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Andrés estaba muy alterado a causa de la inundación que, desde hacía meses, existía en el sótano bajo su piso. Había protestado y reclamado una solución muchas veces, pero la respuesta de la comunidad siempre fue la misma: “no hay dinero para arreglar eso”.
«¡Como si no fuese urgente por seguridad e higiene! —Pensó, mientras subía por la escalera al tercer piso, para discutir una vez más con el presidente—. ¡Pues se van a enterar!… Les daré una alternativa clara: o lo arreglan o les pondré una demanda que se van a cagar. ¡Van a saber cómo las gasto yo!»
—Esta comunidad es un desastre… Ni siquiera el ascensor funciona. —Farfullaba casi sin aliento, cada vez más fatigado conforme subía los escalones— ¿A dónde va a parar el dinero que se recauda? ¡Ah!… pero eso sí… Este tipejo de presidente acaba de estrenar un coche nuevo… ¡Yo no digo nada, pero…!
Cuando se plantó ante la puerta del tercero C, resopló casi asfixiado. Andrés era un gran fumador y además tenía exceso de peso, por eso le era fácil fatigarse. Necesitó coger aire mientras notaba las fuertes pulsaciones en sus arterias y una creciente presión en el pecho. Pulsó tambaleante el timbre, al tiempo que su visión se oscurecía…

La puerta del piso se abrió y bajo su dintel apareció una mujer despampanante. Llevaba puesto un albornoz blanco, que hacía destacar su piel morena en un amplio espacio de su torso y que dejaba entrever parte de sus senos. Andrés quedó perplejo. No podía creer que existieran criaturas como aquella. Su melena era lisa, sedosa y brillante, con mechas rubias que aportaban un dorado halo a su color cobrizo claro. Llevaba el cabello húmedo, por lo que dedujo que recién salió de la ducha.
—Qué le ocurre… —le preguntó la joven, alarmada por el aspecto que presentaba— ¿Se siente mal?… ¡Venga!… Pase y siéntese en el sofá. Pase, por favor… le daré un vaso de agua…
Andrés agradeció su ayuda, se apoyó en el brazo que la joven le ofrecía y pasó al piso. Hasta él llegó efluvios frescos y naturales de aquel cuerpo femenino, sin rastros de perfume o ungüentos que le pudiesen aportar artificio alguno.
Durante unos minutos se mantuvieron en silencio, mientras que Andrés se recuperaba.
—Supongo que usted venía a hablar con mi padre, ¿no? —preguntó la mujer.
—¿Su padre es Manuel?… ¿El presidente?
—Sí —respondió ella—. Me llamo Isabel…
—Perdone… debí presentarme antes. Yo me llamo Andrés López y vivo en el bajo D. Sí, quería hablar con su padre sobre un problema…
—¡Cuánto lo siento! Mi padre está fuera y no volverá en dos días.
La sonrisa de Isabel era cautivadora. Estaba sentada en una silla frente a Andrés en una postura relajada, que permitía que el albornoz se abriese hasta sacar a la luz sus muslos. Todo su cuerpo ofrecía ante su vecino una estampa tan sensual y sugerente, que proyectaba un erotismo irresistible. El hombre quería disimular inútilmente la seducción que sentía. Ella notó las miradas, pero se limitó a sonreír y una lucecita de traviesa picardía iluminó sus hermosos ojos.
—Bueno —dijo Andrés levantándose—, no la molesto más. Ya volveré cuando esté su padre. Muchas gracias por todo. —añadió, un poco turbado, al ver que la chica había sorprendido su lasciva mirada.
—¡Oh, no!… Usted no molesta. ¿Se encuentra bien de verdad?
—Sí, gracias. Habrá sido una subida de tensión o algo así, pero sin importancia.
Andrés dio un primer paso hacia la salida, pero Isabel le retuvo del brazo al tiempo que le decía:
—Un momento, por favor —se acercó a una mesa y le tendió a Andrés un tarro de crema hidratante.
Isabel se volvió y con una sacudida de sus hombros el albornoz calló al suelo, dejando al descubierto su cuerpo desnudo. Aquella visión impactó en Andrés como un seísmo: inesperado, desconcertante y brutal.
El hombre notó cómo su sangre inyectaba vitalidad y calor a sus atributos varoniles, que le hizo hormiguear y endurecer en un instante su miembro viril.
«De esto ya no se fabrica en el mundo —se dijo Andrés absolutamente seducido—. Es un cuerpo tan perfecto… Y sus ojos son tan luminosos…»
—¿Quiere untarme de crema las espaldas?… —le pidió la moza— Es que yo no llego…
Aquella pregunta tuvo la virtud de sacar a Andrés de sus pensamientos y reaccionó frotando la espalda de Isabel, mientras sentía acelerarse el pulso. Él nunca había sido agraciado en el físico, ni tenía un carácter extrovertido. Jamás había sido gracioso, ni romántico, ni locuaz; por eso no había tenido suerte en el trato femenino. Ahora estaba asombrado por aquella extraña experiencia y pensó que por fin se podría operar sobre su persona un acto de justicia, largamente esperado.
Masajeó la espalda de la chica y fue deslizando sus manos más abajo de la cintura, donde los curvos relieves de los glúteos se mostraban sonrosados y cálidos, como los rayos del sol al despuntar el día.
Ella se volvió y ante él aparecieron unos pechos llenos, turgentes y proporcionados. Sus pezones erectos, desafiando a la gravedad, apuntaban ligeramente hacia arriba. Clavó sus vivos y traviesos ojos en los de él y con un enérgico movimiento empujó a Andrés hasta tumbarlo en el sofá. Con gesto felino y sin mediar palabra, Isabel se subió a horcajadas sobre él y comenzó a desabrocharle la camisa.
Andrés se dejó hacer y cerró los ojos para concentrar todos sus sentidos en las caricias que la chica prodigaba con suave roce sobre su pecho y, de pronto, llegó a sus oídos un lejano y extraño cuenteo: uno, dos, tres… Sintió una brutal presión sobre su esternón. Uno, dos, tres… De nuevo la presión en el torso, que le hizo convulsionar buscando desesperado una bocanada de aire.
Abrió los ojos y, a unos dos palmos de su rostro, reconoció la cara del presidente de la comunidad.
—¡Gracias a Dios! —exclamó Manuel aliviado— Sonó el timbre y cuando abrí la puerta te encontré en el suelo sin sentido —le explicó—. Pensando que podría ser un infarto, te he aplicado un masaje cardíaco.
Andrés quiso incorporarse, pero Manuel se lo impidió:
—¡No!… No te muevas y descansa. Pronto llegará la ambulancia.