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Iba dejando un reguero de versos en su caminar, respiró el cielo tan intensamente, que incluso por un momento, parecía que iba a estornudar pedazos de nube. El sonido del agua del río le susurraba rimas envueltas en la piel de un sueňo ansioso por aprender a nadar y lo llevó en volandas a una niňez en la que sus ilusiones y su futuro jugaban al escondite tras la arboleda. Reconoció los pinos, el olor a tierra mojada, el polvo del camino, la vida tumbada a un sol que secaba los recuerdos. Reconoció la escarcha, cada piedra, cada brizna de aire sobre la que se sostuvo tantas veces su mirada infantil. Y si hubiera querido podría haber desmontado el paisaje en un puzzle imposible, para reconstruirlo sin dudar en una sola pieza.
Llegó con las emociones ya cansadas al pie de aquel nogal, donde aprendió a rimar los tordos con la avena y un cardo con el mar, allí empezó a latir metáforas y ripios, y allí bajo aquel árbol plantó y regó la esperanza de verla pasar. Fue allí sobre la sombra de su tronco, donde tendió los suspiros que se le rompieron por la mitad y donde se posó la primera lágrima que le resbaló del corazón.
Nada había cambiado todo estaba igual, dejó a un lado el hatillo cargado de nostalgia que le había acompaňado en el trayecto hacia su pasado y decidió estirarse sobre un montículo de tierra al pie de aquel que tantas veces había amparado su soledad. Pero al ir a apoyar la cabeza sobre su improvisada almohada, vio asomar un verso, su primer verso, la primera frase de amor, su debut poético, y le habló con la ilusión llorándole a raudales a lomos de una infancia recuperada.
< Hola verso, soy yo, dijo con el tiempo jugándole en la mirada. Soy yo tu creador.
El verso, lo miró extraňado:
<No, no eres tú, a mí me creó un muchacho que no sabía rimar, pero que llegaba al alma antes que a cualquier sentido. Aquel niňo jamás hubiera abandonado a un verso bajo el frío doloroso del olvido.
Tal vez tú seas el poeta, un hombre experto en rimar, pero has dejado al muchacho que aprendió conmigo a amar.