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Pensar me asombra, gélida Leticia,
que os miréis al espejo diariamente
y él os refleje y no gima, impotente
de haceros la debida y fiel justicia:
Que la sortija de oro delicada
que calentáis en ese frágil dedo
no tiemble, y no parezca sentir miedo
de ser con vuestra mano comparada.
Ah quién fuera sortija, o fuera espejo,
para estar ante vos indiferente
y poder ante vos no sentir nada,
en lugar de ser un escritor viejo
que se os acerca temerosamente
y se estremece con una mirada.