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Cruzó ante mis ojos, giró la cabeza para asegurarse de que sería su fiel testigo, puso un pie sobre el barandal y se impulsó en incontenible caída. Logré escuchar algo, pero fue tal el grito de espanto que emití, que ahora no logro recordar la última palabra de aquella suicida. Lo he intentado una y otra vez, pero los recuerdos me traicionan. Y ¿por qué lo hago? Porque desperté gritando de pavor, tal cual lo hacía en mi sueño; porque dos días después vi su rostro en el peor de los tabloides, luego de lanzarse del Gran Puente. Ser testigo de un suicidio no es algo que se desee con afán, más aquella última palabra la necesito. Hace más de un mes de aquello y ella me visita todas las noches en espera de la maldita palabra; la de su redención.

¡Voy a mandar a todos los escritores a la porra!