus poemarios.

MINUET PARA DON MARIO
(Solo para guitarra / tocar en MI MAYOR / FE)

Coleccionaré tantos lutos junto al llanto que lloro
que llegará como río triste a Paso de los Toros.
En Paysandú tus paisanos te dicen hermano
contentos de tu valor y orgullo montevideano.

Para el resto no hay mejor latinoamericano,
la poesía reclama el fuero de tu Inventario,
con Poemas de Otros te descubrí solidario
y me regocijé con gozo en tu verso, tan humano.

Son Cotidianas y altivas, La muerte y otras sorpresas
que nos cercenan insolentes el espíritu libertario,
el imperio del cielo y los ángeles son puras promesas…

Que ondean sin descaro como banderas, otros santuarios.
La revolución luminosa que invocaste sin pausas,
es prueba de tu fe, de tu afán y tu lucha…querido Mario.

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Retal III

Retal III

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A merced del viento, a bordo de alguna hoja de otoño que se ha separado de la primavera para dejarla partir, para dejarla libre y despedirse con colores de la última puesta de sol. Hoy anochece más tarde.

Primavera baila desnuda bajo la mirada inquieta de un otoño furtivo que no se atreve a acercarse, que debe irse pero es incapaz de no mirar. Entonces el olor a tierra mojada, el cantar de los grillos y las bicicletas que pasean con el buen tiempo son la prueba evidente. Debe irse y quizás jamás volver.

Es extraño no mirar atrás, pues en sueños te veo e inundas mis días como si se tratara de un eterno argumento al que recurro para no olvidar; como el mes de abril que llora siempre mirando al ayer; el mes de los poetas, de lo que fue y no será. Hoy ya no me lamo las heridas, rastreo tu olor y solo me lleva a la tierra más honda y al barro, a un lamento de cinco minutos que tiñe el cielo de negro, aunque ya no le temo.

A merced del viento me siento aquí en medio, del verde de mayo, del contar largo de las horas aunque con el recuerdo del otoño en las pestañas, como el rocío en las flores de madrugada que juega a caer o no caer, a irse, a volver…

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El viaje

El viaje

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Nuestro destino nunca es un lugar

Sino una nueva manera de ver las cosas.

Henry Miller

 

Hace más de una hora que la tormenta se descarga con toda su furia. Las ráfagas de viento sacuden el auto como si algo lo golpeara de costado. El limpiaparabrisas, en su máxima velocidad, no alcanza a sacar toda el agua que cae, lo que dificulta más la visibilidad, agravado por el hecho de que, dentro de la cabina, aún con la calefacción prendida, los vidrios se empañan. No me gusta manejar con lluvia y menos si estoy en ruta. No me gusta manejar de noche, pero lamentablemente ya oscureció y a los dos costados todo se ve negro. Apenas con el reflejo del faro derecho sobre el agua acumulada en la banquina adivino el curso del camino. “Hay tantas cosas que no me gustan pero igual tengo que hacerlas”, pienso y me suena tan a frase hecha que sonrío, pensando que mi profesor del Rojas me diría que no hay que usarla en un relato. Limpio con el trapo rejilla los cristales pero es inútil, todo sigue viéndose borroso. No hay un puto lugar donde parar en esta ruta de mierda. Desde que salí de Bahía Blanca que no vi ni una estación de servicio para poder hacer un alto y esperar que escampe. Y los camiones siguen pasando como si estuvieran en una autopista de cinco carriles de una sola mano y no en una ruta de doble mano de un solo carril. Cada vez que me pasa uno desde atrás, o de frente por la mano contraria, tengo que apretar fuerte el volante para no irme al carajo por la forma en que se sacude el auto. Debe faltar poco para Tres Arroyos. Cuando llegue voy a entrar y pasaré la noche allí. Y por si todo esto fuera poco, no estoy viajando sólo.

Miro por el espejo y veo que Lidia se durmió en el asiento de atrás. ¿Era Lidia? ¿O Elida? Creo que el “alemán” me está alcanzando. Lleva su bebé calzado en una guagüita y la obligué a ponerse el cinturón de seguridad que los sostenga a los dos. Lo único que me falta es tener un accidente y cargar con la culpa que les pase algo. Yo debo ser muy pelotudo porque apenas la conozco y ya me siento responsable de los dos. En realidad hace sólo tres horas que la conozco y todo lo que sé de ella es lo que me contó. Sí, definitivamente soy un pelotudo. ¿Cómo me meto en estos quilombos? Pero no la podía dejar en banda. Repaso todo lo ocurrido para convencerme si podría haber hecho otra cosa.

 

Estaba llegando a Bahía Blanca a media tarde. Había salido después del mediodía de Viedma, y unos 50 km antes de Bahía comenzó a lloviznar. Al entrar a la ciudad ya llovía bastante fuerte. Si no hubiera tenido que visitar un cliente en el centro habría seguido por el Camino Parque Sesquicentenario que bordea el casco urbano y continúa por la ruta 3 hacia el norte. Pero tenía que pasar por un negocio de balanzas, en la calle Caseros al 2200, para entregarle unos repuestos. El local queda a dos cuadras del estadio del Club Villa Mitre, que juega en el Torneo Argentino A, por lo que dejé el auto, como siempre, en la estación de servicio de Maipú, la paralela a Caseros y Punta Alta, a una cuadra de mi destino. El playero me saludó con la mano desde lejos y me hizo alguna broma, que no entendí, sobre la lluvia. Debía haber cubierto las dos cuadras corriendo para no mojarme tanto, pero los kilos y los años disminuyeron mi capacidad de hacerlo, así que disfruté mojarme, mientras caminaba hasta el negocio. Mis treinta y tantos años de viajante me han dado una relación casi de amistad con muchos de mis clientes. Algunos se enojan cuando elijo dormir en el hotel si tengo que pasar la noche en la ciudad, y no acepto quedarme en su casa, cosa que agradezco de corazón, pero privilegio mi intimidad. En ocasiones voy a cenar con ellos, como me ofreció esta tarde el Turco Asef, cuando me vio llegar todo mojado, después de agradecer que le haya alcanzado los repuestos en medio de la tormenta.

—Te agradezco Turco —le dije— pero quiero llegar a Buenos Aires cuanto antes, porque le prometí a mi hijo acompañarlo a la cancha de River el domingo.

De haber imaginado que la tormenta sería tan fuerte, habría aceptado la invitación y seguro estaría durmiendo en Bahía Blanca en este momento y no en medio de la ruta. Y tampoco me hubiera pasado todo lo demás.

Hacía muchos años, tal vez más de quince, que no tenía apuro por llegar a Buenos Aires. Los primeros años, cuando todavía estaba casado, me esforzaba por llegar. A medida que fue pasando el tiempo, y se multiplicaban las quejas de mi mujer porque “siempre estoy sola para todo”, “nunca estas cuando el nene está enfermo”, “ni sabés como va en el colegio”, y otras por el estilo. Cosas que eran ciertas, pero así era mi trabajo; así me había conocido y era lo que mejor sabía hacer. No me imaginaba trabajando en una oficina, sentado en un escritorio. Y un día, cuando mi hijo promediaba el secundario, me dijo que ya no soportaba más, que quería separarse, que…creo que había más razones imputables a mí. La causa principal, a mi entender, era que hacía un tiempo salía con un compañero de trabajo, y al poco tiempo se fue a vivir con él. Por eso, había sido una grata sorpresa que el fin de semana pasado, me haya llamado mi hijo y me dijera:

—¡Hola viejo! ¿Vas a estar en Buenos Aires el domingo próximo? ¿Querés acompañarme a la cancha?

Cuando salí del negocio, la lluvia seguía siendo copiosa. Caminé hasta la estación de servicio y estaba llegando al auto, cuando une voz de mujer me dijo:

—Señor…¿usted es el viajante?

Si la pregunta me causó sorpresa, mucho mas desconcierto me produjo, al darme vuelta, la presencia de la mujer, empapada, y tapando con un plástico algo que llevaba en sus brazos. Morocha, de pelo largo que, muy mojado, caía sobre sus hombros. Calculé que tendría unos 35 o 36 años, vestía jean y campera azul y, sin ser muy llamativa, era bonita.

—¿Quién pregunta? —le dije— ¿Nos conocemos?

—No señor, mi nombre es Lidia —(¿o dijo Elida?)— Necesito que me ayude

—Disculpame pero estoy al final de mi viaje y ya no tengo efectivo conmigo. ¿Como sabías que soy viajante?

—¡No señor! ¡No es plata lo que quiero! Necesito que me lleve. El playero de aquí me dijo que usted era viajante. ¡Por favor, señor!

El playero, pensé en ese momento, cuando lo agarre le voy a pegar una patada en las bolas. La próxima me va a entregar a los chorros.

—Vení —le dije señalando el minimercado de la estación de servicio— vamos a hablar bajo techo.

—Sí, claro —dijo, y comenzamos a caminar. Cuando estuvimos resguardados, todas las preguntas se amontonaban en mi boca.

—¿Por qué a mi? ¿Dónde querés que te lleve? ¿Qué llevás ahí?

—¡Es mi beba! —y comenzó a llorar— ¡Por favor, lléveme! ¡Donde sea! ¡Lejos de aquí!

—¡No! ¿Cómo te voy a llevar? ¿Porqué yo, si ni me conoces? ¡Y con una beba!

—¡Por favor! Una compañera me dijo una vez que si lograba salir le pidiera ayuda a un viajante porque son buena gente. Por eso le pregunté al playero si había algún viajante por aquí en este momento y me señaló su auto.

—¡Pará, pará, pará! Eso que los viajantes son buena gente, no lo escuché jamás. Como en todas las actividades hay de todo…pero dijiste: si lograba salir…¿Si lograbas salir de donde?

Se quedó mirando el piso, en silencio. Reiteré mi pregunta

—¿Si lograbas salir de donde te pregunté?

—De una casa de chicas —dijo con voz apagada— Ya no recuerdo cuanto hace que me tienen allí. No nos dejan salir nunca. Tienen nuestros documentos. Es una pareja que maneja todo. Somos unas doce chicas que trabajamos allí. Yo aproveché que me llevaron al hospital por mi beba y me pude escapar. Pero seguro me están buscando.

Lo que pensé que sería un mangazo nomás, se estaba transformando en algo más complicado.

—¿Y porqué no vas a la policía mejor, en lugar de escaparte?

—¿La policía? Son los principales clientes del lugar. Me volverían a llevar allí. ¡Por favor!, ¡Si me encuentran me van a pegar, y me van sacar la nena!

—Dejame pensar —le dije, mientras en mi cabeza luchaban a brazo partido el sentido común, que me decía: “subite al auto y andate de una vez”, con mi sentido de responsabilidad social, que gritaba: “no podes dejarla en banda”

—¿Tenés tu documento con vos?

—No

—¿Y el de la nena?

—Tampoco

—Si nos paran vamos a tener problemas…

—¿Entonces me lleva? —preguntó secándose las lagrimas con una mano, mientras una sonrisa le iluminaba el rostro— ¡Gracias! —y con el brazo libre me tomó del cuello y me dio un beso en la mejilla—. Ni siquiera sé cómo se llama…

—Jorge. Vamos antes que me arrepienta.

—Sé que es mucho, pero ¿puedo pedirle un favorcito más? —preguntó mientras subíamos al auto.

—¡Y bueno! ¡Dale! Pero sentate atrás y ponete el cinturón de seguridad, de manera que también la nena esté sostenida. ¿Qué otra cosa?

—¿Me puede parar en un supermercado antes de salir de la ciudad? Necesito comprar pañales y leche para la bebé.

—¿No le das teta? ¡Ah! Y por favor, ¡tuteáme!

—Bueno, voy a intentarlo. No, no tengo leche. La doctora me dijo que podía ser por mala alimentación. Pero hay una leche en polvo que es como leche materna.

Salimos de la estación de servicio y tomé Brown otra vez hacia el centro hasta Carrefour. Cuando llegamos me dijo:

— ¿Te puedo dejar la beba en el asiento mientras voy a comprar?

—Sí, dale. Tomá —y le dí doscientos pesos para que comprara.

Apenas se bajó del auto, la beba empezó a llorar. Lo único que me faltaba, pensé. Después de un rato comencé a pensar si volvería. ¿Y si no aparece más? ¿Qué hago con la beba? Por eso sentí alivio cuando la vi llegar con dos bolsos. Me dio la cuenta y el vuelto y le cambió los pañales a la beba. Después le preparó una mamadera con todo los elementos que había comprado, incluyendo la mamadera misma, y la llevó a entibiar al barcito del supermercado. ¡Ah! Y también compró empanadas para nosotros.

 

No me cabe duda que soy un pelotudo, sobre todo porque si me volviera a pasar, volvería a hacer lo mismo. Aun a riesgo de que me alcance el rufián, que seguro la debe estar buscando, y me haga pagar la cuenta.

Hace un rato pasamos el peaje así que calculo que en media hora más llegamos a Tres Arroyos. No voy a ir al Parque Hotel, donde paro siempre. No quiero que piensen otra cosa y después siempre me gasten cuando pase por ahí. Voy a ir al Andrea Hotel, que también hacen precio a viajantes y lo renovaron dejándolo muy lindo.

 

Ya pasó una hora y media desde que nos alojamos en el hotel. Elegí una habitación doble, así tenemos camas separadas. Como habíamos comido las empanadas con una gaseosa que Lidia —ahora confirmé que es Lidia— había comprado, nos vinimos derecho a la habitación. Le cambió los pañales a la beba, y le dio otra mamadera que entibiamos con el agua caliente en el baño. Mientras ella le daba la mamadera me fui a dar una ducha. De puro desconfiado que soy, sin que lo notara, puse mi riñonera en mi maletín, que tiene cierre con clave. ¡Uno nunca sabe! Cuando salí del baño, usando por primera vez en este viaje mi pijama, me senté en una de las camas y saqué el libro de cuentos que estoy leyendo, pero la verdad es que no me puedo concentrar en la lectura. Lidia se fue a duchar y la beba está dormida en el otra cama protegida entre dos almohadas. Ahora me doy cuenta que no sé cómo se llama. Nunca le pregunté el nombre de la beba. Cuando salga le voy a preguntar, sólo por cortesía, porque después, seguro, no me voy a acordar. Como Lidia no tiene ropa con ella, le presté una camisa mía para que use como camisón. Claro que entran dos Lidias en mi camisa, pero…es lo que hay.

Escucho que se cierra la ducha, seguro está por salir, así que simulo estar concentrado en mi libro. Sin embargo no puedo dejar de espiar por el rabillo del ojo la puerta del baño.

— ¡Que buena es una ducha caliente después de tanta mojadura! —dice mientras se seca el pelo con la toalla chica— Me queda un poco grande tu camisa —se ríe.

Levanto la vista del libro y la miro. Es verdad, pienso, la prenda le queda grande pero igual se adivinan sus formas por debajo. Tiene los dos primeros botones desabrochados. ¿Qué le puedo contestar que no delate mis pensamientos?

—Y sí. No es fácil hacer una dieta estando siempre de viaje y comiendo cualquier cosa.

—No lo decía por eso, vos estas muy bien —vuelve a reírse.

—Ahora agregá: “para la edad que tenés” y la completas.

—¡No malo! No quiero decir eso —responde después de la carcajada— ¿Tenés un cepillo para prestarme?

Busco en mi botiquín y se lo alcanzo. Vuelca todo el pelo hacia el costado derecho y comienza a cepillarlo inclinando la cabeza, dejando al descubierto todo su cuello y parte del hombro izquierdo. Trato de poner mi atención en el libro otra vez.

—¿Se portó bien mi princesa?

—Sí, durmió todo el tiempo. A propósito… ¿Cómo se llama?

—Gladys

—Es muy chiquita. ¿Cuánto tiempo tiene?

—Un mes y medio

Se acerca a mi cama y extendiendo el cepillo me dice:

—¿Podés cepillarme de atrás, que no alcanzo?

Se sienta en mi cama dándome la espalda y comienzo con el cepillado. Con mi mano izquierda levanto su cabello y mis dedos rozan el costado de su rostro, su cuello, su oreja.  Con la mano derecha paso el cepillo, hasta la mitad de su espalda. Después cambio de mano y repito del otro lado. Siento que mis pulsaciones aumentan como si estuviera en una ergometría.

—Sos muy bueno —dice.

—No, soy como cualquiera. Con muchas cosas malas y algunas buenas. No te creas eso que te dijeron sobre los viajantes.

Se da vuelta y pasa sus dos brazos alrededor de mi cuello.

—No me importan los demás. Vos sos muy bueno.

Mi primer impulso es abrazarla y besarla. Pero temo estar aprovechándome de su situación de desamparo.

—¡Pará, pará! —le digo— No hace falta que hagas esto. Lo hago de onda, sin intenciones secundarias.

—No lo estoy haciendo por agradecimiento. Lo hago porque quiero hacerlo. ¿No te gusto? ¡Ah claro! A lo mejor por quien soy… —dice bajando los brazos.

Entonces la tomo de la cintura y la aprieto contra mi pecho hasta que puedo sentir el calor de su aliento.

—¡No tengo prejuicios hermosa! Sólo quería estar seguro que no lo hacías por obligación.

Nos besamos con pasión, sacándonos la ropa uno a otro, y abrazándonos hasta que en el contacto nuestra piel parece fundirse.

—¡Pará, pará! —digo de repente— no tengo condones.

—Yo compré en el súper, por las dudas —responde riendo y vuelve a besarme.

 

¡Ya amaneció! La luz se cuela entre las rendijas de la cortina de enrollar. Nunca me gusta bajarla del todo porque quiero percibir como amanece. Generalmente me despierto varias veces por las noches, pero esta vez dormí de un tirón. Claro que nos dormimos bastante tarde. Lidia duerme acurrucada a mi lado y tiene un brazo pasado sobre mi pecho. Durante la noche escuché llorar a Gladys (¡me acordé!) y ella se levantó a darle una mamadera seguramente, porque escuché como corría el agua del lavatorio, utilizando el sistema casero de entibiado que descubrimos ayer. Pensé que quizás después se acostaría con la nena, pero no, volvió a acostarse a mi lado. Yo me hice el dormido, y  ella igual me dio un beso y me abrazó. Después de un rato, por su respiración, me di cuenta que se había vuelto a dormir. En un rato voy a pedir que nos traigan el desayuno a la habitación; después a preparar el auto para el último tramo. Parece que ya no llueve porque hay rayos de sol que ahora se filtran por la persiana.

 

Acabo de pasar Azul. Van tres horas desde que salí de Tres Arroyos, así que faltan unas cuatro horas más para llegar a Buenos Aires. El plan original de salir a las nueve de la mañana se deshizo como un cubito en agua caliente. Todavía no puedo creer como se desarrollaron las cosas. Por momentos me parece que lo soñé. Habían traído el desayuno y disfrutamos de compartirlo. Nos reíamos por cualquier cosa. Me sentía raro cuando bajé a preparar el auto, creo que podría decir feliz. Revisé el aceite y el agua y fui a la recepción a pagar la cuenta. Mientras esperaba la liquidación miraba las noticias en la televisión del lobby. Era un canal de la zona porque pasaban noticias locales, lo que no me despertaba mayor interés… hasta que una placa me golpeó como si Tyson me hubiera conectado un gancho en la mandíbula. En letras rojas decía:

ROBAN BEBE DEL HOSPITAL

PENNA DE BAHIA BLANCA

 

 

En el desarrollo de la nota pasaban una entrevista a la madre, que llorando mostraba una foto de su hijita, a quien llamaba Romina…pero para mi… ¡era Gladys!

Corrí a la habitación, y seguramente por mi cara, Lidia debió presentir que algo pasaba, porque bajó la cabeza cuando me vio entrar y esquivaba mi mirada.

—¿Porqué me mentiste? —grité— ¡Me usaste! ¡Te aprovechaste de mi ingenuidad para involucrarme en un delito! ¡Por favor! ¡Qué pelotudo soy!

La indignación creciente que sentía tapaba, de algún modo, el dolor y la frustración que sentía en ese momento. Lidia comenzó a llorar.

—¡Perdoname! ¡Perdoname por favor! ¡Te puedo explicar!

—¿Explicar? ¿Qué me vas a explicar? ¿Qué sos una mentirosa? ¿Qué nada de lo que dijiste o hiciste es cierto?

—¡No! ¡No es así! ¡Por favor…escuchame! ¡Por favor!

Traté de calmarme un poco. Sobre todo para pensar con claridad que pasos seguir. No es bueno tomar decisiones en caliente.

—Está bien Lidia. Te escucho. Lo que no quiere decir que te vaya a creer. En realidad hasta dudo si te llamarás Lidia. Y después… de aquí a la comisaría. Eso no tiene discusión. A ver qué querés contarme ahora.

Nunca pude mantenerme indiferente al llanto de una mujer. Y aunque estaba herido, en mi amor propio primero, y en mi confianza traicionada después, igual me conmovía. Entre sollozos y con voz entrecortada, empezó a hablar.

—Sí, me llamo Lidia. Lidia Azucena Velázquez más precisamente y nací en Misiones. Cuando tenía 17 años, una mujer dijo que me conseguiría un trabajo en Buenos Aires, con cama adentro y yo le creí y lo acepté. Cuando llegué comprobé que no era una casa de familia sino un prostíbulo. Me sacaron el documento y desde entonces pasé por varios lugares, con distintas personas que siempre nos tenían encerradas. Hace dos años con otras dos chicas nos trajeron a Bahía Blanca al lugar que te conté.

—De modo que esa parte de tu historia es cierta —interrumpí.

—Sí, vas a ver que casi toda es —había empezado a calmarse—. A mitad del año pasado perdí un embarazo de casi seis meses por una paliza que me dieron. ¡Quedé muy mal! Yo quería tener el bebé —vuelve a llorar.

—¡Pero esta no es la forma! ¿Cómo pudiste? ¿No pensás en la madre? Ella también está llorando…

—¡Mentira! —me interrumpió— ¡Ella no la quería!. ¡Si había querido abortarla y se le pasó el tiempo!

—¿Vos la conoces?

—¡Claro! ¡Es una de las chicas de la casa! No la cuidaba, ni le daba de comer. Me dejaron acompañarla al hospital porque había perdido peso. Hace todo ese circo porque están los canales de televisión. Pero en el hospital tampoco quería darle la teta. Por eso aproveché el cambio de guardia de las enfermeras y me la llevé.

—Entonces…la madre debe saber que fuiste vos…

—Y… si. Al ver que tampoco estoy… Pero no creo que diga nada. En la casa la matan si habla mucho y algo se destapa.

—Es una historia complicada…No sé si puedo creerte. Pero lo que no puedo es ser cómplice en algo así. Tenés que devolverla… aunque sabes cuales son las consecuencias.

—Si, claro. Igual en cana no voy a estar peor que en la casa. Y tal vez cuando salga…Además lo quiero hacer por vos. No quiero traerte más problemas. ¡Te portaste tan bien conmigo! Y después de lo de anoche…

—¡De eso mejor ni hablemos! ¡Tengo bastantes mentiras por hoy!

—Jorge, eso sí que no fue mentira.  Nada en mi vida fue más verdadero.

No hay caso, pensé, sigo siendo un viejo reblandecido y pelotudo… pero le creí.

Después vinieron las interminables horas en la fiscalía, declaraciones y más declaraciones. Varias veces las mismas preguntas para ver si me contradecía. Por fin me dejaron libre pero citado en calidad de testigo cuando llegue el juicio.

Lidia quedó detenida esperando que el juez de turno decida el procesamiento y el destino hasta el momento del juicio. La fiscal nos dijo que el hecho de haberse presentado espontáneamente lo mencionaría a su favor. Romina, o Gladys para mí, bajo el juez de menores, será enviada preventivamente a un hogar hasta que una asistente social determine la capacidad de la madre antes de su restitución.

La fiscal nos dejó solos unos minutos para despedirnos. Fue un abrazo interminable y un beso que todavía me duele en los labios. Le dejé mi número de celular para que me llame —o me haga llamar— y me cuente cómo sigue todo y le prometí que la visitaría cuando se conozca su destino.

 

El sol se está poniendo a mi izquierda y atrás, sobre la ruta. ¿Podré volver a mi vida normal? Trato de enfocarme en el partido de mañana, que puede significar un campeonato para el Millo, después de pasar por el descenso. Y lo voy a disfrutar con mi hijo, después de tanto tiempo sin compartir algo. Pero no puedo dejar de pensar en Lidia. Esto parece una historia para un tango. ¡Eso! ¡Un tango! Un tango triste… Me viene a la mente María… Pongo la pista en el auto y continúo mi viaje cantando a voz en cuello…

http://youtu.be/zLW9MzMSuFQ

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¿Bailas?

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Tercera y última parte

La voz de Demis Roussos repetía el estribillo una y otra vez. La chica a la que había pedido bailar, levantó las cejas y sus labios temblaron un instante antes de asentir moviendo la cabeza arriba y abajo. Con seguridad, debía estar tan sorprendida por mi invitación como yo lo estaba de mi valentía. Aunque ya había contestado, mi mano seguía extendida y al brazo le costaba no empezar a oscilar con mis dedos a punto de parecer un flan por la ansiedad que acumulaban. Ella debió darse cuenta y, deshaciendo la postura en la que estaba, se agarró a mi mano. No sé si notaría el sudor que acumulaba, lo que sí hizo fue apretarla fuerte y empezar a levantarse tirando de mí. No pudimos distanciarnos mucho de donde estábamos. Cuando la agarré por la cintura vi que llevaba puesta una chaqueta de lana fina, una rebeca, y una blusa debajo.

Los años han tirado paletadas de tierra sobre mis recuerdos. Esto y el reino de las tinieblas que era aquel improvisado salón de baile, son un muro de acero que solo me deja ver su rostro como si fuera una bailarina de Degas. Una en la que solo se distinguen unos ojos negros enormes y unos labios finos retocados con carmín rosa. 

Me aproximé algo más a mi pareja y empezamos a balancearnos al compás de la canción cuando, para mi sorpresa, ella se aplastó contra mí rodeándome el cuello con sus manos.  Entrelacé las mías abarcando su cintura y sentí, por primera vez en la vida, el latir de otro corazón junto al mío.

Sé que ella era tan inexperta como yo, y que aquel escalofrío que me recorrió entonces la columna vertebral, también ella lo notaba por su espalda. No era habitual bailar tan pegados y menos, una primera vez. Nos comportábamos como si fuéramos una de aquellas parejas que ‘salían juntos’. Pegada mi cabeza a la suya, miré a uno y otro lado, nadie se estrechaba como nosotros lo hacíamos. .

Aquel himno avanzaba pero lo de menos era la música. Al mismo tiempo que la sangre se acumulaba en mi entrepierna, que ella debía estar notando sobre su vientre, sus pechos también se fueron endureciendo. Pero no dejamos de abrazarnos, al contrario, nos fuimos juntando más si cabe. 

Cerré los ojos, inspiré y me llegó un olor a mañana de verano desde su pelo. Este se mezclaba con otro  a madera vieja que salía del cuello. Un aroma que busqué en cada mujer con la que estuve después. 

Deseé con todas mis fuerzas que los violines y el órgano electrónico no dejaran de sonar pero, a diferencia de los temas que duraban muchos minutos, ‘We shall dance’ era de los más cortos. El título se repetía como un mantra y unas apocalípticas trompetas nos anunciaban que se terminaba.

No habíamos cruzado una sola palabra en todo el tiempo que duró la canción. Y, sin embargo, nunca antes alguien me había atraído tanto. 

Mientras que cambiaban el vinilo, durante el corto silencio en el que todavía el eco de ‘We shall dance’ llegaba hasta nuestros oídos, esa chica empezó a retirar su cuerpo del mío. Con suavidad, cogió con una de sus manos el nudo que eran las mías, y lo deshizo. Me fijé en que sus ojos parecían un lago a punto de desbordarse en el momento que pronunció dos palabras:

—Hasta luego.

Fui incapaz de responder, su frase hizo el mismo efecto que ponerme una pistola paralizante sobre el cuello.

Al verla abandonar el salón, me parecía que flotaba. Empecé a reaccionar pensando si habría ido a la cocina o al baño, todavía sin ser capaz de mover un pie hasta que un empellón involuntario de otra pareja me hizo trastabillar. Fui hasta el tresillo, ahora sin huecos libres, y esperé a que regresara. Una idea me martilleaba, seguir bailando y llenar mis pulmones con su olor, sentir como la palma de mi mano volvía a trazar círculos por su espalda. 

Los minutos siguientes cayeron uno tras otro y yo, nervioso, encendí un cigarrillo, algo a lo que me estaba aficionando más por aparentar hacer lo mismo que los adultos que porque en realidad me gustara. No fue el único, con la colilla de ese prendí el siguiente y con esa, unos cuantos más hasta acabar la cajetilla. Pero ella no aparecía. Fui en su búsqueda, no estaba por ninguna otra estancia y pregunté por ella a los que vi en la cocina, una chica solo recordaba haberla visto dejar la casa en silencio y apresurada hacía ya bastantes minutos.

Salí al exterior y la escasa luz de las farolas me devolvieron una calle vacía con unos gatos persiguiéndose. Me recosté en el muro de la casa, bajé la cabeza y me pregunté, ese día y muchos después, qué la habría ocurrido para huir como lo hizo. 

Pensé que aquellos pocos minutos en los que nos atrevimos a sentirnos, si no había sido como el choque de dos placas tectónicas y si esa era la causa del terremoto que la llevó a desaparecer. Tal vez, solo se avergonzara por dejarse llevar por una extraña pasión, solo estuviera atemorizada de ella misma al abrazar a un chico por primera vez. 

Entré a la casa y durante el tiempo que seguí allí, vagué como el humo de mis cigarrillos del patio al salón sin ser capaz de volver a bailar con otra chica. Ni esa jornada ni en los siguientes bailes. Recuperarme, me llevó tiempo. Olvidarla, sería imposible.

Las imágenes de lo que sucedió se funden a negro y aparece la palabra fin sobre mi recuerdo. 

Pocas veces volví a ese barrio, a aquella casa nunca. Durante años, la busqué entre la gente que veía paseando por las aceras, por el metro y en los parques. Siempre deseando cruzarme con ella y preguntarle qué fue lo que sintió cuando bailamos ‘We shall dance’. Aunque la vida no nos hubiera juntado, a menudo fabulaba que nos encontrábamos en cualquier lugar: un aeropuerto, un vagón de tren o la cola de un cine eran mis favoritos, y allí, tras reírnos de lo jóvenes que éramos, le preguntaría si se casó y si tuvo hijos, si engrosó como yo las listas de parados, pero, por encima de todo, querría saber que pensaba cada vez que oía ‘We shall dance’. 

Los años pasan, cuarenta y tantos desde aquel día, y aunque a nosotros nos parezca habernos movido muy poco y ser siempre los mismos, hemos cubierto un largo camino. El pelo desaparece, se nos redondea la figura y las arrugas de la cara son las muescas que representan nuestras separaciones y cada fracaso sentimental. Esto nos hace irreconocibles a los demás por mucho que nos empeñemos en mantener siempre una llama ardiendo sobre los recuerdos.

Hace apenas unos días en la televisión apareció un video de Demis Roussos cantando   ‘We shall dance’. Tras dos divorcios, llevaba un año feliz con mi nueva pareja a la que había conocido en mi trabajo poco antes. Al terminar la canción le dije que si le contaba todo lo que significaba para mí quizá se pondría celosa.  Me animó a hacerlo y, nada más acabar, vi que sus párpados parecían el muro de un pantano. Cuando se desbordaron, le acerqué un pañuelo. Una vez que moqueó y lo empapó, tomó aire mientras llevaba una mano al pecho, para decirme entre sollozos: 

—Si no me hubiera ido, no sé qué habríamos hecho en uno de aquellos cuartos. Siempre me arrepentí, siempre soñé, como tú, que nos volvíamos a encontrar. Lo que nunca pude imaginar es que estaría a tu lado doce meses sin saber que la persona a la que amo hoy es la misma a la que primero amé. 

La abracé, la besé y solo puede añadir:

—¿Bailas? 

Fin

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