La dulce venganza

La dulce venganza

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Abrió los ojos, solo la oscuridad le acompañaba. Sus pupilas se adaptaron y a los segundos percibió una luz extremadamente débil que se colaba por una fisura lateral que demarcaba una línea delgada, casi que perfecta. Respiró hondo, un aroma que nunca antes había sentido le inundó los pulmones. Quiso moverse, pero sus extremidades estaban inmovilizadas. Trató de incorporarse, más un fuerte tirón en el cuello se lo impidió. Intentó hablar, sin embargo sus labios no se despegaban. Entonces su mente viajó hacia ese último recuerdo en el que su mundo murió, ese instante en que se desmoronó en el suelo luego de probar ese champán que de sorpresa había encontrado en su habitación. Entendió todo y concibió su nueva y mortal realidad. No cayó en la desesperación, no habría razón. Al fin, ella lo había encontrado; después de tantos años y de tanto daño, consumaba su venganza. No sintió arrepentimiento, quiso sonreír al escuchar caer las primeras paladas que sellarían su última morada.

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Ecos de desesperanza

Ecos de desesperanza

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Me queda poco tiempo, estoy seguro de eso; pero no tiempo de vida, sino de espacio; ese lapso en el cual se pueden y se deben hacer las cosas. Por mucho que se diga que nunca es tarde, que mientras exista vida hay oportunidad, concurre una premisa fundamental e inviolable, y es el momento en que se debe y se necesita hacer y alcanzar aquello, lo que sientes que falta, lo que te atormenta, agobia o suspiras por concretar; aquello que sabes que está pendiente. Porque a veces es esa la respuesta, la solución final, o tal vez una parte sustancial. A veces es eso lo que te permitirá ver y hacer para ti el resto de la existencia, lo que te otorgará verdadera libertad, tiempo y la intrínseca felicidad; sí, eso, lo que cada quien entienda por felicidad… Estoy seguro, me queda poco tiempo, lo percibo en cada poro de mi piel, cuando me miro al espejo, cuando siento que pienso y dejo de existir; cuando la rutina me absorbe y me golpea a la cara la realidad de una existencia limitada a lo sistemático, lo básico, lo intrascendente… Se agota el espacio, se reducen las opciones, se cierran puertas que no sabía que existían, resonando en mi interior como pesados fardos cayendo sobre una ladera; sí, esa ladera, la que supera el punto de no retorno… ¿Rendición?, aún no; ¿esperanzas reducidas?, allí están, de mi lado, acrecentándose, fortaleciéndose en mi contra. Las detesto, pero la mente se debilita y parece caer subyugada por el fenómeno que entiendo como la “consumación de la normalidad existencial del ser humano productivo promedio”, sometido a su propia impotencia, canalizándola hacia el conformismo, la aceptación de lo supuestamente ineludible, y, finalmente, la fatal resignación… Camino, me dirijo hacia ese, aparentemente, inexorable destino, que ni siquiera es necesario que alguien designe, simplemente llega como consecuencia; porque eso es, el efecto final, el contundente, el que marca el resto de la vida como escritura en la roca… Es poco lo que queda, el querer ya no es suficiente cuando el hiriente descarrío reduce la capacidad de superarse a sí mismo. La suerte, indiscutiblemente, está por dirimirse.

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La cosa

La cosa

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Lo que él quería más que todo era poder vivir, ir más allá de sus limitaciones, ampliar sus posibilidades y engrandecer sus horizontes; pero lo frenaba esa cosa que no parece estar bajo el control de nada ni de nadie; algunos le dicen karma, otros, predestinación, los muchos lo llaman Dios; más lo cierto es que esa cosa lo contenía. Aquella cosa era capaz de levantar un muro en cuestión de milisegundos, cuando al fin él creía o sentía estar a poco de conseguir su propósito. Esa cosa podía armar los obstáculos más inconcebibles e inesperados, para que él no diera los pasos cuando debía. La cosa; siempre la cosa; armando condiciones, creando vicisitudes, conspirando contra él, sus sueños, sus deseos de vivir, de ser realmente libre.
Lo que él quería más que todo era simplemente vivir, ir más allá, ejercer su naturaleza, correr como lo que sentía ser: un espíritu libre. Pero esa cosa lo contenía, esa maldita cosa, inexpugnable por defecto, lo confrontaba diariamente, con el poder de incluso hacerlo chocar con sigo mismo, retorciéndolo hasta el escarnio. Aquella cosa existía, al parecer, con un solo designio: aminorarlo, desbaratarlo, acabarlo, asesinarlo.
Y la cosa, venció.

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