– Ana era un mujer maravillosa- dijo Marie, su hermana con sus ojos llenos de lágrimas- jamás haría semejante acto. Nunca acabaría con su vida de esa manera. Ella amaba vivir, siempre buscaba lo positivo entre lo negativo.
Recuerdo una vez que sufrió un robo a punta de pistola, cuando la familia se reunió a su lado Ana con una sonrisa cariñosa dijo, “espero que ese hombre lleve un plato de comida a su familia”.
– Pero si de algo estoy segura- se secó una lágrima que recorría su rostro- es que en su mente no estaba instalada la idea del suicidio, de arrojarse de un sexto piso. ¡Oh! Es tan triste que terminara de esa manera. Como olvidar sus rizos rubios, sus ojos color almendra que siempre brillaban cuando hablaba de su hijo. Pobre John!! – exclamó entre sollozos- perdió a su padre en un accidente y ahora a su madre. ¿Que será del muchacho?
– ¿Ana se contactó con alguien antes de morir?- dije apresurado, necesito llegar a la verdad –
– No lo creo, o al menos yo no estoy enterada- dijo luego de beber un sorbo de agua- ¿tiene importancia?
– Es de suma importancia, estoy siguiendo una pista muy importante.

Mi nombre es Thomas, soy un detective a punto de retirarme. Me han encargado como último caso, resolver una serie de misteriosos suicidios. El de Ana es el más reciente, pero logré conectar siete casos más. Siempre con vestigios de duda, cada víctima no dio indicios de depresión, o algo que indicara la decisión trágica. Mi capitán Harrison, me dijo acongojado que yo era su última esperanza para saber que sucedió con su sobrina Karen. Bellísima, joven y recién recibida de arquitecta. Se arrojó debajo de un camión de caudales en plena luz del día ante la mirada atónita de varios testigos. En ella no se pudo observar ni la mínima duda, esa que todos poseemos antes de cometer semejante acto de egoísmo con nuestros seres queridos. En el funeral, Harrison, con sus ojos llenos de lágrimas y sobre mis hombros no lograba entender cómo su princesa, la luz de su camino había tomado semejante determinación. Al poco tiempo se le sumaron varias muertes más.
En una noche de desvelo logré conectar estos casos. Si bien estas personas no se conocían entre sí, todas antes de morir habían estado en contacto con una mujer llamada Marie Jane pero sin ninguna prueba que la inculpe no puedo largarle mis sospechas, de lo contrario lograría irse de la ciudad llevándose consigo la verdad junto a la impunidad.

– ¿Me puede decir que pista?
– No, es una investigación en curso, sepa usted disculparme.
– Entiendo- dijo con desprecio-
– ¿Su hermana intentó comunicarse con su marido?
– Le dije que ha fallecido-
– Lo sé – dije con calma- pero quizás buscó ayuda del estilo paranormal.
– Dudo que lo hiciera, no creía en esas personas. Ella supo llevar la muerte de su esposo de la mejor manera posible. Luego de superar un trauma de su infancia pudo enamorarse y casarse. Lo que si siempre quiso hacer es dejar el vicio del cigarrillo.
– ¿Lo logró?
– No sabría decirle porque en la última reunión familiar, expuso ante todos su decisión, luego no volvimos a saber de ella.
– ¿Dijo si iba a ver a algún médico especializado?
– No fue especifica en nada, algo normal en Ana- refunfuñó- No entiendo qué importancia puede tener este tema.
– Marie- dije luego de tragar saliva- todo es importante, cada dato, horario o circunstancia diferente en la rutina puede ayudarme a llegar a la verdad. – ¿No le resultó extraño que Ana tomara esa decisión?
– La verdad es que sí, ella adoraba el cigarrillo, según sus palabras le ayudaba a conectarse con sus pensamientos. Su exposición siempre me pareció falta de argumentos, hemos discutidos en demasía. Pero siempre hacia lo que quería, se guiaba por lo que sentía, no por lo que el resto opinaba.
– Me resulta interesante que Ana quisiera realizar un cambio radical en su rutina, en su salud. Pensar más en sus seres queridos que en ella misma, ¿pero luego terminar con su vida?, todo es muy turbio, muy raro. Marie logro entender porque se contactó conmigo siendo la única que dudaba de la hipótesis del suicidio. Pero aún así- tosí- estoy falto de pruebas que me ayuden a concatenar cada muerte con un solo culpable y presentarlo frente al Juez Bernard. Creo, y esto es sólo una corazonada, que cada una de las víctimas intentó dejar algún vicio en particular. Esa es la conexión.
– No comprendo- dijo mientras me invitó un vaso de agua-
Me levanto, observo a mi alrededor lo cálido del hogar, la gama de colores en la decoración, una gran biblioteca con obras de todos los tiempos. Me llena el alma de paz. Respiro profundo y digo:
– Mi hipótesis, basándome en mi experiencia es que un ser oscuro y frío está en la búsqueda de nuevas presas. Y como ocurre siempre, encuentra las debilidades para entablar empatía y logra llevar a cabo su cometido.
– Pero ninguno murió asesinado- dijo confundida-
– En ese punto deseo detenerme. No siempre un asesino realiza el acto propiamente dicho, a veces emplea técnicas o cuenta con cómplices que llevan a cabo sus locuras. Como Charles Mason u otros. El día que expuse a las autoridades y compañeros mi teoría, se rieron hasta el hartazgo. Puede parecer estúpido pero debemos tener una mente más predispuesta a comprender las locuras, la variabilidad de las personas y sus manías. Estoy más que seguro que lo que sucede es mucho más complejo de lo que se puede uno imaginar.
– Espero que así sea, mi hermana no merecía el final que tuvo. Ella merecía una muerte placentera y John despedirse de su madre de una manera más pacífica.

Luego de un silencio extenso me relató su relación con Ana desde su infancia hasta el día de la tragedia. Según narró, Ana jamás gozó de tranquilidad. Fue maltratada por sus padres porque, según palabras de ellos mismos, nunca supieron cómo educarla, era inconsciente, no apta para este mundo. En una ocasión la encerraron en el sótano un día sin agua ni comida. Me entristece lo que debe haber sufrido. Pero sin conocerla me llena de orgullo que ante todo el maltrato pudo formar una familia. Saludé a Marie y emprendí mi partida. Antes que cerrara la puerta pude observar una tarjeta personal sobre una mesa ratona. Le pedí si me la podía regalar, afirmó y me fui agradeciendo. Era de Marie Jane.

En mi automóvil, un sedán marrón, me encuentro observando una foto de mi hija Taiana de veinte años, psicóloga, vive actualmente en Broker una cuidad alejada de Midtown. Su trabajo es extenso dado que trata a los oficiales que sufren de estrés post traumático. Nunca pudo ayudarme, nunca logró borrar de mi mente los recuerdos de muertes espantosas. Se frustró y se alejó de mí. Aún lloro su partida. Quiero, deseo e intento olvidarme de las muertes de los niños Richard, Benjamín y Diego Claine, asesinados a sangre fría por su padre. Cuando me hice presente en la escena, me encontré con un lugar escalofriante. Sangre por doquier, viseras… Me quedé paralizado en la puerta de ingreso, sentí que mi compañero, Robert Thomson, me empujó, para luego disparar al asesino que corría a mi encuentro con el cuchillo de guerra. Cayó desplomado, con sus ojos blancos. No logré reaccionar hasta que Robert me dió un par de cachetadas. De mis retinas nunca logré eliminar cada recuerdo de esa tarde en el campo que tenía la familia Claine en las afueras de la cuidad. No lograba entender como un lugar tan pacífico podía desquiciar de tal manera a un padre de familia. Cuando indagué en el caso, tiempo después, la viuda me brindó un poco de luz ante tanta oscuridad. Joanne narró que su esposo Harry se volvió obsesivo luego de la guerra de la triple enemistad. Ella intentó por todos los medios buscar ayuda psicológica para que Harry lograra olvidar lo vivido. Pero la ignoraron, los psiquiatras aducían que en un tiempo él lograría poseer una vida entre los límites normal. Harry durante las noches se desvelaba a los gritos, y con su fusil en mano se dirigía al patio para efectuar tres disparos. Ella lo filmó y lo presentó a las autoridades pero no obtuvo ninguna respuesta positiva. Caí en una fuerte depresión, me dediqué a beber, primero por las noches para que me ayudara a descansar y luego todo el día. Luego vinieron pastillas, cocaína y más alcohol. Por más químicos que ingresara en mi cuerpo, no logré borrar esa trágica noche. Los cuerpitos descuartizados de esos inocentes será algo que deberé cargar en mis hombros por el resto de mis días.
Taiana me preguntó si deseaba morir, le contesté que sí, que no lograba vivir en un mundo rodeado de tanta maldad. Que no lograba superar aunque lo intentara el fallecimiento de su madre, Isabella, por una enfermedad crónica. Ese sábado, lluvioso, entre llantos le rogué que me llevara con ella, que no lograría vivir sin su amor, que no sabría cómo criar a nuestra hija sin su presencia. Isabella con la tranquilidad que siempre la caracterizó, me miró y dijo con suma dificultad:
– Thomas siempre podrás con las adversidades que se te presenten. Taiana será tu faro, tu guía. No deseo que hagas este viaje conmigo, quiero ante todo, que vivas. Que disfrutes de las pequeñas cosas, que te olvides de los problemas, que respires. Deseo en mi lecho de muerte, que batalles, que sobre las dificultades camines. Basta de sufrir por mí, sólo quiero descansar. La guerra contra el cáncer está perdida pero al menos me permitió unos hermosos meses junto a mis dos amores. Ya es hora de que pase a otra etapa, eso sí amor mío, te espero cuando sea tu momento para seguir viviendo nuestra historia.

Una hora después su corazón dejo de latir, su alma se esfumó. Hubo llanto de personas que solo estuvieron en el último momento, yo solo levanté en brazos a Taiana y me aparte a su habitación. La dejé sentada en su mecedora y le dije:

– Hija, tu madre ha fallecido. No nos abandonó solo nos cuida desde otro lugar. Ella fue una guerrera, dedicó parte de su vida a una batalla que sabía que iba a perder. ¿Sabes porque lo hizo? Por ti, para ganar aunque sea un par de segundos a tu lado, deseaba vivir tu crecimiento. Y lo logró, ahora tienes cinco años y no deseaba ocultarte nada. Puedes llorar, enojarte o simplemente estar en paz a sabiendas que tú madre ahora descansa- me puse de pie y dejé que ella lo asimilara-

Tiempo después de mi conversación con Taiana y antes de su partida me dejó una carta que decía:

” Papá he decidido alejarme un tiempo, necesito mejorar mi vida y ejercer mi carrera en otro lugar, lejos de ti. ¿Y sabes porque? Porque siento que le has fallado a mamá. Le fallaste a cada palabra que te expuso en su lecho de muerte. Siempre te culpaste, siempre buscaste ir a su lado. Te olvidaste de mí, nunca me faltó nada material pero sí amor. Sabes que te entiendo y nunca dejaré de hacerlo. Cuando dejes los vicios y recuerdes todo lo que a ella le prometiste volveré.”

Las lágrimas recorrieron mi rostro, grité, maldije, rompí todo lo que estaba a mi alrededor. Saqué mi arma de su escondite, le retiré el seguro y la ingresé en mi boca. No tuve el valor de gatillar, la imagen de Taiana recorrió mi mente. No le podía hacer eso, abandonarla cobardemente. Guardé el arma, sequé mis lágrimas y me serví un wisky. Le di un trago largo, liberé un suspiro y arrojé la botella a la basura junto con todo lo que me dañaba. En voz alta dije: – Es momento de cambiar, no será fácil pero debo hacerlo.

Así fue, el tiempo fue mi mejor maestro. Varias veces fui tentado por los vicios, por el sistema de la noche. Dónde el negocio se encuentra en el malestar y los vacíos de las personas. La última vez que visité el Bar Briggs, estando sobrio, logré observar como las personas se destruían con el alcohol y la droga. Yo estuve ahí, yo respiré el mismo ambiente. Siempre pensé que así podía ahogar las penas. Pero no, fueron aún peores, crecían como bestias que se alimentaban de mi sufrimiento. Cada bebida, cada dosis, las volvían fuertes con garras que destrozaban cada centímetro de cordura. En ese momento, luego de que un borracho me empujara, decidí despedirme. No dudé en abrir la puerta y dirigirme con rapidez hacia mi auto, en el mismo, los nervios invadieron mi cuerpo. Mis manos comenzaron a temblar, vomité en la acera luego de abrir la puerta. Arranqué y comencé a circular por el sendero que nunca debí dejar.
Tiempo después intenté comunicarme con Taiana, necesitaba contarle de mi avance. No obtuve respuesta. Me entristeció, sabía que ella esperaba este día, pero aún me quedaba cumplir la promesa que le hice a Isabella.

Desciendo de mi auto, es momento de enfrentar la verdad. No puedo dejar escapar a Marie Jane. Según pude hablar con otro detective ella viene escapando de varias ciudades. Según él, cometió varios robos bancarios y una serie de homicidios. Se cambió el nombre en numerosas ocasiones, es un camaleón, cambia de identidad según el momento lo requiera. Lo que le sorprendió a éste detective es que ella jamás modificó su modus operandi, siempre hizo todo con sus propias manos y hacía tiempo, más de dos años, que se encontraba fuera del juego. Algo debe haber sucedido en ese lapso, es ahí donde debo hacer hincapié, sin que ella se dé cuenta que es sospechosa. Llamo a su puerta, la misma se abre y se hace presente. Una mujer bella, joven, rizos dorados, vestida de manera elegante. Con su dulce voz me dijo:

-Lo estaba esperando detective Thomas- con una sonrisa me invitó a pasar- se demoró más de lo que suponía-
– ¿Cómo supo de mi visita?- dije enojado-
– Una tiene sus recursos- volvió a sonreír- una mujer jamás cuenta sus secretos, pero en su caso, tratándose de un hombre tan elegante voy a hacer una excepción. El universo me lo dijo a través de las cartas.
– No creo que a través de unas cartas supiera de mi presencia y que venía a su encuentro, deje de mentir.
– Usted es un escéptico- rió- tiene que creer un poco más. Sé que está enojado por su hija, por la partida de su mujer, debe relajarse más.

Respiré profundo y dije: – Interesante que desee leer mi pasado pero en internet todo se consigue, igualmente muy buena jugada.

Su departamento se encontraba en un sexto piso de la avenida Reid, lugar céntrico y monopólico de la cuidad. Según su decoración puedo deducir que su trabajo es bien remunerado, dado que hay demasiadas cosas de valor, de oro y reliquias. Y el alquiler no debe ser nada barato. De dimensiones es bastante amplio y en medio del comedor se halla una mesa redonda con mantel rojizo indicativo que en ese mismo lugar tira las cartas y lee el futuro.

– Debe ser atractivo su trabajo- exclamé- saber tanto de la personas, de leerlas. Usted y yo realizamos lo mismo.
– No es un trabajo, es una ayuda. En mi niñez fui iluminada por un ángel que me visitó una noche. Él me dijo que debía, a través de mis palabras, sanar las heridas. Salvar el presente y el futuro, a través del pasado. Las personas como usted, que no creen en el poder de la palabra, del más allá, son los primeros en hacerse presentes cuando tienen la soga al cuello.
– No necesito ayuda- refunfuñé- lo que sucedió con mi esposa es cosa antigua y con mi hija, tarde o temprano llegaremos a buen puerto.
– ¿Está tan seguro? Si quiere podemos sentarnos a dialogar sobre estos temas y sobre su alcoholismo y drogadicción.
– Le agradezco pero no- sonreí- sabré llevar esta carga. Aquí, en este momento, debemos hablar de otros temas.
– Usted dirá- se cruzó de brazos-
– ¿Conoció a Ana?
– Conozco muchas mujeres con ese nombre.
– Ana Richter, ella se suicidó hace unos días.
– ¡Ah! Pobre mujer, si leí de ella en el periódico.
– Que extraña situación- me encendí un cigarrillo y pasé a su lado para acercarme al cenicero.
– No entiendo- exclamó entre dientes-
– Ella tenía en su poder una tarjeta con su nombre por eso pude encontrarla.
– Tengo un vasto personal encargado de entregar en las calles mis tarjetas. Debe haberla obtenido de esa manera.
– Seguramente- suspiré- tenía la leve esperanza de entender el suceso-
– Ya podrá entenderlo- se descruzó de brazos y se sentó-
– Seguramente- expresé una leve sonrisa- ¿está familiarizada con la técnica de la hipnosis?
– Muy poco, no la he perfeccionado aún. De igual manera soy meticulosa en lo que realizo, prevengo a mis clientes y les informo que puede funcionar o no. Sólo la utilizo en casos especiales, para ayudar a olvidar algún trauma demasiado tormentoso o dejar algún vicio luego de probar terapias alternativas.
– Comprendo, ¿algunas de estas personas fueron sus clientes? – en mi celular tenía el listado de las víctimas, el primer nombre es el de la sobrina del capitán Morrison, Karen-

Luego de varios segundos, y de desviar la mirada al ver las fotografías, dijo:

– No reconozco ninguna- se levantó a servir dos vasos de agua y yo observé la vista a la ciudad desde su ventana pensando que decir-
– Me temo que llegamos a un punto de quiebre- suspiré- usted niega conocer a estas personas y yo estoy seguro que miente.
Dejó los vasos en la mesa, y elevando la voz dijo:
-¡Que atrevimiento el de usted!- exclamó- le abrí las puertas de mi hogar y tiene el descaro de catalogarme de mentirosa.

Es el momento de atacar, es el momento indicado para dar la estocada final. Si no logro que confiese será mi fin, ella escapará.

– Mi descaro viene acompañado por su reacción a las fotografías, no deseo que se altere de la manera que lo hace. Solo quiero saber que oculta. Si es por temor a que algo le suceda sepa que está bajo mi protección.

Ambos tomamos los vasos y nos dispusimos a beber, acto seguido, una leve sonrisa se dibujó en su rostro y dijo:

– No necesito protección, ni nada que se le parezca. En mi vida he sufrido las peores desgracias que usted pueda imaginar. Mis padres siendo pobres hicieron todo lo posible para que a nosotros no nos faltara nada. Hasta que un día, al volver de la casa de mi primo Tom, me encontré con una escena terriblemente desgarradora. Lucy, Jack, mi padre Robert y mi madre Rita se encontraba muertos, sus cuerpos esparcidos en un gran charco de sangre. Ese olor a muerte hasta el día de hoy me persigue en sueños, sus cuellos cortados y ojos blanquecinos son parte de mis pesadillas. Una carta se encontraba arriba de la mesa, en ella decía que mi padre había tomado la drástica decisión de acabar con su familia por no poder darles la vida que se merecían. Se despidió de mí, siendo su hija preferida decidió dejarme con vida. Aún respiraba pero estaba muy lejos de estar del lado de los vivos. Mi alma no existía. Todo se oscureció. Me prometí sobre todas las cosas no volver a sufrir necesidades, crecí amando el dinero, no me casé, no amé, no tuve hijos. Me dedico a viajar de ciudad en ciudad, exprimiendo hasta la última gota de personas ingenuas. Algunas personas me llamaron Camaleón, otras, mujer invisible. Estoy muy lejos de esas descripciones, soy mucho mejor que eso. Soy única e irrepetible. La calle me enseñó a creer en mí, una tarde mientras dormía en un auto destruido, un hombre asqueroso intentó violarme, me defendí, me resistí. Él con su aliento fétido me dijo que jamás podría zafarme porque era una mujer débil e inútil. En ese mugroso momento, mi mente fue invadida por deseos de odio oxigenado por la ira. Luché con todas mis fuerzas hasta que lo logré, lo apuñalé con un vidrio unas treinta veces. Me bañé en su sangre, empujé su cuerpo fuera del automóvil y lo escupí. Lo que sucedió luego no le interesa.

– Porque me narra su pasado. ¿El que la condena?- bebí otro sorbo mientras ella dijo-

– Todo tiene un porqué, aún no termino de relatarle todos los sucesos. Al llegar a está cuidad escapando de mis fantasmas, me especialicé en la astrología, lectura del futuro a través de las cartas y algo de hipnosis. Eso fue fácil, soy apta para aprender lo que sea. Y mi capacidad de engañar a la gente es innata, siempre lo hice. Pero vayamos al punto. Antes de que esta reunión concluya violentamente-sonrió, se acomodó el cabello- conocí a personas ricas que venían con problemas banales. Y por avaros me vi en la necesidad de tomar cartas en el asusto. Sé que los casos que más le afectaron a usted fueron los de Karen y Ana, la primera solo deseaba saber porque su noviecito no la miraba como ella anhelaba. Tan inocente – rió con una carcajada burlona- decidí hipnotizarla con la excusa de que ayudaría en su caso. Cuando lo logré, me propuse instalarle dos ideas, la primera, que me trajera todo el dinero que pudiera y la segunda, que cuando escuchar la frase ” Es el momento” se debía suicidar. Como una mosca a la miel, cayó en mi trampa. No fue ni la primera ni la última víctima. Sin embargo no era suficiente, necesitaba más. Siempre quiero más. Nunca me detendré, usted podría haberme detenido pero eso no sucederá porque está a punto de morir.

Me falta el aire, mis manos comenzaron a temblar. Mi vista se nubló, el sudor se extendió por toda mi espalda. Intenté calmarme, respiré lento y dije:

– Marie Jane, usted piensa que me envenenó, pero no es así-
– Lamento contradecirlo- dijo mientras se puso de pie- es una pena, me estaba divirtiendo.
– Desde el momento que supo de mi visita y de mi nombre dudé, pude ver que no estaba a la defensiva, había estado investigando. Desde mi charla con Marie deduje que ella era su cómplice en la muerte de Ana. Seguramente ella descubrió de alguna manera sus negocios y la asesinaron de la misma manera que quieren hacerlo conmigo- de mi bolsillo tomé una pastilla y la ingerí con el agua, los síntomas comenzaron a menguar- un policía envuelto en la tragedia decide suicidarse, es perfecto. Pero me subestimaron, bastante diría. En un descuido suyo, intercambié los vasos de agua, en pocas palabras, en poco tiempo acabará muerta. Sus ojos expresaron miedo, no buscó escapar, sabía que su hora había llegado. Un silencio invadió la habitación, pocos minutos después Marie Jane convulsionaba en el suelo. Es su fin, el fin del Camaleón.

– Capitán, el caso está cerrado- le indiqué la dirección donde encontraría el cadáver, y cerré la puerta al salir dejando dentro mis fantasmas-.

David De Giustti

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