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Ya muere la madrugada de la Nochevieja. Cuando el jolgorio pase, quedarán rescoldos de juerga callejera. La euforia será un eco cada vez más lejano y algunos fuegos artificiales tardíos dibujarán brillos en la noche. El gruñir de motores, y el canturreo de jóvenes ebrios apurando las últimas oportunidades, perderán la guerra contra el manto oscuro de sueño y silencio, que irá apagando las risas a pocas horas del amanecer.

Pensaré en ti.

Querré pensarte sin nostalgia. Mirar hacia el presente que está a punto de llegar. Quiero dominar los acontecimientos. Moldear los siguientes eventos. Ahuecarlos. Mullirlos para ti, por si quieres permitir que tu nuca repose en ellos un poco, o quizás algo más. Para que podamos jugar y reir sobre una cama que tú sabrás decorar con sonrisas, con el color de tus ojos y con el calor de tus lomos. Querer algo con desesperación, es como rezar con los puños cerrados. Así de intenso es el deseo de que mis hechos labren el tiempo y el mar. O labrarte a ti mientras arañas las sábanas. Te dedicaré mi esfuerzo y mis recaídas, a ti, si nada exiges ni reprochas. Por ti que me tolerarías todo, y que todo lo comprendes, siento que te debo algo y que disfruto con mi ofrenda.

No vuelven solos de nuevo nuestros días. Te los voy a traer yo.

Enrique Brossa
Soy una maquina de escribir que lleva mucho tiempo sin usar y quiero hablarte de mí. Español, varón. Adolescente desde hace décadas. Mi educación no fue de letras pero mi pasión sí. Soy al mismo tiempo emprendedor y perezoso. Me gusta mucho hablar, pero hablo poco cuando hay poco que decir o que escuchar. Me encuentro muy bien tomando algo en cualquier terraza, tanto en compañía de buenos conversadores, como con algo para leer o para escribir. Disfruto con la polémica. Veo mejor de lejos que de cerca. Odio los detalles. Tengo una relación contradictoria con lo convencional que se refleja en todo lo que escribo. Mi firma, como mi vida, está hecha de trazos paralelos, es decir, que no convergen. Soy algunas veces demasiado cándido, otras desconfiado. Noto que puedo influir en la gente, pero no suelo aprovecharme de este poder. Al contrario de lo que ocurre en nuestro tiempo, no siento fascinación alguna por el mal, porque me parece terrenal y simple y dentro de mí hay un arzobispo sin religión ni fieles. Soy solitario y sufridor. Soy un ermitaño en la ciudad. Un audaz aventurero: un explorador ante un despacho. Tengo los pies grandes y los hombro pequeños. Soy el viento de bohemia que se mete en una celda. Sería el mejor de los amigos, si los tuviera, ya que exijo en los demás la madera del árbol que nunca existió. Aprecio la indulgencia y la compasión. Puedo estar ofuscado o lúcido, pero escribiendo me siento mejor. Escribir no es para mí ni un viaje al infinito ni a mi propio interior, sino al centro de la Tierra. Subcríbete a los artículos de Enrique Brossa
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