Mi hijo, a quien prefiero no nombrar por razones obvias, había subido a nuestro departamento de la calle Alvear, corriendo por las escaleras. Estaba muy asustado. Dos hombres extraños con trajes negro le habían dado un sobre de papel madera para que me lo diera. Temblaba, tenía piel de gallina. No quería ser pájaro de mal agüero, pero podía adivinar que el contenido de ese sobre no sería una tarjeta deseándonos “¡Happy Christmas!”.
Desde un principio, en casa me lo habían reprochado. Cualquiera la tiene clara con el diario del lunes. Viéndolo de afuera, cualquier hijo de vecino es un DT, o un ministro de economía. Todos eran unos sabelotodo que hablaban y hablaban sin tener la menor idea de lo que realmente me estaba sucediendo. Mi hermana, no dejaba de quejarse por la decisión que yo había tomado con respecto al crédito que tuve que afrontar para poder salvar la fábrica de papá. Él, de un día para el otro, se fue a tomar whisky con los ángeles y nos dejó en pelotas. No nos dejó ni para el puchero, ni para la propina. Si bien éramos una familia bien con un excelente pasar ahora estábamos con una mano atrás y otra adelante. Juan Carlos, mi último esposo, mejor dicho, el mas hijo de puta de todos, creía que cuando el viejo partiera íbamos a estar salvados por generaciones, ¡Pero no! En realidad, eso solo fue una ilusión óptica. En vez de recibir una herencia llena de propiedades y activos, recibimos una catarata de deudas, juicios e intimaciones.
En nuestra época de oro, todo era “Good Show”, íbamos a los mejores colegios, cambiábamos al último modelo todos los años, nuestras vacaciones eran en Europa o, en el peor de los casos, en Disney. Nunca, pero nunca, nos faltaba nada, hasta que la Argentina… empezó a trastabillar… a arrastrase y la fábrica de papas fritas se cayó como un piano. Los productos importados, la presión fiscal, la industria del juicio fueron algunos de los tantos motivos por los que quedamos en la ruina. Todos fuimos arrastrados por el mismo fracaso que se cargó con la vida de papá. La fábrica estaba en bancarrota y ni siquiera el contador había alcanzado a armar una convocatoria de acreedores para amortiguar el golpe. Para empeorarla yo era la representante legal de la compañía, por consiguiente, la responsable de hacerme cargo por la insolvencia de mi señor padre. Lo único bueno que había hecho en vida fue regalarnos estos dos departamentos, uno en el cuarto para Josefina y el otro para mi en el quinto donde vivíamos. Cada uno de ellos valía una fortuna, la zona es la mas cara de Buenos Aires, era mi bala de plata. Por tal motivo lo hice tasar con la intención de poder saldar las deudas contraídas y poner la casa en orden en caso de que la cosa se pusiera brava. Mi hermana, para no perder la costumbre, se hizo bien la boluda y yo sola con mi hijito a cuestas caí en manos de un prestamista. Era un monstruo, una piraña de esas que es mejor perderlas que encontrarlas. Al poco tiempo, el perro de mi marido había decidido soltarme la mano e irse de casa con una chica de la sociedad al menos quince años menor que yo y forrada en guita. Era yo contra el mundo, no tenía salida. En esos momentos de desesperación lo único que me quedaba era poder inyectar capital en la fábrica, con el objeto de empezar a generar ganancias como en aquellas épocas gloriosas. Quería volver a ser lo que éramos, aquellos fabricantes de las papas fritas tan reconocidos por el empresariado vernáculo.
Trajeron la plata en una valija, eran quinientos mil dólares. La trama verde de billetes era impresionante y no podía quitarle la vista. Yo nunca había visto tanta plata junta. La tasa de interés era razonable, solo un par de puntos por arriba que la ofrecida por los bancos y no necesitaba presentar balance ni dibujar justificaciones para que me lo dieran. Yo sabía que, en el supuesto caso que el agua me llegara al cuello, podría vender el departamento, pagar todo y con lo que me sobrase compraría un departamentito bastante cómodo en algún barrio no tan cajetilla. Eran dos los tipos que entraron en mi casa para darme el dinero salvador. Ambos lucían trajes oscuros, que sin duda habían comprado en la misma sastrería. El morocho era mas simpático, el otro era tenebroso. Mi nene estaba jugando a la Play en su cuarto. La valija estaba abierta de par en par sobre la mesa del living y yo con ese dúo de mafiosos desconocidos me mantenía en silencio, asustada.
—¿Querés contarla? —me dijo el mas morocho mientras su compañero observaba todo como sacando una minuciosa radiografía del interior de mi departamento.
—¿Hace falta? —le respondí aterrada. Los fajos de billetes estaban envueltos en film como el que se usa en la cocina. Eran muchos, pero muchísimos billetes, jamás podría contarlo en un tiempo razonable.
Pensé que debía tomar los números de serie, era probable que hubiera falsos en medio del montón, pero no me anime ni a sugerirlo.
—Como quieras… pero te aseguro que aquí no falta nada, como te aseguro también que… si no pagas en tiempo y forma, como acordaste con el jefe, tendremos que cumplir con la desagradable tarea de matar a tu hijito. ¿Me entendés? —muy sonriente me aclaraba el simpático mientras su compañero explotaba en una risita nerviosa como si hubiese escuchado el mejor de los chistes.
Maldecí mil veces al sacerdote que me había recomendado a esa gentuza para poder salir a flote. Aquel domingo nefasto, yo le abrí mi corazón en el confesionario y el cura no tuvo mejor idea que darme ese teléfono para terminar con mi problema.
Mi hijo apareció con el joystick en la mano y preguntó:
—¿Quiénes son estos señores ma…?
—Unos amigos… ya se están yendo. —le respondí y los dos facinerosos lo saludaron con amabilidad tocándole la cabecita. El simpático me besó como si fuera un amigo, el otro estiró su parpado con su dedo índice y sin mediar palabra desaparecieron.
A partir de esa tarde mi vida cambio ciento ochenta grados. Era como vivir en un mar de miedo. Sumergida. Tomé la gerencia general de la empresa e hice todo mi mejor esfuerzo para enderezar las cosas. Acordé con acreedores, refinancié deuda impositiva, transé con abogados para pagar lo menos posible en las ridículas demandas que empleados infieles nos habían hecho, hice hasta lo que por mi educación cristiana no me hubiese permitido. Parecía pelear en un ring, renegociaba a diestra y siniestra. A pesar de trabajar veinticuatro horas al día y ajustar todas las clavijas para sacar a la fabrica de terapia intensiva, no alcanzaba para poder pagar los intereses del usurero.
Fueron pasando los meses y no me quedó otra opción que poner a la venta en varias inmobiliarias de la zona el único bien que me había dejado mi papá en vida.
La gota que colmó el vaso fue esa tarde en la que abrí ese sobre de papel madera. Adentro había un collage donde, con letras recortadas de titulares de revistas, decía “P A G A M E” y a manera de juego del horcado enmarcaba un dibujo de un muñeco colgado con una foto de la carita de mi bebé pegada a la altura de la cabeza. Ese fue el momento en el que baje los brazos. Ya no podía hacer mas nada, todo el esfuerzo de esos meses había sido en vano. Fui a reclamar a las inmobiliarias porque no había venido nadie ni siquiera a visitar mi departamento. Solo escuchaba excusas, que la cosa estaba dura, que el mercado ahora buscaba departamentos mas modernos, que los inversores se inclinaban por los fideicomisos, con lo que concluí que era dueña de una fortuna que no valía nada ya que a nadie le interesaba lo que tenía.
Recuerdo que lloraba todas las noches hasta aquella tarde en la que Juan Carlos vino al departamento a llevarse algunos libros que había dejado olvidados.
Necesitaba contarle lo que me pasaba a alguien y él, esta vez, muy reflexivo me sugirió rematar el departamento, qué si bien no me pagarían lo que me habían tasado oportunamente, era muy probable que alcanzaría para poder pagar la diabólica deuda y poder empezar de nuevo sin ningún tipo de amenazas. Esa misma tarde fui a la iglesia para pedirle al cura que intercediera con mi prestamista a que aceptara esta nueva opción que se presentaba para saldar de forma definitiva mi deuda. En su momento me tranquilice, todo marchaba sobre ruedas, nos habían dado un turno para hacer el remate judicial y yo pensaba que en ese acto iba a terminar de una vez por todas mi pesadilla. Tuve la picardía de llamar a un querido amigo para que me acompañe, siempre es bueno tener a alguien que levante las ofertas. Al llegar al lugar, dos matones nos pidieron documentos. A mi amigo, sin ninguna explicación valida no lo dejaron entrar.
Todo era muy sospechoso, desde la imagen del rematador, hasta la gente que se agolpaba para ofertar a los sucesivos bienes que se remataban. Llegó mi turno, y nadie ofertaba, habían puesto un valor mínimo de referencia que solo alcanzaría apenas para pagar el capital y los intereses acumulados a mi prestamista. De pronto desde el fondo se escuchó a una persona que levantando su mano incrementaba la subasta en solo cien pesos. Yo miré para el fondo, pero no pude reconocer quien había hecho esa oferta espuria. El golpe del martillo del rematador aun me retumba en los oídos. Había acabado con ese martirio, ahora debía barajar y dar de nuevo. Llegó la hora de acércame para rubricar mi firma y ese fue el momento en el que pude ver a Juan Carlos y su noviecita que se acercaban al escribano para dejar la seña y de esa forma consumar el acto de adquisición del departamento que mi papá me había regalado cuando el Vermouth con papas fritas eran el saludo de despedida del gran Tato Bores esos Domingos cuando la decadencia avanzaba triunfante por nuestra pobre y triste Argentina.
Fin.

Gustavo Vignera

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