Era una noche lluviosa y sinceramente reflejada en indecencia. Así todo comenzó, sin ninguna poesía, mientras el prometido de la novia, percibió algún hedor de sangre, cerca al pasillo de espantos, que llevaba al cuarto nupcial de su linda enamorada. Para esta ocasión el hombre iba hacia donde su prometida otra vez. Pero de pronto él se detuvo. De repente descifró unas bajas conmociones de tragedia por sobre su perturbada alma. Obviamente las presintió con repulsión, un segundo antes de abrir la puerta principal del cuarto silencioso. Enseguida se detuvo tras una sola acción de impresión precipitada. Además, allí se comprendió con gran angustia y temor, porque sucesivamente veía la aterradora escena de delirio, arribando a su juventud del presente desgraciado. Y aparte de esta rara intuición, comprendió extrañamente encausado el lóbrego instante, proveniente del más allá.
Ahora mismo pensó con profundidad en sus actos contrariados. No sabía si proseguir claramente hacia el otro lado del umbral. Tampoco estaba seguro de sus otros movimientos indeseados. El delirio comenzó por controlar sus profusas impresiones, igualmente y luego de haber cavilado muchas probabilidades, decidió ingresar al cuarto umbrío de sus viejos pesares. Lo hizo trémulamente y bajo el temor de la duda. Entró eso sí con algo de supuesta resolución hasta este preciso momento, cuando descubrió el cuerpo de su novia, tirado sobre el tapete blanco que les habían regalado hace apenas unas horas. Ella estaba desnuda y recostada boca arriba mientras tanto, mirando sola hacia un lado de la puerta, además, ella, bañada entre la sangre de sus senos y sus brazos desparramados.
El prometido tras dicho sobresalto; presenciado hace poco en sus muchos sentidos escabrosos, comenzó entonces por sentir el siniestro pánico de su desorientación nerviosa, recorriendo por sobre todo su cuerpo delgado. Al mismo tiempo esta desgracia lo fue perturbando hondamente en su raciocinio trastocado. Así que para renunciar a su difusa realidad decidió mirar algo de cerca hacia la figura aciaga de su prometida. Más porque aún quería tenerla viva tras su debido momento derrotado. Procuró por tanto la acción de observarla con algo de ansiedad y recelo en su interior perturbado. Aquí pues ella tenía ya variadas cuchilladas en el abdomen y en la cintura flácida. Eran profundas y antagónicas las heridas. Y la sangre aún fluía lentamente desde las oberturas latentes. Luego este mismo hombre, fue y se acercó hacia al decaído dibujo del rostro femenino cuidadosamente. Ya se veía totalmente pálido y frío en su triste aliento. Asimismo alcanzaba por comprenderse, exageradamente cadavérica su piel blanquecina, la cual iba marchitándose de a poco tras su muerte. Por lo demás, fue cierta la confusión de su existencia para este inestable esposo.
Fuera de esto, hubo ya para su conciencia otro raro entendimiento cuyo desequilibrio fue mostrándose paradójicamente diáfano al real lado lógico de las cosas. Sucedió entre otro recurrir del instante. Precisamente cuando descubrió a su enamorada realmente muerta, ella, junto a sus brazos velludos y sin embargo, hubo para su memoria, una última tentativa por saberla viva. El hombre quiso acercar su oído derecho al lado del corazón del cadáver. Lo hizo para saber si aún latía su estremecimiento sublime de la vida. Igual, no pasó nada de lo que ansiaba esperar milagrosamente. Entonces fue claro el resto de todas las verdades. No hubo señales del más remoto renacer en esta mujer. Nada podía salvarla ya de su hondo abismo aciago. Solamente había un cuerpo muerto y sin su espíritu. Además, hacía rato que había cesado el palpitar de su corazón reverenciado.
El prometido, consiente ya de esta muerte, fue ahora y se juntó algo más a su ternura de mujer; la tomó entre sus manos, tras un siniestro acto desbocado. Soltó enseguida un disparatado grito desgarrador, voraz. Fue un largo alarido como de pugna desbordada. El prometido no pensó igualmente en este mísero crimen, mal fraguado por el momento del dolor. Tan sólo presintió la ausencia de los siguientes días sin su linda prometida; luego salieron otros gemidos ahogados de terrible sufrimiento cuyos estruendos fueron esbozando el dolor con su oscuridad. Los fragosos lamentos mientras tanto chocaron contra las paredes azul claro, teñidas a la vez de sangre escarlata. Pero fue claro el resto. Al acabo de algunos segundos, cesaron estos gritos lentamente. Ellos se fueron apagando extrañamente mientras este mismo hombre se levantaba del suelo enlozado en coloraciones grises.
Un momento después, volvió a su memoria la recreación fantástica del posible acto criminal. Entendía con su lógica de ajedrecista que no era un suicidio. Eso era obvio. No había dudas sobre este presentimiento. A primera vista se comprendía como otro homicidio más de los tantos vistos. Así lo descifraba este prometido. Pero aquí había un misterio por resolver en su cabeza. Eran escasas sus sospechas sobre quien había sido el asesino de su hermosa novia. Lo pensó por varios segundos. Se paseó por el cuarto musical lentamente. Esquivó el espejo enterizo del rincón. Siguió caminado por entre la noche desamparada. Miró posibles amistades cercanas. Igual, no dedujo al asesino. Se llenó de ira entonces y ya con algo de inconsciencia en sus pensamientos; decidió recoger el cadáver marchito de la muchacha. Lo hizo rápidamente y sin recelo. La tomó entre su pecho juvenil y luego la dejó con soberana delicadeza en el lecho de tendidos violetas.
En estos segundos vertiginosos, sacaba ya una manta de coloraciones plateadas, estaba muy bien acomodada en el closet de al lado. Ya pues tras otro acto angustioso, pasó por extender esta misma sábana; sobre el cuerpo de dicha mujer, quien no era suya profundamente, solo era suya superficialmente. La miró una vez más. Sólo dejó el rostro de su violinista descubierto. Quiso verla así otra vez y así lo hizo bajo la extraña luz dorada de la luna, una extraña luz filtrándose de a poco por entre los ventanales del cuarto nupcial. Luego, quiso besarla en sus labios de aromas románticos. Así que abrazó sus labios a los de ella en hondos emociones nobles. La siguió besando ansiosamente en la boca y por fin despidió sus caricias antiguas, entre otras caricias nuevas, mientras seguía decayendo la noche pálida en la ciudad musical.
Su alma de hombre arrogante, algo desvariado, algo lejano, entretanto, fue dejando caer algunas lágrimas de dolor hacia los párpados de la violinista. Y al rato, un beso más en sus labios, quizá el último para sus versos persistidos, avivados tiernamente, cuya resistida pasión se fue ideando ansiada, algo procurada en una sola locura precipitada, porque esta vez no quería perderla, además, no la quería lejos de su presencia. Así que ahora decidía abrazarla en profusas armonías hasta el mismo instante en que decidió apartar estos labios ajenos de los suyos propiamente. Aquí raro, tuvo que apartar el cadáver misteriosamente de su proximidad, igual fue extraño, pero fue así, hubo de separar este cuerpo con exagerada furia de sí mismo, realizó además este movimiento, sin misericordia alguna en su alma, según su criterio, porque esta desgraciada escena, había de mostrarse contrapuesta para su abstracción interpretativa; fuera de esto, pues estaba su crisis demencial, representada en el dolor pasional, cuya realidad volvía desde los pensamientos pasados al tiempo presente de las cosas y los hechos.
El prometido, por tanto, apartó su vista del cadáver a la vez que se fue alejando con resuelta ironía de la habitación tétrica donde se encontraba entre sus vagas nociones de locura. Luego, se fue desapareciendo rápido de este lugar mortuorio y mal sabido. Cruzó asimismo el pasillo por el cual había entrado hace apenas un simple rato. Caminó lentamente por entre la noche de este paraje vergonzoso, todo en su silencio de culpa, hasta cuando hubo de recostarse en una de las sillas rojas, que había en el salón del enfrente, y ya, cuando estuvo dispuesto y bien lúcido, entre la sangre fría de su suciedad, quiso acariciar por fin el puñal homicida, que llevaba consigo en el bolsillo izquierdo de su traje oscuro, su mismo traje, que siempre tuvo bien puesto para la boda, hace unas escasas horas.
Hacia el final, ya como parte obvia, terminó extrayendo la daga plateada del pantalón negro, lo hizo trémulamente, luego, este único puñal entre sus dedos otra vez, recubierto con la sangre de su prometida.

Rusvelt Nivia Castellanos
Cuentista de Colombia

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