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“Cruza el amor

por el puente”

 Gustavo Cerati – Puente

1

La casa de mis abuelos tenía dos entradas; una entrada principal que daba hacia la sala de la casa y, otra secundaria, que daba a un cuarto en forma de “L”, que era en donde la abuela montaba su pesebre cada Diciembre y que, unos años después, pasaría a ser la habitación de la tía Nila.

El pesebre adoptaba la forma del cuarto en “L”, era bastante grande y su estructura estaba montaba encima de dos mesas.

Yo me deleitaba mirando ese pesebre grande y me imaginación volaba nutrida con los pastores, reyes magos, el burro, el buey, las ovejitas y demás figuritas tradicionales que rellenaban el espacio de las dos mesas. Sin embargo, lo de tradicional iba a cambiar con nuestra mudanza a la casa de los abuelos.

En el tercer nivel de la casa, mis abuelos habían construido una vivienda con un patio nuevo. Mi madre, mis hermanos y yo fuimos los que estrenamos dicha vivienda a raíz del divorcio entre mis padres. Recuerdo que el día de la mudanza coincidió con el entierro de la mascota de mis abuelos, una perra de pelaje largo, que murió por esos días. Mi abuelo la enterró en una esquina cercana a nuestra vivienda. Yo vi todo el proceso de entierro y recuerdo que constantemente miraba el sitio donde la perrita estaba enterrada… Quizás esperaba que algo más fuera a pasar, pero el tiempo se encargo de demostrarme que todo iba a seguir igual a como lo había dejado mi abuelo.

La mudanza a la casa de mis abuelos fue un bálsamo para mí. Veía a diario a mis primos Juan y Javier, haciendo un sinnúmero de travesuras y jugando hasta el cansancio. Durante los fines de semana se nos unía el resto de primos: Cecilia, Katia, Janeth y Fausto. Para aquel entonces, Sylvia, hermana de Juan y Javier, era un cometa más en el cielo estrellado.

Así fueron transcurriendo los días y los meses hasta llegar a Diciembre y con él los arbolitos adornados, los regalos y los pesebres. Ese año subí a ver el pesebre de mi abuelita y noté que había unas figuritas nuevas. Se trataba de algunos de mis soldados de plástico, que en diversas posiciones de combate-se mezclaban con las cabras, los pastorcillos, reyes magos, el burro, el buey y las ovejitas.

Yo le dije a mi mamá que esos eran mis soldados. Mi mamá me dijo que me quedara tranquilo y no dijera nada. Nada dije, pero no por eso me fui satisfecho. ¿Por qué mi abuela había tomado algunos soldados para ponerlos en su pesebre? ¿Pensaba devolvérmelos o se los iba a quedar?

Estoy seguro que mi abuela trató de decirme algo con sus ojos pero yo, en ese momento, no estaba para esos juegos sutiles del alma.

Al llegar el mes de Enero el pesebre fue desarmado y vi que los soldados que mi abuelita había tomado estaban de vuelta. Es decir que solamente los había tomado prestados.

2

María Encarnación Carrasco o la abuela Maruja fue una mujer de carácter fuerte. Casada con Jorge Pazmiño. Fruto de ese matrimonio nacieron seis vástagos. Alicia, Fausto, Virginia, Elsa, Nila y Jorge, siguiendo un estricto desorden alfabético, cronológico y de género. El cuidado de su casa le obsesionaba. Constantemente estaba tapando huecos, arreglando el jardín, pegando ladrillos, y, frisando y pintando paredes.

Sufría de dolores de cabeza que eran cíclicos. Cuando los padecía se solía decir que “tenía la luna”. En esos días, la abuela Maruja andaba con un humor agrio, sin embargo, con sus nietos se le desaparecían todas sus dolencias y solía ser muy cariñosa.

La relación madre-hija entre Matilde y Encarna no fue del todo buena. Encarna o Maruja fue la hija primogénita y Matilde, quizás de manera inconsciente, la rechazó como un mecanismo de defensa en contra del matrimonio impuesto por su padre con Prudencio Carrasco. Este mismo rechazo se manifestó entre Maruja y Virginia, también su hija primogénita. Fue así que Matilde se encargó de la crianza de Virginia. Estos rechazos, inconscientes o no, llevaron a relaciones tensas entre madres e hijas. Felizmente, tanto Matilde como Encarna y Virginia tuvieron la suficiente sabiduría como para criar a sus otros hijos de tal forma de romper ese ciclo maligno. De esta manera, las tres criaron hijos capaces de mejorar sus vidas, de ser mejor personas y mejorar la sociedad que los rodeo. Afortunadamente sus esfuerzos no han sido en vano, las generaciones que les sucedieron así lo han demostrado y a las pruebas habrá que remitirse.

Marujita, además de ser albañil, jardinera y pintora de brocha gorda, también fue artesana, pintora de brocha fina, costurera, tejedora y vendedora. Los retazos de telas, lanas e hilos que pasaban por sus manos se convertían en hermosas muñecas de trapo que ella misma se encargaba de venderlas. La época decembrina era la mejor en cuanto a ventas y, Marujita se apostaba en el portal de Santo Domingo o en el Palacio Arzobispal, en un puesto de venta callejero, a vender sus muñecas, sus flores de tela y papel, sus tejidos, sus costuras y juguetes de hojalata que fabricaba su esposo Jorge, en su taller de hojalata.

3

Volvió a llegar otro Diciembre y noté que algunos de mis soldados se habían vuelto a ir de excursión al pesebre de mi abuela. Allí los vi, otra vez mezclados entre la flora y la fauna del nacimiento. Sin embargo, ¿cuál significado podrían tener unos soldados en un nacimiento?

Ese año, mientras veía el pesebre sentí la mirada de mi abuela sobre mí. Subí mi mirada y nuestros ojos se encontraron. Mi abuela me estaba hablando a través de sus ojos. Con seguridad me estaba diciendo lo que quiso decirme hace un año. Vi como un puente se fue construyendo entre sus ojos y los míos. Un pacto, sin palabras dichas, fue sellado ese día.

Con el paso de los años he ido expandiendo mis horizontes y mi visión. Supe del conflicto entre palestinos y judíos ¿Será que mi abuela quiso hacer un pesebre más real y moderno? ¡Ah como me gustaría oír su respuesta!

Ahora que escribo estas pocas líneas recuerdo a mi abuela presta a servirme el cafecito de la tarde con pan, queso y mantequilla en cuanto llegaba de la escuela. Usualmente, también llegaba Paquita, una gata blanquita con pequeñas manchas negras, que también venía a merendarse su ratoncito vespertino.

Miles de recuerdos se agolpan en mi mente en torno a mi abuela. Compartirlos todos sería imposible. Sin embargo, el que toma mi mente es ese acuerdo tácito y jamás dicho de compartir mis soldados con su pesebre.

De esta forma supe que no hay ninguna cosa que no se pueda compartir. Puede ser tu bien más preciado, pero si alguien te pide que lo compartas es porque lo necesita. Si es agradecido también compartirá su bien más preciado contigo, sean unos simples soldados de plástico, una casa, su café, su gata o simplemente su vida.

Hugo Hernán Viteri Pazmiño

Nací en el medio de la cordillera de los Andes, en las faldas del volcán Pichincha un primero de Abril de 1965. Mi niñez la pasé entre música, libros y periódicos; entre primos, hermanos y abuelos. A los 9 años me mudé a Venezuela. Llegué a Caracas un veintetanto de Diciembre de 1974 y aún me encuentro caraqueando, como diría mi abuelo. Graduado en ingeniería pero siempre con la vena artística en mi camino. ¿Quién soy yo? Un simple escribidor que trata de pintar un cuadro de lo que pasa por la vida que me rodea desde todos los rincones.

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