El asalto

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Nota del autor:

Este cuento es una especie de secuela del publicado la semana anterior (El viejo). Si bien es una historia que intenta funcionar sola, cambia el narrador y, de alguna manera, viene a cerrar el argumento de El viejo. Sugiero, entonces, leerlo previamente para una mejor comprensión. Muchas gracias.


La justicia, aunque anda

cojeando, rara vez deja

de alcanzar al criminal

en su carrera.
Quinto Horacio Flaco

(Horacio)

—¡Todos quietos! ¡Las manos donde pueda verlas!

Eran cuatro. No identifiqué al que gritó. Dos tenían armas largas. Los otros, pistolas tipo nueve milímetros.  No me sorprendieron. Cuando pararon los autos en la vereda presentí el atraco. Por la forma de estacionar. Entraron muy rápido, no me dieron tiempo a nada. Tampoco pude avisarle a Elena, la administrativa. Ella sí se asustó y empezó a llorar.

—¡Tranquila, levantá las manos despacio! —le dije.

—Venite para acá —la llamó uno con acento paraguayo—. Al suelo los dos.

Mientras me acostaba despacio pude observarlos. El más viejo, como de sesenta y pico, pelo blanco. Otro, de alrededor de treinta y cinco, fornido. Un pibe de veintitantos con el pelo cortado al ras. El morocho que parece paraguayo debe rondar los cuarenta. El segundo me pareció el capo. Los mandó al viejo y al paraguayo al taller.

—Traigan para acá a los que estén en el fondo.

Al rato aparecieron arreando a los cuatro operarios. Los hicieron acostar junto a nosotros y nos pidieron los celulares a todos. El paraguayo arrancó los cables de los teléfonos de línea.

El aserradero está en Camino de Cintura y Ruta 205. Eran las tres de la tarde cuando llegaron. Fridman, el dueño, se había ido al mediodía. Un rato antes que vinieran los de la constructora. Me dejó encargado entregarles el pedido y cobrarle en efectivo. Eran como cuatrocientos cincuenta mil pesos y diez mil dólares. No se entregaba factura.  

El jefe mandó al pibe a cerrar la puerta y dar vuelta el cartel a “Cerrado”.

—¿Quién tiene la llave de la caja? —preguntó el viejo —. Sabemos que recién les entró bastante tela. No se hagan los héroes.

—Yo —dije levantando la mano.

—Levantate despacio y abrila —me dijo señalando la oficina con el caño de la escopeta.

Me levanté despacio y caminé hasta el box del dueño. Cuando llegamos frente a la caja le dije:

—Tengo la llave en el bolsillo. Voy a sacarla. —No quería darle la oportunidad de que pensara que intentaba algo. El tipo sonrió sorprendido y me respondió:

—Dale, tranquilo.

Abrí la caja y me aparté. Él sacó dos bolsos de su mochila y comenzó a llenarlos con los fajos que había en la caja. Revisó una carterita que había en un estante y cuando vio que eran cheques los desechó.

—¿Hay plata en algún otro lado? —me preguntó.

—No, aquí está todo.

Me hizo una seña con el arma y volvimos al salón. Le entregó uno de los bolsos al que parecía el jefe quien le hizo una seña con la mano de pulgar para arriba..

—Salgan en tres minutos le dijo al viejo —mientras se iba con el paraguayo.

El pibe estaba quitándoles las billeteras, relojes y anillos al resto del personal. Me hizo una seña para que le entregara lo mío. Le di mi reloj y el fajo de billetes que llevaba en el bolsillo aclarándole que no uso billetera.

Cuando le tocó el turno a Elena, empezó a tocarla y ella se puso a llorar. El viejo le gritó:

—Dejala pibe. Vinimos a otra cosa.

Se fueron y respiramos todos. Pero habíamos quedado incomunicados.

Mandé a uno de los muchachos al negocio de al lado a que llamara a la policía.

 

Es sábado a la mañana. Estoy con dos de los empleados del taller en la fiscalía de Esteban Echeverría esperando que llegue la fiscal. Nos citaron para una rueda de reconocimiento. El oficial nos contó que ayer varios móviles de la brigada interceptaron a los dos autos a pesar que se habían ido en sentido contrario, deteniendo a los asaltantes. Ahora cuando llegara la fiscal nos iban a presentar distintos grupos de personas para que detrás de un vidrio identificáramos a los detenidos.

Llegó la fiscal y nos hacen pasar de a uno. Yo soy el último.

Entro a un cuarto que tiene una ventana vidriada que da a otra oficina. La fiscal me aclara que del otro lado no pueden verme porque es espejado. En el otro cuarto ingresa un grupo de cinco personas y se paran de frente. La fiscal me dice que me tome mi tiempo y le diga si reconozco a alguien. Miro con calma. El segundo de la derecha es el paraguayo. Lo marco. Salgo por otra puerta. A los operarios que estaban conmigo no los veo. Nos deben separar adrede. La operación se repite dos veces más e identifico al pibe y al que pensé que era el jefe. Le digo a la fiscal que no encuentro en ningún grupo al viejo que sería el cuarto.

—No importa —responde ella—. Creo que el cuarto logró fugar. Muchas gracias por su colaboración. Con esto es suficiente.

 

Me voy para mi casa un poco intranquilo. Si el cuarto está libre ¿correré algún riesgo? Ojalá lo atrapen antes que comience el juicio oral.

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El viejo

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Más sabe el diablo por

viejo que por diablo.

Refrán popular

I

—¿Qué carajo pasó? ¿Cómo nos pudieron sorprender así? —Los gritos de Manolo, acompañados por puñetazos en la mesa nos tiene a todos con las cabezas gachas, incapaces de sostenerle la mirada—. Mejor que piense que fue casualidad a que alguien nos entregó —continua—, porque si llego a enterarme que hubo un buchón entre nosotros y lo descubro, va a lamentar haber nacido.

Manolo es un líder indiscutido. De los treinta y cinco años que tiene, seis los pasó en la cárcel, condenado por robo, homicidio en ocasión de robo, —la empleada de la joyería—,  más una condena adicional por intento de fuga. Salió con libertad condicional hace dos años, mucho antes de lo que le correspondía. Dicen que untó convenientemente a unos fulanos en el juzgado para que le consiguieran el fallo. Me contaron que ahora es más duro e insensible que antes de caer preso.  Con toda la intención de seguir en la misma, apenas pisó la calle, reclutó gente para dedicarse al único laburo que conoce, el afano. A más de uno, por incompetentes, les tuvo que dar la baja anticipada a causa de su obsesión por cuidar todos los detalles y no equivocarse.

Por eso la bronca que está descargando con nosotros en este momento, ante el fracaso de anoche en el restaurante, donde había una mesa de policías comiendo. Cuando empezaron los tiros, los tres que entraron salieron corriendo y rajamos en los dos autos, uno a mi cargo y el otro con Manolo, sin hacerles frente. Él siempre nos dice que sólo nos enfrentemos si estamos acorralados. Algo le hace ruido con esa mesa de policías; de ahí su enojo.

Hace poco más de un año que estoy en la banda. Me trajo el Paraguayo. El Pampa y el Pelado completan el grupo. El Pampa es un tipo jodido, desagradable, de los que no mira a los ojos cuando habla. Ya tuvimos un par de encontronazos. Si bien soy el más viejo del grupo, todavía me da el cuero para ponerle los puntos a cualquiera. El Pelado recién debe haber pasado los veinte. Es hijo de un tipo que Manolo conoció en la cárcel. Es un buen pibe pero anda siempre muy fumado. Siempre le decimos que para salir a laburar hay que estar limpio, con todos los sentidos alertas, pero no sé si nos da bola. Me parece que necesita la droga para darse coraje. Al Paraguayo lo conocí en la villa del Bajo Flores, cuando llegué del sur. Enseguida empecé a meterle mano a los autos que levantaban unos pibes, para hacerme ver, y él no tardó en darse cuenta que sabía de motores y me buscó para conectarme.

—¡A mí me conocés hace una pila de años, Manolo! No sé si todos pueden decir lo mismo —dice el Pampa, haciendo obvia referencia a mí.

—¿Y eso qué garantiza? —pregunto sin mirarlo, y para provocarlo, dirigiéndome a él, le digo— A lo mejor alguien encontró tu precio ahora.

—¡Te voy a cagar a trompadas, hijo de puta! —se levanta como una tromba, haciendo caer su silla hacia atrás.

—Me gustaría que lo intentes —le digo pausadamente mientras me paro—. Sería una buena  oportunidad para que te hagas una dentadura nueva.

—¡Basta! ¡Siéntense los dos! —brama Manolo, golpeando la mesa por enésima vez—. Se terminó la reunión. Salgan de a uno, con intervalos de veinte minutos, ya saben.

Me siento y espero el último turno. Cuando me quedo sólo con Manolo, le digo:

—Si vos querés, se me ocurrió una forma de descubrir si hubo un buchón.

—Te escucho.

Cuando termino de explicarle mi plan, me dice:

—¡Es bueno! Sólo que queda uno afuera…

—¡Sí, claro! Lo que pasa es que nadie está obligado a declarar contra sí mismo.

—¡Siempre tenés una respuesta! —dice sonriendo.

—Para eso uno acumula años. Si no se suma sabiduría también, ¿para qué se vivió?.

II

—Los cité porque hay algo que resolver —dice Manolo, con la voz más grave que de costumbre—. Anoche la brigada abrió un auto, que teníamos estacionado en la cortada que da sobre las vías, en el que, supuestamente, debían estar los fierros para el próximo golpe.  ¿Tenés algo para contarnos Pampa?

—¿Yo? ¿Por qué? ¡Si vos me dijiste que me ibas a avisar cuándo tenía que buscarlo!

—¡Porque eras el único que sabía esa dirección! —grita poniéndose de pie—. Los demás tenían otras direcciones.

—¡Es una trampa! —y dirigiéndose a mí— ¡Vos me la tendiste! ¡Te voy a matar!

Se abalanza e intenta agarrarme del cuello. Me corro de costado dejándolo pasar y le aplico una patada en las costillas haciéndolo caer.

El Pampa se levanta con intenciones de seguirla. Manolo se interpone y le grita fuera de sí:

—¡Basta! ¡Nadie más que vos y yo sabíamos esa dirección!¡Andate! ¡Estás fuera!

El Pampa se levanta, me mira, hace un ademán como de cortarse el cuello y sale. Mirando a los otros dos, Manolo les dice:

—Paraguayo, encárgate de él. Vos, Pelado acompañalo. ¡Con cuidado, que es peligroso!

III

Me sirvo una copa de vino y busco el celular exclusivo que guardo en casa. Creo que tuve un poco de suerte, pero además, el plan que le propuse era bueno. Levantar tres autos, estacionarlos en distintos lugares y pasarle las direcciones a Manolo. Lo que no pude saber es cuál vehículo le asignó a cada uno. El Pelado vino sólo a preguntarme cómo llegar a la dirección que le dio. Al Paraguayo, como creyó que todos teníamos la misma información, le pregunté directamente si conocía la zona. Por la descripción supe cual le tocó. De modo que, por descarte saqué cuál le dio al Pampa.

Hago la llamada. Suena dos veces y atienden.

—Hola, Gutiérrez habla.

—Hola comisario. Soy yo. Tengo los detalles del nuevo golpe.

—¡Ah, bien! Lo escucho.

—Antes quiero agradecerle el operativo en el auto, salió redondo.

—Era fácil. Igual los muchachos se frustraron al no encontrar nada. Yo no les dije que era un cebo. ¿Y lo nuevo?

—Va a ser el viernes, a eso de las 1500 hs, en un aserradero de Camino de Cintura y Ruta 205. Después le paso bien la dirección por WhatsApp. Por lo que se filtró, una constructora va a llevar un pago importante, en efectivo porque es en negro. ¡Por favor! ¡Que sus muchachos no se apuren como en el restaurante! Vamos a estar en dos autos. Yo voy a salir hacia Monte Grande por la 205, y el auto de Manolo hacia la Riccieri por Camino de Cintura. Con que nos esperen un poco más adelante, no va a haber resistencia. El tipo más jodido ya no está.

—Buena data. Tranquilo. Sólo tengo una inquietud personal. ¿Por qué tanta dedicación por un pájaro de poco vuelo?

—Es una historia larga.

—Un jefe que tuve me decía que todo lo que hacen los hombres siempre es por plata o por mujeres.

Alicia, mi hija, me sonríe desde la foto en la pared del cuarto. Sé que en el cielo también estás sonriendo, mi amor. ¡Fue tan injusto que te pasara a vos!  ¡No hacía falta! ¡Ya le habías dado todo lo que había de valor en la joyería! ¡Nada va a hacer que vuelvas, pero al menos este hijo de puta va a estar preso, aunque sea por otra causa!

—Su jefe la sabía lunga, comisario. A lo mejor, algún día, lo charlamos.

 

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Restos del carnaval

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Este lunes, ante la proximidad del Carnaval, vamos a compartir un cuento de la escritora ucraniana-brasileña Clarice Lispector. Si bien nació en Ucrania, cuando la niña tenía dos años sus padres se radicaron en Brasil, primero en Maceió y luego en Recife. A los 10 años falleció su madre y se muda con su padre en Río de Janeiro.

Comenzó a escribir desde muy joven influenciada por escritores brasileños. Luego incursionó en autores extranjeros pero sintiéndose brasileña. Casada con un diplomático viajó y vivió por largos períodos en Europa y Estados Unidos.

Si bien no se consideraba feminista sus textos reflejan su independencia en un mundo que estaba lejos de reconocer a las mujeres en ámbitos distintos de cuidado del hogar y la crianza de los hijos.

Restos del Carnaval

 

No, no del último carnaval. Pero éste, no sé por qué, me transportó a mi infancia y a los miércoles de ceniza en las calles muertas donde revoloteaban despojos de serpentinas y confeti. Una que otra beata, con la cabeza cubierta por un velo, iba a la iglesia, atravesando la calle tan extremadamente vacía que sigue al carnaval. Hasta que llegase el próximo año. Y cuando se acercaba la fiesta, ¿cómo explicar la agitación íntima que me invadía? Como si al fin el mundo, de retoño que era, se abriese en gran rosa escarlata. Como si las calles y las plazas de Recife explicasen al fin para qué las habían construido. Como si voces humanas cantasen finalmente la capacidad de placer que se mantenía secreta en mí. El carnaval era mío, mío.

En la realidad, sin embargo, yo poco participaba. Nunca había ido a un baile infantil, nunca me habían disfrazado. En compensación me dejaban quedar hasta las once de la noche en la puerta, al pie de la escalera del departamento de dos pisos, donde vivíamos, mirando ávidamente cómo se divertían los demás.  Dos cosas preciosas conseguía yo entonces, y las economizaba con avaricia para que me durasen los tres días: un atomizador de perfume, y una bolsa de confeti. Ah, se está poniendo difícil escribir.  Porque siento cómo se me va a ensombrecer el corazón al constatar que, aun incorporándome tan poco a la alegría, tan sedienta estaba yo que en un abrir y cerrar de ojos me transformaba en una niña feliz.

¿Y las máscaras? Tenía miedo, pero era un miedo vital y necesario porque coincidía con la sospecha más profunda de que también el rostro humano era una especie de máscara. Si un enmascarado hablaba conmigo en la puerta al pie de la escalera, de pronto yo entraba en contacto indispensable con mi mundo interior, que no estaba hecho sólo de duendes y príncipes encantados, sino de personas con su propio misterio. Hasta el susto que me daban los enmascarados era, pues, esencial para mí.

No me disfrazaban: en medio de las preocupaciones por la enfermedad de mi madre, a nadie en la casa se le pasaba por la cabeza el carnaval de la pequeña. Pero yo le pedía a una de mis hermanas que me rizara esos cabellos lacios que tanto disgusto me causaban, y al menos durante tres días al año podía jactarme de tener cabellos rizados. En esos tres días, además, mi hermana complacía mi intenso sueño de ser muchacha -yo apenas podía con las ganas de salir de una infancia vulnerable- y me pintaba la boca con pintalabios muy fuerte pasándome el colorete también por las mejillas. Entonces me sentía bonita y femenina, escapaba de la niñez.

Pero hubo un carnaval diferente a los otros. Tan milagroso que yo no lograba creer que me fuese dado tanto; yo, que ya había aprendido a pedir poco. Ocurrió que la madre de una amiga mía había resuelto disfrazar a la hija, y en el figurín el nombre del disfraz era Rosa. Por lo tanto, había comprado hojas y hojas de papel crepé de color rosa, con las cuales, supongo, pretendía imitar los pétalos de una flor. Boquiabierta, yo veía cómo el disfraz iba cobrando forma y creándose poco a poco. Aunque el papel crepé no se pareciese ni de lejos a los pétalos, yo pensaba seriamente que era uno de los disfraces más bonitos que había visto jamás.

Fue entonces cuando, por simple casualidad, sucedió lo inesperado: sobró papel crepé, y mucho. Y la mamá de mi amiga -respondiendo tal vez a mi muda llamada, a mi muda envidia desesperada, o por pura bondad, ya que sobraba papel- decidió hacer para mí también un disfraz de rosa con el material sobrante. Aquel carnaval, pues, yo iba a conseguir por primera vez en la vida lo que siempre había querido: iba a ser otra aunque no yo misma.

Ya los preparativos me atontaban de felicidad. Nunca me había sentido tan ocupada: minuciosamente calculábamos todo con mi amiga, debajo del disfraz nos pondríamos un fondo de manera que, si llovía y el disfraz llegaba a derretirse, por lo menos quedaríamos vestidas hasta cierto punto. (Ante la sola idea de que una lluvia repentina nos dejase, con nuestros pudores femeninos de ocho años, con el fondo en plena calle, nos moríamos de vergüenza; pero no: ¡Dios iba a ayudarnos! ¡No llovería!) En cuanto a que mi disfraz sólo existiera gracias a las sobras de otro, tragué con algún dolor mi orgullo, que siempre había sido feroz, y acepté humildemente lo que el destino me daba de limosna.

¿Pero por qué justamente aquel carnaval, el único de disfraz, tuvo que ser melancólico? El domingo me pusieron los tubos en el pelo por la mañana temprano para que en la tarde los rizos estuvieran firmes. Pero tal era la ansiedad que los minutos no pasaban. ¡Al fin, al fin! Dieron las tres de la tarde: con cuidado, para no rasgar el papel, me vestí de rosa.

Muchas cosas peores que me pasaron ya las he perdonado. Ésta, sin embargo, no puedo entenderla ni siquiera hoy: ¿es irracional el juego de dados de un destino? Es despiadado. Cuando ya estaba vestida de papel crepé todo armado, todavía con los tubos puestos y sin pintalabios ni colorete, de pronto la salud de mi madre empeoró mucho, en casa se produjo un alboroto repentino y me mandaron en seguida a comprar una medicina a la farmacia. Yo fui corriendo vestida de rosa -pero el rostro no llevaba aún la máscara de muchacha que debía cubrir la expuesta vida infantil-, fui corriendo, corriendo, perpleja, atónita, ente serpentinas, confeti y gritos de carnaval. La alegría de los otros me sorprendía.

Cuando horas después en casa se calmó la atmósfera, mi hermana me pintó y me peinó. Pero algo había muerto en mí. Y, como en las historias que había leído, donde las hadas encantaban y desencantaban a las personas, a mí me habían desencantado: ya no era una rosa, había vuelto a ser una simple niña. Bajé la calle; de pie allí no era ya una flor sino un pensativo payaso de labios encarnados. A veces, en mi hambre de sentir el éxtasis, empezaba a ponerme alegre, pero con remordimiento me acordaba del grave estado de mi madre y volvía a morirme.

Sólo horas después llegó la salvación. Y si me apresuré a aferrarme a ella fue por lo mucho que necesitaba salvarme. Un chico de doce años, que para mí ya era un muchacho, ese chico muy guapo se paró frente a mí y con una mezcla de cariño, grosería, broma y sensualidad me cubrió el pelo, ya lacio, de confeti: por un instante permanecimos enfrentados, sonriendo, sin hablar. Y entonces yo, mujercita de ocho años, consideré durante el resto de la noche que al fin alguien me había reconocido; era, sí, una rosa.

Clarice Lispector

“Restos do carnaval”,
Felicidad clandestina, 1971

 

Biografía

Clarice Lispector . De origen ucraniano, Clarice Lispector nació con el nombre de ‘Chaya Pinkhasovna Lispector’ el 10 de diciembre de 1920, en Chechelnik, Ucrania, tercera hija de Pinkhas y Mania Lispector. Murió en Río de Janeiro el 9 de diciembre de 1977 a las diez y media en la mañana, a los 56 años, víctima de un cáncer de ovario.

Es considerada una de las más importantes escritoras brasileñas del siglo XX. Pertenece a la tercera fase del modernismo, el de la Generación del 45 brasileña. De difícil clasificación, ella misma definía su estilo como un «no estilo». Aunque su especialidad ha sido el relato, dejó un legado importante en novelas, entre las que se cuentan La pasión según G. H. y La hora de la estrella, además de una producción menor en libros infantiles, poemas y pintura.

 

 

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Morir en el pescante

Morir en el pescante

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Muchos no creen en nada,

pero temen a todo.

Friedrich Hebbel

La madrugada del lunes 13 de febrero de 1950 se presentó con una feroz tormenta de verano. De esas que se descargan luego de un día sofocante y pesado. Sin embargo, en Ezpeleta, al sur del conurbano bonaerense, la actividad laboral se cumplía con normalidad. En un par de horas, algunos operarios marcharían hacia la localidad de Quilmes a trabajar en la cervecería. Pero también las pequeñas actividades locales se ponían en marcha.

Así, José Echea, más conocido como El Vasco, ataba a Mora, su yegua, al carro de lechero. Nada hacía presumir que ese día moriría en el pescante.

El Vasco iba de lunes a viernes con su carro cargado de tachos lecheros hasta la ruta donde un camión, que venía desde Ranchos, traía la leche recién ordeñada de los tambos de la zona. Luego hacía el reparto, casa por casa, en su barrio y alrededores. Las vecinas salían con su jarra en la que él vertía el líquido con un envase de aluminio que, se suponía, era la medida de un litro. Los sábados no trabajaba porque a la mañana jugaba pelota vasca con sus amigos y a la tarde sufría en la tribuna del Club Atlético Argentino de Quilmes. Trabajador como el que más, su única debilidad era el cigarrillo. O por lo menos a eso le atribuía su agitación y falta de aire cuando jugaba pelota, lo que le provocó desmayos en más de una oportunidad. Su familia no sabía nada porque les había prohibido a sus amigos que lo mencionaran. A los cincuenta años, el Vasco era un tipo respetado en el barrio por su trabajo y en la tribuna por su coraje.

A pocas cuadras de allí, Arnoldo Cardozo, alias El Negro, se despertaba alarmado por la tormenta a las cuatro de la mañana.

El Negro había nacido en Ezpeleta y siempre había vivido en su casa natal. A los veinte años, trabajaba, con su padre y su hermano mayor, en el cementerio de la localidad que, en realidad, era conocido como el “cementerio de Quilmes”, por ser cabeza de Partido. Desde chico había acompañado a ambos en su tarea de cuidar y mantener las tumbas, nichos y bóvedas. Renovaban los jardines, lustraban las placas de bronce, colocaban los mármoles y monumentos, cobrando una mensualidad a los deudos. Su casa estaba ubicada frente al paredón trasero del predio. Su padre había clavado en los ladrillos unos fierros escalonados que ellos usaban, en ocasiones, para entrar al cementerio sin necesidad de dar toda la vuelta hasta la entrada principal o cuando ésta estaba cerrada.

Sus amigos bromeaban cuando lo veían llegar al bar, donde se juntaban a jugar al billar:

—¡Che! ¿No sienten olor a velorio? —preguntaba uno.

—¿Sabés que sí? —decía otro.

—¡Gallego! ¡Tirá un poco de acaroina! —gritaba un tercero dirigiéndose al dueño del bar.

Sin embargo, realmente, lo admiraban.

—¿No te da miedo entrar o quedarte solo después que cierran? —le preguntan.

—¡No! ¡Para nada! ¡A los vivos les tengo más miedo! —respondía riendo.

¿Qué circunstancias se encadenan de tal manera para que, en un momento,  dos caminos separados se crucen? ¿Qué fuerza hace que ese encuentro termine en tragedia? ¿Existe una mano invisible que mueve los hilos de cada persona, como si fueran marionetas, y los coloca en el momento preciso y en el lugar indicado para que las cosas ocurran? Los creyentes seguramente se lo atribuyen a Dios, los otros al destino o simplemente a la casualidad.

En medio del aguacero el Vasco terminó de atar la yegua. Se apuró a revisar los tarros para comprobar que estuvieran limpios, subió al pescante y azuzó al animal. Tenía que llegar a la ruta antes que las calles de tierra del barrio se hicieran intransitables. Para cortar camino enfiló por la calle de atrás del cementerio.

El Negro saltó en la cama con el estampido del rayo. Todavía somnoliento, se sentó escuchando el silbido del viento y el golpeteo de la lluvia sobre el techo de chapa. Recordó que la tarde anterior su padre le había pedido que dejara las puertas de las bóvedas abiertas para que se ventilaran después del calor sofocante del día. Si las puertas se golpean se van a romper los cristales, además de mojarse los cajones”, pensó, “Mejor me voy a cerrarlas”

Buscó una linterna y, para no perder tiempo salió como estaba, camiseta y calzoncillo blanco. “Quién va a andar por la calle a esta hora”, pensó. Saltó el muro, tomó el camino que bordea el sector de tumbas más antiguas que sale justo a la calle de las bóvedas. El viento doblaba las copas de los árboles y producía un silbido que, a cualquiera que no estuviera acostumbrado lo hubiera paralizado. La lluvia arreció de tal manera que su linterna se mojó y dejó de funcionar. Como no se veía nada siguió caminando de memoria. Cada tanto los relámpagos lo iluminaban mostrando que iba bien. Cuando iba llegando a las bóvedas escuchó cómo se golpeaba una puerta con el viento. Corrió y se dio cuenta que el camino había comenzado a inundarse. Fue primero a la de los Losada que tiene subsuelo, rogando que el agua no hubiera rebalsado el escalón. Sacar el agua de allí sería un trabajo de locos. Se alegró que no hubiera pasado. Cerró todas las bóvedas sin que se dañara nada. Estaba mojado como si le hubieran volcado encima el tambor donde se junta el agua de lluvia.

El carro del Vasco avanzaba trabajosamente entre las huellas barrosas de la calle. Cubriendo con la palma de la mano para que no se moje el segundo cigarrillo encendido esa madrugada se paró en el pescante para ver mejor.

El Negro, empapado pero feliz porque todo había quedado en orden, llegó al paredón y empezó a trepar desde adentro. Pasó un pie por arriba y había empezado a descolgarse, cuando un rayo cayó muy cerca iluminando toda la escena.

Cuando ya iba por la mitad del trayecto, el Vasco prendió su tercer cigarrillo, usando varios fósforos. El relámpago iluminó la calle y vio, con espanto, una figura blanca que saltaba el paredón del cementerio y se descolgaba hacia la calle.

—¡Dios mío! ¡Dios mío! —gritó tironeando de las riendas.

El Negro escuchó los gritos y vio al caballo patinando en el barro y sin dudar se dirigió hacia el carro para socorrerlo.

El alarido del Vasco llenó la calle. La yegua, al sentir las riendas flojas, se lanzó al galope y el carro se perdió en la noche.

El Negro se quedó parado en la vereda sin saber cómo reaccionar. Se fue a acostar pero no pudo conciliar el sueño.

La mañana se presentó soleada. La tormenta había quedado atrás. Tomando mate con su madre en la cocina escuchó que llegaba su hermano a buscarlo para ir a trabajar.

—¿Saben que pasó? —les dijo— Vine por la barrera. Estaba la policía. Encontraron un carro parado de este lado. El lechero estaba muerto en el pescante. Un ataque al corazón.

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Regreso del infierno

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Que el cielo exista, aunque

nuestro lugar sea el infierno

El Aleph – Jorge Luis Borges

Todavía no se había puesto el sol en la calurosa tarde de verano, cuando bajó del colectivo, dobló en la esquina, avanzó hasta la mitad de la cuadra y se detuvo frente a una casa. José miró la numeración y comprobó que coincidía con el papelito que traía en el bolsillo de la camisa. Era una casa antigua, con puertas de hierro doble, de rejas y postigos de vidrio en cada hoja. La entrada daba a un hall con puerta cancel de madera, también de dos hojas, una de las cuales estaba abierta.  Los techos eran altísimos.

José tocó el timbre y esperó. Unos segundos después una señora canosa se asomo por la puerta cancel y le hizo señas que espere. Enseguida volvió con un llavero en la mano, pero solo abrió uno de los postigos.

—¿Si? — le dijo esbozando una sonrisa.

—Soy José —atinó a decir con voz ronca.

—¡ Ah si! ¿Vos llamaste por teléfono? Todavía es temprano, —y abriendo la puerta, le hizo un gesto para que pasara— igual podés esperar en la recepción.

José cruzó la puerta cancel y se encontró en una habitación cuadrada, con un gran ventanal de vitraux con motivos florales, una puerta de metal, abierta, que dejaba ver un patio con varias macetas de malvones y jazmines.

Sobre su derecha una puerta doble, de madera, con cuadriculas de vidrio de la mitad para arriba, daban paso a una gran habitación.

En un rincón, un pequeño escritorio, con una PC, un teléfono y un tarrito lleno de lapiceras. Contra la pared algunas sillas y una cartelera de corcho con varios afiches clavados.

Se sentó en una silla, cerró los ojos y dejó vagar su mente.

El último año había sido muy duro para él. Los arquitectos con los que había trabajado desde que llegó de Corrientes con su familia, hace casi 15 años, habían disuelto la sociedad, y él se había quedado sin trabajo. Al principio todos se lo disputaban para llevarlo a sus obras, porque era un albañil de lo mejor. Pero en este momento ninguno quería tenerlo, y no sabía por qué.

Había conseguido algunas changas, de peón, no de oficial, pero también duraba poco.

“Encima, la Rosa, me regaña cada vez que llego a casa porque paso por el boliche y me tomo un vino”, pensaba, “¿para que trabaja uno si no puede tomarse un vino?”

“La Rosa es una gran compañera. Cuando llegamos de Corrientes, con el Santiago, que tenía dos añitos, enseguida encontró trabajo en una casa de familia, a la que le permitían llevar al nene. En los últimos años, cuando mi trabajo había empezado a andar mejor, ya no trabajaba afuera. ¡Pero en este último año estaba insoportable! Protestaba porque llegaba tarde, porque había tomado un poco. Y si me enojaba, lloraba y no quería que me le acercara. Hacía como dos meses que no teníamos relaciones. Y la última vez casi había tenido que ser a la fuerza, porque tampoco quería.”

“Y el último viernes, justo me había peleado con el capataz, y me habían hecho la liquidación, así que pasé por el boliche.”

“Cuando llegué a casa, la Rosa empezó a gritarme, que mirá como venís, que no tenés vergüenza…y casi sin darme cuenta, le pegué un sopapo”

“Se encerró en la pieza llorando, y apareció el Santiago, y me dio un empujón, y me dijo con una firmeza que no conocía: ¡Papá, basta! ¡ No vuelvas a tocar a mamá nunca más! Estás siempre borracho, por eso te echan de los trabajos, por eso nadie te quiere tener en su plantel, por eso mamá te aguanta lo que no aguantaría nadie. ¡Pero si no buscás ayuda pronto, te voy a echar de casa!”

“Me quedé parado, mirándolo y comencé a llorar como un chico. Yo no quería pegarle a la Rosa, yo la amo, y al Santi también, no me quería quedar sin ellos…”

—José, ya comienza la reunión —la voz de la señora lo sacó de sus pensamientos. Ahí se percató que había llegado más gente.

Se paró caminó despacio hacia la habitación que estaba a su derecha. Estaban sentados en ronda. Ocupó una silla, y cuando el que dirigía le dio la bienvenida y le pidió que se presentara, dijo:

— Me llamo José, soy alcohólico, quiero dejar pero sólo no puedo…

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Blanquito

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                           Podemos juzgar el corazón de un

hombre según trata a los animales.

Inmanuel Kant

I

El sábado se estaba yendo. Abel ajustó las ruedas al eje y probó su rodamiento al aire. Es aceptable —pensó—, tal vez haya que poner un poco más de lubricante. Usó el aerosol. Probó nuevamente. Ahora sí.  Lo puso en el suelo y levantó el arnés. La gomaespuma se había adherido bien, sobre todo en la zona de roce. Recordó la cara de su madre cuando llegó del trabajo con un changuito[1] nuevo.

—¡No me digas que te vas a dedicar a hacer las compras de la casa! —le dijo su mamá.

—¡No ma! Te compré uno nuevo porque voy a usar el viejo en un proyecto que tengo.

Navegando en internet había encontrado esa foto que hizo que su corazón roto volviera a latir esperanzado. La duda era: ¿podría hacerlo? Por lo menos tenía que intentarlo.

A su alrededor, las distintas piezas diseminadas por el piso formaban un extraño rompecabezas. Miró el plano extendido sobre la mesa de trabajo comprobando que había cumplido todos los pasos previos. Llegó el momento de ensamblar. Era la hora de la verdad: comprobar si lo plasmado en el papel se transformaba en lo imaginado.

Comenzó a acoplar las partes y poco a poco el conjunto fue tomando forma hasta convertirse en el producto concebido.

Lo puso en el medio del galpón que le servía de taller y se lo quedó contemplando sentado en el piso, con la espalda recostada contra una de las paredes. Si fuera creyente rezaría —se dijo— pero no sabía cómo hacerlo. Y pensar que puteaba en las horas de Tornería y Soldadura en la escuela. Tenía que reconocer que sin lo que le rompieron las pelotas los profes para que aprendiera no hubiera podido hacerlo. Por primera vez en tres semanas esbozó una sonrisa. Lástima que los docentes no se enterarían de su tardío agradecimiento.

Esa noche, mientras acariciaba la cabeza de Blanquito, su perro, cerró los ojos y dejó volar sus pensamientos. A pesar de que no podía evitar revivir con dolor los últimos acontecimientos, se fue quedando dormido.

 

II

Blanquito llegó a la vida de Abel dos años atrás. Lo encontró un día de tormenta, todo mojado, debajo de un banco de la plaza, cuando regresaba del colegio.

—¡Eh amigo! ¿Qué hacés ahí abajo? Vení, no tengas miedo.

El perrito se fue acercando arrastrándose, con la cola entre las piernas, muy asustado.

—¡Tranquilo amigo! —le dijo mientras lo acariciaba— Vamos a casa, vas a secarte y estar calentito.

Cuando llegó con el perro su madre puso reparos.

—¿Un perro en casa? ¡Sabés que a papá no le gustan los animales!

—¡Pero mamá! ¡Mirá como está de sucio y mojado! Y seguro tiene hambre también. Yo me voy a ocupar de todo.

—Está bien, pero hablá vos con tu padre cuando regrese del trabajo.

Cuando llegó el papá no protestó como preveía su madre, sino que, en seguida sintió empatía con el perrito. Sólo en algo fue terminante:

—Está bien Abel, que se quede. Pero vos te vas a hacer cargo de todo: cuidado, limpieza, paseo, comida. Todo ¿eh?

—¡Sí pa! ¡Quedate tranquilo!

Blanquito es un perro de raza indefinida, blanco —de allí el nombre que recibió— y pelo largo, tal vez influencia de un Collie entre sus antepasados. En poco tiempo se hicieron inseparables. Blanquito lo acompañaba al colegio y luego volvía a la casa. Al regreso lo esperaba en la puerta y al verlo venir corría a su encuentro, ladrando y saltando. En diciembre pasado Abel terminó su secundario, y hacía dos meses que había comenzado a trabajar como técnico mecánico en la fábrica de rulemanes del pueblo. El perro lo acompañaba al trabajo y lo esperaba con la misma ansiedad. A la noche dormía hecho un rulo a los pies de su cama, apoyado sobre las piernas del joven.

 

III

Cuando cobró su primer sueldo se dio el gusto de comprar la ansiada pelota de fútbol que, hacía más de tres años, veía con admiración en la vidriera de la casa de deportes. El sábado siguiente, a la hora en que se juntaba con los pibes a jugar a la pelota, llevó, con orgullo, su nueva adquisición. A esta actividad Blanquito nunca lo acompañaba porque después del partido se iban todos al local de comidas rápidas que está en el centro. Pero ese día, el perro parecía tan entusiasmado como él con la pelota nueva. La corría, la tomaba entres sus patitas delanteras y la hacía rodar, saltaba sobre ella y la paraba con el cuerpo. Finalmente, le dio pena dejarlo en casa y lo llevó.

El partido se estaba desarrollando con la “normalidad” habitual. Discusiones, cargadas, alguna pierna fuerte, enojos… Lo de siempre. Blanquito, sentado al costado de uno de los arcos, observaba con atención. Abel, jugando como defensor central, salió a cortar un contragolpe del equipo rival y perdió en el mano a mano con el delantero y éste remató al arco lejos del alcance del arquero. La pelota siguió su curso al traspasar el arco sin red y cruzó la calle. Blanquito salió disparado detrás de ella. Chirriar de frenos, golpe, aullido. Todo se desencadenó con rapidez.

—¡Blanquito! ¿Qué paso? —llegó hasta donde estaba el perro acostado quejándose. Se arrodilló acariciándolo— ¡Amigo! ¡No te mueras! ¡Por favor! Aguantá hasta que te lleve al veterinario.

Lo revisó. No parecía tener heridas externas.

—No lo muevas, dejalo acostado —dijo alguien— Esperá que ahora vengo.

El conductor del auto que lo atropelló, se disculpaba:

—¡Apareció de golpe! ¡No tuve ni tiempo de frenar!

Volvió el hombre que había pedido que esperara. Traía una tabla de madera terciada. La pasaron despacio debajo del cuerpo del perro y lo levantaron como si fuera una camilla. El conductor del auto se ofreció a llevarlo al veterinario.

Abel vivió dos semanas para olvidar. Radiografías, análisis, antibióticos, darle de comer en la boca porque no podía pararse. Sólo quería que terminara pronto y que Blanquito saliera de eso. Se sentía culpable por haberlo llevado al partido. Finalmente el veterinario le dio el alta pero con un diagnóstico que, para Abel, fue una puñalada:

—No tiene heridas internas, va a salir de esto, pero…tiene dañada la columna, las patas traseras no volverán a caminar.

 

IV

Domingo por la mañana. Abel se despertó temprano. Blanquito dormía a los pies de la cama. Claro que ahora lo subía y lo bajaba él, para ponerlo en su cucha.

—¡Vamos Blanquito! ¡Hoy es el día!

Lo alzó y lo llevó al galpón. Lo puso en el suelo sobre una manta mientras preparaba todo. En el medio estaba, tal como la dejara anoche, la “calabaza” que se había transformado en “carroza”.

—A ver amigo —le dijo mientras colocaba las patas traseras del perro apoyadas en el correaje.

La correa pendía de dos varas, como la de los carros tirados por caballos. La parte trasera de las varas se apoyaban en sendos parantes soldados al eje de las ruedas. La parte delantera estaba enganchada al arnés, que Abel pasó por la cabeza de Blanquito y fijó con una hebilla alrededor de su lomo.

—¡Listo amigo! —su voz denotaba la ansiedad contenida tanto tiempo.

Se apartó unos pasos. Blanquito quedó parado sobre sus patas delanteras, mientras las traseras reposaban sobre el correaje del carrito.

Esperó a ver qué pasaba. Blanquito dio un paso y el carro avanzó. Cuando se dio cuenta que podía moverse comenzó a caminar más rápido.  Empezó a dar vueltas por el galpón, ladrando y salió por la puerta a corretear por el jardín.

Recostado en el marco de la puerta del galpón, Abel lo veía correr mientras sus lágrimas dejaban un sabor salado en las comisuras de sus labios.

[1] Nombre coloquial que se le da en Argentina a un carrito que se usa para compra.

 

 

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