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La culpa la tiene mi horóscopo. Hacia tanto tiempo que no estaba en contacto tan cercano con un hombre, que había olvidado como se escribía un mensaje de buenos días.
Empecé dando pequeñas señales de vida, nada del otro mundo, solo los buenos días y acaso algún chiste mal contado. Por las mañanas el ritual que seguía era de lo más simple, abrir los ojos, ubicar exactamente el tiempo y el lugar en que había amanecido y si había amanecido.
Acto seguido, levantarme con toda la flojera del planeta y caminar hacia el cuarto de baño, definitivamente ese era mi momento favorito.-después del café claro está- Me movía entonces con una lentitud extraña y volátil cantando hacia el despertar de mi mundo.
Después del baño matutino ya me podía considerar un poco persona. Ahora si ¡El café!
En eso estaba una mañana cuando sonó el teléfono, al ver quien llamaba me sorprendió sobremanera. ¿Alex? ¿A esta hora?
Pues sí, había irrumpido en mi mañana de forma abrupta y sorprendente. Compañeros de tiempo y sin más interés que algún asunto en común… Ahí comenzó todo.
Después de tirar el exquisito néctar sobre mí regazo por la sorpresa, afiné la voz y fingiendo una calma que no tenía, procedí a contestar: ¡Hola! ¡Que milagro! ¿A qué debo el honor de tu llamada? Bueno -dice Alex- tan quitado de la pena, pues solo para saludarte. ¿Te molesta?
-Claro que no…Este…este…No, no me molesta.
Cómo hace una mujer que está peleada con la vida y los hombres para no atragantarse de sorpresa ante la llamada del hombre más guapo del planeta ¿Alguien sabe?
-El dueño de la sonrisa del año y los ojos más luminosos del universo al teléfono.
-Menuda suerte tengo, pero no me sorprende, mi horóscopo lo decía desde hace una semana.
“Tu suerte en el amor va a cambiar, el amor está tocando a tu puerta (En el teléfono exactamente) el lunes tienes que vestir de azul -decía- y yo… ¡Sin nada azul!
El cosquilleo que sentía en la nariz y el estómago solo se comparaba con el ataque de ansiedad que tuve durante un examen de álgebra en la escuela secundaria.
Y ahí estaba yo, colgada como colegiala toda emocionada en el teléfono balbuceando alguna frase sin sentido.

Desde esa mañana los amaneceres tomaron otro matiz, pues comenzó a filtrarse despacio como la humedad en las paredes. Un chiste antes de la comida, un mensaje erróneo durante la merienda, un video mientras leía etc. Poco a poco fui adoptando esa costumbre y comencé a irrumpir en su día a día sin darme cuenta.
Lo más sorprendente eran los fines de semana, esperados con ansiedad para poder ver nuestra sonrisa. Y esas tardes mientras tomábamos café. Nos convertimos un poco cómplices, un par de críos que jugaban a coquetear mientras conocían lo más profundo de sus almas.
Han pasado poco más de cinco años y aún existe el nerviosismo al recibir la llamada y la mirada ojos se ilumina al pensar que le veré. De vez en cuando leo el horóscopo antes de asistir a nuestras tardes de café y, espera… ¡Aún no he comprado nada azul!

Photo by Lore & Guille