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La mujer salió de su casa aprovechando la noche cerrada. Para no hacer ruido dejó la puerta de la entrada entreabierta y colocó una piedra en el quicio y evitar así que se porteara. Ella no debía de enterarse.

La luna estaba cubierta por un puñado de nubes y tan solo una estrella despuntaba. Corría prácticamente sin aliento; con un hatillo en una mano y una canastilla vieja abrigando a un bebé en la otra. Sus ojos estaban desencajados a causa del esfuerzo, su tez pálida habitual ahora se tornaba roja, y unas venas se le comenzaban a marcar alrededor de sus ojos verdes. Se paró en seco y eso acabó formando una nube de polvo a sus pies. Acababa de llegar a las vías del tren.

La estación quedaba a un lado y ya faltaba poco para que el cercanías llegara; exactamente haría su parada en siete minutos y pasado ese tiempo, el tren volvería a retomar su rumbo.

Sin sacar al niño del canasto, ató el bulto a las vías con una cuerda que sacó del hatillo. El bebé dormía. La estación estaba oscura y tan solo dos farolas viejas e infectadas de mosquitos intentaban hacer el amago de funcionar.

Cubrió la cesta de malezas. El niño seguía dentro y así debía de continuar, llevaba tiempo dándole vueltas a su cabeza de como acabar con todo, hasta que ideó el plan.

La luna quería asomarse, pero una nube oscura la atravesó y todo se tornó de color negro; como el alma de la mujer, que miró al niño dormido por última vez y le tocó la cara para rozar la prominente mancha que cubría su mejilla, haciendo que ese gesto le produjera un escalofrío.

En esos mismos instantes, otra mujer grita al otro lado del bosque. Corre desnuda de un lado para otro. Sus pechos henchidos de leche van dejando un reguero de líquido caliente a sus pies.

La primera mujer espera al otro lado de la vía; tan sólo la luz pobre de la estación quiere asomarse en la oscuridad. No lleva la canastilla, tan solo el viejo hatillo la acompaña.

El tren atraviesa la ciénaga. La mujer ni siquiera vuelve a la vía arrepentida de haber dejado ahí a su nieto. En unos días no quedará ni rastro ya que el olor a sangre fresca empezará a ser un reclamo para las hienas.

La mujer de los pechos henchidos, cae de rodillas en la la tierra fría y húmeda. Sus mamas ahora se tornan fláccidas; siente que ya no tiene vida en su interior. Su madre tampoco está; esa mujer que la parió y la odió desde el momento en que la vio por primera vez, porque como le dijo una vez; ella no es normal, al igual que su bebé que acaba de desaparecer.

Dejando a un lado para siempre la vieja vía de la estación, la mujer llena su hatillo de piedras; se lo ata con firmeza rodeando su cintura y sube pesadamente una pendiente paralela a la vía donde se lanza al vacío cayendo como una losa al mar. Muere ahogada y sin uñas de tanto rascar el cordel.

Epílogo:

Ella se mira en el espejo. Han pasado treinta años. Su piel se muestra ajada y marchita y lo único que le queda de entonces, es el lunar rugoso que le cubre media mejilla.

Unos pasos arrastran las hojas caídas de los árboles en el otoño. Se acercan lentamente.

El sonido del tren se aleja en el espacio, haciendo repiquetear sonoramente los hierros que lo guían.

Abre la puerta antes de que de tiempo a hacer sonar el timbre. Una figura se va haciendo visible, a pesar de la niebla de noviembre. Sabía que regresaría, lo supo en el momento en que sus pechos volvieron a florecer llenándose de vida.

Lo vio acercarse; llevaba un sombrero de ala ancha, se quedaron frente a frente. Ella se tocó el lunar de tacto rugoso, invitándolo a que la imitara.

Él, tiró el sombrero al suelo y sin dejar de mirar a su madre, colocó su mano sobre el lunar de su cara cubierto de lágrimas.