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Corría el año 1942 cuando Wladislaw Kowalsky y su pequeño hijo Vladi se embarcaron en el puerto de Marsella. Llegar a Francia les había sido muy difícil y aunque tuvo la suerte de conseguir pasajes para ambos, necesitó vender todo lo que tenía de valor para poder comprarlos. Solamente conservó algunas cosas de su amada esposa, Ewa, envueltas con mucho cuidado y guardadas en el fondo de su bolso.

Apenas zarparon, Wladislaw comenzó a escribir lo que había vivido durante los últimos meses, para algún día poder contárselo a su hijo, sin excluir ningún detalle. Sabía que la memoria suele alterar los recuerdos, sobre todo cuando se quiere olvidar. Cada letra, cada palabra, le abrían las heridas del alma; pero, aún así, registró todo sin omisiones. A pesar de su tristeza y cansancio, estaba resuelto a alejar a su hijo del horror que él había vivido. Fue en vano tratar de olvidar los últimos tiempos en Polonia. Las pesadillas volvían a atenazarlo cada noche; esas visiones casi no lo dejaban vivir; pero debía seguir adelante por el pequeño Vladi. Su corazón se había roto luego de la muerte de Ewa. El recuerdo de ese último día con ella lo torturaría para siempre. Pensaba que de haber tenido tiempo, quizás hubiera podido salvarla. Pero se la llevaron antes de que él lograra hacer algo.

Fue un viaje largo, agotador. Los camarotes de tercera clase eran pequeños y la comida era escasa y mala. El frío parecía ser una constante en sus vidas. Los alojamientos húmedos y mal ventilados conspiraban en su contra, pero, a medida que el barco se acercaba a América, los días se hicieron más largos y cálidos y eso bastó para reanimarlo un poco. Llegaron a Argentina una calurosa tarde de otoño y Wladislaw respiró con alivio al bajar del barco. Por primera vez en mucho tiempo volvió a tener esperanza; pero esto fue solo una ilusión pasajera.
Pronto, Wladislaw se dio cuenta que le sería imposible trabajar y criar a su pequeño estando solo.

Con el corazón desgarrado vistió a Vladi con sus mejores ropas, lo peinó con esmero y salieron juntos a la calle.
Jamás olvidaría la mirada de su hijo cuando el coche arrancó, llevándose dentro lo último que amaba en el mundo. Su único y escaso consuelo era la certeza de que Vladi crecería con una buena familia polaca que no había podido tener hijos propios.
Wladislaw inspiró profundamente, entró a su habitación y abriendo su desgastado cuaderno, se puso a escribir.