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VIII

Un día trágico

 

Era octubre del año mil novecientos cincuenta y siete y aquél día había llovido en la madrugada. Pero amaneció raso y, a pesar de algunas nubes altas y dispersas, el sol alumbraba casi con plenitud. Sus rayos calaban con facilidad hebras deshilachadas de algodón, que blanqueaban pequeñas áreas de un cielo celeste y brillante. Yo tenía poco menos de siete años y sólo pensaba en jugar, por eso estaba impaciente por salir en busca de aventuras.

Después de desayunar me dirigí al sitio donde solía quedar con los amigos y recorrí el camino cubierto de chinos que me permitían transitar sin pisar el barro. Sólo había algunos hoyos y marcas de las ruedas de los carros en los que se formaban charcos, pero el drenaje de aquellos cantos rodados era muy eficaz. Hacía buena temperatura, aun así, a primeras horas de la mañana agradecí la caricia del sol, que caldeaba de manera muy agradable.

Todavía no habían aparecido los demás niños y me entretuve paseando por los alrededores. En aquel sitio de la finca existía a la izquierda un pozo, a la derecha un abrevadero para los animales y un parterre de piedra lleno de rosales. A continuación había un recinto alambrado en el que mis tíos tenían un gallinero con ocho o diez gallinas y un enorme gallo de grandes espolones. Su plumaje era anaranjado, cobrizo y negro, y se pavoneaba erguido con su cresta enhiesta y el pecho hinchado, ante las hembras de su harén.

Entre la alambrada del gallinero y una pequeña, pero espesa alameda, quedaba un pasillo que llegaba a un corral con el suelo de cemento, utilizado hasta hacía poco como pocilga. Allí, en ausencia de los cerdos, vivía a sus anchas una cabra de pelaje gris, con cuernos de varios centímetros y tan malas pulgas, que arremetía contra todo lo que se moviese. Ese hecho lo pude comprobar en mis propias carnes unos días antes, cuando me envistió y me dio un buen revolcón. Desde entonces no osé entrar más a su espacio.

Me llamó la atención un gorrión que se posó revoloteando en una rama del álamo más cercano a mí. Le oía trinar, pero las hojas blancas y verdes de sus dos caras movidas por la brisa y el cambiante juego de la luz y las sombras, hacía que la vista fuese imprecisa. No veía al gorrión, pero su piar me indicaba el sitio en el que se había posado. Por fin, pasado un rato, pude divisarlo.

Fijé la vista sobre él y lancé con fuerza una piedra a sabiendas de que no le alcanzaría, debido a la altura y a mi nula puntería. Sin embargo, ante mi sorpresa, el pájaro cayó al suelo fulminado por la pedrada. ¡Se me encogió el corazón! Los remordimientos y la pena me embargaron y rompí a llorar con desconsuelo. No sabía por qué tiré la piedra, ni en mi ánimo estuvo la intención de hacerle daño. Recogí al gorrioncillo y lo puse entre mis manos deseando detectar algún síntoma de vida, pero no fue así.

Temblando por la pena me acerqué al abrevadero y sumergí sus patas en el agua con la esperanza de hacerle revivir. Ante su nula reacción le abrí el pico, me lo llevé a la boca y soplé esperanzado repetidas veces. Al rato noté que el calor se había ido de su cuerpo y comprendí que estaba muerto. La idea de haber arrebatado una vida me aterraba y me hizo llorar con desgarro.

Pasaron unos minutos y el pájaro ya estaba rígido cuando decidí enterrarlo. Hice un hoyo en el suelo junto a los rosales, forré la cavidad con hojas de álamo y coloqué su cadáver sobre ellas. Luego le cubrí también con hojas y terminé de rellenar con tierra aquella minúscula tumba. Los ojos me picaban debido a que me los froté con las manos sucias de tierra y me lavé cara y manos. Procuré tranquilizar mi conciencia rezando entre sollozos.

Mientras ocurría aquella tragedia, las gallinas revoloteaban inquietas cloqueando con gran escándalo y el gallo saltaba sobre la tela metálica con violencia y agudos cacareos.  Levanté la vista y sentí la inquietante sensación de que me reñían por el crimen perpetrado, gritándome asesino en el lenguaje de su especie. Volví la vista al corral en el que estaba la cabra y le vi cómo me miraba con fijeza y en silencio.  Me clavó sus pupilas frías y rectangulares, que tanto me inquietaban desde que había visto en la clase de religión la estampa del diablo como macho cabrío.

Observé que flotaban en el abrevadero varias avispas ahogadas y, con el fin de compensar la vida destruida, cogí varias y las enterré bajo un montículo de tierra. Esperé unos minutos y, con cuidado para evitar algún picotazo, con un palo removí el túmulo y contemplé con alegría cómo las avispas salían volando de su improvisado enterramiento.

Los mayores nos dijeron un día que la tierra absorbía la humedad del interior de esos insectos y esto les hacía revivir. Yo no sabía si ese era el motivo, pero, como en otras ocasiones, comprobé que la vida volvía a sus delicados cuerpos. Este hecho me hizo sentir bien y palió sobremanera la pena y la culpa por la vida cobrada con mi criminal acción.

Por fin se presentó mi amigo Antonio Romero, de mi misma edad. Apareció con la cara churretosa y la nariz y el labio superior con mocos. Se veía que había estado llorando.

—¿Qué te pasa? —le pregunté extrañado, porque aquel niño no lloraba con facilidad, cosa que él lo llevaba a gala con orgullo.

—¡Curro se ha muerto! —me dijo compungido.

Aquella noticia me hizo volver al llanto y ambos nos dirigimos corriendo a las caballerizas, donde estaban ya los demás niños y un nutrido grupo de adultos. En las cuadras había varios mulos, un caballo percherón y el caballo de Manuel “El Cachimba”. Lindante a aquél tinado, en lo que se podría considerar la zona noble de los establos, tres caballos de raza árabe eran mimados y cuidados con esmero.

Eran de los tres hijos del dueño de la finca y los señoritos solían venir con frecuencia a practicar la equitación o a disfrutar de paseos, a lomos de aquellas joyas equinas. Aquel día el mozo de cuadra se encontró a Curro, el caballo del menor de los hijos del amo, yaciendo sin vida en el establo. Para los niños era el caballo más manso y bonito. Lo queríamos mucho y para todos nosotros fue una gran pena su pérdida.

Curro era marrón claro, con las crines y la cola más oscura. Su pelaje brillaba bajo la luz del sol y su estampa proyectaba una imagen de singular belleza. Cuando iba al paso sus movimientos eran majestuosos, con su cola en alto y cuello arqueado. La coordinación de sus zancadas era espectacular y tenía un carácter apacible, a pesar de su agilidad y fuerza. Yo lo quería recordar así. Por eso salí de la cuadra, para no memorizar su cadáver.

Fue un día trágico para mí. La realidad inesperada de las dos muertes estremeció de manera cruel a mi joven alma, ya que fue la primera vez que me enfrentaba a su temida presencia.