Clica para calificar esta entrada!
[Total: 0 Promedio: 0]

No me acuerdo de nada. Parece como si de un momento a otro alguien me hubiera reseteado el cerebro y se hubiese perdido toda la información que contenía hasta el día de hoy. Hago verdaderos esfuerzos, hasta que pesadas gotas de sudor caen por mi frente y se entremezclan con mis lágrimas de desesperación, hasta el punto de que soy incapaz de discernir si este ligero sabor salado que llega a mis labios procede de mi llanto o no es más que el reducto del sudor de mis esfuerzos.

Hará apenas dos horas que desperté aquí, en este calabozo sombrío que ni siquiera sé en qué ciudad se encuentra. Acaban de someterme a un intenso interrogatorio acerca de algo que no llegaba a comprender. Si no recuerdo ni mi nombre, ¿cómo esperan que recuerde otros detalles? Estoy desesperado, algo en mi interior me dice que yo sería incapaz de hacer algo como aquello de lo que se me está acusando. Estoy seguro, tengo el interior tranquilo, estoy por completo seguro de que soy una persona apacible y de buen corazón. Pero parecen estar tan seguros cuando me acusan, no me preguntan si he sido yo, tan solo se limitan una y otra vez a preguntarme por qué lo he hecho y, sobre todo, para qué.

Quizá si descanso un poco consigo relajarme lo suficiente para intentar esclarecer algo en mi mente, que ahora mismo es un completo caos. Cierro los ojos, pero parece que hubiese dormido durante varios días, el sueño no me alcanza. A lo mejor es solo el estado de nerviosismo en el que me encuentro el que me impide dormir. Aun así, permanezco con los ojos cerrados, concentrado, intentando relajarme con respiraciones controladas.

Una mujer que desconozco se asoma al calabozo, agarrándose con desesperación a los barrotes, pero la retiran enseguida. Me llama la atención que me haya llamado por el mismo nombre con el que me habían nombrado los policías en el interrogatorio. ¿Será ese en verdad mi nombre? Tendré que asumir que sí, al menos hasta que comience a recordar, si es que consigo hacerlo.

A ver, Ramón, piensa. Qué bien sienta tener un nombre después de tanto tiempo perdido en los vericuetos de la memoria, aunque ni siquiera sé si es real. En cualquier caso, a lo mejor el nombre me ayuda a recordar algo, por nimio que pueda parecer. Me esfuerzo, juro que me esfuerzo, pero no consigo nada más que levantar una terrible jaqueca que me deja derrotado. El dolor se agarra con fuerza a mi sien y ojo izquierdos, vuelvo a tumbarme en un intento por sofocar el dolor tan intenso que me hace apoyar con fuerza la cabeza contra el camastro.

En uno de los pinchazos siento como si un rayo hubiese atravesado mi cerebro y lo hubiera partido en dos. Pero, a la vez, parece que ese chispazo comienza a recuperar parte de esa vida que supuestamente he perdido en el tiempo que haga que llevo aquí. Olvidé preguntarlo, por cierto.

Por mi caótica mente pasa Nuria, la mujer que hace unos minutos se agarraba con fuerza a los barrotes emitiendo gritos desesperados. Es mi pareja, ahora lo sé, de la misma manera que sé que en su hasta ahora liso vientre se aloja ya el fruto de nuestro amor.

Como si de un fogonazo se tratase, termino por recordar todo en cuestión de segundos. Me siento mareado, aturdido. La nueva información da vueltas en mi mente igual que si estuviera en una centrifugadora. El embarazo de Nuria, mi desempleo de larga duración, los impagos de la hipoteca, la carta de embargo… Recuerdo salir de mi casa a última hora de la tarde con mi bolsa de deporte, darle un cariñoso beso a Nuria antes de salir, la euforia pletórica que embargaba mi mente cuando todo el plan que había trazado minuciosamente estaba a punto de cumplirse, la adrenalina correr por mis venas como en una carrera contra reloj.

A partir de ahí, nada. El abismo más oscuro. Sé cuál era mi plan y puedo hacerme una idea de lo que ha pasado, pero mi mente lo ha eliminado por completo de mis recuerdos. Puede ser la coartada perfecta, o no. No lo sé. Lo único que sé es que cuando tenga que responder ante el juez, de mi boca solo saldrá la verdad cuando diga: «No sé cómo han llegado dos millones de euros a mi bolsa de deporte, señoría».