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La hora de los acúfenos llega tanto a las 12 de la noche, como a las 10 de la mañana, o en cualquier otro momento, siempre que haya silencio a mi alrededor. Ya sabes a qué me refiero. Son una sensación auditiva no provocada por un sonido exterior. De modo prosaico se les atribuye ser indicadores de algún cambio en el flujo sanguíneo. Eso es mentira, y hay que decirlo así de claro. Los acúfenos ni tienen explicación ni falta que les hace.

Puede parecer algo misterioso pero esos ruidos no son una presencia fantasmagórica venida del más allá para entrometerse en mi normalidad cotidiana, porque yo no sé si tengo de eso, quiero decir, si poseo algo como normalidad y cotidianidad. Además, no creo en espíritus. Tampoco siento estos ruidos como una avería en mis tímpanos ni como un batallón de trompetas de infantería que anuncian con honores la llegada de los primeros achaques. Al contrario: tal como yo lo vivo, se presentan para aportar a mi vida una banda sonora que yo, como crítico musical, calificaría de posminimalista y experimental, de gran calidad artística. Es un zumbido que puedo interpretar de distintos modos. Puede ser inquietante como de película de psicópatas; puede ser relajante y zen; quizás puedo tomarla como ambiental, como una nueva versión de aquello que llamábamos Hilo Musical, pero solo para mí. Hay veces que es un “tinnitus pulsátil”, que marca un ritmo perfectamente acompasado con mis latidos. Eso mola. Otras veces es como un soplido en el pabellón auditivo: da gustirrinín. O oigo un silbido. Yo soy un gran silbador, y me prodigo lo mío entonando una especie de segunda voz silbada de lo que ponen en los 40 principales, y ahora con los acúfenos llegaré a ser un virtuoso del tema. Lástima no poder grabarlo, claro. Frecuentemente oigo como un murmullo. Eso genera el ambiente previo al inicio de cualquier evento, como de nervios y sudoración fría en las manos, pero como a mí me gusta mucho hablar en público, pues me viene perfecto, porque son como los susurros de antes del inicio de una gala, de modo que algunas veces me muevo por mi casa haciendo discursos. A mis hijos les extraña, claro, que estén hablando conmigo y de pronto me oigan decir por el pasillo: “damas y caballeros, ante todo, quisiera agradecer su presencia en esta estimulante velada con la que tanto honran a mi humilde persona…”

-¡Papá, pero qué dices!

Se creerán que estoy loco. Pero no. ¡Qué va! Nada más lejos. Eso es todo por los acúfenos.

He tenido mucha suerte con los tintineos que me han correspondido y, por supuesto, no pienso prestarme a ningún tipo de tratamiento. No me los quiero curar. ¿Recordáis la canción de Atahualpa?

Porque no engraso los ejes
Me llaman abandona’o
Si a mí me gusta que suenen
¿Pa qué los quiero engrasaos ?

E demasiado aburrido
Seguir y seguir la huella
Demasiado largo el camino
Sin nada que me entretenga

No necesito silencio
Yo no tengo en qué pensar
Tenía, pero hace tiempo
Ahora ya no pienso mas

Los ejes de mi carreta
Nunca los voy a engrasar

Seguramente no tienen cura. A lo mejor podrían ponerme Spotify, con un canal chill out o algo más convencional todavía. ¡Ni hablar de eso! Calcula lo que supondría tener un pianista metido en cada oreja. Imagina que por culpa de tus acúfenos te toca escuchar uno de esos pianistas tristes que interpretan magistralmente todo tipo de canciones en la melancolía de los halls de los hoteles de lujo para ejecutivos. Esos pianistas Incitan a practicar un sexo blue, sí, sexo azul, azul oscuro petróleo, como de blue velvet, pero sin llegar a tanto. Un  sexo amargo y desesperado entre desconocidos. Esos pianistas incitan también al alcoholismo. Esas canciones sí que hacen que te sientas solo y fuera de tu casa, pero para mal. Yo no necesito que me injerten esos sentimientos que de por sí, siempre me han perseguido. Prefiero la compañía mis acúfenos, porque son cultos, vanguardistas, sutiles, como de película de serie de las buenas. Hay un remoto esnobismo, reminiscente, como en esos cuadros que son basura, que no son nada, salvo feos, pero circulan por todas las exposiciones e incluso encuentran algún petimetre que asegura sentirlos, comprenderlos y hasta los compra. Mis acúfenos son también una melodía desestructurada e indescifrable, sonidos sin sentido, y, como un test de Rorschachs, me permiten proyectar otros sonidos acordes con mis pensamientos, y escuchar en sus zumbidos lo que primero me brinque a la mente. Debería escucharlos más, prestarles más atención. Y poder subir el volumen, porque esa es una limitación importante que te impide oírlos bien en la ducha o en la calle, y espero que las siguientes actualizaciones me permitan sustituir una configuración tan básica por otra que prevea la posibilidad de conectar con los altavoces del coche.

Mis acúfenos… No te acomplejes si tú todavía no los disfrutas. Quizás en el futuro… No hay que desesperare. Son un lujo, otro nivel, otra categoría… Tanto es así, que no sé yo si podré preservar mi natural campechanía, y mi modo de ser, asequible, directo y majetón. Temo que mi personalidad de tan llana cordialidad se vea afectada por estos ruiditos tan elitistas, y que mi temperamento buenazo no sea compatible con la elegancia de los zumbidos que se generan en mi sistema auditivo. Que se me suban a la cabeza y me vuelva más tonto de lo que a lo peor ya soy. En realidad, no tengo de qué presumir. Es una música progresiva que no he compuesto yo. Es como si de pronto presumo de que la Fulls Overture sucede en mis oídos.

Una cosa que me preocupa es que este fenómeno tenía más sentido cuando pensaba que yo era el protagonista de mi vida y todo lo demás era atrezzo. Ahora que ya sé que la protagonista de mi vida eres tú, ¿Debería escuchar tus acúfenos en vez de los míos para tener la banda sonora apropiada? Esta noche acercaré bien mi oído al tuyo, y ya verás: en esta época en la que tanto se airean las perversiones, nosotros vamos a salir despuntando con esta nueva modalidad de acoplamiento de orejas y vamos a captar toda la atención que quede por ahí suelta todavía. Sé que incurriré en cursilería si te digo lo que creo: que tus acúfenos serán como el sonido del mar que se escucha en las caracolas. ¡Toma ya! O quizás en ti se oiga como cuando te metes mi oreja en la boca y la ensalivas, con ese ruido de chapoteo y mojadina que hacen las cabras antes de deglutir una porción del prado, “con fruición y glotonería”. No podría resistir la escucha de tus acúfenos durante  todo el día, si esa fuera la sensación que me provocase. Cada cosa en su momento y los nabos en adviento.

¿Cuántas parejas sucumbirán ante un problema de incompatibilidad de sus respectivos acúfenos, que suenan de modo desacompasado, inarmónico y con mutuas discordancias? ¡Madre mía! ¡Hay que ver lo que da de sí este tema y lo poco que se preocupa la administración!

Enrique Brossa
Soy una maquina de escribir que lleva mucho tiempo sin usar y quiero hablarte de mí. Español, varón. Adolescente desde hace décadas. Mi educación no fue de letras pero mi pasión sí. Soy al mismo tiempo emprendedor y perezoso. Me gusta mucho hablar, pero hablo poco cuando hay poco que decir o que escuchar. Me encuentro muy bien tomando algo en cualquier terraza, tanto en compañía de buenos conversadores, como con algo para leer o para escribir. Disfruto con la polémica. Veo mejor de lejos que de cerca. Odio los detalles. Tengo una relación contradictoria con lo convencional que se refleja en todo lo que escribo. Mi firma, como mi vida, está hecha de trazos paralelos, es decir, que no convergen. Soy algunas veces demasiado cándido, otras desconfiado. Noto que puedo influir en la gente, pero no suelo aprovecharme de este poder. Al contrario de lo que ocurre en nuestro tiempo, no siento fascinación alguna por el mal, porque me parece terrenal y simple y dentro de mí hay un arzobispo sin religión ni fieles. Soy solitario y sufridor. Soy un ermitaño en la ciudad. Un audaz aventurero: un explorador ante un despacho. Tengo los pies grandes y los hombro pequeños. Soy el viento de bohemia que se mete en una celda. Sería el mejor de los amigos, si los tuviera, ya que exijo en los demás la madera del árbol que nunca existió. Aprecio la indulgencia y la compasión. Puedo estar ofuscado o lúcido, pero escribiendo me siento mejor. Escribir no es para mí ni un viaje al infinito ni a mi propio interior, sino al centro de la Tierra.
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