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Ella se preguntaba , cómo debía sentirse el amor, para ser un gran amor. Quién escoge un sentimiento, en unos ojos personificados para habitar sus adentros de poesía.

Él le daba valor a la construcción y mantenimiento del deseo, a la sensualidad, a la provocación, que desatan los gestos o unos versos sobre unas sábanas. Desbordado de amor hasta la locura, se preguntaba si podría amar aún así.

Ella era capaz de entregarse en cuerpo y alma, se desbordaba en un amor desmedido, que irradiaba luz y armonía.

El no entendía porque cupido clavó sus flechas en otros ojos y transformó todo sentimiento, antes era de amor, ahora de mordaz veneno, que traía desconfianza y una relación trágica y oscura que no era capaz de evitar.

Ella, que lo había dado todo, no podía dejar de pensarlo. Seguía caminando entre las gentes de aquellas calles, tantas veces paseadas de su mano, y su recuerdo aún la cautivaba y arrebataba los sentidos, dejándola indefensa, a descubierto, en busca de no sabía muy bien qué. Lo que sí sabía era lo que no quería.

Entró en el café, un áurea especial la rodeaba. Sencilla. De rasgos algo duros en la mirada y de cabellos dorados y tez morena, impregnaba sensualidad y fuerza al mismo tiempo. Con paso decidido antro en el establecimiento que hacía esquina en la plaza llena de terrazas, donde las gentes paseaban ausentes de su ensimismamiento.
No fue consciente del impacto que tuvo su entrada en el local. No habría más de doce personas en él, pero todas ellas quedaron pendientes de sus caderas. Retomó el paso firmemente y se acercó a la barra buscando con la mirada la protección del camarero. Los dos sonrieron. Era una sonrisa amplia y lenta. Pidió un refresco y dejó la carpeta de documentos bajo la barra.

La puerta que daba a la calle se abrió de par en par. El público de nuevo se volvió a mirar. Eso la incomodaba, no le gustaba llamar la atención. Además no venía a eso aunque sabía que era inevitable.

De repente y con brusquedad él, el hombre, alto y de complexión fuerte que la atemorizaba, se plantó en dos pasos en el centro del local, observando a su alrededor con la mirada mientras hablaba por teléfono. La vio y fue hacia ella. Se sentó sin mediar palabra. La miraba detenidamente con agresividad. De su carpeta sacó un escrito. Con ademanes chulescos, le tendió el documento al tiempo que la estilográfica.

-Firma aquí- concluyó al tiempo que le indicaba un lugar.

Ella revisando el documento le miró altiva y lo rechazó lanzándolo sobre la barra. El gesto desagradó enormemente al hombre, iniciando una serie de improperios en tono cada vez más alto, al tiempo que su rostro estaba rojo como una amapola denotando su ira. De repente la rabia dejó paso a la risa, parecía que lo tomaba a broma, pero solo era su cólera disfrazada y su revanchismo propio de quien sabe de su final y quiere seguir imponiendo su ley. Ella le sostuvo firme la mirada y no se vino abajo. Era la primera vez en mucho tiempo que creía estar segura de lo que estaba haciendo, la primera que ante sus risotadas grotescas y sus amenazas no tenía miedo. Se levantó decidida y le dejó en medio de sus gritos. Salió fuera. El camarero la alcanzó:

– ¿Señora ? Necesita algo.
– No gracias, lo que necesitaba ya está hecho. De todas formas gracias de nuevo.

Respiró y se olvidó de todos los que no la quitaban ojo. Pensó dónde ir. Mejor a casa de un buen amigo. A gritos desde el otro extremo de la calle el hombre seguía increpándola con sus gritos.

– Si quitas la denuncia te dejaré en paz, gritó desde lejos – de verdad, te lo juro.
Su voz ya no sonaba ronca y llena de rabia.

– Ya no te tengo miedo. ¡Maldito! Cuántas veces me dijiste eso mismo, cuántas me hiciste daño, cuántas sentí tu mano en mi cara, cuántas me humillaste, engañaste o te burlaste y tantas otras, en las que dijiste lo que dices ahora.

Presa de pánico y de ira el joven se dirigió a la mujer implorándole, sin embargo ella ya no quiso continuar hablando.

– Recibirás noticias de mi abogado.

No hubo mas palabras. Siete años de convivencia quedaban sobre el empedrado de la calle.

– Visto para sentencia – categorizó el juez.

Ella se dejo caer sobre el sofá. Ahora tocaba olvidar y creérselo. Ahora sabia que nunca mas nadie daño la haría, que ya atrás no podría regresar. Quizás ahora pueda lograr ser feliz. Nunca pensó que pudiera terminar así su amor. Mas eso no era amor. El amor tiene sus propias reglas y en ellas no esta contemplada la falta de respeto, ni los gritos,ni los golpes.

Pensaba en porque alguien que nos llenó con su sonrisa, nos dio luz y compartimos su esencia, puede convertirse en la peor de las pesadillas. Pensaba en ello mientras se quedo dormida.

Photo by Kasansass (bichocreativo)

Mar Maestro

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