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Hoy me he subido al coche para ir a buscar un pedido que necesitábamos en casa. Tenía sensación de estar violando alguna norma anti coronavirus, aunque en realidad no era así, pero llevaba tanto tiempo sin salir que me encontraba algo extraño.
La mañana de hoy era brillante, estupenda. Había una especie de sonrisa eufórica titilando en cada hoja de cada planta. Esas yedras de color “verde nuevo”, limpio, de las hojas recién brotadas.  Además llevamos muchos días ya sin tráfico rodado y con un suave viento y el aire estaba anormalmente despejado y los colores intensos. Así que era verdad que la primavera había llegado aunque no habíamos podido salir a recibirla.
Madrid estaba espléndida, preciosa. Los árboles frondosos. Las fuentes parecían reír de contentas. Y de pronto me percataba de que no había nadie en la calle, solo yo. Y la mezcla de imágenes, la de alegría y la del cataclismo biológico que estamos sufriendo, parecían separarse. En el gran Paseo de la Castellana conté en un momento dado cinco vehículos. Cuatro eras motoristas de reparto llevando cosas a tantos y tantos ciudadanos escondidos. He querido pensar que la normalidad llegaría en un mes, aunque realmente no lo crea, y he seguido disfrutando de la alegría de vivir en una tierra animada bajo un cielo exuberante en luz natural, aunque ahora no podamos vivir como españoles sino como escandinavos.
Al descender por la Castellana de Norte a Sur, he recordado la primera vez que vi el mar. Yo era muy pequeño y fue en el coche. Llevaba unos papeles para colorear en una mano y cuatro lápices en la otra. Mi madre dijo de pronto: ¡Mirad la playa! Era una calle atiborrada de turistas que bajaba perpendicular hacia la costa. Al fondo una gran franja horizontal azul, con algunos brillos. ¡Era el mar! Y lancé los papeles y los colores hacia el techo como si fuera un recién licenciado. ¡Era el mar! Puede que no recuerde nada más de aquella época, puesto que yo tendría quizá tres años. ¡Era el mar! Hoy he notado algo parecido.¡Era el aire libre! ¡Eran los árboles! ¡Eran el cielo y el viento! ¡Y andar! ¡Era Madrid! Siempre estuvo allí.
Ánimo señoras, señores y niños. Tenemos que superar esto cuanto antes. Hagámoslo todo bien, porque fuera de casa volverá a estar la vida esperándonos como una novia enamorada. Todo sigue ahí, en su sitio. Todas esas cosas gratis, que son las que más nos aportan. Con un poco de disciplina y de suerte, de nuevo descubriremos el mar por primera vez. ¡Ánimo!

Foto tomada de https://paulaimaginacion.wordpress.com/

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