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Blanca Nieves estaba sentada en el muelle, apenas rozaba el agua con la punta de sus pies mientras meditaba sobre los últimos acontecimientos que le había tocado vivir.
Había leído su cuento muchas veces, su madre se lo había contado y los compañeros de clase lo habían comentado y de pronto peinándose frente al espejo se dio cuenta que no podía ser ella. Su piel azabache no coincidía con la historia, con la nieve, ni con el significado de su nombre.
Aquella tarde había corrido despavorida hasta el bosque cercano a su casa a buscar a sus amigos los duendes, lloraba desconsolada y ellos se afanaban por animarla.
-No llores más Blanquita, nosotros sabemos lo que ha pasado pero aún eras muy joven para comprenderlo. Ahora ha llegado el momento.
-No pienses que estás dentro del cuento equivocado.-Le dijo el gruñón un poco malhumorado
-Cuando escribieron tu historia hace más de tres siglos eras tan blanca como la nieve, de ahí tu nombre- escuchó decir al duende más tímido entre los matorrales
-Pero las cosas cambian y en estos tiempos modernos hay niñas muy hermosas que quieren verse reflejadas en las páginas de tu historia, así que nos reunimos en asamblea permanente y decidimos entrar una noche a la librería del pueblo y darle color de alegría a todas las Blancas niñas que dormían en los cuentos. –Reflexionó el sabio de los duendes.
Los duendes se iban turnando y hablaban sin cesar.
– No creas que eres la única, a caperucita también le tocó y a ricitos de oro, si vieras que mona que se ve-dijo entre sonrisas el más feliz entre las pequeñas criaturas
-Tú eres como todas y sin embargo eres diferente, no necesitarás probar la manzana, ni tendrás que esperar al príncipe azul- Expresó el mocoso duende que se ocultaba tras una roca.
-Tendrás el mundo en tus tus tus… manos y podrás alcanzar tus metas por lo que vales. –Dijo el tartamudo.
Blanca Nieves estaba feliz, se sentía parte de una verdadera historia producto del devenir de los tiempos. Era la más hermosa protagonista de su propio cuento.

Photo by icgonmi

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