El viaje

El viaje

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Nuestro destino nunca es un lugar

Sino una nueva manera de ver las cosas.

Henry Miller

 

Hace más de una hora que la tormenta se descarga con toda su furia. Las ráfagas de viento sacuden el auto como si algo lo golpeara de costado. El limpiaparabrisas, en su máxima velocidad, no alcanza a sacar toda el agua que cae, lo que dificulta más la visibilidad, agravado por el hecho de que, dentro de la cabina, aún con la calefacción prendida, los vidrios se empañan. No me gusta manejar con lluvia y menos si estoy en ruta. No me gusta manejar de noche, pero lamentablemente ya oscureció y a los dos costados todo se ve negro. Apenas con el reflejo del faro derecho sobre el agua acumulada en la banquina adivino el curso del camino. “Hay tantas cosas que no me gustan pero igual tengo que hacerlas”, pienso y me suena tan a frase hecha que sonrío, pensando que mi profesor del Rojas me diría que no hay que usarla en un relato. Limpio con el trapo rejilla los cristales pero es inútil, todo sigue viéndose borroso. No hay un puto lugar donde parar en esta ruta de mierda. Desde que salí de Bahía Blanca que no vi ni una estación de servicio para poder hacer un alto y esperar que escampe. Y los camiones siguen pasando como si estuvieran en una autopista de cinco carriles de una sola mano y no en una ruta de doble mano de un solo carril. Cada vez que me pasa uno desde atrás, o de frente por la mano contraria, tengo que apretar fuerte el volante para no irme al carajo por la forma en que se sacude el auto. Debe faltar poco para Tres Arroyos. Cuando llegue voy a entrar y pasaré la noche allí. Y por si todo esto fuera poco, no estoy viajando sólo.

Miro por el espejo y veo que Lidia se durmió en el asiento de atrás. ¿Era Lidia? ¿O Elida? Creo que el “alemán” me está alcanzando. Lleva su bebé calzado en una guagüita y la obligué a ponerse el cinturón de seguridad que los sostenga a los dos. Lo único que me falta es tener un accidente y cargar con la culpa que les pase algo. Yo debo ser muy pelotudo porque apenas la conozco y ya me siento responsable de los dos. En realidad hace sólo tres horas que la conozco y todo lo que sé de ella es lo que me contó. Sí, definitivamente soy un pelotudo. ¿Cómo me meto en estos quilombos? Pero no la podía dejar en banda. Repaso todo lo ocurrido para convencerme si podría haber hecho otra cosa.

 

Estaba llegando a Bahía Blanca a media tarde. Había salido después del mediodía de Viedma, y unos 50 km antes de Bahía comenzó a lloviznar. Al entrar a la ciudad ya llovía bastante fuerte. Si no hubiera tenido que visitar un cliente en el centro habría seguido por el Camino Parque Sesquicentenario que bordea el casco urbano y continúa por la ruta 3 hacia el norte. Pero tenía que pasar por un negocio de balanzas, en la calle Caseros al 2200, para entregarle unos repuestos. El local queda a dos cuadras del estadio del Club Villa Mitre, que juega en el Torneo Argentino A, por lo que dejé el auto, como siempre, en la estación de servicio de Maipú, la paralela a Caseros y Punta Alta, a una cuadra de mi destino. El playero me saludó con la mano desde lejos y me hizo alguna broma, que no entendí, sobre la lluvia. Debía haber cubierto las dos cuadras corriendo para no mojarme tanto, pero los kilos y los años disminuyeron mi capacidad de hacerlo, así que disfruté mojarme, mientras caminaba hasta el negocio. Mis treinta y tantos años de viajante me han dado una relación casi de amistad con muchos de mis clientes. Algunos se enojan cuando elijo dormir en el hotel si tengo que pasar la noche en la ciudad, y no acepto quedarme en su casa, cosa que agradezco de corazón, pero privilegio mi intimidad. En ocasiones voy a cenar con ellos, como me ofreció esta tarde el Turco Asef, cuando me vio llegar todo mojado, después de agradecer que le haya alcanzado los repuestos en medio de la tormenta.

—Te agradezco Turco —le dije— pero quiero llegar a Buenos Aires cuanto antes, porque le prometí a mi hijo acompañarlo a la cancha de River el domingo.

De haber imaginado que la tormenta sería tan fuerte, habría aceptado la invitación y seguro estaría durmiendo en Bahía Blanca en este momento y no en medio de la ruta. Y tampoco me hubiera pasado todo lo demás.

Hacía muchos años, tal vez más de quince, que no tenía apuro por llegar a Buenos Aires. Los primeros años, cuando todavía estaba casado, me esforzaba por llegar. A medida que fue pasando el tiempo, y se multiplicaban las quejas de mi mujer porque “siempre estoy sola para todo”, “nunca estas cuando el nene está enfermo”, “ni sabés como va en el colegio”, y otras por el estilo. Cosas que eran ciertas, pero así era mi trabajo; así me había conocido y era lo que mejor sabía hacer. No me imaginaba trabajando en una oficina, sentado en un escritorio. Y un día, cuando mi hijo promediaba el secundario, me dijo que ya no soportaba más, que quería separarse, que…creo que había más razones imputables a mí. La causa principal, a mi entender, era que hacía un tiempo salía con un compañero de trabajo, y al poco tiempo se fue a vivir con él. Por eso, había sido una grata sorpresa que el fin de semana pasado, me haya llamado mi hijo y me dijera:

—¡Hola viejo! ¿Vas a estar en Buenos Aires el domingo próximo? ¿Querés acompañarme a la cancha?

Cuando salí del negocio, la lluvia seguía siendo copiosa. Caminé hasta la estación de servicio y estaba llegando al auto, cuando une voz de mujer me dijo:

—Señor…¿usted es el viajante?

Si la pregunta me causó sorpresa, mucho mas desconcierto me produjo, al darme vuelta, la presencia de la mujer, empapada, y tapando con un plástico algo que llevaba en sus brazos. Morocha, de pelo largo que, muy mojado, caía sobre sus hombros. Calculé que tendría unos 35 o 36 años, vestía jean y campera azul y, sin ser muy llamativa, era bonita.

—¿Quién pregunta? —le dije— ¿Nos conocemos?

—No señor, mi nombre es Lidia —(¿o dijo Elida?)— Necesito que me ayude

—Disculpame pero estoy al final de mi viaje y ya no tengo efectivo conmigo. ¿Como sabías que soy viajante?

—¡No señor! ¡No es plata lo que quiero! Necesito que me lleve. El playero de aquí me dijo que usted era viajante. ¡Por favor, señor!

El playero, pensé en ese momento, cuando lo agarre le voy a pegar una patada en las bolas. La próxima me va a entregar a los chorros.

—Vení —le dije señalando el minimercado de la estación de servicio— vamos a hablar bajo techo.

—Sí, claro —dijo, y comenzamos a caminar. Cuando estuvimos resguardados, todas las preguntas se amontonaban en mi boca.

—¿Por qué a mi? ¿Dónde querés que te lleve? ¿Qué llevás ahí?

—¡Es mi beba! —y comenzó a llorar— ¡Por favor, lléveme! ¡Donde sea! ¡Lejos de aquí!

—¡No! ¿Cómo te voy a llevar? ¿Porqué yo, si ni me conoces? ¡Y con una beba!

—¡Por favor! Una compañera me dijo una vez que si lograba salir le pidiera ayuda a un viajante porque son buena gente. Por eso le pregunté al playero si había algún viajante por aquí en este momento y me señaló su auto.

—¡Pará, pará, pará! Eso que los viajantes son buena gente, no lo escuché jamás. Como en todas las actividades hay de todo…pero dijiste: si lograba salir…¿Si lograbas salir de donde?

Se quedó mirando el piso, en silencio. Reiteré mi pregunta

—¿Si lograbas salir de donde te pregunté?

—De una casa de chicas —dijo con voz apagada— Ya no recuerdo cuanto hace que me tienen allí. No nos dejan salir nunca. Tienen nuestros documentos. Es una pareja que maneja todo. Somos unas doce chicas que trabajamos allí. Yo aproveché que me llevaron al hospital por mi beba y me pude escapar. Pero seguro me están buscando.

Lo que pensé que sería un mangazo nomás, se estaba transformando en algo más complicado.

—¿Y porqué no vas a la policía mejor, en lugar de escaparte?

—¿La policía? Son los principales clientes del lugar. Me volverían a llevar allí. ¡Por favor!, ¡Si me encuentran me van a pegar, y me van sacar la nena!

—Dejame pensar —le dije, mientras en mi cabeza luchaban a brazo partido el sentido común, que me decía: “subite al auto y andate de una vez”, con mi sentido de responsabilidad social, que gritaba: “no podes dejarla en banda”

—¿Tenés tu documento con vos?

—No

—¿Y el de la nena?

—Tampoco

—Si nos paran vamos a tener problemas…

—¿Entonces me lleva? —preguntó secándose las lagrimas con una mano, mientras una sonrisa le iluminaba el rostro— ¡Gracias! —y con el brazo libre me tomó del cuello y me dio un beso en la mejilla—. Ni siquiera sé cómo se llama…

—Jorge. Vamos antes que me arrepienta.

—Sé que es mucho, pero ¿puedo pedirle un favorcito más? —preguntó mientras subíamos al auto.

—¡Y bueno! ¡Dale! Pero sentate atrás y ponete el cinturón de seguridad, de manera que también la nena esté sostenida. ¿Qué otra cosa?

—¿Me puede parar en un supermercado antes de salir de la ciudad? Necesito comprar pañales y leche para la bebé.

—¿No le das teta? ¡Ah! Y por favor, ¡tuteáme!

—Bueno, voy a intentarlo. No, no tengo leche. La doctora me dijo que podía ser por mala alimentación. Pero hay una leche en polvo que es como leche materna.

Salimos de la estación de servicio y tomé Brown otra vez hacia el centro hasta Carrefour. Cuando llegamos me dijo:

— ¿Te puedo dejar la beba en el asiento mientras voy a comprar?

—Sí, dale. Tomá —y le dí doscientos pesos para que comprara.

Apenas se bajó del auto, la beba empezó a llorar. Lo único que me faltaba, pensé. Después de un rato comencé a pensar si volvería. ¿Y si no aparece más? ¿Qué hago con la beba? Por eso sentí alivio cuando la vi llegar con dos bolsos. Me dio la cuenta y el vuelto y le cambió los pañales a la beba. Después le preparó una mamadera con todo los elementos que había comprado, incluyendo la mamadera misma, y la llevó a entibiar al barcito del supermercado. ¡Ah! Y también compró empanadas para nosotros.

 

No me cabe duda que soy un pelotudo, sobre todo porque si me volviera a pasar, volvería a hacer lo mismo. Aun a riesgo de que me alcance el rufián, que seguro la debe estar buscando, y me haga pagar la cuenta.

Hace un rato pasamos el peaje así que calculo que en media hora más llegamos a Tres Arroyos. No voy a ir al Parque Hotel, donde paro siempre. No quiero que piensen otra cosa y después siempre me gasten cuando pase por ahí. Voy a ir al Andrea Hotel, que también hacen precio a viajantes y lo renovaron dejándolo muy lindo.

 

Ya pasó una hora y media desde que nos alojamos en el hotel. Elegí una habitación doble, así tenemos camas separadas. Como habíamos comido las empanadas con una gaseosa que Lidia —ahora confirmé que es Lidia— había comprado, nos vinimos derecho a la habitación. Le cambió los pañales a la beba, y le dio otra mamadera que entibiamos con el agua caliente en el baño. Mientras ella le daba la mamadera me fui a dar una ducha. De puro desconfiado que soy, sin que lo notara, puse mi riñonera en mi maletín, que tiene cierre con clave. ¡Uno nunca sabe! Cuando salí del baño, usando por primera vez en este viaje mi pijama, me senté en una de las camas y saqué el libro de cuentos que estoy leyendo, pero la verdad es que no me puedo concentrar en la lectura. Lidia se fue a duchar y la beba está dormida en el otra cama protegida entre dos almohadas. Ahora me doy cuenta que no sé cómo se llama. Nunca le pregunté el nombre de la beba. Cuando salga le voy a preguntar, sólo por cortesía, porque después, seguro, no me voy a acordar. Como Lidia no tiene ropa con ella, le presté una camisa mía para que use como camisón. Claro que entran dos Lidias en mi camisa, pero…es lo que hay.

Escucho que se cierra la ducha, seguro está por salir, así que simulo estar concentrado en mi libro. Sin embargo no puedo dejar de espiar por el rabillo del ojo la puerta del baño.

— ¡Que buena es una ducha caliente después de tanta mojadura! —dice mientras se seca el pelo con la toalla chica— Me queda un poco grande tu camisa —se ríe.

Levanto la vista del libro y la miro. Es verdad, pienso, la prenda le queda grande pero igual se adivinan sus formas por debajo. Tiene los dos primeros botones desabrochados. ¿Qué le puedo contestar que no delate mis pensamientos?

—Y sí. No es fácil hacer una dieta estando siempre de viaje y comiendo cualquier cosa.

—No lo decía por eso, vos estas muy bien —vuelve a reírse.

—Ahora agregá: “para la edad que tenés” y la completas.

—¡No malo! No quiero decir eso —responde después de la carcajada— ¿Tenés un cepillo para prestarme?

Busco en mi botiquín y se lo alcanzo. Vuelca todo el pelo hacia el costado derecho y comienza a cepillarlo inclinando la cabeza, dejando al descubierto todo su cuello y parte del hombro izquierdo. Trato de poner mi atención en el libro otra vez.

—¿Se portó bien mi princesa?

—Sí, durmió todo el tiempo. A propósito… ¿Cómo se llama?

—Gladys

—Es muy chiquita. ¿Cuánto tiempo tiene?

—Un mes y medio

Se acerca a mi cama y extendiendo el cepillo me dice:

—¿Podés cepillarme de atrás, que no alcanzo?

Se sienta en mi cama dándome la espalda y comienzo con el cepillado. Con mi mano izquierda levanto su cabello y mis dedos rozan el costado de su rostro, su cuello, su oreja.  Con la mano derecha paso el cepillo, hasta la mitad de su espalda. Después cambio de mano y repito del otro lado. Siento que mis pulsaciones aumentan como si estuviera en una ergometría.

—Sos muy bueno —dice.

—No, soy como cualquiera. Con muchas cosas malas y algunas buenas. No te creas eso que te dijeron sobre los viajantes.

Se da vuelta y pasa sus dos brazos alrededor de mi cuello.

—No me importan los demás. Vos sos muy bueno.

Mi primer impulso es abrazarla y besarla. Pero temo estar aprovechándome de su situación de desamparo.

—¡Pará, pará! —le digo— No hace falta que hagas esto. Lo hago de onda, sin intenciones secundarias.

—No lo estoy haciendo por agradecimiento. Lo hago porque quiero hacerlo. ¿No te gusto? ¡Ah claro! A lo mejor por quien soy… —dice bajando los brazos.

Entonces la tomo de la cintura y la aprieto contra mi pecho hasta que puedo sentir el calor de su aliento.

—¡No tengo prejuicios hermosa! Sólo quería estar seguro que no lo hacías por obligación.

Nos besamos con pasión, sacándonos la ropa uno a otro, y abrazándonos hasta que en el contacto nuestra piel parece fundirse.

—¡Pará, pará! —digo de repente— no tengo condones.

—Yo compré en el súper, por las dudas —responde riendo y vuelve a besarme.

 

¡Ya amaneció! La luz se cuela entre las rendijas de la cortina de enrollar. Nunca me gusta bajarla del todo porque quiero percibir como amanece. Generalmente me despierto varias veces por las noches, pero esta vez dormí de un tirón. Claro que nos dormimos bastante tarde. Lidia duerme acurrucada a mi lado y tiene un brazo pasado sobre mi pecho. Durante la noche escuché llorar a Gladys (¡me acordé!) y ella se levantó a darle una mamadera seguramente, porque escuché como corría el agua del lavatorio, utilizando el sistema casero de entibiado que descubrimos ayer. Pensé que quizás después se acostaría con la nena, pero no, volvió a acostarse a mi lado. Yo me hice el dormido, y  ella igual me dio un beso y me abrazó. Después de un rato, por su respiración, me di cuenta que se había vuelto a dormir. En un rato voy a pedir que nos traigan el desayuno a la habitación; después a preparar el auto para el último tramo. Parece que ya no llueve porque hay rayos de sol que ahora se filtran por la persiana.

 

Acabo de pasar Azul. Van tres horas desde que salí de Tres Arroyos, así que faltan unas cuatro horas más para llegar a Buenos Aires. El plan original de salir a las nueve de la mañana se deshizo como un cubito en agua caliente. Todavía no puedo creer como se desarrollaron las cosas. Por momentos me parece que lo soñé. Habían traído el desayuno y disfrutamos de compartirlo. Nos reíamos por cualquier cosa. Me sentía raro cuando bajé a preparar el auto, creo que podría decir feliz. Revisé el aceite y el agua y fui a la recepción a pagar la cuenta. Mientras esperaba la liquidación miraba las noticias en la televisión del lobby. Era un canal de la zona porque pasaban noticias locales, lo que no me despertaba mayor interés… hasta que una placa me golpeó como si Tyson me hubiera conectado un gancho en la mandíbula. En letras rojas decía:

ROBAN BEBE DEL HOSPITAL

PENNA DE BAHIA BLANCA

 

 

En el desarrollo de la nota pasaban una entrevista a la madre, que llorando mostraba una foto de su hijita, a quien llamaba Romina…pero para mi… ¡era Gladys!

Corrí a la habitación, y seguramente por mi cara, Lidia debió presentir que algo pasaba, porque bajó la cabeza cuando me vio entrar y esquivaba mi mirada.

—¿Porqué me mentiste? —grité— ¡Me usaste! ¡Te aprovechaste de mi ingenuidad para involucrarme en un delito! ¡Por favor! ¡Qué pelotudo soy!

La indignación creciente que sentía tapaba, de algún modo, el dolor y la frustración que sentía en ese momento. Lidia comenzó a llorar.

—¡Perdoname! ¡Perdoname por favor! ¡Te puedo explicar!

—¿Explicar? ¿Qué me vas a explicar? ¿Qué sos una mentirosa? ¿Qué nada de lo que dijiste o hiciste es cierto?

—¡No! ¡No es así! ¡Por favor…escuchame! ¡Por favor!

Traté de calmarme un poco. Sobre todo para pensar con claridad que pasos seguir. No es bueno tomar decisiones en caliente.

—Está bien Lidia. Te escucho. Lo que no quiere decir que te vaya a creer. En realidad hasta dudo si te llamarás Lidia. Y después… de aquí a la comisaría. Eso no tiene discusión. A ver qué querés contarme ahora.

Nunca pude mantenerme indiferente al llanto de una mujer. Y aunque estaba herido, en mi amor propio primero, y en mi confianza traicionada después, igual me conmovía. Entre sollozos y con voz entrecortada, empezó a hablar.

—Sí, me llamo Lidia. Lidia Azucena Velázquez más precisamente y nací en Misiones. Cuando tenía 17 años, una mujer dijo que me conseguiría un trabajo en Buenos Aires, con cama adentro y yo le creí y lo acepté. Cuando llegué comprobé que no era una casa de familia sino un prostíbulo. Me sacaron el documento y desde entonces pasé por varios lugares, con distintas personas que siempre nos tenían encerradas. Hace dos años con otras dos chicas nos trajeron a Bahía Blanca al lugar que te conté.

—De modo que esa parte de tu historia es cierta —interrumpí.

—Sí, vas a ver que casi toda es —había empezado a calmarse—. A mitad del año pasado perdí un embarazo de casi seis meses por una paliza que me dieron. ¡Quedé muy mal! Yo quería tener el bebé —vuelve a llorar.

—¡Pero esta no es la forma! ¿Cómo pudiste? ¿No pensás en la madre? Ella también está llorando…

—¡Mentira! —me interrumpió— ¡Ella no la quería!. ¡Si había querido abortarla y se le pasó el tiempo!

—¿Vos la conoces?

—¡Claro! ¡Es una de las chicas de la casa! No la cuidaba, ni le daba de comer. Me dejaron acompañarla al hospital porque había perdido peso. Hace todo ese circo porque están los canales de televisión. Pero en el hospital tampoco quería darle la teta. Por eso aproveché el cambio de guardia de las enfermeras y me la llevé.

—Entonces…la madre debe saber que fuiste vos…

—Y… si. Al ver que tampoco estoy… Pero no creo que diga nada. En la casa la matan si habla mucho y algo se destapa.

—Es una historia complicada…No sé si puedo creerte. Pero lo que no puedo es ser cómplice en algo así. Tenés que devolverla… aunque sabes cuales son las consecuencias.

—Si, claro. Igual en cana no voy a estar peor que en la casa. Y tal vez cuando salga…Además lo quiero hacer por vos. No quiero traerte más problemas. ¡Te portaste tan bien conmigo! Y después de lo de anoche…

—¡De eso mejor ni hablemos! ¡Tengo bastantes mentiras por hoy!

—Jorge, eso sí que no fue mentira.  Nada en mi vida fue más verdadero.

No hay caso, pensé, sigo siendo un viejo reblandecido y pelotudo… pero le creí.

Después vinieron las interminables horas en la fiscalía, declaraciones y más declaraciones. Varias veces las mismas preguntas para ver si me contradecía. Por fin me dejaron libre pero citado en calidad de testigo cuando llegue el juicio.

Lidia quedó detenida esperando que el juez de turno decida el procesamiento y el destino hasta el momento del juicio. La fiscal nos dijo que el hecho de haberse presentado espontáneamente lo mencionaría a su favor. Romina, o Gladys para mí, bajo el juez de menores, será enviada preventivamente a un hogar hasta que una asistente social determine la capacidad de la madre antes de su restitución.

La fiscal nos dejó solos unos minutos para despedirnos. Fue un abrazo interminable y un beso que todavía me duele en los labios. Le dejé mi número de celular para que me llame —o me haga llamar— y me cuente cómo sigue todo y le prometí que la visitaría cuando se conozca su destino.

 

El sol se está poniendo a mi izquierda y atrás, sobre la ruta. ¿Podré volver a mi vida normal? Trato de enfocarme en el partido de mañana, que puede significar un campeonato para el Millo, después de pasar por el descenso. Y lo voy a disfrutar con mi hijo, después de tanto tiempo sin compartir algo. Pero no puedo dejar de pensar en Lidia. Esto parece una historia para un tango. ¡Eso! ¡Un tango! Un tango triste… Me viene a la mente María… Pongo la pista en el auto y continúo mi viaje cantando a voz en cuello…

http://youtu.be/zLW9MzMSuFQ

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Una crónica de colección

Una crónica de colección

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Para ser cronista hay que salir…

…para practicar la crónica el  genio

está en los zapatos.

Héctor Abad Faciolince

 

 Seis meses habían pasado desde que el director de la revista de actualidad donde trabajaba le dijo que dejarían de publicar la sección “Noticias Insólitas” que lo había tenido como cronista los últimos diez años. Le explicó que ya la gente había perdido interés en las notas escritas, que ahora la televisión por cable y las publicaciones en internet lideraban esa franja. Julio entendió que, tal vez por compasión, o por la amistad que los unía en tantos años de trabajo compartido, no había podido decirle que ya estaba viejo y que sus crónicas no despertaban el más mínimo interés. De todos modos, pensó, ya estaba en edad de jubilarse, por lo que, ahora que los trámites salen rápido, aún desocupado, podría seguir pagando el alquiler del monoambiente de la calle Guardia Vieja.

—Igual, si alguna vez tenés una nota que considerás válida, llamame —le había dicho cuando se despidieron con un abrazo.

Su vida, ahora, transcurría entre los partidos de ajedrez con otros jubilados en la plaza Almagro y las recorridas por las mesas de saldos de las librerías de la calle Corrientes.

Fue en uno de esos reñidos encuentros ajedrecísticos que, como al pasar, alguien mencionó algo sobre el coleccionista de calaveras.

—Carabelas —le corrigió Julio— prototipos de barcos antiguos, habrás querido decir.

—¡No! —dijo el otro marcando las sílabas— ca—la—ve—ras, cráneos humanos.

La alarma de su instinto periodístico se disparó al instante.

—¡Contame más! —le insistió

—¡Eso nada más! Mi hermana me dijo que lo escuchó en la peluquería.

—¡Por favor! ¡Preguntale! Conseguime la dirección.

 

Una semana después el hombre se le trajo con la advertencia de que iba a ser difícil que lo recibiera. Ahora se encontraba frente a la casa, corroborando el número que tenía en el papelito. Era una casa antigua, con mármoles de color bordó y puerta de hierro forjado de dos hojas. La ventana, a la derecha de la puerta, tenía una reja labrada simulando ramas con hojas pequeñas y flores.

Tocó el timbre y esperó. Por el portero eléctrico, una voz de hombre dijo:

—¿Quién es?

—Buenas tardes señor. Soy Julio Figueredo. Soy periodista y quisiera que me diera unos minutos de su tiempo.

—¿Periodista? ¿Y para qué quiere verme?

—Quiero hacerle un reportaje sobre su colección.

—¿Colección? ¿De dónde saca que yo tengo una colección?

—Mire, usted sabe, los periodistas no podemos revelar nuestras fuentes, pero yo le garantizo la mayor seriedad en el reportaje.

.—Aguarde —fue su lacónica respuesta.

Unos minutos después, abría una las hojas de la puerta un hombrecito delgado, bajo, calvo, de tez muy pálida y ojos hundidos.

Julio le tendió su mano.

—Mucho gusto, ¿señor…?

—Llámeme Ciro.

—Señor Ciro. Como le dije me llamo Julio Figueredo, y trabajo para la revista Porteña —mintió Julio— y queríamos hacerle una nota referente a su colección de cráneos. Por supuesto que publicaremos sólo lo que usted nos autorice —agregó tratando de ganarse su confianza.

El hombrecito pensó un momento y luego, apartándose de la puerta, le hizo seña para que pase. Pasaron a un hall pequeño, transpusieron una puerta cancel de dos hojas y vidrios protegidos por cortinas con angelitos. Ingresaron a un ancho living, en el que resaltaba un juego de sillones de pana, sobre una mullida alfombra, por sobre el resto del mobiliario. Una araña con caireles de cristal y escudos de armas sobre las paredes, daban al ambiente un aire colonial.

Ciro le señaló el sillón grande y él se sentó en uno de los sillones de un cuerpo.

—Bueno —le dijo usando un tono amable por primera vez— Veo que usted, Julio, ¿no?, sabe de mí muchas cosas. Déjeme a mí, ahora, saber algo de usted. ¿Dónde queda la revista que mencionó? ¿Con que frecuencia sale?

—La redacción funciona en un departamento en el barrio de Once —inventó Julio rápidamente—. La publicación es mensual. Esta nota, seguramente, se publicará el mes que viene, o el próximo.

—¿Y por qué le interesa esta colección? —volvió a preguntar Ciro.

—Porque es bastante insólita. Tengo curiosidad por saber cuál es el hilo conductor entre las diferentes piezas. Cómo las obtiene. Qué busca con cada una. ¿Puedo sacar fotos?

—¡No! ¡Nada de fotos! —respondió el hombre enfáticamente— No quiero arriesgarme a que su mujer o sus hijos las suban a la web. ¿Tiene hijos, no?

—No, no tengo hijos. Soy viudo hace muchos años. Sólo las usaría como ayuda memoria cuando escriba la crónica.

—Igual, alguien que comparta su casa podría acceder a ellas.

—¡Tranquilo Ciro! Vivo solo. Igual, está bien, no voy a sacar fotos.

—Le creo. —dijo Ciro con una sonrisa mientras se incorporaba— Pero, por favor… ¡Deje el celular aquí! Pasemos.

Julio se paró y lo siguió. Salieron por una puerta lateral a un patio lleno de macetones con helechos, jazmines y otras plantas que no pudo identificar. Sobre la derecha se veían varias puertas con grandes postigos metálicos, también de dos hojas, todos cerrados. Al final del patio, de frente, estaban la cocina y el baño, que Julio identificó porque sus puertas estaban abiertas. A la derecha del baño, se veía una placa de madera en el suelo, con una manija de hierro. Ciro tiró de ella y levantó la tapa sobre la pared, dejando al descubierto una escalera de madera. Bajó unos escalones y encendió la luz. Julio bajó detrás de él. Una vez abajo pudo ver que el sótano era amplio. La bombita daba una luz tenue, dándole al escenario un aspecto sobrecogedor. Desde las estanterías, dentro de cajas de vidrio o de acrílico, montones de órbitas vacías parecía que “lo miraban”. Un frío le corrió por la espalda. Se sobrepuso y se acercó a la primera estantería.

—Cada caja tiene una etiqueta, con la descripción de su antiguo poseedor y el año del deceso —explicó Ciro—. Por respeto, la identidad no está revelada. Sólo su profesión o actividad más saliente. ¡Ah! Y hay sólo una pieza por característica. No se repiten.

Julio comenzó a leer algunas y comprendió lo que el hombre le había dicho: “Médico de Villa Crespo—1975; Abogado de Balvanera—1987; Jerarca Nazi de Bariloche—1968; Asesino serial de Mar del Plata—1981; Cacique Mapuche de Neuquen—1996”. Sobre este último, Ciro le hizo notar que conservaba todas sus piezas dentarias.

—¿Cómo consiguió cada una? —le preguntó al hombrecito

—Los periodistas no revelan sus fuentes. Los coleccionistas no revelamos nuestros proveedores —le respondió sonriendo— Tengo amigos en algunos cementerios y en hospitales también.

Siguió recorriendo las estanterías. Una sensación que no lograba plasmar en palabras daba vueltas por su cabeza. Cuando llegó a la última vio, sobre la pared del fondo, una puertita de no más de 70 cm, cerrada con pasador y candado.

—¿Qué hay detrás de esta puerta? —preguntó Julio.

—¡Ah! ¡Ahí no se puede pasar! ¡Esa es mi colección exclusiva! No la comparto.

—¡Vamos Don Ciro! ¡Por favor! ¡Ya llegué hasta acá! ¡No me va a dejar rengo! —Insistió Julio.

El hombre pensó un momento y sacudiendo su cabeza de un lado al otro, con resignación, sacó una llave de su bolsillo, abrió el candado, corrió el pasador, encendió una llave de luz que se encontraba a la derecha de la puerta, la abrió y, con un ademán, le hizo seña que ingresara. Julio se agachó, pasó por la puerta y, cuando se estaba incorporando del lado de adentro, junto con el golpe de la puerta al cerrarse, el pasador deslizándose y el clic del candado, el flash relampagueó en su cerebro: ¡no había un periodista en la colección!

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La noche del sábado

La noche del sábado

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De: raúl83@hotmail.com

A: silvinaortiz@yahoo.com.ar

Asunto: La noche del sábado

 

Querida Silvina:

Utilizo este medio como última opción de comunicarme con vos, habida cuenta que no respondés mis mensajes ni atendés mis llamados.

A pesar del poco tiempo que nos conocemos quiero hacerte saber como te aprecio y me gustaría poder seguir alimentado esta relación como lo hicimos hasta la noche del sábado.

Por eso quiero explicarte los motivos que me llevaron a reaccionar como lo hice y puedas así comprenderme, haciendo un paralelo con el título de aquella película que vimos juntos, “No sos vos, soy yo”, la culpa es sólo mía.

Recuerdo el día que nos conocimos en el cumpleaños de Alicia. Habías llegado acompañada de ese rubio musculoso, de camisa blanca dos talles más chicos del necesario, apretada al cuerpo resaltando así su torso trabajado en incansables horas de gimnasio. Como era de esperarse, al rato, el tipo era el centro de atención de todas las chicas, y egocéntrico como era se olvidó de vos. Por mi parte, como es mi costumbre, –tímido como soy– estaba en un rincón concentrado en mi copa. Te sentaste a mi lado, trayéndome otra copa. Me preguntaste si estaba aburrido. Intenté una respuesta que sonara inteligente, cambiando el verbo estaba por era, aburrido es mi naturaleza. El efecto fue el buscado porque te reíste, sin percatarte de la realidad: eso sentía yo. Después de un pequeño sorbo a tu copa, dijiste con un tono de gravedad fingida, Ninguna persona es aburrida todo el tiempo, las situaciones generan ese estado, por ejemplo, asistir a un cumpleaños por obligación. ¡Casi se me cae la copa de la mano! ¿Tanto se me nota?, pensé. Con una sonrisa te dije cuán perceptiva eras y te expliqué mi amistad con Alicia desde la escuela primaria, la importancia de mi asistencia a su cumpleaños, no fallarle aún cuando no encajaba en su grupo de amistades, por eso tomé ese evento como un compromiso de amistad, hacer algo por un amigo aunque no me guste.

Lejos de desanimarte con mi confesión, me aseguraste que el aburrimiento no estaba en mis genes y así como hacía cosas sin gustarme debía haber otras hechas con gusto. Y me pediste que nombrara cuáles. Dudé si decirte la verdad, por no parecer presuntuoso, pero después pensé, al fin de cuentas, no tengo por qué ocultar mis gustos. Enumeré entonces mi afición por el teatro, sobre todo el independiente –también llamado underground para diferenciarlo del comercial–, por la ópera, los conciertos y el ballet, sin olvidar la lectura, por ocupar una gran parte de mis fines de semana. A esta altura me preguntaba por qué no habías huido espantada a saltar como hacía el resto de la gente en la pista de baile. Entonces subí la apuesta y te dije cómo todo eso, mis preferencias, para el común de la gente es aburrido. Esa vez no te reíste y me dijiste muy seria, tal vez fuera así para el común de la gente pero a vos te estaba mostrando una persona con una sensibilidad especial y eso no es aburrido en lo más mínimo.

Y así seguimos charlando toda la noche. Y cuando llegó la hora de retirarnos me sorprendiste al decirle al rubio, cuando se acercó a buscarte, que se fuera tranquilo, yo te acompañaría. La cara de disgusto del fulano me hizo disimular mi asombro y lo miré con mi mejor expresión de ganador. Me sentí como si lo hubiera puesto KO en el primer round con un directo al mentón. Después te disculpaste dispensándome de acompañarte por haberlo inventado para sacarte al coso de encima. Llamarías un taxi. Sabías que  yo no iba a aceptar de ninguna manera dejarte sola, pero igual me dejaste hacer todo el esfuerzo para demostrarte mi voluntad de llevarte. En la puerta de tu casa nos despedimos con un beso en la mejilla, prometiéndonos llamarnos luego de intercambiar nuestros celulares.

Nunca te lo conté pero el viernes siguiente, cuando me llamaste preguntándome, en tono de broma, si había conseguido entradas para la ópera, me había pasado las últimas tres horas elucubrando la forma más “casual” de llamarte. Nos reímos un rato hablando tonterías y después de confesar mi absoluta carencia de programa, te invité a cenar comida armenia. Esa fue nuestra primera salida solos. Para mí fue muy gratificante ver que teníamos tantos puntos en común en nuestra manera de ver las cosas y disfruté muchísimo tu compañía.

A partir de ese día, tomé la iniciativa de llamarte. No puedo dejar de agradecer tu paciencia por acompañarme, en los últimos tres meses, al cine –soportando mi elección–, a ver IL TROVATORE en el teatro Avenida y, lo más meritorio, tu disposición a comer en los distintos restaurantes típicos –comida mejicana, tailandesa, peruana, judía– conociendo tu afición a las cadenas de comida rápida.

Por eso, cuando el sábado pasado elegiste ir a un restaurante con cena y baile no pude negarme. ¿Cómo no iba a darte el gusto después de haberme acompañado en todos mis programas? Sólo te aclaré que era muy malo bailando y te reíste.

La comida estuvo muy buena. Los momentos de baile con salsa, cumbia y otras melodías movidas las fui salvando como pude, tratando de copiar los pasos de los demás y como nadie se fija en el otro hasta fue divertido. Después del postre y el champagne, invitado por la casa, vinieron los lentos. Traté de disuadirte argumentando cansancio pero tu insistencia y predilección por los boleros acabaron con mi resistencia. Como música, a mí también me gustan. Salimos a bailar y me pasaste los dos brazos por el cuello apretándote contra mí. Cantabas los boleros en mi oído, me acariciabas el pelo y yo, transpirando –lo debes haber notado–, estaba cada vez más tenso. Cuando por fin decidimos irnos fue un alivio para mí. Pero al llegar a tu casa me ofreciste subir a tomar un café. Intenté rehuir la invitación preguntando si no era tarde, pero tu respuesta me descolocó. Con una mirada pícara me preguntaste para qué era tarde, si me esperaba mi esposa en casa. Nunca antes habíamos hablado de nuestra vida personal, ni nos habíamos hecho preguntas íntimas. Me repuse de la sorpresa y traté de salir de la situación con una broma, respondiendo que sólo me espera mi gata Frida pero, como no sabe la hora, nunca me regaña.

Subimos a tu departamento y todo se desarrolló como un torbellino. Apenas cerramos la puerta, me llevaste de la mano hasta el sofá, sacaste mis zapatos y recostada sobre mí comenzaste a besarme suavemente mientras me desabrochabas la camisa y el cinturón. Yo estaba muy nervioso y no sabía cómo pararte. Sólo atiné a decirte que mejor me iba. Y esa chispa encendió la mecha. Toda tu dulzura se transformó en un volcán de ira. Ahora, más tranquilo lo entiendo y hasta lo justifico. Como una ametralladora me preguntaste qué pasaba, si no me gustabas, si era eso. No me salían las palabras. Creo haber dicho: no, no es eso, sos muy hermosa o algo parecido. La respuesta, en lugar de calmarte aumentó más tu enojo. A los gritos me preguntaste cuál era el motivo entonces, si yo creía estar con una puta,  o  que te estabas regalando, o si te consideraba poca cosa para un intelectual como yo. La forma de marcar las sílabas de “intelectual” me causó gracia, pero traté de que no se me notara porque no estaba el horno para bollos. Intenté hilvanar una explicación pero ya no me diste oportunidad. Con los ojos centelleantes me echaste de tu casa. Desaparecer de tu vista fue la ordenanza.

Y para cumplirla te paraste, abriste la puerta y me empujaste afuera. No hubo forma de calmarte. Cuando estaba en el palier, arreglándome la camisa y abrochándome el cinturón, te asomaste otra vez y me revoleaste los zapatos. Por suerte pude esquivarlos pero no impedir su caída por el hueco de la escalera. Bajé descalzo hasta la planta baja y, sentado en el primer escalón, me los puse. Cuando levanté la vista un grupito de adolescentes, desde el umbral, me estaban mirando con sonrisas cómplices y comenzaron a aplaudirme.

Te pido disculpas por lo del sábado. Te pido disculpas por toda esta perorata. Te pido disculpas si mi actitud te ofendió. Te considero una mina extraordinaria, muy hermosa y mucha mujer para cualquier hombre.

Pero como dije no soy un tipo convencional, razón por la cual toda esta situación me ha dejado muy confundido. Todavía no he podido reponerme de una pérdida sufrida hace un poco más de un año. Estuve en pareja casi cinco años y hasta hace unos meses consideraba esa relación como el amor de mi vida. Se fue de este mundo  –no sé si habrá otras dimensiones– en el invierno del año pasado. Tenía HIV. Se llamaba Javier.

Sólo te pido un poco más de tiempo. Un beso, te quiero

Raúl

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Carta a una señorita en París

Carta a una señorita en París

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JULIO CORTÁZAR
Dentro de las clasificaciones que los estudiosos hacen de los escritos se encuentran los llamados “epistolares”. El estilo no es nuevo. Desde épocas remotas, el hombre se ha esforzado por consignar en símbolos y signos (que acabaron por ser letras) todo lo que piensa, sufre, goza, opina, imagina… Habría que viajar hasta el más antiguo Egipto, el de las primeras pirámides de Zoser y Saqqara o hasta los primeros textos mesopotámicos (con los que se inventó la escritura cuneiforme) para hallar las más profundas raíces de esa tradición.  En Egipto, Asiria, Babilonia, Siria y Judea, la carta está al servicio de sus reyes y gobernantes y goza de la importancia de constituirse como elemento crucial para la administración de estos grandes imperios, ya que a través de ella se mantienen las relaciones militares, políticas, diplomáticas y comerciales. La Biblia es un ejemplo de lo que menciono.
En lo que hace a literatura entre los escritores que usaron el estilo podemos nombrar a Andrés Fernandez de Andrada (Epístola moral a Fabio), Garcilaso de la Vega (Epístola a Boscán, Becquer (Cartas literarias a una mujer), Guy de Maupassant (Carta de un loco), Arreola (Carta a un zapatero que compuso mal unos zapatos), José Luis González (La carta) y la que presento hoy de Julio Cortázar (Carta a una señorita en París). ¡Disfrútenla!
¡Ah, me olvidaba! Para crearles una intriga les cuento que mi próxima publicación, el 06 de mayo de 2019, será también un cuento epistolar (un poco más aggiornado a nuestros tiempos y sin la pretensión de emular a Cortázar, por supuesto)
Carta a una señorita en París

Julio Cortázar

(De su libro Bestiario)

Andrée, yo no quería venirme a vivir a su departamento de la calle Suipacha. No tanto por los conejitos, más bien porque me duele ingresar en un orden cerrado, construido ya hasta en las más finas mallas del aire, esas que en su casa preservan la música de la lavanda, el aletear de un cisne con polvos, el juego del violín y la viola en el cuarteto de Rará. Me es amargo entrar en un ámbito donde alguien que vive bellamente lo ha dispuesto todo como una reiteración visible de su alma, aquí los libros (de un lado en español, del otro en francés e inglés), allí los almohadones verdes, en este preciso sitio de la mesita el cenicero de cristal que parece el corte de una pompa de jabón, y siempre un perfume, un sonido, un crecer de plantas, una fotografía del amigo muerto, ritual de bandejas con té y tenacillas de azúcar… Ah, querida Andrée, qué difícil oponerse, aun aceptándolo con entera sumisión del propio ser, al orden minucioso que una mujer instaura en su liviana residencia. Cuán culpable tomar una tacita de metal y ponerla al otro extremo de la mesa, ponerla allí simplemente porque uno ha traído sus diccionarios ingleses y es de este lado, al alcance de la mano, donde habrán de estar. Mover esa tacita vale por un horrible rojo inesperado en medio de una modulación de Ozenfant, como si de golpe las cuerdas de todos los contrabajos se rompieran al mismo tiempo con el mismo espantoso chicotazo en el instante más callado de una sinfonía de Mozart. Mover esa tacita altera el juego de relaciones de toda la casa, de cada objeto con otro, de cada momento de su alma con el alma entera de la casa y su habitante lejana. Y yo no puedo acercar los dedos a un libro, ceñir apenas el cono de luz de una lámpara, destapar la caja de música, sin que un sentimiento de ultraje y desafio me pase por los ojos como un bando de gorriones.

Usted sabe por qué vine a su casa, a su quieto salón solicitado de mediodía. Todo parece tan natural, como siempre que no se sabe la verdad. Usted se ha ido a París, yo me quedé con el departamento de la calle Suipacha, elaboramos un simple y satisfactorio plan de mutua convivencia hasta que septiembre la traiga de nuevo a Buenos Aires y me lance a mí a alguna otra casa donde quizá… Pero no le escribo por eso, esta carta se la envío a causa de los conejitos, me parece justo enterarla; y porque me gusta escribir cartas, y tal vez porque llueve.

Me mudé el jueves pasado, a las cinco de la tarde, entre niebla y hastío. He cerrado tantas maletas en mi vida, me he pasado tantas horas haciendo equipajes que no llevaban a ninguna parte, que el jueves fue un día lleno de sombras y correas, porque cuando yo veo las correas de las valijas es como si viera sombras, elementos de un látigo que me azota indirectamente, de la manera más sutil y más horrible. Pero hice las maletas, avisé a la mucama que vendría a instalarme, y subí en el ascensor. Justo entre el primero y segundo piso sentí que iba a vomitar un conejito. Nunca se lo había explicado antes, no crea que por deslealtad, pero naturalmente uno no va a ponerse a explicarle a la gente que de cuando en cuando vomita un conejito. Como siempre me ha sucedido estando a solas, guardaba el hecho igual que se guardan tantas constancias de lo que acaece (o hace uno acaecer) en la privacía total. No me lo reproche, Andrée, no me lo reproche. De cuando en cuando me ocurre vomitar un conejito. No es razón para no vivir en cualquier casa, no es razón para que uno tenga que avergonzarse y estar aislado y andar callándose.

Cuando siento que voy a vomitar un conejito me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca, y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco. El conejito parece contento, es un conejito normal y perfecto, sólo que muy pequeño, pequeño como un conejilo de chocolate pero blanco y enteramente un conejito. Me lo pongo en la palma de la mano, le alzo la pelusa con una caricia de los dedos, el conejito parece satisfecho de haber nacido y bulle y pega el hocico contra mi piel, moviéndolo con esa trituración silenciosa y cosquilleante del hocico de un conejo contra la piel de una mano. Busca de comer y entonces yo (hablo de cuando esto ocurría en mi casa de las afueras) lo saco conmigo al balcón y lo pongo en la gran maceta donde crece el trébol que a propósito he sembrado. El conejito alza del todo sus orejas, envuelve un trébol tierno con un veloz molinete del hocico, y yo sé que puedo dejarlo e irme, continuar por un tiempo una vida no distinta a la de tantos que compran sus conejos en las granjas.

Entre el primero y segundo piso, Andrée, como un anuncio de lo que sería mi vida en su casa, supe que iba a vomitar un conejito. En seguida tuve miedo (¿o era extrañeza? No, miedo de la misma extrañeza, acaso) porque antes de dejar mi casa, sólo dos días antes, había vomitado un conejito y estaba seguro por un mes, por cinco semanas, tal vez seis con un poco de suerte. Mire usted, yo tenía perfectamente resuelto el problema de los conejitos. Sembraba trébol en el balcón de mi otra casa, vomitaba un conejito, lo ponía en el trébol y al cabo de un mes, cuando sospechaba que de un momento a otro… entonces regalaba el conejo ya crecido a la señora de Molina, que creía en un hobby y se callaba. Ya en otra maceta venía creciendo un trébol tierno y propicio, yo aguardaba sin preocupación la mañana en que la cosquilla de una pelusa subiendo me cerraba la garganta, y el nuevo conejito repetía desde esa hora la vida y las costumbres del anterior. Las costumbres, Andrée, son formas concretas del ritmo, son la cuota del ritmo que nos ayuda a vivir. No era tan terrible vomitar conejitos una vez que se había entrado en el ciclo invariable, en el método. Usted querrá saber por qué todo ese trabajo, por qué todo ese trébol y la señora de Molina. Hubiera sido preferible matar en seguida al conejito y… Ah, tendría usted que vomitar tan sólo uno, tomarlo con dos dedos y ponérselo en la mano abierta, adherido aún a usted por el acto mismo, por el aura inefable de su proximidad apenas rota. Un mes distancia tanto; un mes es tamaño, largos pelos, saltos, ojos salvajes, diferencia absoluta Andrée, un mes es un conejo, hace de veras a un conejo; pero el minuto inicial, cuando el copo tibio y bullente encubre una presencia inajenable… Como un poema en los primeros minutos, el fruto de una noche de Idumea: tan de uno que uno mismo… y después tan no uno, tan aislado y distante en su llano mundo blanco tamaño carta.

Me decidí, con todo, a matar el conejito apenas naciera. Yo viviría cuatro meses en su casa: cuatro -quizá, con suerte, tres- cucharadas de alcohol en el hocico. (¿Sabe usted que la misericordia permite matar instantáneamente a un conejito dándole a beber una cucharada de alcohol? Su carne sabe luego mejor, dicen, aunque yo… Tres o cuatro cucharadas de alcohol, luego el cuarto de baño o un piquete sumándose a los desechos.)

Al cruzar el tercer piso el conejito se movía en mi mano abierta. Sara esperaba arriba, para ayudarme a entrar las valijas… ¿Cómo explicarle que un capricho, una tienda de animales? Envolví el conejito en mi pañuelo, lo puse en el bolsillo del sobretodo dejando el sobretodo suelto para no oprimirlo. Apenas se movía. Su menuda conciencia debía estarle revelando hechos importantes: que la vida es un movimiento hacia arriba con un clic final, y que es también un cielo bajo, blanco, envolvente y oliendo a lavanda, en el fondo de un pozo tibio.

Sara no vio nada, la fascinaba demasiado el arduo problema de ajustar su sentido del orden a mi valija-ropero, mis papeles y mi displicencia ante sus elaboradas explicaciones donde abunda la expresión «por ejemplo». Apenas pude me encerré en el baño; matarlo ahora. Una fina zona de calor rodeaba el pañuelo, el conejito era blanquísimo y creo que más lindo que los otros. No me miraba, solamente bullía y estaba contento, lo que era el más horrible modo de mirarme. Lo encerré en el botiquín vacío y me volví para desempacar, desorientado pero no infeliz, no culpable, no jabonándome las manos para quitarles una última convulsión.

Comprendí que no podía matarlo. Pero esa misma noche vomité un conejito negro. Y dos días después uno blanco. Y a la cuarta noche un conejito gris.

Usted ha de amar el bello armario de su dormitorio, con la gran puerta que se abre generosa, las tablas vacías a la espera de mi ropa. Ahora los tengo ahí. Ahí dentro. Verdad que parece imposible; ni Sara lo creería. Porque Sara nada sospecha, y el que no sospeche nada procede de mi horrible tarea, una tarea que se lleva mis días y mis noches en un solo golpe de rastrillo y me va calcinando por dentro y endureciendo como esa estrella de mar que ha puesto usted sobre la bañera y que a cada baño parece llenarle a uno el cuerpo de sal y azotes de sol y grandes rumores de la profundidad.

De día duermen. Hay diez. De día duermen. Con la puerta cerrada, el armario es una noche diurna solamente para ellos, allí duermen su noche con sosegada obediencia. Me llevo las llaves del dormitorio al partir a mi empleo. Sara debe creer que desconfío de su honradez y me mira dubitativa, se le ve todas las mañanas que está por decirme algo, pero al final se calla y yo estoy tan contento. (Cuando arregla el dormitorio, de nueve a diez, hago ruido en el salón, pongo un disco de Benny Carter que ocupa toda la atmósfera, y como Sara es también amiga de saetas y pasodobles, el armario parece silencioso y acaso lo esté, porque para los conejitos transcurre ya la noche y el descanso.)

Su día principia a esa hora que sigue a la cena, cuando Sara se lleva la bandeja con un menudo tintinear de tenacillas de azúcar, me desea buenas noches -sí, me las desea, Andrée, lo más amargo es que me desea las buenas noches- y se encierra en su cuarto y de pronto estoy yo solo, solo con el armario condenado, solo con mi deber y mi tristeza.

Los dejo salir, lanzarse ágiles al asalto del salón, oliendo vivaces el trébol que ocultaban mis bolsillos y ahora hace en la alfombra efímeras puntillas que ellos alteran, remueven, acaban en un momento. Comen bien, callados y correctos, hasta ese instante nada tengo que decir, los miro solamente desde el sofá, con un libro inútil en la mano -yo que quería leerme todos sus Giraudoux, Andrée, y la historia argentina de López que tiene usted en el anaquel más bajo-; y se comen el trébol.

Son diez. Casi todos blancos. Alzan la tibia cabeza hacia las lámparas del salón, los tres soles inmóviles de su día, ellos que aman la luz porque su noche no tiene luna ni estrellas ni faroles. Miran su triple sol y están contentos. Así es que saltan por la alfombra, a las sillas, diez manchas livianas se trasladan como una moviente constelación de una parte a otra, mientras yo quisiera verlos quietos, verlos a mis pies y quietos -un poco el sueño de todo dios, Andrée, el sueño nunca cumplido de los dioses-, no así insinuándose detrás del retrato de Miguel de Unamuno, en torno al jarrón verde claro, por la negra cavidad del escritorio, siempre menos de diez, siempre seis u ocho y yo preguntándome dónde andarán los dos que faltan, y si Sara se levantara por cualquier cosa, y la presidencia de Rivadavia que yo quería leer en la historia de López.

No sé cómo resisto, Andrée. Usted recuerda que vine a descansar a su casa. No es culpa mía si de cuando en cuando vomito un conejito, si esta mudanza me alteró también por dentro -no es nominalismo, no es magia, solamente que las cosas no se pueden variar así de pronto, a veces las cosas viran brutalmente y cuando usted esperaba la bofetada a la derecha-. Así, Andrée, o de otro modo, pero siempre así.

Le escribo de noche. Son las tres de la tarde, pero le escribo en la noche de ellos. De día duermen ¡Qué alivio esta oficina cubierta de gritos, órdenes, máquinas Royal, vicepresidentes y mimeógrafos! Qué alivio, qué paz, qué horror, Andrée! Ahora me llaman por teléfono, son los amigos que se inquietan por mis noches recoletas, es Luis que me invita a caminar o Jorge que me guarda un concierto. Casi no me atrevo a decirles que no, invento prolongadas e ineficaces historias de mala salud, de traducciones atrasadas, de evasión Y cuando regreso y subo en el ascensor ese tramo, entre el primero y segundo piso me formulo noche a noche irremediablemente la vana esperanza de que no sea verdad.

Hago lo que puedo para que no destrocen sus cosas. Han roído un poco los libros del anaquel más bajo, usted los encontrará disimulados para que Sara no se dé cuenta. ¿Quería usted mucho su lámpara con el vientre de porcelana lleno de mariposas y caballeros antiguos? El trizado apenas se advierte, toda la noche trabajé con un cemento especial que me vendieron en una casa inglesa -usted sabe que las casas inglesas tienen los mejores cementos- y ahora me quedo al lado para que ninguno la alcance otra vez con las patas (es casi hermoso ver cómo les gusta pararse, nostalgia de lo humano distante, quizá imitación de su dios ambulando y mirándolos hosco; además usted habrá advertido -en su infancia, quizá- que se puede dejar a un conejito en penitencia contra la pared, parado, las patitas apoyadas y muy quieto horas y horas).

A las cinco de la mañana (he dormido un poco, tirado en el sofá verde y despertándome a cada carrera afelpada, a cada tintineo) los pongo en el armario y hago la limpieza. Por eso Sara encuentra todo bien aunque a veces le he visto algún asombro contenido, un quedarse mirando un objeto, una leve decoloración en la alfombra y de nuevo el deseo de preguntarme algo, pero yo silbando las variaciones sinfónicas de Franck, de manera que nones. Para qué contarle, Andrée, las minucias desventuradas de ese amanecer sordo y vegetal, en que camino entredormido levantando cabos de trébol, hojas sueltas, pelusas blancas, dándome contra los muebles, loco de sueño, y mi Gide que se atrasa, Troyat que no he traducido, y mis respuestas a una señora lejana que estará preguntándose ya si… para qué seguir todo esto, para qué seguir esta carta que escribo entre teléfonos y entrevistas.

Andrée, querida Andrée, mi consuelo es que son diez y ya no más. Hace quince días contuve en la palma de la mano un último conejito, después nada, solamente los diez conmigo, su diurna noche y creciendo, ya feos y naciéndoles el pelo largo, ya adolescentes y llenos de urgencias y caprichos, saltando sobre el busto de Antinoo (¿es Antinoo, verdad, ese muchacho que mira ciegamente?) o perdiéndose en el living, donde sus movimientos crean ruidos resonantes, tanto que de allí debo echarlos por miedo a que los oiga Sara y se me aparezca horripilada, tal vez en camisón -porque Sara ha de ser así, con camisón- y entonces… Solamente diez, piense usted esa pequeña alegría que tengo en medio de todo, la creciente calma con que franqueo de vuelta los rígidos cielos del primero y el segundo piso.

Interrumpí esta carta porque debía asistir a una tarea de comisiones. La continúo aquí en su casa, Andrée, bajo una sorda grisalla de amanecer. ¿Es de veras el día siguiente, Andrée? Un trozo en blanco de la página será para usted el intervalo, apenas el puente que une mi letra de ayer a mi letra de hoy. Decirle que en ese intervalo todo se ha roto, donde mira usted el puente fácil oigo yo quebrarse la cintura furiosa del agua, para mí este lado del papel, este lado de mi carta no continúa la calma con que venía yo escribiéndole cuando la dejé para asistir a una tarea de comisiones. En su cúbica noche sin tristeza duermen once conejitos; acaso ahora mismo, pero no, no ahora. En el ascensor, luego, o al entrar; ya no importa dónde, si el cuándo es ahora, si puede ser en cualquier ahora de los que me quedan.

Basta ya, he escrito esto porque me importa probarle que no fui tan culpable en el destrozo insalvable de su casa. Dejaré esta carta esperándola, sería sórdido que el correo se la entregara alguna clara mañana de París. Anoche di vuelta los libros del segundo estante, alcanzaban ya a ellos, parándose o saltando, royeron los lomos para afilarse los dientes -no por hambre, tienen todo el trébol que les compro y almaceno en los cajones del escritorio. Rompieron las cortinas, las telas de los sillones, el borde del autorretrato de Augusto Torres, llenaron de pelos la alfombra y también gritaron, estuvieron en círculo bajo la luz de la lámpara, en círculo y como adorándome, y de pronto gritaban, gritaban como yo no creo que griten los conejos.

He querido en vano sacar los pelos que estropean la alfombra, alisar el borde de la tela roída, encerrarlos de nuevo en el armario. El día sube, tal vez Sara se levante pronto. Es casi extraño que no me importe verlos brincar en busca de juguetes. No tuve tanta culpa, usted verá cuando llegue que muchos de los destrozos están bien reparados con el cemento que compré en una casa inglesa, yo hice lo que pude para evitarle un enojo… En cuanto a mí, del diez al once hay como un hueco insuperable. Usted ve: diez estaba bien, con un armario, trébol y esperanza, cuántas cosas pueden construirse. No ya con once, porque decir once es seguramente doce, Andrée, doce que serán trece. Entonces está el amanecer y una fría soledad en la que caben la alegría, los recuerdos, usted y acaso tantos más. Está este balcón sobre Suipacha lleno de alba, los primeros sonidos de la ciudad. No creo que les sea difícil juntar once conejitos salpicados sobre los adoquines, tal vez ni se fijen en ellos, atareados con el otro cuerpo que conviene llevarse pronto, antes de que pasen los primeros colegiales.

 

Biografía

Julio Florencio Cortázar nació en Ixelles, Belgica el 26 de agosto de 1914, pero recibió la nacionalidad argentina en razón de que su padre era argentino y funcionario en la embajada argentina en Bélgica. También su madre era argentina. En tiempos de su nacimiento Bélgica fue invadida por los alemanes. Sobre el fin de la guerra la familia logró pasar a Suiza en virtud de su abuela materna que era alemana. De allí pasaron a Barcelona y a los cuatro años volvieron a Argentina.

Su padre los abandonó cuando tenía seis años y se crió con su madre, una tía y su hermana Ofelia, un año menor, Falleció en París el 12 de febrero de 1984. Sobre su obra literaria hay abundante información en la web como para que los aburra aquí.

 

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Prejuicio

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“Nada nos engaña tanto

 como nuestro propio juicio”

Leonardo da Vinci

La chica salió de la boca del subte y en la primera esquina, la calle de su casa, dobló caminando rápido. A escasos diez metros un hombre dobló en la misma dirección. Ella presintió que la seguían e intentó apurar el paso. Él se puso la capucha del buzo y corrió.

Mientras bajaba en el ascensor se miró en el espejo y sonrió. “Nunca imaginaste que ibas a hacer esto”, pensó. Ya en la calle se dirigió hacia la  avenida, a dos cuadras de su casa. En la esquina, la barra de pibes que limpian parabrisas, charlaban esperando que corte el semáforo. Debía ser una de las pocas veces que pasaba caminando por allí. Siempre le había molestado el aluvión que se venía cada vez que la luz roja detenía su auto.

—¿Le limpio maestro? —Ante la negativa, hacían un círculo entre el índice y el pulgar— ¿Una moneda?

Muy rara vez accedía, solamente si había llovido y su parabrisas estaba muy sucio de gotas y salpicaduras de otros autos. Pero en general su gesto era negativo ante las dos preguntas.

Cruzó la avenida y entró en la pizzería. Hizo el encargo. Fue a la caja y pagó con tarjeta las pizzas y las empanadas. El empleado del mostrador recibió con una sonrisa el billete de propina.  De regreso a su casa entró en el supermercado chino, el único que podía encontrar abierto a esa hora de la noche, y se llevó cuatro cervezas en envases no retornables.

Llegó hasta la esquina justo cuando el semáforo había detenido a los autos. Dos de los muchachos estaban limpiando y el tercero se había quedado parado al lado de los baldes. Se acercó a él y lo abordó:

—Buenas noches ¿Quién es Dante?

—¿Quién lo busca? —preguntó el pibe. 

 

—¿Cómo se llama? —le había preguntado hace una hora a su hija.

—Creo que Dante —respondió ella todavía con la respiración entrecortada.

Estaba sufriendo frente al televisor, como todos los hinchas de Independiente, porque el empate se les negaba y el tiempo se iba acabando, cuando escuchó los gritos de su mujer en la cocina.

—¿Qué te pasó? ¡Mi amor! ¿Qué te hicieron?

—¡Me asaltaron! —escuchó la voz de su hija quebrada por el llanto.

Corrió y vio cómo su mujer ayudaba a la chica a sentarse en una silla. Preguntó que había pasado pero ambas lloraban y no podían explicar. Revisó la cabeza de su hija. Tenía un chichón morado sobre el lado derecho de la frente cerca de la sien sobre el que apoyaba un repasador con trozos de hielo.

—Bueno, tranquila, es un golpe fuerte pero con lo cabeza dura que sos… —le dijo para aflojar un poco la tensión.

Sin dejar de llorar, la joven sonrió.

—No perdés oportunidad papá ¿eh? ¿A quién salí?

—¿Qué te robaron? ¿Cómo fue?

—Salí del subte y venía para acá.  Me pareció que alguien me seguía y cuando me quise apurar sentí que me tironeaban de la mochila y me empujaron. Sentí como un estallido y cuando abrí los ojos estaba sentada contra la pared y los pibes de la esquina me estaban atendiendo. Uno me dio este repasador con hielo que fue a buscar a la heladería. Me preguntaban si estaba bien. Si me podía parar. Lo habían corrido al tipo y recuperaron mi mochila. Después otro de ellos me acompañó hasta la puerta.

—¿Cómo se llama? —preguntó él.

—Creo que Dante —respondió.

 

 

—¿Quién lo busca? —preguntó el pibe.

—Digamos que un padre agradecido.

—¡Ah! ¿Por la piba? Yo soy Dante. No hay nada que agradecer. A la piba la vemos pasar todos los días.

—Gracias por recuperar la mochila de mi hija.

—¡Ja! ¡Para el flaco Ráfaga fue sencillo! Cuando le gritamos el chabón quiso salir corriendo pero Ráfaga es Usaín Bolt. No se le podía escapar. Posta que con la murra que le dio no le quedan más ganas de afanar por acá.

—Les compré unas pizzas y empanadas y traje unas cervezas.

—¡Eh, joya! ¡Ráfaga, Corcho, paren que pintó pizza y birra!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Un vaso de whisky

Un vaso de whisky

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¿Es superior el vaso transparente

a la mano del hombre que lo crea?

Nicanor Parra – Preguntas a la

 hora del té (poemas y antipoemas)

Se despierta en una habitación desconocida. Lo último que registra es el sonido de una sirena, un vehículo a gran velocidad y una camilla rodando por pasillos iluminados. Intenta moverse y un dolor agudo en su costado izquierdo, debajo de sus costillas, lo paraliza. En su antebrazo una vía gotea suero desde la percha al costado de la cama. Entra una enfermera y lo ve despierto.

—Buen día —le dice mientras renueva la bolsa—. ¿Cómo se siente?

—Todavía no lo sé. Tengo la boca seca y me duele acá —responde tocándose el costado descubriendo un apósito pegado con cinta.

—En un rato pasa el cirujano para ver cómo está la herida. Ahora le traigo un vaso de agua. Más no puedo darle todavía.

“¿Herida?” se pregunta. Nuevas imágenes van apareciendo en su cabeza. Ve al Chino abalanzarse sobre él empuñando un cuchillo. Recuerda haber barrido el lance con el brazo izquierdo hacia afuera protegiendo su vientre y un dolor punzante en el costado que le corta la respiración. Debió hacerle caso a Lucho cuando le aconsejó que no hiciera la denuncia. “Igual yo te banco” le había dicho Lucho. ¡Es un tipazo!

En cambio Rafael, su socio, se había enfurecido con él. “Ahora, por tu culpa, el Chino no nos entrega los vasos” le gritó. “¿Quién sos ahora? ¿Miembro de la Liga de la Justicia? Tenemos un negocio y funciona comprando barato y vendiendo caro. No creyéndote el Defensor de Menores”

“Es un insensible” piensa. “Le importa más el vaso que genera plata que la explotación de los pibes.” El mes pasado se había aparecido con la novedad. Un tipo que les vendía vasos de whisky a la mitad del precio que les cobra la cristalera. Y si no le pedían factura y pagaban en efectivo podían conseguir un 10% adicional.

Cuando fueron a verlo, en la costa del Riachuelo del lado de Provincia, entre Avellaneda y Lomas, el taller le pareció un espanto. De chapas, un calor infernal con los hornos al mango y poca ventilación. Pero eso era lo de menos. Lo que le pareció inadmisible fue ver unos diez pibes entre 11 y 13 años soplando el vidrio dentro de los moldes. Ni soñar con medidas de seguridad ni ropa adecuada. Los crisoles desde donde juntaban el material con la punta del caño iluminaban sus caritas con resplandores amarillos y anaranjados y le daban a la escena un aspecto dantesco.

El Chino, un morocho grandote, pelo corto, barba candado y una panza prominente, los hizo pasar a una piecita en el fondo y les puso las muestras sobre la mesa que hacía las veces de escritorio. Cerraron el negocio y cuando volvían le dijo a Rafael: “Este tipo es un delincuente. ¿Cómo puede tener pibes trabajando en esas condiciones? ¡Es un explotador! Y el lugar es inhabitable”. “No empecés con tu onda sindicalista. Ya bastante te aguanto con nuestros empleados”, fue la respuesta.

—¿Cómo va amigo? ¿Le duele? —la voz del cirujano lo sacó de sus pensamientos.

—Un poco. Cuando me muevo.

—A ver…—le quita el apósito y comienza a limpiar la herida—. Zafó por un poquito, ¿eh?. Unos centímetros más arriba y no la contaba. Lo único extraño es el ángulo de ingreso de la hoja. Hacía abajo. No es común en este tipo de heridas. Bueno, sigue todo bien.

—¿Cuándo me puedo ir doctor?

—Calculo que mañana, si todo sigue igual. Su amigo, el que lo trajo, dijo que iba a buscar ropa a su casa y volvía. ¡Ah! Y ya puede comer algo. Ahora le dejo la autorización a la enfermera.

—Gracias doc.

En un rato va a llegar Lucho. Se conocen desde la primaria. Siempre fue un bocho. Es abogado y se ofreció a asesorarlo cuando se puso en sociedad con Rafael. Le contó la experiencia y su intención de hacer la denuncia. Lucho trató de disuadirlo. “Mirá que son organizaciones. Que todos hacen lo mismo. Son tipos muy pesados”. “Si no lo hago no me respetaría a mí mismo” fue su respuesta. Aceptó patrocinarlo. Hicieron la denuncia en el Ministerio de Trabajo de Lomas y les dieron fecha de audiencia. “Yo te acompaño ese día como tu abogado” le había dicho. Como no quería cobrarle pensó en hacerle un regalo. Decidió encargar una chapa de bronce para colocar en su puerta que decía: Dr. Luis Angel Flores Abogado. La retiró el día de la audiencia y la guardó en el bolsillón interno de la campera de jean para dársela a la salida de la Audiencia. “Eso nunca pasó” piensa, “debe estar todavía en el bolsa con mi ropa que veo en el placard”.

Ayer a la mañana Lucho pasó a buscarlo por su casa y fueron en su auto hasta Banfield, donde está el Ministerio. Estacionaron en la calle paralela a la Avenida Hipólito Yrigoyen, casi Hipólito Vieytes, a una cuadra. Subían por la escalera al segundo piso y al llegar al último rellano aparecieron el Chino y otro tipo con más pinta de matón que de abogado y comenzó a increparlo.

—¡Hijo de puta! ¡Hiciste que me clausuraran el galpón! —Y se abalanzó sobre él.

—¡Hola! ¿Cómo anda el Justiciero? —dice Lucho entrando—. Te traje algo de ropa porque la que tenías ayer la manchaste toda de sangre. ¡Sos un sucio!

—¡Ah! ¡Qué amigo que sos! Con amigos así… Contame que pasó ayer que lo último que me acuerdo es al Chino viniéndose.

—¡Ah! Después que te ensartó el tipo que venía con él lo agarró y por suerte había dos efectivos de la Bonaerense en el piso y lo redujeron. La audiencia se pospuso por razones obvias y el tipo tiene ahora una causa penal además de la administrativa. Los agentes llamaron a emergencias y yo me vine con vos en la ambulancia. Más adelante veremos como sigue. Ahora lo que importa es que te pongas bien.

—¡Gracias capo! ¡No se qué haría sin vos! Sólo quiero pedirte dos cosas más. La primera que inicies la disolución de mi sociedad con Rafael. Ni quiero verle la cara.

—¡Ja! Eso lo descontaba. Esta mañana mientras desayunaba empecé a preparar los escritos. ¿Y la segunda?

—Que me alcances de esa bolsa de ropa mi campera de jean.

Lucho va hasta la bolsa. La desata, revuelve, saca la campera y se la da. Busca en el bolsillo y saca un paquete.

—Tomá esto es para vos.

Lucho abre el paquete y se queda mirando con expresión sorprendida.

—¡Gracias! Pero mirá esto —le extiende la placa que debajo de la palabra Abogado muestra la abolladura de un puntazo y un rayón hacia abajo.

 

 

 

 

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