Ecos de desesperanza

Ecos de desesperanza

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Me queda poco tiempo, estoy seguro de eso; pero no tiempo de vida, sino de espacio; ese lapso en el cual se pueden y se deben hacer las cosas. Por mucho que se diga que nunca es tarde, que mientras exista vida hay oportunidad, concurre una premisa fundamental e inviolable, y es el momento en que se debe y se necesita hacer y alcanzar aquello, lo que sientes que falta, lo que te atormenta, agobia o suspiras por concretar; aquello que sabes que está pendiente. Porque a veces es esa la respuesta, la solución final, o tal vez una parte sustancial. A veces es eso lo que te permitirá ver y hacer para ti el resto de la existencia, lo que te otorgará verdadera libertad, tiempo y la intrínseca felicidad; sí, eso, lo que cada quien entienda por felicidad… Estoy seguro, me queda poco tiempo, lo percibo en cada poro de mi piel, cuando me miro al espejo, cuando siento que pienso y dejo de existir; cuando la rutina me absorbe y me golpea a la cara la realidad de una existencia limitada a lo sistemático, lo básico, lo intrascendente… Se agota el espacio, se reducen las opciones, se cierran puertas que no sabía que existían, resonando en mi interior como pesados fardos cayendo sobre una ladera; sí, esa ladera, la que supera el punto de no retorno… ¿Rendición?, aún no; ¿esperanzas reducidas?, allí están, de mi lado, acrecentándose, fortaleciéndose en mi contra. Las detesto, pero la mente se debilita y parece caer subyugada por el fenómeno que entiendo como la “consumación de la normalidad existencial del ser humano productivo promedio”, sometido a su propia impotencia, canalizándola hacia el conformismo, la aceptación de lo supuestamente ineludible, y, finalmente, la fatal resignación… Camino, me dirijo hacia ese, aparentemente, inexorable destino, que ni siquiera es necesario que alguien designe, simplemente llega como consecuencia; porque eso es, el efecto final, el contundente, el que marca el resto de la vida como escritura en la roca… Es poco lo que queda, el querer ya no es suficiente cuando el hiriente descarrío reduce la capacidad de superarse a sí mismo. La suerte, indiscutiblemente, está por dirimirse.

Testigo fiel

Testigo fiel

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Cruzó ante mis ojos, giró la cabeza para asegurarse de que sería su fiel testigo, puso un pie sobre el barandal y se impulsó en incontenible caída. Logré escuchar algo, pero fue tal el grito de espanto que emití, que ahora no logro recordar la última palabra de aquella suicida. Lo he intentado una y otra vez, pero los recuerdos me traicionan. Y ¿por qué lo hago? Porque desperté gritando de pavor, tal cual lo hacía en mi sueño; porque dos días después vi su rostro en el peor de los tabloides, luego de lanzarse del Gran Puente. Ser testigo de un suicidio no es algo que se desee con afán, más aquella última palabra la necesito. Hace más de un mes de aquello y ella me visita todas las noches en espera de la maldita palabra; la de su redención.

¡Voy a mandar a todos los escritores a la porra!

 

Eternidad

Eternidad

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Habían ya superado la capa de nubes, un sol radiante bañaba el interior del avión cuando sus miradas chocaron en un glorioso instante que pretendía ser eterno. Él, después de dudarlo unos segundos, caminó hasta ella para regalarle una sonrisa cargada de timidez e inclinársele como si de una emperatriz se tratara. “Usted es una mujer sublimemente hermosa. Que nunca nadie se atreva a decir lo contrario”. Y mientras le decía aquello, su mente se remontó al momento en que la divisó por primera vez, antes del abordaje. Ahora, el sol delataba en sus ojos algo que hacía mucho ninguno sentía: lo sublime. Pero la realidad habló, el lazo de cada quien, remarcado por ese sello en el dedo anular, acentuó que no habría espacio ni tiempo para soñar; aquellos límites cercenaban las miradas, su brillo y la naciente eternidad.

Poseso

Poseso

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Esa mañana desperté con cierto impulso maligno, abrumador deseo de oscurecer al mundo. Hoy, desde el encierro, no acierto cavilar acerca de lógicas explicaciones; la sabiduría de mi sicoanalista no ha resultado suficiente. El horror de aquella mañana; del cómo me introduje en la casa de Larie y su marido, quienes tanto me estimaban y yo tanto respetaba; y, con rifle en mano, disparé sin compasión, cercenando sus vidas y las de dos de los tres infantes; deambula en mi mente sin descanso. Recuerdo como, mientras horadaba sus cuerpos, una insistente voz en mi consciencia me decía que Larie lo merecía, que antes ella había tomado una vida y una herencia; que su existencia cargada de lujos y felicidad no le pertenecía. Las imágenes de sus cuerpos dispersos por la sala, cocina y habitaciones; mis pasos, dibujando huellas de sangre por doquier y hasta la puerta de mi casa; mi ropa, salpicada de vida y de muerte; gravitan sin cesar; y ese perturbador reflejo sobre el espejo de mi recibidor, luego de la masacre; esa silueta oscura y tenebrosa; de negras órbitas, entreabierta boca, orejas puntiagudas y rostro distorsionado que, estoy seguro, no era yo; se reitera en mis sueños, haciéndome despertar con agitada respiración. A veces, cuando me odio con vehemencia, más que verla, la escucho afirmarme que he sido el instrumento para la ejecución de un acto de venganza concebido, desde el inframundo, por quien se ocupó de resguardar de mi rifle la vida de su estirpe.

Nostalgias

Nostalgias

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Después de tantos días de pensar en ti, era más que justo el soñar contigo. No resultó como deseaba, sin embargo, el que mi mente te haya imaginado así sea por cortos momentos, no puede ser calificado menos que sensacional. Vi tu sonrisa, la cual se había perdido en el tiempo; tu brillante mirada, que en mis recuerdos divagaba extraviada; escuché tu tierna voz, que no había vuelto a percibir ni en el más perfecto de mis silencios. He deseado verte de nuevo, lo cual no es más que un terrible pecado. Hay evocaciones que se entrelazan con la pretensión de hacerme viajar en el tiempo, volver y consumar aquello que se quedó esperando una simple decisión; mi valentía, mi determinación. Al parecer soñar no es ni será suficiente; no obstante, irremediablemente, es lo único que me queda.

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