0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

Los años aportan cosas.

Al enunciar esta frase nos estamos refiriendo a cosas positivas. No digo que esta afirmación sea rotundamente clara… A los que ya no somos críos nos gustaría creer que es así Realmente los años se llevan muchas más cosas de las que nos traen, pero… vale, aceptemos esta idea. Los años aportan cosas.

En mis tiempos, los jóvenes tendíamos a ser o unos cretinos superficiales o unos intelectualoides profundos o unos emotivos torpes. Yo asimilo en un solo grupo a los intelectualoides y a los emotivos, por muy patanes que puedan ser algunas veces los emotivos. Intelectuales, no creo yo que quede mucho de eso…. pero bueno, intelectuales y emotivos tiene algo en común que es una falta de adecuación a la realidad. Por tanto, hablaremos de dos tipos: los superficiales cretinos y los intelectualoides/emotivos. Los primeros se mantiene estables hasta los cuarenta años, es decir, siguen cretinos o incluso perseverando, cada cuál en su nivel natural, y los segundos se desesperan ante su incapacidad para manejar su vida y se vuelven frustrados, ya sea en su versión amargada y fracasada; o se acomodan a su relativa marginalidad; o se convierten en “sobreadaptados” a la realidad: arribistas, oportunistas, profesionales corruptos, y demás personajes decepcionantes. Ya has deducido que en mi opinión los cretinos manejan mejor su vida o si la manejan mal, no son conscientes, porque para eso son tan cretinos. Esa ventaja tienen.

Pero con algunos años más, llega un cierto renacimiento personal: entonces es cuando los humanos podemos alcanzar cierto equilibrio. Hemos adquirido destrezas y cicatrices. Hemos aprendido a deslizarnos y tropezar. Vemos que hay un tiempo para lo superficial, y otro para lo trascendental; una necesidad de realidad y otra de imaginación y emoción. Hemos aprendido a habitar en nuestros dos mundos. El externo y el interno. Saber vivir, saber pensar. Al cretino la vida en algún momento habrá conseguido hacerle pensar, salvo que sea un caso muy extremo. El intelectualoide o el emotivo, al final se da cuenta de que el verdadero y único cretino es él mismo. Lo acepta y a lo mejor hasta se ríe de su cretinez anterior, de la actual e incluso de la cretinez más persistente, que le acompañará hasta el fin de sus días. Por tanto, como quería demostrar, quod erat demonstrandum, hay una convergencia entre unos y otros. Aumentan los parecidos porque la vida les suministra su contrapunto. Quizá por eso hay una cierta elegancia fuera y dentro de los cráneos a partir de cierta edad.

Por si ha quedado alguna duda, los cretinos y los intelectiualoides en cierto sentido se reconcilian a los cincuenta, si bien los corruptos no abandonan nunca, pero este ya es otro tema.

Y justo cuando nuestra personalidad alcanza su mayor esplendor nos damos cuenta de que, cuanto más nos parecemos, más somos efímeros como un fuego de artificio: una subida no demasiado larga y una magnifica y rápida explosión, que dura menos que un suspiro. Porque en ese instante en que nos sentimos identificados en la mirada de otros mayores, justo cuando creemos que hemos alcanzado nuestra verdadera esencia, nos percatamos de que pronto ya vamos a ser como todos y a desaparecer. Y antes de extinguirnos nosotros, desaparece ya nuestra identidad. Un anciano se parece mucho más a cualquier otro anciano que al adulto que ha sido. Y no digamos un esqueleto… Nuestro ciclo se está agotando. Estamos perdiendo nuestra diferencia, de tal modo que morir es volver a perder tu identidad hasta diluirte en la materia. Tanto si eras cretino, como si eras cretino. Porque lo eras, puedes estar seguro. Porque lo somos, quiero decir, claro.

NOTAS
1.- Por favor,comentad.
2.- Y si encontráis una foto para esto, me lo decís. Mejor no me lo digáis. Mandádmela.
3.- Admitidme indulgentemente términos como cretinez., intelectualoide y otras muchas libertades e incorrecciones.

Enrique Brossa
Soy una maquina de escribir que lleva mucho tiempo sin usar y quiero hablarte de mí. Español, varón. Adolescente desde hace décadas. Mi educación no fue de letras pero mi pasión sí. Soy al mismo tiempo emprendedor y perezoso. Me gusta mucho hablar, pero hablo poco cuando hay poco que decir o que escuchar. Me encuentro muy bien tomando algo en cualquier terraza, tanto en compañía de buenos conversadores, como con algo para leer o para escribir. Disfruto con la polémica. Veo mejor de lejos que de cerca. Odio los detalles. Tengo una relación contradictoria con lo convencional que se refleja en todo lo que escribo. Mi firma, como mi vida, está hecha de trazos paralelos, es decir, que no convergen. Soy algunas veces demasiado cándido, otras desconfiado. Noto que puedo influir en la gente, pero no suelo aprovecharme de este poder. Al contrario de lo que ocurre en nuestro tiempo, no siento fascinación alguna por el mal, porque me parece terrenal y simple y dentro de mí hay un arzobispo sin religión ni fieles. Soy solitario y sufridor. Soy un ermitaño en la ciudad. Un audaz aventurero: un explorador ante un despacho. Tengo los pies grandes y los hombro pequeños. Soy el viento de bohemia que se mete en una celda. Sería el mejor de los amigos, si los tuviera, ya que exijo en los demás la madera del árbol que nunca existió. Aprecio la indulgencia y la compasión. Puedo estar ofuscado o lúcido, pero escribiendo me siento mejor. Escribir no es para mí ni un viaje al infinito ni a mi propio interior, sino al centro de la Tierra.
0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

Comentarios

Deja un comentario