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Miro los libros en sus anaqueles
-cartón, signos, dorados y sentencias-.
Contemplo esas inanes inocencias,
ese bosque confuso de papeles.

Difuntos coronados de laureles
nos legaron, en vanas apariencias
de saber, sensaciones y creencias
ya marchitas a las que fuimos fieles.

Mas la vida es la calle, no es el arte,
el campo hasta donde la vista alcanza,
los otros, que me dicen lo que valgo.

Nada aprendí del ingenioso Hidalgo,
ni del romo y panzudo Sancho Panza;
porque la vida estaba en otra parte.